Año 1, núm. 5, diciembre de 2025
ISSN 3122-3583
a fondo
La administración capturada
Fernando Nieto Morales *
La competencia pluralista, que debería significar el derecho a elegir, se percibe como el riesgo de perderlo todo. Las y los funcionarios, atrapados entre la lealtad y el miedo, prefieren callar. La captura burocrática se naturaliza.
Los autoritarismos del siglo XXI son más discretos y, al menos por ahora, menos brutales que los de antes. No acuden a la represión abierta ni a los golpes de Estado. En cambio, se proclaman democráticos, se presentan a las elecciones y promulgan reformas en el Congreso, cumpliendo con frecuencia todas las formalidades. Es, como dice Carlos Bravo Regidor, como si tuvieran que “guardar las apariencias”. Pero mientras aparentan respetar las reglas, en realidad las van desmantelando pieza por pieza: cambian las leyes, concentran el poder y desactivan o eliminan a sus contrapesos, todo bajo el manto de un inapelable mandato popular.
A diferencia de otros momentos, la actual erosión democrática, es decir, el deslizamiento del pluralismo y la institucionalización hacia la concentración del poder en manos de un líder o de un movimiento, suele comenzar —o al menos intensificarse— en espacios que considerábamos parte normal del juego democrático y del ejercicio mismo del gobierno. Uno de ellos, crucial pero subestimado, es la facultad de nombrar al personal y ocupar cargos públicos.
Lo que en apariencia es un asunto meramente técnico —nombrar, remover, sustituir personal— se convierte en una tecnología de autocratización.
La forma en que se designa a las y los funcionarios determina quién controla los recursos, quién toma las decisiones y cómo se ejecutan las políticas. Sin embargo, a primera vista, podría parecer un detalle. Después de todo, resulta razonable pensar que toda persona líder tiene derecho a rodearse de gente afín a su proyecto político, pero poco a poco, las decisiones sobre los cargos y el personal van alterando la estructura misma del Estado. Los organismos que antes funcionaban como contrapesos se llenan de leales disciplinados; las y los funcionarios aprenden a obedecer sin chistar, porque su trabajo depende de la continuidad del grupo en el poder; las instituciones públicas se transforman en extensiones de la voluntad del líder. Lo que en apariencia es un asunto meramente técnico —nombrar, remover, sustituir personal— se convierte en una tecnología de autocratización. En última instancia, la política de nombramientos revela el tipo de Estado que se construye: uno que rinde cuentas o uno que obedece.
La captura de la administración
Vamos por partes. La “captura” a la que me refiero es el proceso de colonización del Estado por intereses facciosos. Su expresión más común es el “sistema de botín”: la costumbre de repartir cargos públicos como recompensa política, asegurando lealtades a cambio de puestos, sueldos y parcelas de poder administrativo. Bajo esa lógica, el Estado deja de ser común y se convierte en trofeo, un territorio que se conquista y se reparte entre los vencedores.
En Hungría, Viktor Orbán lo entendió muy bien. Desde su regreso al poder en 2010, el partido Fidesz reformó el servicio civil para garantizar la permanencia de sus cuadros en la administración, transformó los órganos reguladores y colocó leales en cada eslabón del aparato estatal. Una década después, el resultado es un régimen que celebra elecciones, pero en el que todo, desde la fiscalía hasta las universidades, responde a la lógica del partido y de su líder. Algo similar ocurrió en Polonia, donde el partido Ley y Justicia (PiS) colonizó las agencias estatales y los medios públicos mediante una estrategia de nombramientos ideológicos.
El ejemplo más extremo de esta lógica es la reforma judicial aprobada recientemente en México, que plantea la sustitución masiva del personal de carrera mediante procesos electorales. Bajo la fachada de democratizar la justicia, la reforma desmantela los mecanismos profesionales que, con todos sus límites, funcionaban como defensa frente a la captura. Una judicatura cuyas plazas dependen de ciclos electorales deja de ser un contrapeso y se convierte en un botín más. Es la expresión in extremis de lo que aquí argumento: cuando la lealtad reemplaza al mérito en la selección y continuidad del personal, no solo la administración pública, sino también la justicia, se subordinan al proyecto gobernante, disolviendo las fronteras entre Estado y facción.
