Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
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"Estamos poniendo los cimientos": las y los biólogos mexicanos y la urgencia de un gremio que busca ser escuchado
Entrevista con el Dr. Adolfo Mejía
Jesús Caudillo
México cuenta con leyes ambientales, instituciones y diagnósticos. Lo que falta, dice el biólogo Adolfo Mejía Ponce de León, es algo mucho más difícil: convertir ese conocimiento en acción efectiva.
Hay algo que el doctor Adolfo Mejía Ponce de León repite con insistencia a lo largo de esta entrevista con El Diluvio: México tiene el marco legal, tiene las instituciones, tiene los diagnósticos. Lo que falla es la implementación. Investigador del Centro Interdisciplinario de Investigaciones y Estudios sobre Medio Ambiente y Desarrollo, del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y presidente de la Federación Mexicana de Colegios de Biólogos, Mejía Ponce de León conoce bien esa brecha. La ha documentado, la ha padecido como profesional y la enfrenta ahora como dirigente gremial de una organización que apenas lleva seis años de vida.
La crisis ambiental que vive el país, dice, no es ajena a las tendencias globales. “México es un país megadiverso y uno de los problemas más acuciantes que tiene nuestro país es la extinción de especies.” Cita al investigador Gerardo Ceballos, quien en una conferencia reciente habló ya de una extinción masiva: “La presión que se ejerce sobre los ecosistemas y consecuentemente sobre la biodiversidad ha provocado, generado un proceso muy intensivo de desaparición de especies en México y en el mundo”. El diagnóstico se extiende: presión sobre las áreas naturales protegidas, cambio climático, calidad del aire y, quizás el más estructural de todos, el agua. “Tenemos regiones enteras que tienen problemas con el suministro y el abasto de agua y tenemos otras regiones del país donde hay abundancia de esta. El agua está mal distribuida y mucho más mal aprovechada en el ámbito nacional.“
Un gremio de 120 mil profesionales de la biología que recién aprende a caminar
La Federación Mexicana de Colegios de Biólogos existe desde 2019. Agrupa a 18 colegios estatales y representa, de manera más amplia, a cerca de 120 000 profesionales de la biología en el país. Para Mejía Ponce de León, la relevancia del gremio no es menor: “somos profesionales polivalentes, estamos metidos prácticamente en todos lados, trabajamos para el gobierno, para la iniciativa privada, para las organizaciones de la sociedad civil, para los organismos internacionales”.
México enfrenta extinción acelerada de especies, crisis hídrica y deterioro de ecosistemas.
Las y los biólogos, explica, no son solo especialistas que clasifican especies en laboratorios. Su campo cubre desde el trabajo con microorganismos y virus en el sector salud hasta el diseño de políticas públicas, el desarrollo de manifestaciones de impacto ambiental y los planes de manejo de zonas naturales protegidas. “El trabajo de biólogas y biólogos se ha diversificado realmente mucho y yo creo que somos de los profesionales más polivalentes que existen, junto con ingenieras e ingenieros que se los encuentra uno en todos lados.”
Esa diversificación es relativamente reciente. La carrera de Biología en México empezó hace poco más de cincuenta o sesenta años, primero en la UNAM, luego en el IPN y en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Hoy existe la licenciatura en Biología en prácticamente todos los estados: “al principio, el destino y el futuro de un biólogo cuando empezó la carrera era ser maestro o trabajar haciendo algún trabajo de taxonomía, de clasificación de especies. Ahora el trabajo se ha diversificado muchísimo.”
También reconoce las limitaciones con la misma claridad con que describe los alcances: “tenemos apenas seis añitos de vida, vamos por el séptimo, estamos aprendiendo a caminar… ya sabemos hablar.” La presencia organizada de las y los biólogos ante el Estado, dice, “es todavía una participación débil”. La federación ha firmado recientemente un convenio de colaboración con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas y está en pláticas para firmar otro con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad. Son pasos, no llegadas. “Estamos tocando esas puertas y abriéndolas para que, como federación, como colegios estatales, podamos tener una interlocución más directa con las agencias del Estado responsables del tema ambiental”.
La comparación con otros gremios es reveladora: “estamos lejos de tener el grado de consolidación que tienen otros gremios que tienen más tiempo de haberse organizado, como los de abogados, contadores, arquitectos, ingenieros civiles”. Son gremios de antaño organizados. El de las y los biólogos van empezando, pero Mejía Ponce de León tiene un horizonte claro: dentro de diez años, si la federación mantiene el ritmo, debería contar con colegios en las 14 entidades donde todavía no existe ninguno, una membresía activa y participativa, y relaciones institucionales sólidas con actores del sector público en los tres niveles de gobierno.
