Año 1, núm. 10, mayo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
De la promesa al desencanto digital
Mario Campos *
Internet nació con la promesa de democratizar la conversación pública; 15 años después, la ciudadanía siente que el debate democrático ocurre en una cancha diseñada para manipular la atención.
Las plataformas que prometieron empoderar a la ciudadanía ahora enfrentan acusaciones por adicción digital y manipulación algorítmica.
I
En mayo de 2011, la editorial De Bolsillo publicó un texto coordinado por la periodista Ana Francisca Vega y el entonces activista Pepe Merino, en el que un grupo de analistas —yo, entre ellos— publicó su visión sobre internet y la manera en que la vida digital empoderaba a las y los ciudadanos y fortalecía la democracia en México. El libro es sin duda un reflejo del optimismo de su tiempo y un buen punto de referencia para entender cómo en tan solo 15 años el entusiasmo por la digitalización se convirtió en el desánimo de la actualidad. Pero vamos por partes.
Primero, habría que decir que el entusiasmo de las primeras décadas desde la llegada de internet a la vida pública tenía una razón de ser. Como se celebraba en su momento, la era digital vino para romper con una serie de reglas que refrescaban la vida pública de muchas formas. De entrada, porque con la llegada de la web, los blogs y las redes sociales se rompió con el monopolio que prácticamente tenían los medios de comunicación tradicionales a la hora de definir qué era aquello que se volvía parte de la agenda pública.
La rebaja, casi hasta la eliminación, de muchas barreras de entrada al espacio público fue sin duda una gran noticia en su momento. De pronto, los actores políticos tradicionales podían hablar directo con las y los ciudadanos sin pasar necesariamente por los filtros de los medios de comunicación ni tenían que hacerlo con recursos extraordinarios como una cadena nacional. Ahora contaban con sus propios medios para difundir de manera directa sus mensajes a los grupos interesados. Ese fenómeno, novedoso a principios del siglo sigue siendo clave para explicar, 26 años después, fenómenos como la emergencia de Donald Trump y su comunicación en las redes sociales.
Lo novedoso además fue que esas herramientas no solo estaban al alcance de las figuras públicas, sino que la ciudadanía de a pie podía generar su propio contenido dirigido a otras personas y a los propios actores políticos. Este simple hecho transformó en pocos años el ecosistema de circulación de información que había prevalecido desde la llegada de los medios de comunicación de masas.
Esta tecnología, para decirlo en breve, cambió la manera en que se produce, distribuye y consume la información. De pronto, ya no eran unos cuantos jugadores los que determinaban qué se hacía visible, sino que eran las y los propios usuarios quienes regulaban el alcance de una conversación.
La comunicación pasó de pocos a muchos para convertirse en un diálogo circular de muchos a muchos; la unidireccionalidad de la comunicación tradicional cedió su lugar a la multidireccionalidad y los ciclos de vida de la información, antes atados a los procesos productivos de los medios, cambiaron para dar vida a un ecosistema en el que todo ocurre en todos lados —donde haya un celular para registrarlo— y en tiempo real.
La transformación fue de tal tamaño que fue inevitable caer en el optimismo, casi en la euforia de la utopía. No era para menos, pues a la democratización de la voz le acompañó la expansión del acceso a internet y, por tanto, la posibilidad de tener casi cualquier fuente de calidad al alcance de la mano. Este periodo coincide además con la multiplicación de los teléfonos inteligentes y la expansión de las redes sociales.
¿Cómo no soñar entonces con una conversación pública de altísimo nivel, un diálogo en el que las y los ciudadanos no solo tenían la posibilidad de consultar las mejores fuentes, sino que además podrían expresar y platicar en tiempo real por medio de plataformas que no estaban mediadas ni por actores políticos ni por las lógicas de los medios de comunicación?
Con ese panorama era difícil no caer en el optimismo, en especial cuando vimos el surgimiento de movimientos sociales con miles de personas coordinadas mediante esas plataformas; cuando vimos un cambio en el poder, al convertir las redes en canales de presión real que provocaban efectos en la toma de decisiones de los actores públicos. La idea de una sociedad vigilante y dialogante resultaba muy esperanzadora.
El problema es que 15 años después del optimismo del libro de Vega y Merino, sabemos que, si bien muchas de las premisas antes expuestas eran y siguen siendo ciertas, hay también un conjunto de efectos negativos que ya no es posible negar. Permítanme pasar de la borrachera de la vida digital a la cruda del mundo actual.
Las redes dejaron de mostrar lo que elegimos ver para priorizar lo que maximiza nuestra permanencia en pantalla.
II
Empecemos este viaje por el desencanto con las plataformas digitales, esos espacios que en las primeras décadas del siglo XXI eran los héroes que empoderaban a la ciudadanía y que hoy está sentada en el banquillo de los acusados en cientos de juicios —sobre todo en Estados Unidos y Europa— en los que se le reclama por los efectos individuales y sociales negativos que ha generado, sobre todo entre las y los usuarios más jóvenes.
Esas plataformas —como Facebook, X y TikTok— pasaron en este tiempo de ser los buenos a convertirse en los villanos de la historia, entre otras cosas, porque al paso del tiempo se acreditaron una serie de prácticas que detonaron escenarios de preocupación.
Los ángulos de análisis pueden ser muchos: los señalamientos sobre el diseño de las interfaces para generar adicción (como determinó este año un jurado en Los Ángeles); las críticas a los criterios absolutamente opacos con los que los algoritmos determinan qué temas hacen visibles y cuáles no (tema de una acusación de la fiscalía francesa en contra de X); la discusión sobre los efectos en la fragmentación de las audiencias y la conversación pública; la polarización y radicalización del debate, entre otros. Lo más grave es que la cancha en la que se produce el actual debate democrático es una cancha amañada, una que tiene agenda propia y que por tanto conduce las conversaciones en función de su propio interés.
