Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
El cambio climático en el (des)orden mundial emergente
Fernando Tudela
El cambio climático ya no es solo una crisis ambiental: es una prueba para el orden mundial. Mientras la evidencia científica se acumula, la cooperación internacional se debilita y la política global se fragmenta. La pregunta es simple: si la humanidad será capaz de actuar antes de que la realidad climática imponga sus propios límites.
En palabras de Antonio Guterres, secretario general de la ONU, “Hacer las paces con la naturaleza es la tarea definitoria del siglo XXI”.(1) Esta “guerra” se libra en tres pistas: cambio climático, deterioro de la biodiversidad y contaminaciones de diversa índole. La primera de ellas es la más reconocida por la opinión pública, aunque ninguna es suficientemente conocida por el ciudadano común.
El cambio climático es solo uno de los tres frentes de una misma crisis planetaria: clima, biodiversidad y contaminación forman un sistema de deterioro ambiental interconectado.
El cambio climático es una intensificación progresiva del efecto invernadero natural, suscitada por las actividades humanas emisoras de gases, entre los que destacan los procedentes de la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural). Las concentraciones de estos gases en la atmósfera son objeto de mediciones sistemáticas, que señalan un crecimiento continuo, causa directa del actual cambio climático.
Sus efectos son ya bien conocidos: elevación de la temperatura promedio del planeta, aumento del nivel del mar, acidificación de los océanos, y cambios climáticos que incluyen fenómenos hidrometeorológicos cuya intensidad sobrepasa los niveles históricos: olas de calor, intensificación de sequías, incendios forestales, lluvias torrenciales que generan inundaciones, entre otros. Estos fenómenos desencadenan desastres cada vez más graves y frecuentes, que en su conjunto comprometen el futuro de la humanidad y de muchas de las especies de las que dependemos. El avance de estos procesos sobrepasa ahora lo previsto por la mayor parte de los cálculos previos.
Sobre la base de un conocimiento científico cada vez más sólido e irrefutable, los países han construido un frente multilateral para hacer combatir este desafío global. Arduas negociaciones, dificultadas por la presencia de intereses divergentes y desconfianzas mutuas, condujeron a la adopción de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés) y desembocaron en 2015 en el Acuerdo de París, tratado que rige hoy la colaboración de todos los países en el tema. Las acciones puestas en marcha en el marco de este acuerdo están bien encaminadas, pero son insuficientes para garantizar el objetivo de una temperatura promedio del planeta inferior a los 2 °C a finales del siglo, manteniendo esfuerzos para que no sobrepase los 1.5 °C, meta que actualmente estamos a punto de rebasar. Los compromisos asumidos se quedan cortos, además de que los países los están incumpliendo.
Nos encontramos en el inicio de una nueva etapa en la lucha por controlar, no digamos resolver, los desafíos ambientales globales. Por una parte, se empieza a reconocer que los tres frentes abiertos —clima, biodiversidad y contaminación— son, en realidad, aspectos diferenciados de una misma crisis global, que deben ser abordados conjuntamente, en virtud de las múltiples interacciones mutuas. Resultan disfuncionales los actuales compartimentos conceptuales, políticos y administrativos que, en los ámbitos nacional e internacional, se establecieron para su gestión.
El régimen internacional contra el cambio climático enfrenta hoy un escenario geopolítico que debilita la cooperación global.
Por otra parte, un nuevo contexto mundial emergente entorpece las tareas redefinidas en la búsqueda de una mayor ambición e integralidad. Entre los actuales obstáculos contextuales de mayor generalidad, destacaríamos los siguientes.
En el plano político y social:
- Cambios geopolíticos de fondo, con refuerzo de la multipolaridad y nuevo liderazgo de China en algunos temas (inteligencia artificial, electromovilidad, control de minerales estratégicos, entre otros).
- Desgaste de modelos democráticos de gobernanza; procesos de polarización política que dificultan o impiden la confluencia de esfuerzos colectivos. Deterioro del Estado de derecho en algunos países clave. Avance de posicionamientos populistas o ultraconservadores.
- Crisis del multilateralismo, con ataques frontales al sistema de las Naciones Unidas, institución clave mundial establecida al concluir la Segunda Guerra Mundial para prevenir la prevalencia de posiciones de fuerza como las que dieron origen a esa contienda. Crisis del derecho internacional y del sistema de reglas y normas que habían quedado plasmadas en instrumentos normativos multilaterales negociados mediante una estructura institucional cuya estabilidad se suponía. Se tambalean los cimientos básicos de esta estructura: Carta de las Naciones Unidas (junio de 1945, San Francisco, artículo 2.4: “Los miembros de la organización se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”); Declaración Universal de los Derechos Humanos (diciembre de 1948, París, artículo primero: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”); Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados (mayo de 1969, Viena, artículo 26: pacta sunt servanda).
- Persistencia o, incluso, agravamiento ocasional de múltiples brechas sociales de: ingresos, género, edad, culturas indígenas.
