Año 2, núm. 16, noviembre de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
Europa: malestar, protesta y… ¿cierre de autoridad?
David Hernández Corrochano *
Las protestas juveniles que recorren Europa reúnen reclamos y actores diversos, marcados por las circunstancias de cada país. En España, el malestar social también se cruza con la disputa electoral y con movilizaciones que van de las acampadas a los disturbios. El autor examina qué comparten estas expresiones y advierte que su traducción política podría favorecer a la derecha radical y abrir paso a un “cierre de autoridad” capaz de reducir el pluralismo y la movilización social.
En la boca de los propagandistas, el ciclo de protestas que está viviendo Europa adquirirá una forma novedosa, escandalosa e hiperbólica; en el olfato de los analistas, provocará la embriaguez de la neolengua productora de proxit, guerras híbridas o flash mob robberies; en las manos de los políticos y activistas, será un relato fantástico y justificador de su total falta de imaginación para tratar con los hechos; en los oídos del público, será parte del eco que le acompaña constantemente para recordarle que no vive en el presente, sino en una lucha eterna del bien contra el mal que anuncia el Apocalipsis; mientras, en el alma de los creyentes de una u otra fe, abrirá anhelos de luchas aun virtuales y caminos hacia la total desesperanza, pues al revolucionario y su contra de selva, salón o internet, como le pasa a la modernidad y a su correlato postmoderno, siempre les depara el mismo destino: la melancolía. En la mente del científico social, esta se traduce en la creencia schumpeteriana de que nuestros mercados, incluidos los políticos, son sistemas de destrucción creativa. El ciclo de protestas que hoy vive Europa no es más que el que vivió una o dos o tres décadas hacia atrás y así continuamente. Aunque es cierto, siempre que uno se produce irrumpen problemas e irresolubles conflictos, hay consecuencias no esperadas y más señales de degradación que se viven como nunca antes y nos hacen preguntarnos si esta vez será la definitiva, aunque no tengamos ni idea de qué se trata esa definitividad.
No hay una sola protesta europea: cada movilización responde a contextos nacionales, demandas y protagonistas distintos
En este breve ensayo se subrayará que el ciclo de protestas europeo obedece a muchas distinciones que tienen que ver con los diversos países en los que se ha manifestado. Además, se resaltará que aun dentro de los mismos países han confluido protestas heterogéneas para, finalmente, especular cómo, al menos en algunos de ellos, en concreto los del área mediterránea, pueden concluir bajo lo que llamaré cierre de autoridad que se relaciona con, pero no es, un retorno al autoritarismo ni, necesariamente, lo que se ha dado en llamar iliberalismo.
Lo distinto
El 24 de octubre de 2026, el diario El País publicaba un recopilatorio del otoño caliente que está viviendo Europa: entre el 15 de septiembre y el 23 de octubre, 11 países europeos sumaron la celebración de 177 manifestaciones, especialmente protagonizadas por jóvenes y centradas en torno a los temas del precio de la vivienda, el estado de la educación pública y/o el coste de la vida, pero donde, dependiendo de los países —muy distintos entre sí—, hubo otros temas centrales como la corrupción —casos de Serbia y Albania— y el militarismo —Alemania—. Esta diversidad temática y espacial nos advierte que, ante una apariencia de coordinación y la posibilidad del contagio, se trata de movilizaciones distintas y dependientes de los contextos nacionales.(1)
