Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
voces
"Ya estamos en puntos de no retorno": la ciencia climática ante la urgencia que los gobiernos no alcanzan a resolver
Entrevista con el Dr. Rodolfo Lacy
Jesús Caudillo
En plena emergencia climática, la pregunta ya no es si el cambio vendrá, sino quién lo conducirá. En esta conversación, Rodolfo Lacy analiza el papel de los gobiernos, las instituciones y la cooperación internacional frente a una transición que definirá el futuro ambiental del planeta.
La broma la hace él primero, apenas arranca la conversación. Cuando le dicen que está por comenzar la entrevista con El Diluvio, responde encantado: “de eso se trata el cambio climático. De un nuevo diluvio, nada más que ahora es de carácter atmosférico, más que de carácter hídrico”. Lo que sigue durante la siguiente hora de entrevista no tiene nada de broma.
La política climática ya no depende solo de ciencia y tecnología, sino de voluntad política y gobernanza global.
El doctor Rodolfo Lacy Tamayo acumula una trayectoria poco común: doctor en Ciencias e Ingeniería Ambientales por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), maestro en planeación ambiental por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), exdirector de acción climática y medio ambiente para América Latina en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y autor de un reporte reciente para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) sobre vulnerabilidad climática global. Habla con la precisión del científico y la urgencia de quien sabe, con datos en la mano, lo que se viene.
“Ya no es el clima que vivimos cuando nacimos”
La pregunta de entrada es obligada: ¿en qué momento estamos en términos de cambio climático? La respuesta no da rodeos. “Ya estamos en un momento de puntos de no retorno”. Las modificaciones en temperatura y ciclos del agua son, dice, suficientemente claras para afirmar que el clima de hoy ya no es el del siglo pasado, y que vamos hacia un aumento de entre 1.5 y 3 ºC en este siglo.
Para entender por qué eso importa, Lacy recurre a una analogía química: “el cambio climático no es una idea genérica. Es una medición precisa de los gases que de alguna manera regulan la temperatura del planeta y que si aumentan los gases es como si le agregaras sal al agua. Si aumentan esas sales en el agua va a llegar un momento en donde ya no la puedas tomar”. Lo mismo ocurre con la atmósfera: el bióxido de carbono, el metano, el ozono troposférico acumulan calor. A mayor concentración, mayor temperatura. “No es una cuestión de opinión pública, no es una cuestión de creencias o de ideología, simplemente es una ley física”.
Las consecuencias ya se miden. México, dice, registró hace dos años el punto más caliente en la historia de la humanidad: 89.9 ºC en el desierto de Altar, en Sonora, medidos por la NASA durante la ola de calor de 2024.
Lacy nació en Hermosillo. Conoce bien los veranos de Sonora. “Yo nací en Hermosillo a 41, 42 grados, esos eran mis veranos normales. Y ahora no, la nueva normalidad tiene picos de 51, 52 ºC. Entonces tú vas en el vehículo y pues el aire acondicionado no es capaz de darte un confort, pero tampoco en el carro ni en tu casa ni en la fábrica, mucho menos en el campo”. El resultado es una palabra que antes no formaba parte del vocabulario climático cotidiano: inhabitabilidad. “Empieza a haber condiciones de inhabitabilidad. Entonces el cambio climático ya empieza a afectar la vida de las personas de una forma cotidiana”.
La temperatura promedio de México, según estudios del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, ya supera 1.5 grados de calentamiento respecto a los niveles preindustriales —exactamente el umbral que el Acuerdo de París buscaba no rebasar—. “Nosotros ya vivimos una época posacuerdo de París”. Los que nacieron en el siglo pasado, dice con una mezcla de precisión y melancolía, no volverán a ver el clima de su infancia. “Ese ya es un punto de no retorno a una condición que yo tenía”.
La tecnología existe, el problema es otro
¿Se ha hecho lo suficiente? La respuesta de Lacy es técnicamente optimista y políticamente devastadora. “Actualmente tenemos tecnología para controlar el problema. Realmente, si hubiera voluntad, podríamos, literal, dejar de depender de los combustibles fósiles”. Los vehículos eléctricos, las energías solar y eólica, la agricultura de precisión: las herramientas están. Lo que falta no es innovación sino decisión.
