Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
El diluvio de la era digital
Mauricio Merino
La democracia no está en crisis por accidente. Dos décadas de revolución digital, una crisis financiera y una pandemia han reconfigurado el poder, la información y la política de maneras que apenas comenzamos a comprender.
Dos eventos globales, separados por una década, crearon las condiciones suficientes para detener el proceso de transición hacia la democracia que había vivido el mundo desde el final del siglo XX: la crisis financiera de 2008-2009 y la pandemia del Covid-19 en 2020-2021. El sistema económico neoliberal no logró garantizar el crecimiento sostenido ni, mucho menos, la redistribución del ingreso. Por el contrario, ese sistema creó el llamado “club de los milmillonarios” integrado por el 1% de la población mundial, que llegó a concentrar cerca de la mitad de toda la riqueza generada en el mundo, mientras la pobreza se extendía entre más de 4 mil millones de personas: la mitad de los seres humanos vivos.
El efecto combinado de ambos eventos fue el descrédito del modelo económico neoliberal y la emergencia de partidos y liderazgos que ofrecieron otorgar seguridad y garantías de protección social al “pueblo” afectado por esos episodios. No es casual que, desde la segunda década del siglo XXI, hayamos asistido al declive de los regímenes democráticos y al auge de los gobiernos populistas. De una manera similar a la que dio lugar al establecimiento de regímenes fascistas en Europa un siglo antes (Arendt, 1951), el desencanto de la mayoría con los fracasos económicos y sociales de las democracias abrió la puerta para que otras opciones políticas, autodefinidas por contraste con los partidos tradicionales y ajenas a cualquier compromiso pluralista, se extendieran cada vez más en Europa, América y Asia.
Cada vez podemos saber más, pero no podemos procesar toda la información disponible. Cada vez hay más fuentes, pero menos veracidad y capacidad de cotejo.
Ese proceso de declive democrático ha venido acompañado de un relanzamiento de los liderazgos más hostiles, que no solo culpan a los gobiernos anteriores de los grandes males que aquejan a la mayoría de la población, sino a los extranjeros inmigrantes y otras naciones que se consideran enemigas históricas y a las que se atribuyen daños o crímenes que, desde el mirador de los gobiernos populistas, deben erradicarse por completo. Los casos de Rusia, del Medio Oriente y de Estados Unidos se han convertido en la punta de lanza de esos extremos, pero no son los únicos. Los partidos y los liderazgos populistas han abrazado los discursos y las acciones xenófobas o francamente supremacistas, dando lugar a la polarización interna de las sociedades —ya por raza, ya por afiliación política— que ha incrementado la justificación de la violencia interna, con toda su carga de censuras, expulsiones y juicios sumarios, y externa, con la ruptura de alianzas económicas, culturales y comerciales y, en su versión más grave, con el resurgimiento de las guerras territoriales entre naciones opuestas.
Tanto para las ciencias sociales como para el periodismo se ha vuelto apremiante documentar, estudiar, comprender y enfrentar ese fenómeno global que ha ido desembocando en regímenes autoritarios y represivos que están vulnerando los derechos humanos, capturando los sistemas de justicia y generando múltiples formas de violencia —racial, xenofóbica, política, mediática, comercial y militar—. Menciono ambas disciplinas porque no bastan las explicaciones construidas desde el mirador de la antropología, la sociología, la psicología y la economía políticas para estar alertas sobre los acontecimientos que, en el día a día, han venido profundizando e incluso consolidando las corrientes más hostiles a la democracia. El periodismo que se hace de manera cotidiana como registro de los hechos necesita, a su vez, la comprensión más amplia de los procesos históricos de largo aliento que los explican.
