Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
El comunismo en el siglo XXI
Alexis Cortés *
El comunismo fue dado por muerto junto con la Unión Soviética, pero la desigualdad, la crisis climática, el neofascismo y el agotamiento del neoliberalismo vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿puede imaginarse otro futuro cuando el capitalismo parece haber cancelado toda alternativa?
“Es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo”: esta sentencia de Frédéric Jameson, citada por Mark Fisher,(1) tal vez sea la que mejor sintetiza la impotencia transformadora de nuestro tiempo y la ausencia de una imaginación de futuro que oriente la construcción de una alternativa al actual orden de cosas. La caída de la Unión Soviética (URSS) junto con todo el bloque de socialismos realmente existentes en el este de Europa, la consolidación del neoliberalismo como proyecto económico global y hegemónico, y su afinidad electiva con el posmodernismo y su negación de metarrelatos, configuraron lo que Roberto Mangabeira Unger calificó como “dictadura de la falta de alternativas”.(2) El fin de la historia tomó la forma de un fin de las ideologías, al mismo tiempo que dicha concepción ocultaba que en realidad había una triunfante: el neoliberalismo.
Aunque teóricamente no tiene sentido distinguir entre una ideología socialista o comunista, a lo largo del siglo XX la segunda se asoció, en la práctica, justamente al destino de la URSS. Su derrumbe, aunque no repercutió mayormente en los proyectos socialistas asiáticos, supuso un terremoto para los Partidos Comunistas en Occidente. Aunque hubo partidos que lograron mantener un grado destacable de influencia en sus países —Chile, Uruguay, Portugal, Grecia y la propia Rusia— y, a pesar de la precaria sobrevivencia de la experiencia cubana tras la pérdida de su principal aliado económico, el comunismo pareció entrar en fase de extinción.
La caída de la URSS no clausuró la pregunta comunista: dejó abierta la disputa por imaginar una salida al capitalismo realmente existente.
El comunismo quedó umbilicalmente unido al país soviético por el influjo de su fundador: Lenin. El quiebre de la Segunda Internacional, producido por lo que él mismo calificó de “bancarrota” ideológica por la implicación de los partidos europeos en la guerra imperialista —Primera Guerra Mundial—, implicó una reorganización del movimiento socialista internacional con la bifurcación entre la vertiente socialdemócrata y la comunista. El leninismo supuso un énfasis en el resultado por sobre el proceso: la revolución social. También involucró la reafirmación del principio internacionalista en contra del imperialismo, definido como fase superior del capitalismo. Sobre todo, supuso la ideación de un instrumento político para el desarrollo del factor subjetivo de la revolución: un partido con dirección, programa y estatuto únicos, fuertemente disciplinado, organizado y con carácter de clase trabajadora para maximizar su eficacia. Al mismo tiempo, se reivindicó el marxismo como teoría revolucionaria y su anclaje empírico como método para la acción: el análisis concreto de la situación concreta. La Internacional Comunista, aunque afirmaba que el socialismo se debía construir atendiendo las particularidades de cada realidad, terminó por transformar la experiencia soviética en un modelo de exportación. Así, la disolución del país de la revolución de 1917 se interpretó como la derrota del socialismo en sí y no de una posible vía.
El comunista italiano Lucio Magri contestó ese dilema con la metáfora del sastre de Ulm: su fracaso al intentar construir un dispositivo que permitiera que la humanidad pudiera volar no impidió que ella lo lograra de todas formas.(3) Parafraseando a Víctor Hugo, se podría decir que, aunque el molino ya no está, el viento que lo movía aún continúa soplando. En efecto, tras la caída del bloque del este, la desigualdad en el mundo se amplificó, en la medida en que la contradicción entre capital y trabajo se inclinó más radicalmente a favor del primero. Al mismo tiempo, el capitalismo siguió mostrando que, a pesar de su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas, ha sido incapaz de erradicar la miseria, poniendo en peligro las propias fuentes de la riqueza: el trabajo y la naturaleza. La emergencia climática sigue siendo el ejemplo más palpable de la irracionalidad caótica del capitalismo.
Por otra parte, la desindustrialización de los países occidentales y la prevalencia de un capitalismo más financiero que productivo, aunque no han eliminado el peso del trabajo para la generación de valor, lo han pauperizado más agudamente. El multimillonario Warren Buffett lo sintetizó categóricamente en 2006: “Hay una guerra de clases, cierto, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra y la estamos ganando”.
Cabe preguntarse también: ¿acaso los crímenes que se cometieron en nombre del comunismo no lo invalidan como alternativa de futuro? En más de una ocasión le hicieron una pregunta similar al Premio Nobel de Literatura y comunista portugués José Saramago; su respuesta era tan simple como contundente: se puede seguir siendo comunista después de los crímenes de Stalin, del mismo modo que las y los católicos siguen cultivando su fe luego de la Inquisición. El comunismo del siglo XX dejó como legado la derrota del nazismo y, aunque se ha buscado trazar un paralelo o incluso una equivalencia entre esas ideologías, hay una diferencia evidente: el comunismo es inspirado por una aspiración emancipadora universalista, mientras el nazifascismo era por definición particularista y excluyente. Las acusaciones contra el comunismo realmente existente son por desviarse de sus principios; las que pesan sobre el fascismo, por ser consecuentes con su ideario.
En tiempos de policrisis, el problema no es solo recordar el comunismo, sino recuperar la capacidad política de imaginar alternativas.