La transición energética redefine las relaciones entre economía, desarrollo y sostenibilidad.
Pone el ejemplo de la telefonía móvil para ilustrar la velocidad a la que puede ocurrir una transición tecnológica cuando existe conveniencia e incentivos: “Hubo un momento en donde se pensaba que iba a tardar 30 años en que todas y todos los mexicanos cambiáramos a este tipo de teléfonos y no fue así. El cambio fue rapidísimo. En menos de cinco años ya los que vendían globos en la calle traían su celular”. El tránsito a tecnologías limpias podría ser igual de acelerado. No ocurre, dice, porque “hay una resistencia de la industria a dejar de tener las ganancias que tiene por una tecnología que es del siglo pasado”.
El catálogo de lo que ya hacen otros países y México no es largo y concreto. Noruega y Finlandia están prohibiendo el emplacamiento de vehículos de combustión interna. California fijó 2030 como fecha límite. Nueva York y Europa prohíben las motocicletas de gasolina para reparto. “Ese tipo de acciones y decisiones todavía no las estamos viendo en México de una manera contundente, porque no se le ha dado prioridad al tema. Estamos, por decirlo así, cuidando centavos y descuidando los pesos que es nuestra vida, es nuestro patrimonio natural“.
La pandemia, dice, fue la oportunidad perdida. Finlandia destinó el 90 % de sus recursos de recuperación económica a nuevas tecnologías limpias. México y buena parte del mundo no tomaron esa ruta. “Esa es una especie de pauta que debemos adoptar cada vez que haya coyunturas de esa naturaleza: repensar si la forma en que actualmente estamos satisfaciendo nuestras necesidades es la correcta”.
El Acuerdo de París y sus límites
El Acuerdo de París es vinculante para los países firmantes —sus congresos lo ratificaron—, pero carece de mecanismos de sanción efectivos. “Si no cumplimos con lo que prometimos hacer, no va a haber un organismo que nos sancione o nos intervenga”. El contraste con otros regímenes internacionales es elocuente: los acuerdos de no proliferación nuclear o los que regulan la invasión territorial entre países tienen, en sus palabras, más dientes. El clima, no.
Hay además un problema de escala temporal que, en 1992, cuando se firmó la Convención Marco en la Cumbre de Río, nadie anticipó correctamente: “teníamos un conocimiento sobre la ciencia climática y pensábamos que el cambio se iba a dar en 100 años. Y resulta que no es así”. El cambio ocurrió mucho más rápido. Los fenómenos hidrometeorológicos extremos ya son más intensos, frecuentes y costosos de lo que cualquier modelo predijo. “Ya no hay economía que pueda recuperar una zona como Acapulco, Nueva Orleans, los incendios en Los Ángeles, en Portugal, en Grecia”.
En riesgo, 239 millones de personas
La dimensión humana del cambio climático es el territorio donde el lenguaje científico de Lacy se vuelve más urgente. Acaba de publicar un reporte para la UNESCO —consultable ya en inglés, en proceso de traducción al español— sobre inequidades climáticas globales. El hallazgo central: para 2050 habrá aproximadamente 239 millones de personas en condiciones de altísima vulnerabilidad, que o mueren donde viven o tienen que emigrar.
La migración climática tiene una característica que la vuelve especialmente invisible: no existe una definición jurídica de “migrante climático” en Naciones Unidas. Eso significa que todos los mecanismos de protección y financiamiento internacionales no pueden canalizarse hacia estas personas. “La persona migrante climática se vuelve paria de la sociedad. Y si le preguntas por qué migró, no te va a decir que por un fenómeno hidrometeorológico extremo. Te va a decir: ‘quiero tener mejor empleo’”.
