Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
voces
No es la naturaleza, es la civilización lo que está en riesgo
Redacción El Diluvio
Entrevista de Jorge Javier Romero al Dr. José Sarukhán
La crisis ambiental no es solo ecológica: es civilizatoria. Para José Sarukhán, perder biodiversidad significa erosionar la base material de la vida y enfrentar un futuro marcado por escasez, conflictos y desigualdad.
Hay una pregunta que José Sarukhán hace a sus alumnas y alumnos de licenciatura y bachillerato, cuando quiere romper con la abstracción: “¿saben que hoy en la mañana desayunaron biodiversidad? No tuercas, no tornillos, no inteligencia artificial: biodiversidad”. La respuesta suele dejarlos en silencio.
Esa pregunta —filosóficamente densa— es quizás la mejor entrada al pensamiento de uno de los ecólogos más importantes de México: la biodiversidad no es paisaje, sino la base material de la vida. Perderla no es un problema de naturaleza. Es una crisis civilizatoria.
La biodiversidad no es paisaje: es la infraestructura que sostiene alimentos, agua y estabilidad climática.
Sarukhán habló con Jorge Javier Romero, director de El Diluvio, en el marco del número dedicado a la crisis ambiental. Lo que siguió fue una conversación que recorrió la historia evolutiva de la especie, la cocina como umbral cultural, las 61 razas de maíz que las y los campesinos mexicanos siembran año con año, y el divorcio creciente entre el conocimiento científico y las decisiones políticas. También, al final, una apuesta —modesta, pero firme— por la posibilidad de que algo cambie.
El mono que cocinó y cambió el planeta
Sarukhán no empieza por la crisis. Empieza por el origen. Para entender por qué estamos donde estamos, dice, hay que saber qué somos. Y lo que somos es, en términos cósmicos, recién llegados. Usa el calendario de Carl Sagan: si el Big Bang ocurrió el primero de enero a medianoche, el homo sapiens aparece en el último segundo del último día de diciembre. “Somos producto de un proceso evolutivo cósmico y orgánico. Aparecemos cuando el planeta ha tenido miles de millones de años de funcionamiento”.
En ese proceso hay un momento bisagra que le apasiona: el descubrimiento del fuego para cocinar. No como metáfora, sino como mecanismo biológico. Cocinar los alimentos redujo la necesidad de aparatos digestivos largos y complejos —como los de los orangutanes y chimpancés—, liberó energía metabólica y esa energía, con el tiempo, permitió el desarrollo de mayor capacidad cerebral. “Ese ahorro de tejido y de energía empezó a dar la posibilidad de que algunos individuos tuvieran un poco de más capacidad cerebral. Y estos tuvieron una ventaja sobre los otros”. Levi-Strauss, recuerda, lo dijo de otra manera: la humanidad empezó a existir cuando cocinó su comida.
El producto de ese cerebro mayor —mayor, aclara, que el de los bonobos, con quienes compartimos más del noventa por ciento del ADN— ha sido extraordinario: comprender que el planeta no era plano, que giraba alrededor del Sol, que los rayos no eran castigos divinos sino fenómenos naturales. Y también: abolir la esclavitud, reconocer derechos humanos, empezar a desmantelar la dominación masculina sobre el conocimiento y la vida pública. “Para mí uno de los grandes cambios ha sido el de aceptar que hemos vivido intelectualmente en el planeta de manera hemipléjica. Porque la dominación masculina sobre todo lo que pasaba fue tal que toda la capacidad intelectual de las mujeres quedó arrinconada“.
Pero ese mismo cerebro, advierte Sarukhán, ha sido también el motor de la depredación. A veces inconscientemente, por ignorancia de los efectos. Y cada vez más, conscientemente, con interés económico. “Hay grupos interesados en que estas cosas se mantengan. Y esos son los obstáculos más fuertes que hay, en mi opinión, para un cambio civilizatorio real”.
La crisis que la sociedad no alcanza a ver
Cuando se le pregunta cuál es la crisis ambiental que debería preocuparnos más, Sarukhán rechaza de entrada la posibilidad de jerarquizar. Los procesos están interrelacionados de manera tan profunda que fraccionarlos distorsiona el diagnóstico. El calentamiento global intensifica los huracanes. Los huracanes alteran el ciclo del agua. La pérdida de bosques rompe la infiltración al suelo. Sin infiltración, se colapsan los acuíferos. Sin acuíferos, la crisis hídrica se vuelve estructural. “El ciclo hidrológico es algo que no está en el conocimiento de nadie porque nadie se lo enseña en ningún momento en la escuela”.