Además de la diferenciación temática, otros aspectos de distinción relevantes son: primero, la coincidencia o no con procesos electorales cercanos, de manera que en Serbia, España y Francia el ciclo de protesta coincide con la celebración o el anuncio de elecciones en contextos de alta polarización, por lo que las movilizaciones han adquirido una fuerte significación política bajo un marco de resistencia antifascista cuya continuidad dependerá del ciclo electoral que, en Serbia, ha provocado la victoria de las listas estudiantiles. Segundo, el uso de la violencia, que ha sido especialmente relevante en Francia, Albania e Italia; sin embargo, también ha estado presente en Serbia o Bélgica y, en el caso español, según se acerca la celebración de las elecciones presenta conatos en Barcelona y otras capitales de provincia con presencia de grupos organizados de extrema izquierda. Tercero, la posición de las élites políticas que, en general, muestran una división entre la derecha que se opone a las movilizaciones, la izquierda radical que participa en ellas y la mainstream que es comprensiva con sus motivaciones. Una posición determinada por la posición en el gobierno o en la coalición del gobierno de los partidos de izquierda que, en el caso de Albania, se oponen frontalmente a las movilizaciones, en Alemania y Austria mantienen la oposición a sus reivindicaciones centrales, en Bélgica han contribuido a dividir la coalición de gobierno, mientras que el gobierno de España hizo suyos sus reclamos para ir variando su reacción. Por último, excepto en Irlanda, en donde el inicio del ciclo respondió a los sindicatos; y en Alemania, Serbia y España donde, por el contrario, fue iniciado por los jóvenes a través de las redes, proxit o movimientos sociales, en el resto de los casos empezaron bajo un modelo mixto con protagonismo de los estudiantes y el apoyo de los profesionales y sindicatos educativos. A partir de aquí, una vez que se iniciaron las primeras movilizaciones se irían sumando otros actores, agregando a lo distinto una elevada heterogeneidad en las manifestaciones y sus protagonistas.
En España, el malestar social se entrelaza con la disputa electoral y con formas de protesta que van de las acampadas a los disturbios
Lo heterogéneo
Sería imposible resumir el ciclo de protesta en una sola imagen, pues los performances que se despliegan en las calles van de las tradicionales marchas, sentadas y asambleas, a las acampadas o las huelgas, para llegar a los enfrentamientos con la policía, la agresión a funcionarios, la quema de edificios públicos e históricos y el asalto a comercios. Por lo tanto, estamos ante varias corrientes que parten desde lo organizado, tradicional y, en cierto modo, controlado, a lo inorgánico, en cierta manera novedoso y aparentemente incontrolable. Unas corrientes que se juntan, mezclan y separan mostrando que, además de la distinción, hay una fuerte heterogeneidad, por lo que las posiciones de los partidos frente a las protestas pueden cambiar con el tiempo especialmente si aumenta su violencia. En el caso de España, el que tengo más cercano, esto se ha evidenciado en una vertiginosa evolución en la que, primero, emergieron por la acampada en la Puerta del Sol promovida por el denominado Sindicato de Inquilinos de Madrid, un proxit del partido Comunes creado a partir del Sindicat de Llogateres de Barcelona, que posicionó públicamente el tema de los alquileres abusivos utilizando el desahucio de una jubilada, el llamado caso Maricarmen, que arrastraría por un par de semanas el apoyo de la opinión pública y los partidos de la izquierda en el gobierno para marcar una convocatoria de elecciones anticipadas; segundo, el abandono de la acampada por parte del proxit una vez que cumplió su objetivo, lo que no implicó la finalización de esta sino el cambio de su dirección por colectivos de la izquierda radical que se resisten a ser desalojados bajo una evidencia: en ningún momento se trató de una movilización capaz de acercarse a lo que fue el movimiento del 15-M de 2011, por más que se lograra convocar a algunas manifestaciones masivas, pero puntuales, se hayan instalado otras pequeñas acampadas en algunas capitales de provincias y se conecte con otras corrientes desplegadas anteriormente, como los reclamos propalestina, las reivindicaciones identitarias o las protestas laborales.
