Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
a fondo
Diluvio en Nepal: lecciones para la democracia de una revuelta digital
Carlos González Martínez
Con rudeza innecesaria, Nepal recordó que no existe “apagón selectivo” de derechos digitales. Cuando los gobiernos invocan “registro” o “responsabilidad” para suspender servicios sin garantías ni proporcionalidad, lo que hacen no es gobernanza digital: es censura. Y la censura tiene efectos búmeran.
Al registrar y ponderar los tiempos de la caída del muro de Berlín y el fin del así llamado socialismo real, nuestro insigne Octavio Paz escribió su Pequeña Crónica de Grandes Días (Paz, O. 1990). En ella, advertía la necesidad de distinguir entre la noticia y el acontecimiento. La noticia, nos alertaba Paz, es un hecho que irrumpe intempestiva, sorpresivamente y casi sin mayor explicación que sí misma, por el hecho mismo de ocurrir.
Algo así como un accidente, decía. En cambio, el acontecimiento denota y permite advertir lo que él llamaba el “trabajo subterráneo del tiempo” que hace inevitable reconocer que la “historia es una caja de sorpresas”. Algo así como una necesidad, señalaba el poeta y ensayista. De hecho, muy parecido a lo que está ocurriendo en estos días en Nepal, donde pasa todo lo que nos está sucediendo en medio de estos nubarrones autocráticos y sus diluvios resilientes.
Efectivamente, con la revuelta juvenil de la “Generación Z” y su desenlace en lo digital, el caso de Nepal nos trae en estos aciagos días del 2025 una noticia intempestiva con su acontecimiento significativo, resultado del trabajo subterráneo del tiempo y cargado de lecciones aún no aprendidas del todo, pero por aprehender y aprender.
Aunque carecemos del suficiente paso del tiempo para hacer una ponderación más completa y asertiva, podemos afirmar que allí hay claves que explican, alientan y alertan sobre las posibilidades y riesgos actuales de la democracia, su involución y resiliencias posibles, sobre todo ciudadanas. Es cierto, aún muy precarias, pero que son a la postre las únicas realmente efectivas, como se aferra en afirmar este necio escribano.
Los cinco días de la tormenta
Desde la promulgación de la Constitución Federal Parlamentaria de 2015, Nepal es una República que basa su gobierno en una presidencia, un primer ministro y un parlamento federal, así como jefaturas de gobierno (governor), asambleas provinciales y ministros jefes que encabezan los consejos de ministros provinciales.
Nepal presenta una economía con dependencia estructural de remesas y un mercado laboral incapaz de absorber su energía juvenil.
El actual presidente, Ram Chandra Paudel, del Partido Nepali Congress (centro/centro-izquierda), fue electo en 2023 como tercer presidente de la República, abandonando por ello sus cargos partidistas. Aún antes, desde 2008 se han sucedido 14 gobiernos distintos, sin que ninguno terminase el quinquenio para el que fue electo, en constatación de todo un caso de inestabilidad crónica y coaliciones volátiles, aun después del proceso constituyente.
De hecho, el primer ministro depuesto, K.P. Sharma Oli, que lidera el Partido Comunista de Nepal-Unificado Marxista-Leninista (CPN-UML), al desatarse la tormenta, se encontraba en el primer año de su tercer mandato, después de que en julio de 2024 asumió de nuevo como primer ministro, tras la caída del gobierno de Pushpa Kamal Dahal.
En ese contexto, cinco días bastaron para desparramar el vaso social nepalí con la última gota de política autoritaria. El jueves 4 de septiembre, el primer ministro establece un bloqueo a redes sociales; el martes 9, tan solo cinco huracanados días después, renuncia y huye de la residencia oficial, quedando en su lugar la hasta entonces presidenta de la Corte Suprema, seleccionada ni más ni menos que en una consulta realizada en una red social, precisa y paradójicamente.
Todo ocurre como una noticia —en desarrollo— que irrumpe intempestiva, sorpresivamente, y casi sin mayor explicación que sí misma. La imagen dice más que mil palabras: un parlamento encendido en el fuego y un maremágnum de jóvenes que, a golpe de encuestas en la red social Discord, empuja la revuelta y la incierta transición.