El primer punto de esa agenda es maximizar el tiempo de exposición en pantalla de cada persona usuaria. Esa regla es central para entender el resto del funcionamiento. Por eso, en los últimos años el modelo de las redes cambió de un esquema en el que eran las y los usuarios quienes esencialmente decidían qué querían ver, al modelo actual en el que son los algoritmos de cada aplicación los que determinan qué debe ver cada persona en función de aquello que le retenga el mayor tiempo posible en pantalla, pues eso se traduce en más datos que alimentan el modelo de venta de publicidad. Capturar datos y atención es el motor, no informar, entretener o dialogar.
Con esa premisa también se explica que todas las personas estemos mayoritariamente expuestas a contenido que refuerza nuestras creencias —lo que genera un entorno mucho más cómodo y en el que se puede pasar más tiempo— frente a un modelo que confronte con visiones diferentes, incluso antagónicas, pues eso podría significar que la persona usuaria abandone la aplicación.
Fenómenos muy estudiados como las cámaras de eco (en las que escuchamos lo que ya pensamos), las burbujas informativas (que excluyen otras visiones) y los sesgos de confirmación (que hacen que interpretemos los hechos para adecuarlos a ideas preconcebidas) se amplifican en el ecosistema digital no como una falla del sistema, sino como una condición para su reproducción.
Del mismo modo, la lógica de las redes privilegia la estridencia. Un mensaje que apela a la moderación difícilmente generará más reacciones que aquel que toma partido, y mientras más radical, mejor: no solo recibirá aplausos de quienes coinciden, sino que detonará reacciones de quienes le condenan. Bajo la premisa de que la meta es tener contenido que genere más conversación, es lógico que el diálogo resultante sea estridente, polarizante y radical.
En la misma lógica, la naturaleza de las redes —que requieren la generación constante de contenido que estimule y retenga la conversación— ha detonado una espiral infinita de temas, imágenes (memes) o videos que han alterado notablemente el ciclo de vida de las noticias, de tal suerte que lo que hoy es tema, en unas horas dejará de serlo, con el empobrecimiento que eso genera en la acción política. La organización pública requiere que el enojo o la indignación se mantengan por el tiempo suficiente para que algo suceda, ya sea que se produzca la organización social o la respuesta de las instituciones. Estos procesos no funcionan cuando la condición natural de la noticia es la vida cada vez más efímera.
Como ha explicado ampliamente Byung-Chul Han, lo que desde afuera es visto como un efecto secundario indeseable es en realidad parte de la naturaleza de las propias plataformas, y clave de lo que explica su éxito.
La conversación pública ya no se organiza por argumentos, sino por algoritmos.
III
Atribuir a las redes sociales y la vida digital todos los males de la democracia contemporánea sería un despropósito. Aquí mismo en El Diluvio se ha dado cuenta de cómo muchos de los problemas actuales se explican por múltiples factores: el desencanto de millones con los resultados gubernamentales, sistemas políticos disfuncionales incapaces de generar acuerdos, personalidades populistas y autoritarias que han asaltado la escena política, etcétera. Sin embargo, resulta imposible explicar buena parte de la crisis democrática actual sin mirar el cambio que se ha vivido en el ecosistema de la comunicación.
Como politólogo que ha dedicado su vida profesional a los medios y las redes, me cuesta trabajo no atribuir a la lógica de las plataformas buena parte de la responsabilidad en la pobreza del debate público global. Si hoy las y los ciudadanos pasan buena parte de su día frente a las pantallas del celular, resulta difícil pensar que serán ajenos a sus efectos políticos y sociales. No hay razón para pensar que alguien que pasa horas expuesto a contenido que reafirma sus creencias se convierta en alguien dispuesto al diálogo en cuanto sale de la aplicación; no hay lógica en creer que los mismos actores políticos que buscan maximizar su exposición pública se sustraerán de la lógica de las redes a la hora de construir un discurso político.
Quiero decir con esto que, si los teléfonos celulares inteligentes son evidentemente el objeto más presente en nuestras vidas, es razonable preguntarse por la lógica con que se rige ese objeto para imaginar cuáles son los efectos que puede tener en el resto de nuestra vida, incluyendo por supuesto la vida pública. Basta con mirar alrededor mientras se lee este texto.
Bajo esa premisa, hoy en el mundo hay cada vez más debate al respecto. Y si bien el foco está puesto en los efectos para niñas, niños y adolescentes —emocionales, sociales y cognitivos—, a ese debate deberá seguir uno más amplio que ponga en el centro qué consecuencias ha tenido que la vida política corra en buena medida por la pista de la comunicación digital.
Esa reflexión se vuelve aún más relevante cuando estamos en la víspera de una nueva etapa, marcada por la inteligencia artificial, que ya está abriendo frentes nuevos como la amenaza sobre la verdad, dada la facilidad para producir deepfakes —videos, audios e imágenes— que resultan tan verosímiles como la realidad.
Es un hecho que llegamos tarde —casi tres décadas— al debate sobre los efectos de la digitalización en la vida privada y pública. Ahora hay una nueva oportunidad de iniciar esta discusión al comienzo de la etapa marcada por la IA. Ya veremos si esta vez tomamos nota a tiempo.
* Politólogo, periodista y autor de Batalla por la atención: cómo dejar de perderse en pantallas y redes sociales (Aguilar, 2024) y Batalla por la verdad: cómo sobrevivir a la era de las fake news (Aguilar, 2026, en prensa).