El problema no es el mapa, es el territorio
Cuando se pregunta por qué México no ha podido revertir el deterioro ambiental pese a tener legislación, instituciones y presupuestos, la respuesta de Mejía Ponce de León apunta a algo más profundo que la falta de recursos. “Las y los mexicanos somos muy buenos para hacer diagnósticos, somos mejor aún haciendo planes. Pero a donde nos fallan es en la implementación”. Las debilidades de la democracia y de la institucionalidad mexicana impiden, dice, que el país aproveche todo el andamiaje que ha construido en décadas: “tenemos un marco jurídico normativo bastante amplio —yo creo que de los más amplios en el ámbito de América Latina—; sin embargo, donde México tiene severos problemas es en el proceso, en el momento de la implantación de las políticas públicas”.
Las ciudades mexicanas lo ilustran con claridad: “es muy difícil encontrar en México ciudades bien ordenadas, planificadas, gestionadas y manejadas. Casi todas enfrentan problemas relacionados con falta de áreas verdes, de tránsito, de movilidad, de contaminación del aire, de mala gestión de los residuos sólidos urbanos.” En el ámbito rural el cuadro no mejora: fragmentación de ecosistemas, tala ilegal, tráfico de especies, presión sobre las áreas protegidas. Todo ocurre en el territorio, insiste. “Las cosas no ocurren en el vacío. Todo ocurre en el territorio. Y si nosotros no tenemos como país la capacidad de ordenar y regular el uso y el aprovechamiento del territorio, entonces vamos en un problema”.
El país cuenta con alrededor de 120 mil progfesionistas en Biología, pero su organización gremial apenas comienza a consolidarse.
Desarrollo y naturaleza: una tensión que no tiene por qué ser fatal
Es quizás en este punto donde la conversación se vuelve más matizada y donde Mejía Ponce de León se aleja de cualquier lectura maniquea. La tensión entre proyectos de infraestructura e impacto ambiental —minas, carreteras, puertos, trenes— es real, reconoce, pero no la considera irresoluble: “no veo contradicción entre desarrollo, cuidado y protección del medioambiente, siempre y cuando existan políticas públicas claras, y haya un respeto a la ley”.
El argumento que construye es pragmático: “de entrada no existen megaproyectos o proyectos importantes de infraestructura o de equipamiento que no causen impacto en el ambiente. Todos los megaproyectos o proyectos relevantes, obras o infraestructuras que se construyen en el país tienen un impacto ambiental”. Eso no los hace automáticamente inaceptables. Lo que los vuelve problemáticos es la ausencia de regulación efectiva, no la naturaleza de la obra en sí. “Si nosotros somos capaces de observar con pulcritud y con respeto el cumplimiento de la norma, seguramente todo ello contribuirá a la disminución del impacto.”
La razón de fondo es también política: un país con los indicadores de pobreza y marginación de México no puede simplemente detener su desarrollo. “México necesita esa infraestructura. Hay que ver cómo le hacemos para que se haga con apego a la norma, a la ley y respetando los procesos, la institucionalidad que todo ello tiene”. El problema, vuelve a señalar, no es la contradicción entre crecer y cuidar. Es la incapacidad institucional para hacer que ambas cosas ocurran al mismo tiempo y con apego a derecho.
Y aquí aparece un elemento que Mejía Ponce de León cuida de no omitir: las y los biólogos no son los únicos actores en este campo: “en la cuestión ambiental están participando también otros gremios de manera importante, los abogados ambientales, los ingenieros civiles, los ingenieros ambientales, los urbanistas, los oceanólogos. Hay un número muy importante de agrupaciones gremiales que tenemos intereses comunes, que tenemos una agenda común, en que vamos caminando a veces de manera paralela, a veces en caminos cruzados, pero todos con la misma intención de hacer que México camine lo más pronto que se pueda hacia la sustentabilidad en su desarrollo”.
Lo que subyace a este argumento es una crítica implícita a los últimos sexenios: México ha tenido la arquitectura institucional, el marco legal, los convenios internacionales. Lo que ha fallado —sistemáticamente— es la voluntad y la capacidad de hacer que todo eso funcione en la práctica. “Las debilidades de nuestra democracia y las debilidades de nuestra institucionalidad nos impiden, pese a tener todo eso, tener un control pleno de la regulación de los procesos”. No es fatalismo. Es diagnóstico. Y como buen biólogo, Mejía Ponce de León sabe que un diagnóstico preciso es el primer paso hacia cualquier tratamiento posible.