- Surgimiento de agudos focos de inseguridad global y nuevas crisis bélicas con neta expansión geográfica, que entre múltiples efectos sociales agudizan la inestabilidad de los sistemas energéticos globales, causando por ejemplo perturbaciones con fuerte impacto inflacionario, como el incremento de cerca de 50 % en el precio del barril de petróleo Brent en las tres primeras semanas de las hostilidades en el Oriente Medio. Se amplifica por otra parte el riesgo de utilización de armas nucleares.
- Disrupción del comercio global, desencadenada por una errática imposición de aranceles y agravada por nuevas dificultades logísticas.
En el plano cultural:
- Marginación del conocimiento científico como base para definir políticas públicas. Muy lejos quedaron posicionamientos como el expresado por Immanuel Kant en 1784 (ensayo ¿Qué es la Ilustración?), quien retomando el aforismo clásico de Horacio sapere aude, exhortaba a “atreverse a conocer, a pensar”.
- Persistencia de posiciones negacionistas —las climáticas emparejadas con las antivacunas—. Difusión de posverdades, término eufemístico para designar mentiras, desinformaciones y creencias conspiranoicas.
- Por miedo al ridículo (ausente entre los terraplanistas), muchos negacionistas ya no rechazan la realidad del cambio climático o del deterioro de la biodiversidad, ahora niegan la oportunidad o la conveniencia de las soluciones: “Pospongamos todo hasta que se solucionen problemas sociales”, como si la crisis ambiental no tuviera gravísimas consecuencias sociales.
- Disonancia cognitiva. Convicciones positivas expresadas en ejercicios demoscópicos discrepan de conductas electorales, como si estuvieran desvinculadas de las políticas públicas de los gobiernos emanados de las urnas.
- Insensibilidad frente a los datos “duros” (concentraciones, temperaturas, etc.), desplazados en favor de beneficios inmediatos, principalmente pecuniarios.
- Problemas de salud mental agravados por las vivencias de la pandemia de covid-19.
Los factores indicados no podían dejar de afectar al régimen de atención a los problemas ambientales globales, con graves consecuencias en las políticas públicas aplicadas. El caso más dramático es el protagonizado en el ámbito climático por el gobierno de los Estados Unidos de América, que conduce a resultados como los siguientes:
Aun en medio del desorden global, una transformación ya está en marcha: energías renovables más baratas, electromovilidad, economía circular y nuevas formas de agricultura anuncian un cambio inevitable.
- Defección del país de la UNFCCC, cuya ratificación apoyó el presidente George Bush padre, así como del Acuerdo de París (por segunda vez);
- Desmantelamiento de todas las investigaciones en torno al clima que cuenten con algún apoyo público, incluyendo las patrocinadas por la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA);
- Cierre del programa de monitoreo de las concentraciones de CO₂ en el Observatorio de Mauna Loa, Hawái, generador desde 1958 de la famosa curva Keeling;
- Cierre, con venta o transferencia de sus activos, del National Center for Atmospheric Research (NCAR), ubicado en Boulder, Colorado, fundado en 1960, institución merecedora de un amplio reconocimiento mundial, definida en diciembre de 2025 por el director de presupuesto de la Casa Blanca como “una de las mayores fuentes de alarmismo climático del país”.
Muchas personas especialistas del tema climático y ambiental, desesperanzadas, afirman que —ya es demasiado tarde— para salvarnos de la catástrofe. Un surtido de buenas noticias permite contradecirlas:
- Ya inició la profunda transformación requerida y su avance es ineluctable. Una buena parte de la humanidad no está dispuesta a aceptar los costos de la inacción en términos de vidas humanas, desplomes en calidad de vida, destrucción de ecosistemas y de la biodiversidad asociada.
- Sin contabilizar sus beneficios ambientales, las energías renovables son hoy más económicas que las basadas en combustibles fósiles. Empieza la caída de costos de las baterías, reduciendo la intermitencia de las renovables.
- Los mercados de las energías renovables son mucho más estables y previsibles que los de los combustibles fósiles.
- La electromovilidad empieza a ganar terreno en muchos países, aun con avances desiguales, desplazando a los vehículos de combustión interna.
- La economía circular resuelve serios problemas de salud pública relacionados con la gestión de residuos.
- La adaptación basada en ecosistemas (AbE) presenta múltiples ventajas, en contraste con la basada en infraestructuras “duras”.
- La agricultura regenerativa es más racional y productiva que la convencional basada en el uso de riesgosos agroquímicos.
- La readecuación “verde” de los medios urbanos mejora la calidad de vida de sus habitantes.
- Empieza a ser notable la movilización de jóvenes por la causa ambiental global.
Nunca será demasiado tarde. Nos enfrentamos a una verdadera crisis civilizatoria. Pagaremos cualquier retraso o insuficiencia en su abordamiento. Pagaremos mucho más si renunciamos a esta “guerra” y dejamos que nos atropelle una realidad innegociable, con su cauda de catástrofes.
Bienvenido el diluvio que viene; claro, nos referimos a la revista.
Nota
(1) A. Guterres. (2 de diciembre de 2020). Alocución en la Universidad de Columbia.