Hace veinte años, dice, predijo con base en la literatura científica que habría más huracanes y más intensos por el calentamiento de la superficie del mar. “Ahí está una de las cosas que está muy ligada”. No lo dice con satisfacción, sino con la resignación de quien vio venir algo que nadie quiso escuchar.
La pérdida acelerada de ecosistemas amenaza la seguridad alimentaria y el equilibrio del ciclo hidrológico.
Lo que más le preocupa en el momento actual no es solo el deterioro físico del planeta, sino su combinación con el avance del negacionismo político. “Con esta andanada populista que está avanzando en la política mundial, el nuevo negacionismo climático se está imponiendo”. No es negacionismo científico en el sentido estricto —hay datos, mediciones, certezas físicas que no admiten discusión—. Es negacionismo político: el uso deliberado de la duda como instrumento para proteger intereses económicos. El precedente, señala, viene del tabaco.
El divorcio entre ciencia y política tiene consecuencias concretas. Ha estado en varias COP de biodiversidad. Vio de cerca cómo las delegaciones nacionales llegaban con mandatos rígidos —esto sí, todo lo demás no— y convertían el espacio de negociación en una confrontación sin argumentos. “Los países los están mandando a hacer aquí cosas que son importantes para este mundo, para este planeta, y no está ocurriendo”. Desde la Cumbre de Río se estableció el objetivo de conservar la biodiversidad. ¿Qué ha pasado? “Hemos perdido biodiversidad a raudales por la forma como estamos cambiando el territorio para la alimentación, muchas veces de manera muy ineficiente y con muchos daños ambientales”.
Biodiversidad como infraestructura
La pregunta que le plantea Romero en el centro de la conversación es quizás la más difícil: ¿cómo se explica con claridad que la pérdida de biodiversidad no es un problema de naturaleza sino una crisis material? Sarukhán tiene una respuesta que pasa por México, por el maíz, por la cocina y por el campo, que las y los académicos suelen mirar con condescendencia.
México, dice, no es solo megadiverso en términos biológicos silvestres. Esa diversidad natural permitió el origen y desarrollo de una cantidad extraordinaria de culturas, y esas culturas generaron a su vez una nueva riqueza biológica: las plantas domesticadas. México es uno de los centros de domesticación de plantas más importantes del mundo. El maíz es el ejemplo más conocido, pero hay 61 razas distintas que año con año las y los campesinos siembran, cosechan, intercambian y vuelven a sembrar. “Yo estoy convencido de que las y los campesinos son todo menos franciscanos descalzos que están haciendo esas cosas por amor al arte. Lo están haciendo porque les importa, porque valoran esto”.
Lo que le frustra es la incapacidad de incorporar ese conocimiento de manera real —no folclorista, no decorativa— a las políticas públicas. Hay demostraciones claras en México de que es posible conservar la naturaleza, usarla, generar bienes para la gente, y resolver al mismo tiempo dos problemas: la conservación de la diversidad biológica y la subsistencia de la población. “Aquí hay 100 ejemplos de que sí se puede y que se ha hecho. Y la mayor parte de las veces se ha hecho sin ninguna ayuda de una política pública”.
La diversidad culinaria mexicana —declarada por la UNESCO patrimonio intangible de la humanidad— es la expresión más visible de esa riqueza. Pero Sarukhán recuerda con algo de amargura cómo se aprovechó ese reconocimiento: “¿En dónde pusieron esa idea? En los restaurantes de Michelin. En la Secretaría de Turismo. ¿Y las y los mexicanos qué?”. Son quienes trabajan en el campo los que mantienen esa tradición de cultivo, que cuidan la diversidad genética del maíz y de decenas de otras especies. Siguen siendo invisibles para las políticas del Estado.