Ciudadanía organizada, pero desordenada
Ante la pregunta sobre el papel de la ciudadanía —el meme del individuo al que se le pide ducharse en cinco minutos, mientras un buque petrolero contamina el mar—, Mejía Ponce de León distingue dos niveles de acción. El individual: “ahorrar menos luz, poner un calentador solar en su casa, hacer separación de drenajes”. Y el colectivo, que considera cada vez más decisivo. La sociedad civil organizada (OSC) ha crecido en cuatro décadas desde que el movimiento ambientalista surgió en México, alrededor de 1985. “Puedes ir prácticamente a cualquier población medianamente importante y en todas hay alguna organización de la sociedad civil que tiene alguna bandera relacionada con un problema ambiental”.
El mayor problema ambiental de México no es la falta de leyes, sino la debilidad en su implementación.
El problema, advierte, es la calidad de esa participación. “La mayor parte de las OSC no tienen la preparación, la capacitación ni la información suficiente para abortar los temas y para convertirse en interlocutores serios de la autoridad.” Hay energía, hay compromiso, pero falta profesionalización. Y hay una tercera esfera de actuación que no subestima: “nada les causa más resquemor a las autoridades que la sociedad civil organizada haciendo reclamos y demandas para la solución a determinado conflicto”.
La federación misma es, en ese sentido, una organización de la sociedad civil. “Somos las y los biólogos ciudadanía organizada.” Y Mejía Ponce de León, que también preside el Colegio Profesional de las Ciencias Biológicas del Estado de México, describe con entusiasmo lo que encontró al convocar a organizaciones comunitarias que trabajan en áreas naturales protegidas: grupos integrados mayoritariamente por jóvenes, con objetivos distintos y complementarios —recuperar una especie, sanear el agua, proteger un macizo forestal—, que actúan con los recursos modestos que tienen. “Es sorprendente, porque cada una de ellas tiene objetivos y propósitos distintos, y están conformadas por gente joven, la mayor parte de ellas, que están muy interesadas en recuperar una especie, en cuidar algún macizo forestal, en sanear el agua”.
El horizonte
¿Cómo estará México a mediados de siglo si no se cambia el rumbo? La respuesta es directa: “vamos a estar con mucha probabilidad sin bosques, cuando menos muy disminuidos en eso, con ciudades evidentemente agobiadas por la contaminación, por la falta de un transporte limpio y eficiente. El panorama es un panorama muy negro”. No niega que se están haciendo cosas, pero señala el problema de “la velocidad con la que se están haciendo para atender los retos ambientales con respecto a la tasa de deterioro; no nos alcanza”. Lo equipara con el cambio climático: sí se están reduciendo emisiones, sí se están haciendo cosas, pero el volumen generado sigue siendo mayor que la reducción lograda. “Vamos a la saga”.
Por eso, más que esperar soluciones exclusivamente gubernamentales, Mejía Ponce de León apuesta por dos palancas: posicionar el medio ambiente en el centro de la agenda pública —donde hoy compite en desventaja con seguridad, vivienda y servicios— y fortalecer la participación ciudadana organizada y profesionalizada. “No todo lo hace el gobierno. Ni puede hacer el gobierno ni tiene la capacidad ni los recursos. La agenda se amplía y los recursos siguen siendo básicamente los mismos”.
Para la federación, la visión de mediano plazo pasa por colegios estatales fortalecidos, nuevos colegios en las 14 entidades donde aún no existen y una presencia institucional más sólida frente al Estado. Mejía Ponce de León habla de cimientos, de paredes, de losa. Una casa que se construye por etapas, sin atajos. “Durante estos tres primeros consejos directivos [estamos haciendo] los cimientos, […] vendrán otros compañeros con otras ideas que darán continuidad a lo que nosotros hemos impulsado”. La metáfora es arquitectónica, pero la urgencia es biológica. “Yo prefiero ser gradualista que un soñador improbable”.
La frase resume bien el tono de toda la conversación: urgencia sin catastrofismo, conciencia de los límites sin resignación. Las y los biólogos mexicanos llevan seis años organizándose. El país lleva décadas deteriorándose. La carrera, dice el doctor, ya empezó.