Con todo, el orden que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial y que se rearticuló tras la caída del “bloque del este” está en trance. Pensadores como Edgar Morin(4) y Maristella Svampa(5) lo han definido como una policrisis: algo más que crisis simultáneas, sino fragilidades interconectadas que se retroalimentan y potencian mutuamente. La aceleración de la crisis climática, el aumento de las desigualdades, la expansión de la guerra, la crisis de la democracia representativa, la reemergencia de la extrema derecha y el crecimiento del negacionismo científico constituyen un momento crucial. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, lo resumió este año en Davos: “el mundo está en medio de una ruptura, no una transición”, y el “viejo orden” global simplemente no volverá. Pero no es cualquier ruptura: estamos en lo que me gusta llamar una película de terror gramsciana, un momento de interregno donde lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir, el tiempo donde los monstruos aparecen y donde las tendencias que se están fraguando no indican una dirección clara ni, al menos, una salida del laberinto en el que nos encontramos como humanidad.
Hagamos un breve recuento: el derecho internacional yace inerte bajo las ruinas de Gaza; hay dos guerras —en Europa y Asia— que están reconfigurando la geopolítica mundial y produciendo la mayor crisis energética de la historia y reactivando el peligro nuclear; la inteligencia artificial (IA) marca una revolución científico-técnica que está llevando al límite las encrucijadas éticas de nuestra especie, abriendo nuevos continentes para las potencialidades de la humanidad, pero amenazando, al mismo tiempo, con ampliar la desigualdad y con consolidar el tecnofeudalismo que actualmente ya constriñe a la democracia.
El declive estadounidense y el ascenso chino es el trazo fundamental de este tiempo. Paradójalmente, el hecho de que hoy China sea la principal potencia económica y comercial del mundo —exhibiendo éxitos extraordinarios, como haber sacado a 800 millones de personas de la pobreza en 40 años— no ha ido de la mano de una reemergencia de la ideología que inspira ese modelo: el comunismo. Perry Anderson lo sintetizó así: “Si el acontecimiento que dominó el siglo XX, por encima de cualquier otro, fue la trayectoria de la Revolución rusa, el siglo XXI estará determinado por el resultado de la Revolución china”.(6)
La construcción del socialismo con características chinas o el ejemplo de Vietnam —también en Asia—, con economías poderosas en el marco de un ordenamiento mundial dictado otrora por los Estados Unidos, no ha ido de la mano de un resurgimiento de las ideas comunistas. Es cierto que ambos países han puesto el énfasis en las características nacionales de sus socialismos, pero han reimpulsado la importancia económica del Estado, de la planificación, así como la separación entre poder económico y político. En particular, el liderazgo de China en la transición hacia energías renovables anticipa una posición triunfante en lo que ha sido llamado “guerra fría ecológica”.(7)
Mientras el viejo orden se fractura, la izquierda enfrenta su dilema más urgente: nostalgia, reforma o una nueva imaginación socialista.
No se trata de reemplazar a la URSS con un nuevo país que sirva de faro. El socialismo/comunismo, particularmente en América Latina, siempre se ha definido en términos mariateguianos: como creación que no es calco ni copia. Pero el cambio geopolítico que hoy se está conformando es una señal de que el comunismo no es un fósil viviente, sino una ideología que continúa reconfigurando el mundo y puede perfectamente renovar las esperanzas de que es posible construir un futuro distinto.
Complementariamente, en el caso latinoamericano, la vía chilena al socialismo que representó Salvador Allende con el apoyo fundamental del Partido Comunista chileno —el socialismo con empanadas y vino tinto— representa un acervo político que puede recuperarse no desde la nostalgia, sino desde la convicción de que el futuro socialista en nuestro continente es indisociable de la radicalización democrática. Esto es lo que Martín Arboleda ha identificado como la necesidad de gobernar la utopía a través de la planificación y el poder popular.(8)
En momentos en que resurge el monstruo neofascista, capitalizando la frustración y el miedo provocados por la precarización de la vida bajo el neoliberalismo y usándolos en contra de poblaciones vulnerables —migrantes, minorías étnicas, disidencias sexuales, mujeres—, parece más necesaria que nunca la recuperación de una imaginación socialista/comunista. La extrema derecha es una respuesta radicalmente capitalista a la descomposición de ese mismo sistema, promoviendo falsas salidas que en realidad refuerzan las causas de las crisis que la originan. Pablo Stefanoni ha dicho que la nueva derecha parece haberle robado la rebeldía a la izquierda, la cual ha adoptado posiciones eminentemente defensivas, convirtiéndose en la principal guardiana del orden internacional para evitar que empeore, perdiendo la audacia transformadora que la caracterizó en el pasado.(9)
Intelectualmente, la tarea hoy es volver a recuperar nuestra capacidad para imaginar futuros alternativos, otras formas de vida colectiva y la invención de nuevas formas políticas. Si seguimos marchando irreflexivamente en la misma dirección que lo hemos hecho hasta ahora, encontraremos un abismo. La extrema derecha nos invita a acelerar ciegamente el paso. Es urgente cambiar de rumbo y la humanidad no puede prescindir de la que fue una de las más poderosas de sus imaginaciones: la construcción de una sociedad que supere la explotación del ser humano y la naturaleza por el propio ser humano.