Lo que falla no es el diagnóstico
¿Qué falla entonces con más frecuencia cuando se intenta traducir el conocimiento en acción? Sarukhán identifica tres capas. La primera es ignorancia genuina: quienes toman decisiones simplemente no saben lo que está en juego. La segunda es interés personal o de grupo, disfrazado de gestión pública. Y la tercera, la más difícil de combatir, es la distancia entre la escala de los problemas ambientales y los horizontes temporales de la política. “Todas estas cosas de las que estamos hablando están en un plano tan lejano que simplemente no se considera”.
Sin presión social informada, advierte Sarukhán, los gobiernos difícilmente cambiarán el rumbo ambiental.
El sistema educativo es el trasfondo de todo. “Mi problema más serio o el problema más serio que yo veo a lo largo de generaciones, es que no hemos tenido el sistema educativo que forme ciudadanía en este país. Somos 130 millones de habitantes, pero no 130 millones de ciudadanas y ciudadanos“. La gente del campo —que conoce el entorno, que sabe cómo usarlo, que ha demostrado que se puede conservar y aprovechar al mismo tiempo— es sistemáticamente ignorada o romantizada sin consecuencias prácticas. Ambas actitudes son, a su manera, formas de no escucharla.
La pregunta sobre cuál es el conflicto ambiental más difícil que México evita hoy discutir —¿energía contra territorio?, ¿agroindustria contra agua?, ¿infraestructura contra selvas?— recibe una respuesta que vuelve al principio: es imposible separarlo. Pero si tuviera que concentrar los esfuerzos en algo, sería en el agua. No en el agua como recurso aislado, sino en todo el sistema que la produce: las montañas, los bosques, la infiltración, los manantiales, los ríos, los acuíferos. “Si eso no lo tenemos, la crisis de agua y todo lo que significa en cuestiones de vida urbana y de alimentación va a ser gigantesca“.
El futuro que nos estamos dejando
¿Qué panorama esperar si se mantiene la inercia? Sarukhán no es profeta, lo dice él mismo. Pero sí ve con claridad la dirección. “Estamos creando los fermentos de una crisis social y económica global cuyos resultados no sé cuáles van a ser”. Lo que sí sabe es que no será solo malestar difuso: será escasez de alimentos, muertes, guerras por recursos, desplazamientos masivos y una desigualdad que se intensificará porque las regiones del mundo que van a sufrir más ya están sufriendo más. “Esa es la situación a la que yo creo que llegaríamos, y además con una enorme injusticia a las siguientes generaciones, que van a decir: ‘¿qué hicieron todos estos tipos antes con el mundo?’”.
Pero la conversación no termina ahí. Romero le señala que, a lo largo del diálogo, Sarukhán ha sido sorprendentemente optimista. La respuesta es directa: “A mí Julia Carabias siempre me criticaba porque yo era muy pesimista. Le dije, Julia, no soy pesimista, soy un optimista con datos”.
Los datos que sostienen ese optimismo son concretos: la vacuna contra el covid-19 en menos de un año. Mario Molina descubriendo desde un laboratorio que los clorofluorocarbonos destruían la capa de ozono, y el mundo respondiendo con el Protocolo de Montreal. Vecinos de Tamaulipas que usaron imágenes satelitales de la Conabio —Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad— para llevar a la Suprema Corte a un alcalde que quería arrasar un manglar, y ganaron. Cien casos documentados de uso exitoso del patrimonio natural de México —consultables en la página de la Conabio— en los que comunidades conservaron, aprovecharon y vivieron de su entorno sin apoyo del Estado.
La condición para que ese optimismo tenga algún asidero en la realidad es una: “Si no hay un movimiento social informado, activo, que presione a los diferentes niveles de gobierno para que las cosas cambien, ni aquí ni en China”. El conocimiento existe. Las herramientas existen. La pregunta es si la gente más joven —que Sarukhán percibe como la más sensible a estos temas, quizás porque saben que van a tener que vivir en el planeta que los mayores les estamos dejando— tendrá la energía para convertir esa sensibilidad en acción colectiva sostenida.
Cuando cocinamos la comida, dice Levi-Strauss, empezamos a ser humanos. Quizás lo que está en juego ahora es si somos capaces de usar ese cerebro —el que creció gracias al fuego, el que mandó cohetes a la luna, el que abolió la esclavitud— para decidir, por primera vez en la historia, no destruir el sistema que nos hizo posibles.