En paralelo, por un lado, la convocatoria electoral implicó una extraña convocatoria de huelga general por parte de los sindicatos de clase, pues esta se realiza en contra de la oposición al gobierno; y por otro, entronca con las protestas contra el gobierno de la Comunidad de Madrid que realiza el sector educativo desde hace años y que, en este momento, se han radicalizado con la convocatoria de varias huelgas según sectores —infantil, primaria, secundaria y universidad— lo que, en alguna convocatoria puntual, desembocó en duras cargas policiales. Además, el inicio de la precampaña electoral también ha derivado en protestas violentas de la extrema izquierda en muchas de las ciudades donde el partido de derecha radical Vox celebra sus actos, lo que ha sido justificado por los partidos de la izquierda en un marco que, en su conjunto, ha respondido a una lógica electoral más que social, más allá de que se apoye en proxit, movimientos y sindicatos. Cuando menos hasta que emergió una corriente más, cuyo origen es difuso y su manifestar inorgánico y violento. El 24 de octubre, Barcelona viviría una jornada de disturbios y robos tumultuosos a los comercios, protagonizados especialmente por jóvenes estudiantes de secundaria, convocados a través de las redes sociales por un ente desconocido autodenominado Blocus que, escudado en los motivos de las protestas, ha convocado a nuevos saqueos en Barcelona y otras ciudades. Ello ha causado el rechazo del conjunto de la clase política, anunciando derivadas imprevistas del ciclo y su interpretación.
Pero es que, además, invisibilizadas y desterradas como partes del ciclo de protestas, seguramente por estar enmarcadas como de derechas, en ese otoño caliente español también han salido a las calles de Madrid los vecinos de la ciudad de Ceuta, invadida desde Marruecos por inmigrantes; los médicos en sus protestas habituales, como las de los docentes, pero en esta ocasión frente al gobierno central; y las marchas de agricultores que, finalmente, fueron interrumpidas por las manifestaciones violentas de extrema derecha que surgieron en Madrid la noche del 28 de octubre, debido a un terrible y mortal accidente ferroviario ocurrido ese mismo día. Así que tener en cuenta estas protestas implica agregar más heterogeneidad para un marco común de profundo malestar. Por supuesto, en Serbia las corrientes son otras, articuladas por un movimiento estudiantil capaz de presentarse como alternativa electoral; y en Francia la lógica electoral supera la raíz profunda de una protesta, también caracterizada por su heterogeneidad que va del movimiento estudiantil y los sindicatos a los chalecos amarillos para llegar a los tumultos y la violencia de las masas… y así, caso por caso, en la búsqueda de lo común, aun siendo parcialmente.
El “cierre de autoridad” podría avanzar dentro del juego democrático, mediante medidas que reduzcan el pluralismo y la movilización social
Lo común
Las explicaciones sobre este ciclo español pasan, inevitablemente, por el oportunismo electoral y la capacidad que tiene la clase política para crear escenarios de polarización. Sin embargo, hay otras razones que no son excluyentes y pueden aplicarse al resto de los casos europeos, como la razonabilidad de los reclamos debido a la bajada de los estándares de bienestar, el agotamiento del modelo progresista, las malas gestiones y corrupción de los gobiernos, el renacer de grupos de extrema izquierda y derecha predispuestos al uso de la violencia, la fragilidad europea frente a intervenciones extranjeras desestabilizadoras, el aumento del crimen y el crimen organizado, la capacidad de las redes sociales para articular convocatorias espontáneas y cívicas pero también delincuenciales, y la crisis de motivación especialmente entre las generaciones más jóvenes que, en muchos países, son equivalentes a una población de origen inmigrante y también a la población más pobre, menos escolarizada, con mayor desempleo y peores trabajos, mayor anomia y/o que ocupa las zonas habitacionales más depauperadas que, en casos extremos, se han configurado como guetos que, combinados con la religión islámica, configuran un imaginario de sociedades paralelas con visos de realidad.
