Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Narrar en un mundo que no se detiene
Víctor Gutiérrez Sanz *
En la era digital, narrar ya no consiste solo en escribir una historia: implica disputar la atención de la persona lectora en un entorno diseñado para interrumpirla.
Permítanme empezar este texto con una interioridad. Dentro de poco volveré a ser padre y últimamente vivo con una especie de cuenta atrás latiéndome dentro de la cabeza. Todo toma forma al ritmo de un compás extraño: los días, las tareas, incluso la forma de ordenar las frases. Escribo bajo ese reloj. Y me he dado cuenta de que, en esta tentativa de ir tachando tareas pendientes antes de que cambie el paisaje de la casa, mi manera de escribir se ha vuelto más fragmentaria, más vulnerable, más porosa.
Así que, cuando hace unos días me invitaron a participar en esta revista con un artículo sobre cómo lo digital ha modificado la forma de narrar, lo tuve claro: si una situación personal puede modificar la forma de la escritura de esta manera, ¿cómo no lo hará el cambio brutal al que estamos sometidos en nuestra adaptación cotidiana a lo digital?
Las plataformas no solo distribuyen relatos: también moldean su forma.
Empecé así a pergeñar este texto. Durante un momento me gustó pensarlo como si me hubieran concedido el honor de redactar un epílogo apócrifo para El infinito en un junco, ese libro de Irene Vallejo que recuerda, entre otras cosas, que toda historia sobre la escritura es también una historia sobre sus soportes, sus viajes y sus metamorfosis. Pero cuanto más vueltas le daba a la pregunta, más sentía que se quedaba un poco corta, porque hablar del impacto de lo digital sobre la narración obliga a mirar en dos direcciones al mismo tiempo.
Está, por supuesto, la transformación de la escritura como consecuencia de la incorporación cotidiana de lo digital —desde escribir en un ordenador hasta pedirle a una inteligencia artificial que revise un texto—. Pero junto a eso se ha alterado también el modo en que leemos, escuchamos; es decir, el modo en que atendemos. Y cuando cambia la recepción, cambia también la escritura, aunque sea de manera más silenciosa.
Por eso quiero que estas páginas avancen bajo el signo de Jano, el dios de los comienzos y de las transiciones, que tenía dos rostros para vigilar a la vez el adentro y el afuera. Uno mirará a la narración en entornos digitales; el otro se volverá hacia la lectura, esa atención sitiada que intenta demorarse en una historia mientras alrededor todo brilla, vibra y reclama.
Sobre cómo narramos en entornos digitales
Durante bastante tiempo nos engañamos pensando que lo digital era poco más que un nuevo recipiente. Bastaba, creíamos, con verter en la pantalla las viejas formas del relato, como quien cambia de jarrón unas flores y espera que el aroma permanezca intacto. Hoy sabemos que no era tan sencillo.
Quien escribe narraciones para el entorno digital siente enseguida que el tiempo ha sido alterado. La linealidad, tan cómoda para ciertas formas narrativas, sigue existiendo, pero se resquebraja su posición hegemónica. No hablo de alteraciones narrativas del tiempo lineal —analepsis y prolepsis, recursos que se remontan prácticamente al inicio del arte de narrar—, sino de algo más profundo: la quiebra de una concepción lineal del relato.
Las narraciones, ahora, pueden aparecer desmenuzadas en piezas que necesitan sostenerse por separado y, al mismo tiempo, insinuar que forman parte de algo más amplio. Henry Jenkins popularizó el concepto de narrativa transmedia para referirse a esta nueva forma de contar. La o el escritor contemporáneo trabaja muchas veces como un montador de fragmentos: narrar en digital exige pensar por capas; ya no basta con que la historia esté bien escrita en el sentido clásico, debe encontrar también una forma de desplegarse en la superficie de la pantalla.
La gran pregunta ahora es cómo evitar que la persona lectora se marche en los primeros segundos. Es como querer agarrarla por la solapa.
Por un lado, está la interfaz que, aunque pueda parecer un término ajeno a la escritura, condiciona la manera en que una historia se construye. Una misma narración cambia cuando aparece en la página de un periódico, en una newsletter, en una pieza interactiva, en un podcast, en un videojuego o en un libro de papel. Cambia su temperatura, cambia la expectativa de la persona receptora, cambia incluso el tipo de atención que puede pedir. Hay relatos que en papel se apoyaban en la continuidad y que en digital tienen que aprender a respirar por fragmentos breves; otros, en cambio, encuentran en la combinación de lenguajes una potencia que antes no tenían —véase el ejemplo ya canónico de periodismo multimedia “Snow Fall”, de John Branch en The New York Times—.
Pero ahí aparece el segundo actor: las plataformas. Hoy narramos dentro de infraestructuras ajenas, diseñadas por empresas que convierten la circulación en dato y la atención en moneda. El algoritmo —esa criatura opaca que ordena lo visible— ha terminado por sentarse a la mesa de trabajo del narrador, aunque nadie lo haya invitado: ejerce un juicio estético al privilegiar ciertos ritmos, ciertas intensidades, ciertas fórmulas de entrada.
