Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Crisis global ambiental y la urgencia de cambiar el rumbo
Julia Carabias *
La crisis ambiental no es un problema aislado: es el núcleo de las múltiples crisis contemporáneas. Sin integrar la dimensión ecológica en la política y la economía global, ninguna solución será duradera.
Las múltiples crisis
En los últimos meses, el mundo ha sido sacudido por nuevos acontecimientos que se suman a las crisis que ya veníamos acarreando, profundizando la consternación global. La persistencia de la crisis económica, la agudización de las disputas geopolíticas —con sus expresiones más extremas de las guerras en Ucrania, Gaza, y ahora Irán—, el aumento de las desigualdades dentro y entre los países, y el crecimiento del crimen organizado, entre otros sucesos impactantes, han sembrado una profunda congoja e incertidumbre en las sociedades de todo el mundo.
Esta situación, lejos de llevarnos al pasmo o a la inacción, nos debe convocar a construir otro futuro. Si no queremos que este sea gobernado por unos pocos autoritarios, populistas y corruptos, debemos poner manos a la obra desde ahora, pues lo que se haga o deje de hacer marcará la forma del mundo de las siguientes décadas.
La riqueza de las reflexiones que estos hechos han generado, aunque todavía con muy pocas propuestas concretas para superar las crisis, va explicando con creciente precisión la situación social, económica y política que vivimos, sus causas y antecedentes, así como sus múltiples interacciones.
Los sistemas naturales que sostienen la vida —atmósfera, biósfera, hidrósfera y geósfera— están siendo alterados a una velocidad sin precedentes.
Muchos análisis han colocado en el centro a los fallos e impactos del modelo de globalización que, con reglas débiles y sin límites efectivos, fue incapaz de abatir la pobreza y las desigualdades, acabar con la corrupción y garantizar la paz. Por el contrario, facilitó la concentración del poder económico y político en pocas personas y en un número reducido de países, acompañado del resurgimiento del autoritarismo, el populismo y diversas formas de injusticia. El desmantelamiento de instituciones, la erosión del multilateralismo y el debilitamiento de las democracias se han sumado, configurando un escenario que nos arroja a las múltiples crisis en las que hoy estamos inmersas e inmersos. Los diagnósticos, cada vez más claros y compartidos, ayudan a orientar la búsqueda de soluciones.
Sin embargo, en la mayoría de estos análisis falta un elemento esencial que no aparece en la ecuación o lo hace de manera muy marginal y fragmentada: la crisis ambiental. Esta, también ampliamente documentada, forma parte de la médula de las crisis sociales, económicas y políticas, y la globalización la aceleró profundamente. Sin incorporar la dimensión ambiental no habrá soluciones viables ni duraderas, por el contrario, las crisis socioeconómicas y políticas seguirán agravándose.
La razón es muy simple: los seres humanos dependemos absolutamente de la naturaleza. Todas nuestras funciones vitales dependen de que los sistemas naturales sigan funcionando de manera equilibrada bajo las mismas condiciones ambientales relativamente estables que permitieron el florecimiento de nuestras civilizaciones hace alrededor de diez mil años, durante el Holoceno.
Dicho de otra forma, las condiciones de estabilidad que alcanzaron la atmósfera, la biósfera, la hidrósfera y la geósfera durante el Holoceno permitieron que los humanos se asentaran, que surgiera la agricultura, se desarrollaran las primeras ciudades y transcurriera la historia que las y los historiadores nos han contado. Sin embargo, en la actualidad, la forma en que consumimos y llevamos a cabo las actividades humanas para el desarrollo y bienestar, pone en riesgo la estabilidad del funcionamiento de los sistemas que rigen la vida en el planeta. Con ello nos estamos saliendo del espacio seguro para la humanidad en la Tierra, tal y como lo ha documentado el Centro de Resiliencia de Estocolmo, con su marco conceptual de los límites o umbrales planetarios.
Estamos cavando nuestra propia tumba. Lo irracional es seguir haciendo más de lo mismo hasta que el colapso nos detenga. Desafortunadamente, para muchas personas estas pueden resultar predicciones alarmistas; sin embargo, la evidencia científica muestra que muchas de las proyecciones realizadas desde hace cinco décadas se han ido cumpliendo, e incluso algunas han sido superadas. No es magia, es ciencia; por eso, a quienes incomoda esta realidad, optan por negarla junto con la evidencia científica.