En países con servicios civiles débiles, donde los cargos dependen más de la política que del mérito, el patronazgo y el sistema de botín no son una mera desviación: son la forma habitual de acceder al poder y de organizarlo. Quien llega al gobierno reparte posiciones para recompensar los apoyos, asegurar el control y blindar la ejecución de su programa. Cada nombramiento político teje una red de dependencias (o complicidades) que, a fuerza de expandirse, se vuelve más costosa de desmontar. Cuando la administración se captura, ceder el poder equivale a perderlo todo: presupuesto, prestigio, empleos, acceso. Lo que antes era una alternancia democrática se convierte para el capturador en una amenaza existencial.
Por eso, en México, organismos como el Instituto Nacional Electora (INE), la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece) o el Instituto Nacional de Acceso a la Información (Inai) fueron diseñados para aislar ciertas decisiones del vaivén político y, en teoría, evitar la captura. Pero el impulso populista de los últimos años ha desfondado esa lógica: la autonomía se ha vuelto sinónimo de sospecha y la capacidad técnica se piensa, en el mejor de los casos, secundaria. El punto es que reemplazar cuerpos técnicos por militantes, cooptar o disolver contrapesos y desconfiar de funcionarias, funcionarios o juezas y jueces de carrera son formas de centralizar el poder, tan preocupantes como violar las leyes o lograr malhabidas mayorías en el Congreso.
Cuando un nuevo gobierno reemplaza a miles de funcionarias y funcionarios para colocar a los suyos no solo desperdicia experiencia; aumenta el costo de la alternancia.
Conviene, sin embargo, subrayar algo: en países como México el sistema de botín nunca se erradicó realmente. Buena parte de América Latina edificó sus instituciones públicas sobre una mezcla inestable de mérito en el papel y de lealtad en la práctica. Los concursos, cuando existieron, convivieron con el favor político; la carrera administrativa avanzó a trompicones, atrapada entre la promesa de estabilidad en el empleo (que casi nunca se cumplió) y la inercia del patronazgo. En ese contexto, es cierto que el populismo reciente no inventó la captura: simplemente la heredó y la potenció. Lo que antes era una costumbre informal se convirtió en una estrategia de autocratización. Donde antes había informalidad y hasta cierto pudor, hoy hay una estrategia explícita: la lealtad política se convirtió en un criterio manifiesto y revindicado para el ingreso y la permanencia en el puesto.
En México, la creación del servicio profesional de carrera, en 2003, prometió un quiebre histórico. Pero su cobertura siempre fue notablemente limitada y su aplicación, intermitente y débil. No fue abolido por las y los populistas (hasta ahora), en buena medida porque nunca funcionó como un verdadero mecanismo de defensa frente a la captura. En otras palabras, como la profesionalización nunca llegó a consolidarse, la burocracia heredada de la alternancia quedó atrapada entre los discursos de modernización y las prácticas de botín que nunca desaparecieron. Por eso, cuando llegó el populismo iliberal, el terreno ya estaba allanado.
La trampa del patronazgo
Una vez capturada, la administración no solo pierde autonomía y capacidad, sino que también se convierte en un factor político. Cuando la estabilidad laboral depende de la lealtad, los burócratas se convierten en un electorado cautivo. No necesitan que nadie los obligue a apoyar al líder en el poder: su supervivencia económica y profesional ya los alinea. Una directora de programa, un asesor jurídico, un coordinador regional y un “servidor de la nación”: todos saben que si gana la oposición, pueden quedarse sin empleo.
La competencia pluralista, que debería significar el derecho a elegir, se percibe como el riesgo de perderlo todo. Así, la burocracia pública deja de ser neutral y se convierte en facción. Las y los funcionarios, atrapados entre la lealtad y el miedo, prefieren callar. La captura burocrática se naturaliza. En lugares como México, Venezuela o Hungría, la alternancia política se vive en las oficinas públicas como una amenaza personal. Por ende, lo que en principio era una estrategia de control desde arriba se consolida como una condición endógena de autocratización: el sistema produce sus propios incentivos para no ceder y seguir concentrando el poder.