En el medio, se observa a jóvenes vástagos de funcionarios del gobierno depuesto, presumiendo ostentosamente lujosos objetos, viajes y divertimentos. Mientras, sus padres huyen —los que pudieron, antes de ser ultrajados e incluso muertos— de sus lujosas residencias, algunos colgados de eslingas desde helicópteros del ejército. Se ve también a niñas golpeadas con macanas por policías; a jóvenes indignados por la corrupción y por la ostentación de los nepobabies —los hijos/as privilegiados del nepotismo en nuestras facturadas y desiguales sociedades—, persiguiendo a altos funcionarios en la calle, quemando y rompiendo todo.
La represión deja decenas de muertos. El primer ministro K.P. Sharma Oli dimite; el presidente Ram Chandra Poudel y el Ejército median; Sushila Karki, presidenta de la Corte Suprema, es nombrada primera ministra interina, después de la consulta digital, con el encargo de convocar a elecciones en 2026. En esta narrativa hay más que una noticia: es un acontecimiento con signos de época del trabajo subterráneo del tiempo en vasos comunicantes con la autocratización global. Además, contiene laboriosos aprendizajes de ira social en respuesta a la autocracia, con muy escasas, si no inexistentes y desfiguradas, notas de resiliencia cívica.
Una secuencia que narra cómo lo que queda de las democracias del siglo XXI, frágiles, interdependientes, hiperconectadas, se tensa entre dispositivos de tecnología digital y esferas cívicas capaces de producir coordinación y movilización a gran escala. La historia de una transición a la democracia fallida o fatigada (Alcántara Sáez, M. 2024) que, sin embargo, es también la de los límites: del poder de lo virtual que no reemplaza al real del Estado; de la indignación moral que no sustituye a las instituciones ni a la ley; y de la energía generacional que no debe —aunque sí puede— evadir reglas, garantías y responsabilidad pública: cultura de la paz.
Los nubarrones de la tormenta
Con datos de enero de 2025 (DataReportal. 2025), Nepal es un país de 29.6 millones de habitantes, de los que se estima que alrededor de 8.9 millones (30%) son jóvenes entre 13 y 28 años: la Generación Z. El cálculo de su mediana de edad es de 25.3 años, justo en el corazón de la Generación Z insurrecta. ¡Vaya cuadro que cierra el círculo etario de la revuelta!
Los Nepobabies, zánganos de la élite, marcaron la asimetría de la impunidad, la percepción de corrupción elevada y el estancamiento de oportunidades juveniles. Ello fue el caldo de cultivo de la protesta que disparó el bloqueo digital.
Su PIB per cápita nominal rondó en 2024 los $1,447 dólares americanos (Data Commons. 2025), con un desempleo juvenil de alrededor del 20% de la población entre los 15 y los 24 años, ¡justo en el corazón de la Generación Z! (Federal Reserve Bank of St. Louis. 2025). Un dato sobresaliente de sus cuentas nacionales radica en la alta dependencia respecto de las remesas que en 2023 significaron el 26.9% del PIB (TheGlobalEconomy.com. 2025). El índice de desigualdad (Gini) se considera bajo-medio para la región, con brechas territoriales y étnicas persistentes (Data Commons. 2025).
El país aparece en el lugar 107 de 180 del Índice de Percepción de la Corrupción 2024; el World Justice Project de 2024 lo ubica en la posición 69 de 142 de su medición de Estado de Derecho, el mejor de su subregión, pero con fragilidades en justicia civil y penal. Además, en el Democracy Index 2024 de la Unidad de Inteligencia de The Economist, el país es calificado como “régimen híbrido” con un índice de 4.60 sobre 10 y en el rango 96.
No es un cuadro catastrófico, pero sí uno que claramente describe oportunidades escasas para los más jóvenes: una economía con dependencia estructural de remesas y un mercado laboral incapaz de absorber su energía juvenil (Transparency International, 2024; World Justice Project, 2024; EIU, 2024). Nubarrones de la tormenta.
La inundación juvenil en el mar de la desigualdad y el enojo
En esa topografía social irrumpió el símbolo de los nepobabies, con su escaparate 24/7, en el que los zánganos de la élite exhibieron relojes, bolsos, escoltas, viajes y carros deportivos, mientras que en el otro lado de la luna de su generación, vivía su futuro y presente sin esperanza, con desesperación. Esta fractura se marcó la asimetría de la impunidad y permitió conectar la macroestadística con la microfísica de la humillación cotidiana. La combinación de la percepción de corrupción elevada, justicia débil y estancamiento de oportunidades juveniles fue el caldo de cultivo de la protesta que disparó el bloqueo digital. El Financial Times lo definió así: “el enojo juvenil ante los ‘nepobabies’ fue combustible de las protestas” (Financial Times, 2025). Las redes, meme tras meme, hicieron el resto.
