Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
Los depredadores del planeta
Mauricio Merino
La crisis ambiental ya no es una advertencia científica ni un problema sectorial: es el mayor desafío civilizatorio de nuestro tiempo. Entre incendios, escasez de agua y ciudades que crecen devorando sus propios ecosistemas, este número de El Diluvio examina a los verdaderos depredadores del planeta y llama a despertar una conciencia colectiva capaz de defender la vida.
Mientras escribo estas líneas, respiro el humo del quincuagésimo cuarto incendio que está devastando el Bosque de la Primavera, que colinda con la ciudad en la que vivo: la segunda más importante de mi país, donde falta el agua potable y la que llega hasta las casas, sorteando las fugas del avejentado sistema de distribución, solo lleva ese nombre por las facturas oficiales, pero es imposible de beber sin riesgos graves para la salud.
La ciudad se inunda con frecuencia —inundaciones que causan varias muertes cada año por la potencia de las riadas que se forman en las avenidas que alguna vez fueron cauces naturales de los ríos— porque su sistema de drenaje ha sido rebasado por completo y este, a su vez, está contaminando el río Santiago y sus afluentes.
El mundo ya ha rebasado seis de los nueve límites planetarios identificados por la ciencia. Persistir en el mismo modelo de crecimiento es acelerar la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida.
Empero, la ciudad crece sin sosiego: el municipio de Tlajomulco es el que mayor densidad urbana ha cobrado durante la última década en todo el occidente del país, mientras que Guadalajara y Zapopan compiten entre sí por el número de rascacielos que se construyen con preventas y promesas de una nueva vida, siguiendo las pautas de la gentrificación que se ha ido extendiendo como el sargazo. Entretanto, la circulación vehicular se ha vuelto cada día más improbable, mientras los transportes públicos siguen siendo tan ineficientes e insuficientes como los servicios dedicados a recoger basura.
Lo más grave es que esta descripción del entorno urbano en el que vivo puede trasladarse a cientos de ciudades similares en el mundo, modificando acaso algunos datos, pero sin cambiar nada sustantivo. De seguir así, muy pronto nos faltará el agua por completo —¿cómo podríamos sobrevivir sin agua?—, respiraremos un aire envenenado por los gases y por el olor de los lixiviados brotando por las coladeras y sudaremos el calor que, año tras año, aumenta por el triple efecto del calentamiento global, por la plancha de hormigón que ya supera varias veces a la biomasa y por la acumulación de los gases emanados de los coches que circulan a vuelta de rueda.
Nada de esto es ajeno a los más de 4 500 millones de personas que vivimos en zonas urbanas, aunque la destrucción sistemática de nuestro medio ambiente —léase: de los sistemas naturales que nos dan vida— está afectando igual a las y los más de ocho mil millones que ya somos (y más, a las personas más pobres) y ya está desafiando la sobrevivencia de los otros dos mil millones de seres humanos que se sumarán antes de 2050.
Este número de El Diluvio está dedicado a describir, gracias al auxilio de un grupo eminente de personas científicas comprometidas con la vida —con Julia Carabias y Adolfo Mejía Ponce de León como aliados fraternos de esta edición—, las crisis ambientales que ya estamos viviendo y las que podrían sobrevenir si no despertamos a tiempo del letargo y no logramos derrotar a la codicia del capitalismo compulsivo y ciego que ha preferido la acumulación de la riqueza antes que la conservación de nuestra especie.
Los depredadores del planeta no son solo empresas extractivas. También lo son los gobiernos que ignoran la ciencia, los proyectos que sacrifican la naturaleza en nombre del poder y la indiferencia colectiva.
Cuando Harold Lasswell imaginó, en la mitad del siglo XX, que los gobiernos podrían tomar decisiones informadas con evidencia y sustentadas en los avances de la ciencia, todavía no era obvio que la economía del mundo podría volverse en contra de la sobrevivencia de la especie. La idea que estaba detrás de la concepción original del nuevo enfoque de políticas públicas era la solución de los problemas públicos más relevantes: “los grandes problemas de la civilización”, escribió Lasswell, cuya solución debería concitar el mismo apremio, la misma coordinación y el mismo esmero científico, financiero, tecnológico, político y social que se dedica a derrotar al enemigo que amenaza a una nación en tiempos de guerra. Tenía en mente la Segunda Guerra Mundial y creía, con sinceridad, que era imperativo definir esos problemas principales que podrían dañar al mundo en tiempos de paz, para derrotarlos colectivamente.