El fenómeno afecta de forma desproporcionada a las mujeres. En las zonas rurales más vulnerables, ellas son frecuentemente las jefas del hogar porque los hombres ya migraron a las ciudades o a Estados Unidos. “Llega el ejército, les dicen dejen todo porque esto se va a inundar, tienen que salir a un refugio, y cómo cargo con todo y de un momento a otro no. Y además no sé nadar”. Las niñas abandonan la escuela para ayudar a la familia. La cadena de pérdidas se extiende generación tras generación.
América Latina enfrenta el reto de actuar en la crisis climática sin sacrificar desarrollo ni equidad social.
La huella individual y la trampa del meme
¿Qué puede hacer la o el ciudadano mientras las industrias no ceden y los gobiernos van lentos? Lacy no descarta la acción individual, pero la sitúa en su justa dimensión. Un vuelo de ida y vuelta a Europa, dice, genera tanta contaminación como todo lo que produce una o un mexicano promedio en un año. Los que han tenido oportunidad de hacer viajes intercontinentales “generamos contaminación que después en nuestra práctica y en el pago de nuestros impuestos no estamos cubriendo. Se llaman externalidades”.
La lógica de fondo es sistémica: mientras no se internalicen esos costos —cambiando los aparatos para que no contaminen, reduciendo el consumo de plástico, usando fibras naturales— el problema no tiene solución individual posible. “No va a poder ser que venga un presidente con un buen programa y soluciona el problema. Eso no va a ser posible”, pero tampoco es argumento para la inacción personal. La respuesta, dice, tiene que ser colectiva y estructural al mismo tiempo.
Traza una analogía histórica que resulta incómoda precisamente porque es exacta: prohibir los combustibles fósiles es el equivalente contemporáneo de abolir la esclavitud. Hubo resistencia, hubo regresiones —Napoleón restableció la esclavitud en las colonias caribeñas al ver que la abolición le complicaba la economía—, pero la dirección de la historia era irreversible. “Los combustibles fósiles son lo que hay que prohibir para que podamos avanzar”. Los negacionistas del cambio climático, en ese marco, “en realidad son propagandistas para mantener sus negocios. Como decir que la población negra africana no son seres humanos. Es un absurdo”.
El derecho a saber que vas a morir en 15 minutos
A 30 años vista, si se mantiene la inercia actual, los riesgos más graves son los asociados a fenómenos hidrometeorológicos extremos. Lacy menciona Poza Rica, Acapulco, las niñas texanas ahogadas en un campamento de verano cuando el río se elevó de madrugada. En todos esos casos, la variable crítica no fue solo la intensidad del fenómeno, sino la ausencia de alertas tempranas efectivas.
“Yo digo que el primer derecho climático no escrito de alguien que vive en el planeta es saber si vas a morir dentro de 15 minutos”. México se comprometió ante la ONU a establecer un sistema de alerta temprana universal e individualizada. La tecnología para hacerlo existe: las compañías telefónicas saben en todo momento dónde está cada persona usuaria. El sistema podría guiarte al refugio más cercano, notificar si no llegas, preguntar si necesitas atención médica. “Eso ocurre en Estados Unidos. Hay que hacerlo aquí”.
Las tres decisiones que Lacy pediría a los gobiernos mundiales son: eliminar los combustibles fósiles de manera programada, proteger a las poblaciones vulnerables con sistemas de alerta y refugio, y transformar los sistemas productivos hacia la economía circular y la producción local. “Cuando yo crecí, tenía dos pantalones: uno para la escuela y otro para regresar de la escuela. Esa circularidad la hemos vivido en distintas generaciones. Hay que regresar a eso por necesidad, no por gusto”.
El cierre lo reserva para la metáfora que da nombre a la revista. Si hay que prepararse para el diluvio, dice, esa preparación “implica organización e implica invitar a otros seres vivos —se acuerdan del arca de Noé— a que se salven junto con nosotros. Porque esto es de una solución no solamente colectiva desde el punto de vista humano, sino ecológica desde el punto de vista del respeto a la naturaleza”.
El arca, esta vez, tendrá que ser construida con datos, tecnología y voluntad política. Los materiales están. El tiempo, cada vez menos.