El cierre abrupto de un ecosistema digital puede ser el acelerador de un conflicto, no su contención.
Así fue como, el pasado 4 de septiembre, el gobierno anunció el bloqueo de 26 plataformas —Facebook, Instagram, WhatsApp, X (antes conocida como Twitter), YouTube, Reddit, LinkedIn, entre otras— con el argumento de que no se habían registrado conforme a nuevas reglas y que era necesario contener “delitos cibernéticos” y “discursos de odio”. La medida fue desproporcionada: clausurar el foro donde en el mundo de hoy se expresa, el ágora de la conversación pública, es conceptualmente equivalente a cerrar plazas, periódicos, radio y televisión a la vez. Bastaron pocas horas para que jóvenes convocados por Hami Nepal salieran a la calle desafiando toques de queda.
En los primeros choques murieron al menos 19 personas; en días posteriores, el saldo oficial escaló a 72 fallecidos y más de dos mil heridos. El gobierno levantó el bloqueo, pero lo hizo tarde. La dimisión del primer ministro fue inevitable; las llamas ya habían calcinado edificios del Estado y residencias de la élite marxista-leninista gobernante. La secuencia está documentada por agencias y medios internacionales; es una advertencia por sí misma: el cierre abrupto del ecosistema digital puede ser un acelerador del conflicto, no su contención (Reuters, 2025a, 2025b; Al Jazeera, 2025; AP, 2025a).
Las redes del mar diluviante
Con rudeza innecesaria, Nepal recordó que no existe “apagón selectivo” de derechos digitales. Cuando los gobiernos invocan “registro” o “responsabilidad” para suspender servicios sin garantías ni proporcionalidad, lo que hacen no es gobernanza digital: es censura. Y la censura tiene efectos búmeran. No solo enciende agravios; deslegitima, a la vista del mundo, a quien la decreta. Y ahora más, si es en redes sociales.
Sin una arquitectura pública de derechos digitales, los gobiernos y las plataformas pueden apagar o manipular el espacio público, lo común.
Sin embargo, hay que hacer un alto y señalar: conviene no idealizar. Facebook, Instagram, X, YouTube o Discord no son ámbitos neutros. Tampoco es razonable suponer que lo han sido en los sucesos de Nepal. Son empresas con intereses, reglas opacas y algoritmos optimizados para objetivos económicos, sociales e ideológicos. Allí adentro anida un algoritmo patriarcal y discriminador, autoritario y antidemocrático.
En Nepal, las cifras muestran una penetración significativa: Facebook ronda 14 millones de usuarios mayores de 18 (casi la mitad de la población total); Instagram cerca de 4 millones. El acceso a internet se encuentra por encima de la mitad de la población y es razonable concluir que el cierre generó pérdidas privadas y costos económicos. Pero el punto no es solo ese. Sin duda, el meollo de la noticia y del acontecimiento nepalí ocurrió dentro del país, no en Silicon Valley.
El punto es que, sin una arquitectura pública de derechos digitales, los gobiernos y plataformas pueden apagar o manipular el espacio público, lo común. La salida no es demonizar empresas ni concederles soberanía; es construir marcos de referencia con reglas claras, transparencia, apelación y respeto integral a la libertad de expresión y el derecho a saber. Las normas, los valores, las instituciones y los procedimientos del Estado deben ser las que rijan al ecosistema digital y sus efectos en la sociedad, la cultura, la economía y la política, tanto de las naciones como del contexto internacional.
Para colmo, el bloqueo y su pulsión autoritaria no anuló el tejido digital: lo reconfiguró. Con el uso de VPN —Red Privada Virtual que conforma una conexión segura y cifrada entre un dispositivo e Internet; se usa para evadir restricciones de servidores—, reencauzando tráfico hacia aplicaciones no bloqueadas y migrando a canales de coordinación comunitaria, miles de jóvenes convirtieron Discord en ágora, central de datos y cabildo virtual.
Hubo servidores con decenas de miles de usuarios, verificación improvisada de rumores, listas de centros de sangre y, pronto, deliberaciones políticas. No es la primera vez que un stack de mensajería —conjunto de protocolos y servicios que operan de manera coordinada para el transporte y procesamiento de mensajes a través de redes— y foros descentralizados operan como sistema nervioso de una movilización, pero el caso nepalí añadió algo más: la construcción de una preferencia colectiva, a la vista, para una figura de transición.