No consigo imaginar un problema global más relevante que la crisis ambiental —las crisis, en plural— que están amenazando la existencia misma de la civilización humana. No hay, tampoco, ningún otro que amerite un diseño de política pública mundial, armonizada y contundente, de manera tan urgente. No hay otro enemigo más potente de la igualdad sustantiva entre países y entre personas. Como nos lo recuerdan algunas de las y los autores de este número, ya son seis de nueve límites estudiados por el Centro de Resiliencia de Estocolmo, los que hemos rebasado hasta el punto de que, de seguir así, los daños podrían volverse irreversibles.
A pesar de todo, hay varios grupos que se niegan a aceptar la urgencia de esas decisiones: el más potente de esos negacionistas —como se les ha llamado, con razón— es el que forman los depredadores de la Tierra en aras de acumular riqueza. No solo son personas y empresas extractivas, sucias y devastadoras, sino gobiernos, como el de Estados Unidos, que ha desconocido terca y abusivamente los acuerdos internacionales promovidos para evitar una catástrofe ambiental, a despecho de ser el país que más contribuye al deterioro ambiental global. Entre la vida y el poder, han optado por el segundo. O como el de México, que ha preferido hacer obras públicas dignas de la época faraónica de Egipto, a pesar del daño sin reparación que esas obras le han infligido a la naturaleza.
Otro grupo reconoce la evidencia, pero ha optado por la arrogancia de suponer que la humanidad será capaz de producir tecnología para mitigar e incluso revertir el daño, mientras exploran nuevas fuentes de energía para acumular riqueza. El extremo conocido es Elon Musk, quien ha decidido buscar en Marte lo que le hemos arrebatado a nuestra Tierra.
La crisis ambiental exige una ciudadanía informada y democracias capaces de tomar decisiones urgentes para preservar la vida.
No obstante, el tercer grupo y, quizás, el más preocupante es el de los indiferentes y los ignorantes, quienes se niegan a aceptar la amenaza que ya se cierne sobre nosotros y sobre la generación siguiente, simplemente porque no quieren creerlo, porque asumen que habrá un Dios que podrá salvarnos o por pura y llana ignorancia. Para estos últimos, la vulneración de las reglas que defienden la naturaleza y obligan a su cuidado o las prácticas de cultivo, extracción o producción francamente nocivas no son cosa relevante. Y por si algo faltara, las nuevas tecnologías de la comunicación digital han encapsulado esa falta de conciencia en algoritmos que ciegan y ensordecen cada vez más al mundo.
Nuestra revista se ha propuesto defender la democracia como el mejor método posible para honrar la vida y la igualdad. Las crisis que aquí se discuten y las soluciones que se ofrecen exigen la existencia de ese régimen, tanto en el ámbito nacional como el internacional, para convocarnos, literalmente, a salvarnos como especie.
Mientras las cúpulas sigan tomando decisiones para acumular más y más y más dinero y los gobiernos sigan emprendiendo obras que les encumbran y les otorgan más poder, a cambio de la destrucción de la materia viva, será imposible aprovechar el brevísimo lapso que nos queda para imaginar que nuestras nietas y nietos también serán abuelas y abuelos, y que sus descendencias vivirán en armonía con la tierra que les vio nacer.
Como editores, siempre buscamos que nos lean y siempre aspiramos a incidir en la conversación pública, pero esta vez desearíamos que este número se divulgara masivamente, que circule por todos los rincones y que no solo despierte las conciencias de quienes toman las decisiones principales, sino las de todo el mundo. No exagero un ápice si escribo que en esa conciencia colectiva nos va la vida.