Cuando un nuevo gobierno reemplaza a miles de funcionarias y funcionarios para colocar a los suyos no solo desperdicia experiencia; aumenta el costo de la alternancia. La política se vuelve un juego de suma cero, una guerra de ocupación del aparato estatal. Más aún, en los regímenes que han avanzado más lejos en este proceso, la captura institucional no solo garantiza obediencia, sino también impunidad. Los órganos de control, las fiscalías y los tribunales ya no sirven para fiscalizar al poder, sino para protegerlo. Los autócratas en potencia ya no temen perder, porque saben que el aparato que debería vigilarlos ha sido ya colonizado. Quien obedece no se atreve a protestar porque sabe que su empleo depende de su lealtad al líder y su movimiento.
Con todo, capturar a las instituciones vía el empleo produce disciplina a corto plazo, pero fragilidad a largo plazo. Es decir, la obsesión por mantener el control termina por minar la gobernabilidad. Los gobiernos que sustituyen la competencia por la obediencia acaso logran imponer su agenda con rapidez, pero destruyen la capacidad de las instituciones públicas para formular y ejecutar buenas políticas públicas y proveer servicios públicos de calidad. El autócrata que despide a los técnicos y contrata a los leales termina por reinventar la rueda: cambia los manuales, reescribe las reglas, reentrena al personal. Los proyectos se interrumpen, los indicadores se manipulan, la memoria institucional se diluye. La lealtad sirve para controlar, pero no para gobernar bien. Esa es la trampa del patronazgo: el poder que captura todo termina cautivo de sí mismo.
Defender la administración, defender la democracia
Frente a la erosión, la profesionalización no es un lujo tecnocrático, sino una defensa democrática. Ya se ha dicho mucho, pero hay que insistir: un servicio civil basado en el mérito y la igualdad de oportunidades garantiza que el Estado pueda cambiar de gobierno sin perder continuidad. Protege a funcionarias y funcionarios de la arbitrariedad política y, al mismo tiempo, a la sociedad de una deriva autoritaria. En América Latina, la idea de construir instituciones públicas profesionales sigue siendo un proyecto inconcluso. Los avances de Chile, Uruguay o Costa Rica contrastan con la fragilidad de México o Argentina, pero el debate suele quedarse atrapado en el lenguaje técnico, como si se tratara meramente de un asunto de herramientas de gestión o de reglas administrativas. No lo es. La profesionalización es una política de democratización. Sin ella, la alternancia se convierte en un salto al vacío.
El problema no es únicamente de diseño institucional, sino también de cultura política. Mientras los cargos públicos sigan percibiéndose como recompensas, la tentación de usarlos para asegurar lealtades será demasiado grande. Un país con burócratas o jueces que esperan conservar su empleo solo si su partido gana no puede tener instituciones imparciales. Y un país sin instituciones imparciales no puede tener una democracia de veras para todas las personas.
La captura convierte el empleo público en una extensión de la erosión, pero también puede revertirse. Las y los mismos funcionarios que hoy callan por miedo pueden convertirse en defensores de la profesionalización si encuentran garantías para hablar, permanecer y servir sin depender del favor político. Esa transformación, del leal al profesional, del cautivo al ciudadano, es lenta, pero posible. En última instancia, la democracia no se sostiene solo en las urnas, sino también en las oficinas, en los escritorios y en las ventanillas.
Las personas líderes con aspiraciones autoritarias no se imponen con macanas ni con censura, pero sí se consolidan con nóminas. La lista de quién entra y quién sale del servicio público es quizá la frontera más frágil entre democracia y autoritarismo. Capturar el empleo estatal permite controlar la maquinaria del poder y, al mismo tiempo, crear una base dependiente. Es una de las armas más discretas y eficaces del populismo iliberal contemporáneo: reduce el costo de gobernar y eleva el costo de perder. Por eso, si de verdad queremos revertir la erosión democrática, conviene mirar más allá de las curules y los partidos. Porque sí: ahí donde se firman los nombramientos también se decide el destino de la democracia.
* Profesor investigador de El Colegio de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores.






