Así es como Sushila Karki, presidenta de la Corte Suprema y jurista con reputación anticorrupción es informalmente “votada” en Discord. Con el uso VPN y stacks, su nombre pasó del chat a las negociaciones de Hami Nepal con mandos militares y líderes políticos. El presidente terminó nombrándola primera ministra interina, la primera mujer en ocupar tal encargo en Nepal. No se trata, conviene subrayarlo, de una “elección digital” con efectos jurídicos e institucionales. Se trata de algo distinto: una preferencia social, articulada desde abajo, que operó como señal de coordinación en una mesa de negociación. La diferencia es vital para no confundir civic tech —uso de herramientas digitales (apps, plataformas web, datos abiertos y automatizaciones) para que la ciudadanía participe, colabore y exija rendición de cuentas en lo público— con sufragio.
El alcance de la precipitación pluvial
Así pues, las calles y su violencia multitudinaria, reactiva e iracunda, se impusieron a partir de su coordinación en redes sociales. En particular, debido al uso que Hami Nepal hizo de Discord, que al final logró el cambio de gobierno (no de régimen) y provocó la elección de la nueva primer ministra. Es preciso anotar que todo ello se logró, si acaso, con la participación del 1% del padrón electoral de Nepal, que en las últimas elecciones generales de noviembre del 2022 alcanzó a 17 millones 988 mil 570 personas registradas.
Es vital no confundir civic tech —uso de herramientas digitales para que la ciudadanía participe, colabore y exija rendición de cuentas en lo público— con sufragio.
Efectivamente, en el “cabildo” de Discord participaron unas 10 mil personas, con un espejo en el canal de YouTube “Youth Against Corruption”, organizado por Hami Nepal, con alrededor de 6 mil espectadores que migraron cuando el servidor de Discord se saturó. Aunque torcemos un poco la aritmética, si a ello le agregamos los 160 mil miembros que Hami Nepal reporta tener, no sumamos más de 176,000 participantes directos, lo que alcanza en 2025 el 0.97% del citado padrón de 2022. (Al Jazeera (Kharel, 2025); Indian Express (Jayakumar, 2025); IFES Election Guide, 2025).
Si no hubiese operado el bloqueo, no hay duda de que el número de participantes pudo ser considerablemente mayor, quizá mucho mayor… pero tampoco habría habido revuelta por ello. El dato es que en la precipitación pluvial en las redes participaron menos de 200 mil personas de un padrón de casi 20 millones y una población de casi 30 millones. Ello no resta capacidad explicativa a la protesta, ni legitimidad a su enojo, pero atempera el peso social del impacto de las redes sociales. En cambio, enfatiza la importancia del contexto en el que se explican el acontecimiento nepalí y sus noticias.
Habrá también que agregar que la Generación Z movilizada representa en Nepal, sobre todo, sectores urbanos y periurbanos con alfabetización digital media-alta, estudios secundarios o universitarios. No es toda la población ni toda la juventud. En todo caso, y aunque sea en forma embrionaria, representa un segmento de la población que también puede manifestarse en un contexto de recuperación democrática, que no solo exige derechos, sino un mundo distinto y posible. Ahí reside su fuerza, pero también su actual punto ciego: sin traducción institucional, esa energía se puede evaporar o degradar en bandos, tan amarrados a la polarización en desigualdad de nuestros días.
Ninguna democracia se sostiene si se naturaliza el odio. Habrá que lograr buenamente la transición ahora iniciada, considerando sus oportunidades y riesgos. El primero de ellos, el desgaste de transición: el interludio que se eterniza, el gabinete que se aísla, los perdedores de ayer que se reagrupan con la coartada de la normalidad. El segundo, el sesgo digital: gobernar para la audiencia más ruidosa, sin escuchar a quienes no están conectados o no hablan el idioma de las plataformas. El tercero, y viejo conocido: el reparto clientelar de la reconstrucción.
Las arcas para el diluvio
Hay un aire de parábola en Katmandú. Una prohibición mostró su impotencia; una generación mostró su potencia; una jurista, no una influencer, hilvanó el puente en las redes. La democracia, imperfecta, fatigada, volvió a enseñarnos su verdad: sin instituciones, la calle se quema; sin calle, las instituciones se queman. El reto consiste en soldar ambas: la calle que vigila, propone, corrige; las instituciones que garantizan, limitan a la vez que facilitan y protegen.