La era digital en la que ya vivimos exige que ese tándem entre narración y comprensión adquiera la agilidad que reclaman los nuevos medios empleados para comunicarnos, buscando que la rapidez no lleve, sin más, a la muerte de la inteligencia ni de la comprensión de los hechos que nos rodean. Debemos asumir que la velocidad y la multiplicación de las plataformas de información ha generado cinco paradojas: (i) cada vez podemos saber más, pero no podemos procesar toda la información disponible; (ii) cada vez tenemos más fuentes de información, pero menos veracidad y capacidad de cotejo; (iii) cada vez hay más competencia por la atención, pero menos capacidad de retención; (iv) cada vez hay más acceso a la información, pero más algoritmos que encapsulan y empobrecen nuestra concentración; (v) cada vez hay más datos a nuestra disposición, pero menos objetividad y más emociones.
Nunca fue más evidente que disponemos, como lo advirtió Herbert Simon (1947) a mediados del siglo pasado, de una racionalidad limitada; ni más palpable que nuestra capacidad de comprensión y adaptación al mundo que nos rodea —como nos lo ha demostrado Martha Nussbaum (2013)— está más orientada por las emociones que por las razones. Y el efecto constatable de ese fenómeno ha sido el peor posible: la concentración creciente del ingreso en empresas transnacionales digitales que modelan y venden, como producto, esas emociones; y la consolidación de regímenes políticos cada vez más autoritarios y más violentos.
El recuento de la evolución de nuestro siglo digital da vértigo: apenas entre 2000 y 2004 se consolidó el uso de internet y surgieron los primeros portales de noticias digitales; entre 2005 y 2009 emergieron las redes sociales, el iPhone nació en 2007 y los medios tradicionales se vieron obligados a incorporar plataformas sociales e interactividad en línea; en 2010 comenzó la explosión de los teléfonos celulares y hacia 2014 la prensa escrita ya estaba en crisis; en 2020, la pandemia potenció el predominio de la comunicación inmediata por vías celulares y las redes sociales como el medio más relevante de comunicación, y surgieron a la vez los algoritmos y las grandes empresas tecnológicas que controlaron el mercado internacional. Y hace apenas un par de años, la inteligencia artificial irrumpió en el mundo para fijar nuevas formas de relación, de interpretación y de dominación globales.
El 1% de la población mundial llegó a concentrar cerca de la mitad de toda la riqueza generada en el planeta, mientras la pobreza alcanzaba a más de 4 mil millones de personas.
Es imposible menospreciar la inexorable mezcla entre la revolución tecnológica que ha desafiado al periodismo tradicional y los cambios que han venido sucediendo en los regímenes políticos de la mayor parte del mundo. Cito a Nic Newman, director del Digital News Report 2025, editado por el Reuters Institute y la Universidad de Oxford, por la relevancia de sus afirmaciones para esta edición de El Diluvio:
“El informe de este año llega en tiempos de profunda incertidumbre política y económica, y de cambio de alianzas geopolíticas, por no mencionar la crisis climática y los destructivos conflictos que persisten en el mundo. En este contexto, el periodismo analítico y basado en evidencias debería estar en su esplendor, los periódicos agotándose, la radio y la televisión floreciendo, el tráfico web creciendo.
“Pero la realidad es muy distinta, tal como expone nuestro informe. En la mayoría de los países, los medios tradicionales luchan por conectar con gran parte del público, y se registra baja confianza, conexión en declive y suscripciones digitales estancadas.
“La acelerada transición hacia el consumo mediante redes sociales y plataformas de video disminuye aún más la influencia del periodismo institucional y potencia un entorno alternativo fragmentado, con una variedad de creadores de contenido en pódcast, YouTube y TikTok. En todo el mundo, los políticos populistas pueden eludir cada vez más a la prensa tradicional recurriendo a medios partidistas amistosos o a ‘personalidades’ e ‘influencers’ que a menudo tienen acceso especial pero rara vez hacen preguntas difíciles. Muchos de ellos difunden falsedades, o cosas peores.” (Newman, 2025:1).