No conviene, sin embargo, exagerar la tragedia. Los sistemas culturales —literario, pictórico, cinematográfico— han estado dominados tradicionalmente por intermediarios que decidían qué se publicaba y qué no. Tampoco puede olvidarse, como señala Virginia Woolf, que la capacidad de creación depende de unas condiciones materiales que han sido negadas a gran parte de la población.
Aquí lo digital ha abierto posibilidades formidables: ha democratizado la publicación, ha ensanchado el campo de la experimentación, ha permitido que historias muy distintas encuentren su comunidad. Nunca fue tan fácil mezclar texto, imagen, audio, datos, animación y archivo para construir una forma de relato capaz de interpelar desde varios frentes a la vez. Lo que ocurre es que toda potencia lleva adherida una sombra: junto a la libertad creativa ha crecido una presión cuantificadora que empuja a escribir pendiente del rendimiento, como si toda historia tuviera que rendir cuentas de inmediato ante las métricas.
Por eso una de las virtudes centrales del narrador digital quizá sea hoy una forma muy particular de la templanza: saber habitar las herramientas sin dejar que las herramientas lo escriban a uno. Aprender los códigos de la época sin entregarse por completo a ellos. Entender que una historia puede entrar por un fragmento y, aun así, conservar hondura.
La tarea del narrador contemporáneo es aprender a usar las herramientas sin dejar que ellas escriban por él.
La lucha por la atención
La otra cabeza de Jano mira hacia el lado de quien lee. Leer en digital se ha convertido, para muchas personas, en una experiencia sometida a una centrifugadora constante. Manuel Castells describió hace tiempo una sociedad articulada en redes de información que fluyen sin descanso. Habitar ese mundo tiene consecuencias muy concretas: la abundancia trae consigo una dificultad nueva, que es sostener la atención.
Byung-Chul Han, en su ensayo En el enjambre, explica que como consecuencia de esta sobreabundancia de información se ha producido una “totalización del presente” que aniquila las acciones que dan tiempo, como responsabilizarse o comprometerse. Y para leer se requiere compromiso. El viejo acto de sentarse y dedicarse a un libro, con su liturgia modesta de silencio y demora, convive ahora con un consumo de información mucho más entrecortado. Para muchas personas la lectura se resume en un gesto: deslizar el dedo. Scroll. Scroll. Scroll. Un rosario de estímulos que pasa por delante de los ojos dejando a veces más cansancio que memoria.
No quiero decir que nos hayamos vuelto incapaces de leer: la nostalgia simplifica demasiado y casi siempre entiende mal el presente. Lo cierto es que hemos desarrollado otras destrezas: localizamos patrones con rapidez, saltamos entre formatos, interpretamos imágenes, titulares, datos y sonidos en combinaciones cada vez más complejas. El problema no está tanto en una supuesta degradación de la o el lector como en el régimen de atención al que vive sometido.
De ahí que la escritura contemporánea viva obsesionada con el umbral, con la entrada. La gran pregunta ahora es cómo evitar que la persona lectora se marche en los primeros segundos. Toda una artesanía del enganche ha ido ocupando el centro de la escena: títulos, entradillas, miniaturas, frases de apertura que quieren agarrar a quien lee por la solapa. Algo comprensible, sin duda, pero también peligroso: cuando el comienzo concentra toda la energía de seducción, el resto del texto corre el riesgo de convertirse en una promesa que se desinfla. Y una narración vale, entre otras cosas, por su capacidad de sostener, no solo de atraer.
A todo esto se suma que la o el lector digital ya no permanece callado al otro lado del texto, lo que obliga a repensar la autoridad narrativa. Antes quien escribía podía imaginar que acompañaba a su lectora o lector con cierta soberanía, llevando el hilo desde el primer párrafo hasta el último. Hoy vivimos en una época de fragmentos emancipados, repleta de pequeñas astillas de discurso que circulan con vida propia.
Sin embargo, sería un error concluir de ahí que la narración ha perdido su fuerza. En un mundo repleto de datos, opiniones y hechos, la narración sigue siendo uno de los mecanismos más poderosos para dotar de orden y sentido al mundo que habitamos. Lo digital ha trastocado la forma de narrar porque ha trastocado la textura misma de nuestra vida cotidiana, pero las historias permanecen.
Escribo estas últimas líneas y el tic tac sigue ahí, al fondo, como un metrónomo íntimo. Tal vez por eso me aferro a una certeza pequeña, pero tranquilizadora cuando pienso en mi hijo, que vendrá a un mundo que cambia a tal velocidad que me resulta imposible imaginar cómo será el contexto en que vivirá. Esa certeza es simple: creo, de verdad, que en medio de tanto ruido narrar continúa siendo una forma de amparo. Y leer, cuando de verdad ocurre, todavía se parece un poco a volver a casa.
* Profesor e investigador universitario de la Universidad Internacional de La Rioja.