Ninguna democracia se sostiene si se naturaliza el odio. Habrá que lograr buenamente la transición ahora iniciada, considerando sus oportunidades y riesgos.
De paso, el acontecimiento de la noticia nepalí derriba dos lugares comunes. Primero: que las redes sociales “crean” protestas. No: las facilitan, potencian. Las protestas nacen de injusticias reales. Segundo: que la tecnología resolverá la representación. No: puede ayudar a deliberar, priorizar e incluso decidir, pero la legitimidad democrática se nutre de urnas, garantías, controles, la ética de la responsabilidad y su cultura cívica.
El Diluvio no es solo agua furiosa. Es, también y sobre todo, la tarea de construir arcas: cultura cívica y normas que nos lleven vivos del lado autócrata en donde estamos al lado de la democracia deconstruida que deseamos. En Nepal, la primera tabla ya está puesta: una primera ministra interina con legitimidad suficiente para encarar lo urgente. Falta el resto: memoria, justicia, derechos digitales y unas elecciones que merezcan ese nombre con integridad para el cambio de régimen y no solo de gobierno. Si se logra, no solo será la noticia de un escandaloso incendio en el Himalaya: será el registro de un acontecimiento que demuestre cómo una democracia ahogada en el fango de los agravios y atrapada entre redes, puede volver a respirar.
Referencias
- Al Jazeera. (2025, 9 de septiembre). Nepal lifts social media ban after 19 killed in protests: Report.
- Alcántara Sáez, Manuel (2024). Huellas de la democracia fatigada. España: Océano Atlántico Editores.
- Associated Press. (2025a, 14 de septiembre). Nepal’s new prime minister urges calm after deadly protests.
- Associated Press. (2025b, 12 de septiembre). Nepal’s president appoints former chief justice as interim premier and first woman leader.
- Data Commons. (2025).
- DataReportal. (2025). Digital 2025: Nepal.
- The Economist Intelligence Unit. (2024). Democracy Index 2024.
- Federal Reserve Bank of St. Louis. (2025). Youth Unemployment Rate for Nepal (Ages 15–24)
- Financial Times. (2025, 11 de septiembre). Youthful anger at political “nepo babies” drives Nepal protests.
- Ginzberg, Siegmund (2025. Sexta reimpresión). Síndrome 1933. Buenos Aires: Gatopardo Ensayo.
- TheGlobalEconomy.com. (2025). Nepal: Remittances as percent of GDP.
- Indian Express. (2025a, 10 de septiembre). Discord, Nepal’s parliament and youth protests: How a gaming chat app shaped politics.
- Indian Express. (2025b, 13 de septiembre). Nepal PM via Discord? How the app’s polls crystallised a consensus around Sushila Karki.
- International IDEA. (2024). The Global State of Democracy 2024.
- International Foundation for Electoral Systems. Election Guide | Country profile: Nepal (consultado el 17 de septiembre de 2025).
- Reuters. (2025a, 9 de septiembre). Young anti-corruption protesters oust Nepal PM Oli.
- Reuters. (2025b, 9 de septiembre). Nepal lifts social media ban after protests leave 19 dead, minister says.
- Reuters. (2025c, 12 de septiembre). Former chief justice Karki named Nepal’s first female PM after violent unrest.
- Reuters. (2025d, 14 de septiembre). Death toll from Nepal’s anti-corruption protests raised to 72.
- Transparency International. (2024). Corruption Perceptions Index 2024.
- Paz, Octavio. (1990). Pequeña crónica de grandes días. México: Fondo de Cultura Económica.
- World Justice Project. (2024, 23 de octubre). WJP Rule of Law Index 2024: Nepal Country Brief.
- V-Dem Institute. (2025). Democracy Report 2025: 25 Years of Autocratization—Democracy Trumped?
- New Indian Express. (2025, 14 de septiembre). “You and I have to be determined”: New Nepal PM vows to follow protesters’ demands to end corruption.
- CBS News. (2025, 9 de septiembre). Nepal protests rage after social media ban; prime minister resigns.
- Times of India. (2025, 8 de septiembre). Nepal bans 26 major social platforms: Full list and what it means.