En El Diluvio creemos que la batalla a favor de la democracia debe darse en los mismos lugares en los que ha venido siendo atacada. Dado que no participamos de la vida política partidaria, hemos optado por la defensa de ese régimen en el marco de la deliberación pública que constituye, como ya se dijo antes, un requisito fundamental de los sistemas democráticos. En otro lugar escribí que:
La mejor defensa contra los excesos del poder —y quizá la única— es la vuelta a las palabras. Si con ellas hemos sido sometidos, con ellas seremos liberados.
“Si se mira con cuidado, no hay poder más poderoso que el de las palabras. Crearlas y modificarlas es un privilegio. En los extremos, los poetas las vuelven metáforas y ritmo —eso decía Octavio Paz—, mientras los dueños del poder las usan para dominarnos. Sabemos que los regímenes políticos más poderosos han sido aquellos que han sido capaces de otorgarles el significado que más les conviene y modificarlas a placer: ya para recrear la realidad, ya para ignorarla, ya para domarla. He ahí la piedra basal de cualquier dominación. Pero también sabemos que todo eso es cierto hasta que brotan las que contradicen: las que dicen lo contrario. Por eso, la mejor defensa que tenemos contra los excesos del poder —y quizá la única— es la vuelta a las palabras. Si con ellas hemos sido sometidos, con ellas seremos liberados.” (Merino, 2023:10).
Como se ha documentado, la revolución de las comunicaciones exige poner atención a los nuevos medios de producción, distribución y consumo de contenidos y usuarios. La relación que hay entre estos y el crecimiento de verdades a medias, posverdades y mentiras puras y duras es tan inobjetable como la manipulación que los líderes autoritarios han hecho de los nuevos medios de comunicación. De aquí que la defensa de la democracia, en el marco de la deliberación pública, deba darse en esos mismos espacios digitales.
En el centro de esta deliberación no solo está la potencia de esos nuevos medios, sino su credibilidad. Los datos nos muestran, una y otra vez, el imperativo de acreditar la confianza sobre la base de la autoridad moral y de la veracidad de la información producida y divulgada. Para hacer frente a la posverdad, es indispensable acudir a la verdad a secas: hechos e interpretaciones con soporte en evidencia irrefutable.
Con todo, una batalla mediática como la que aquí se propone reclama aliados que, a su vez, sean creíbles y capaces de emprender una relación abierta con las personas que habrán de interactuar con nosotros. El Diluvio no puede depender solamente de quienes hemos decidido poner en marcha esta plataforma, sino de quienes la respalden y la promuevan. De aquí la importancia de buscar alianzas que contribuyan a consolidar la autoridad moral, la confianza y la credibilidad de nuestro medio. Con tres condiciones: (i) la más absoluta transparencia respecto de su modelo de financiación, de manera que se comprenda, en todo momento, que no se trata de un negocio lucrativo; que sus ingresos son lícitos y transparentes y que se utilizan para sufragar la mayor calidad posible en su producción; (ii) la apertura a otras fundaciones y organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos fundamentales; y (iii) la colaboración permanente con sus lectores, en aras de convertirlos en prosumidores, buscando que con el paso del tiempo este medio se convierta, a su vez, en el ágora de una comunidad decidida a defender la democracia. Cada uno de los textos que se publican en esta nueva edición explica y confirma las razones que vieron nacer este proyecto digital.
La nueva era en la que vivimos nos ha inundado con las aguas turbias de la desigualdad y los poderes concentrados y violentos. Para resistir ese diluvio, debemos cobrar conciencia del mundo que ya estamos viviendo. Aquí estamos.
Referencias
Arendt, H. (1951). Los orígenes del totalitarismo. Taurus.
Merino, Mauricio (2023). Gato por liebre: la importancia de las palabras en la deliberación pública. Debate.
Newman, N. (2025). Digital News Report 2025. Reuters Institute for the Study of Journalism, University of Oxford.
Nussbaum, M. C. (2013). Las emociones políticas: ¿por qué el amor es importante para la justicia? Paidós.
Simon, H. A. (1947). Administrative behavior: a study of decision-making processes in administrative organization. Free Press.