Esta situación la izquierda no la ha significado en clave de inclusión y, por tanto, de gestión de entrada, parámetros de convivencia e impacto sobre el Estado de bienestar. Por el contrario, la ha asumido como un tema humanitario e identitario proclive al multiculturalismo y, por lo tanto, en una clave crítica sobre las propias sociedades receptoras; una lógica simplificada que, pese a que presenta distinciones según los países debido a factores políticos como histórico-culturales y el número y origen de los inmigrantes y de las generaciones de origen inmigrante, ha conformado un relato reactivo común a la derecha radical europea, donde el componente identitario también es central, a favor del nacional-cristianismo, pero ha sido ligado con el control de entrada, la necesidad de integración y las cargas que supone la nueva población sobre el Estado de bienestar. Dichos elementos racionalizadores clave remiten a intereses materiales localizables y, por lo tanto, a la interpretación de determinados hechos que apelan a sujetos concretos sobre los que no solo incide la derecha meridional, sino a los que se llega a acercar la socialdemocracia danesa o sueca que, por supuesto, prescinde de la carga identitaria nacionalista y cultural. De este modo, más allá del ciclo de protestas visibles, el voto de protesta que se visibilizará, sobre todo entre las clases más desfavorecidas, orbita sobre chivos expiatorios sacados entre los mismos desfavorecidos, lo que en los países del área mediterránea favorece a la derecha radical y, en perspectiva, no resulta algo demasiado novedoso.
El 29 de noviembre se celebran elecciones en España, que el gobierno ha decidido enmarcar dentro de ese ciclo de protestas de un modo ambiguo pero mantenido, lo que las encuestas traducen como un crecimiento del apoyo a Vox en detrimento del Partido Popular, quienes según esas encuestas podrán conformar una holgada mayoría de gobierno de derecha. El 18 de abril del año entrante vendrá la primera vuelta de las presidenciales francesas, con las encuestas a favor de una victoria de Marine Le Pen en la segunda vuelta. En Italia, a más tardar serán en octubre de 2027, y frente a las protestas las encuestas revalidan el gobierno de Giorgia Meloni. En Portugal, habrá que esperar hasta el año 2028 si no hay una crisis de gobierno, pero las encuestas ya sitúan a Chega, el partido de la derecha radical, como la segunda fuerza. Esto podrá suponer lo que al inicio llamé un cierre de autoridad, es decir, un marco que responde a una demanda de reforzamiento ejecutivo encaminado a, primero, la reducción del pluralismo a través de reformas electorales mayoritarias o con cláusulas de gobernabilidad, la limitación de las rentas públicas destinadas a los sindicatos y el tejido asociativo o el control selectivo de la entrada de inmigrantes vinculado a aspectos laborales pero también identitarios; segundo, la expansión de una mentalidad distintiva de carácter nacional, lo que implica una política de integración y asimilación de la inmigración asentada sobre el sistema educativo y los medios culturales, y que previsiblemente afectará en especial a la comunidad musulmana; y tercero, una desmovilización social, lo que augura una despolitización del mundo social y puede implicar una reducción de las protestas, pero también una radicalización de los movimientos de extrema izquierda y derecha. Esta agenda no es autoritaria ni iliberal, en cuanto que puede ser realizada con reformas de ley cuya profundidad dependerá de las mayorías parlamentarias y los marcos institucionales, de la canalización de recursos públicos relacionada con el programa de gobierno, o de la estructura de competencias entre niveles gubernamentales y la capacidad de intervención central. Sin embargo, por más que esa autoridad y sus programas sean excluyentes, si están dentro de los límites del juego democrático tendrán que enfrentar el malestar objetivo y subjetivo que motivó las protestas, y tendrán que hacerlo asumiendo la realidad de una Europa que se muestra económica y socialmente deprimida, pero que ya es multiétnica —ojalá fuese mestiza—, y que este factor ni mucho menos puede tratarse como una señal de decadencia sino, decíamos al principio, de destrucción creativa.
* Profesor de la Universidad Complutense de Madrid, davihe04@ucm.es
Referencias
(1) Esos países son, por orden de aparición de las protestas: Francia, Alemania, España, Bélgica, Irlanda, Italia, Austria, Portugal, Albania, Grecia y Serbia. La nota de El País habla de 12 países, lo que no responde a nuestro análisis ni al mapa que agrega la nota que puede consultarse en https://elpais.com/internacional/europa/informada/2026-10-24/donde-y-por-que-se-protesta-en-europa-las-reivindicaciones-de-los-jovenes-de-cada-pais.html
