Alteración del funcionamiento de los sistemas naturales
Hagamos un breve repaso de las principales alteraciones que los seres humanos hemos provocado sobre los sistemas que rigen la vida en el planeta, así como sus principales causas. Un primer factor es el crecimiento poblacional. Aunque la tasa de crecimiento ha disminuido, la población total sigue aumentando. Se espera que durante los siguientes cincuenta años se sumen cerca de 2 000 millones de personas, una población equivalente a toda la que había en 1930.
No solo es un problema de la cantidad de personas en el mundo, sino también de lo que consumen amplios sectores de la población con capacidad adquisitiva, así como las formas de producción carentes de criterios ambientales. Vivimos en una etapa en que el consumismo se ha convertido en una especie de culto irracional, creado e inducido por la publicidad del mercado y acelerado por la globalización; es una nueva cultura que causa satisfacción y adicción a quienes se enredan en ella y ansiedad en quienes no pueden ejercerla. Dos ejemplos para ilustrar el consumo de productos altamente demandantes de agua y energía, y que utilizan sustancias químicas o minerales muy tóxicos:
1) Se producen cada año alrededor de 100 000 millones de prendas de ropa de moda (unas doce unidades por persona), muchas de ellas casi desechables; una proporción muy importante termina en tiraderos o es incinerada.
2) Se producen cerca 1 400 millones de celulares al año (uno por cada seis personas) y cientos de millones se desechan, la mayoría de las veces de manera innecesaria.
Hemos alterado el ciclo del agua, disminuyendo su libre flujo, su calidad y su disponibilidad. La mayoría de los grandes ríos se encuentran represados, lo que interrumpe los flujos de nutrientes y las rutas de numerosas especies acuáticas; además, cerca de la mitad de las aguas residuales de uso doméstico se vierten sin tratamiento adecuado, reduciendo la disponibilidad de agua tanto para los seres humanos como para todos los demás seres vivos. A ello se suma la eliminación de la cobertura forestal, modificando el flujo de agua en los ecosistemas, así como su infiltración y traspiración.
La humanidad ha transformado cerca de la mitad de los ecosistemas terrestres y dos tercios de los océanos.
Hemos transformado cerca de la mitad de los ecosistemas de la superficie terrestre libre de hielo y dos tercios de los océanos presentan impactos humanos acumulados, principalmente debido a las actividades agropecuarias y pesqueras. Esto ha llevado al riesgo de extinción a cientos de miles de especies, por ejemplo: el 63 % de las especies de cícadas, 40 % de anfibios, 37 % de mantarrayas y tiburones, 34 % de coníferas, 33 % de corales se encuentras amenazadas. La tasa de extinción de especies es hoy de decenas o centenas de veces más alta que la ocurrida durante los últimos diez millones de años. La pérdida de biodiversidad, además de interrumpir los procesos evolutivos de la vida, disminuye los servicios o beneficios ecosistémicos que nos brinda la naturaleza.
Debido principalmente a la quema de combustibles fósiles, entre otras actividades, pasamos de una concentración dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera de 280 partes por millón (ppm) en el periodo preindustrial a 422.5 ppm en la actualidad. Estas concentraciones son las más altas de los últimos 800 000 años (el homo sapiens apareció hace aproximadamente 200 000 años). Está demostrado que el incremento en la acumulación de gases de efecto invernadero —como el CO2— provoca un aumento en la temperatura promedio de la superficie terrestre y de los océanos; este incremento ya es de 1.44 °C por encima del periodo preindustrial y está fuera del rango que prevaleció durante los últimos 10 000 años. El Acuerdo de París para enfrentar el cambio climático plantea no rebasar las 450 ppm y los 2 °C, preferentemente 1.5 °C; de continuar las tendencias actuales rebasaremos la meta mucho antes de lo previsto.
La agricultura moderna ha alterado profundamente los ciclos de nutrientes. El uso intensivo de fertilizantes ha mas que duplicado el nitrógeno reactivo que circula en los ecosistemas y ha incrementado notablemente los flujos de fósforo hacia ríos y mares.
Existen más de 300 000 sustancias químicas y mezclas registradas para uso comercial. A pesar del riesgo que representan para la salud humana y de contaminación que provocan en los ecosistemas, en la gran mayoría de los casos no se evalúan sus impactos antes de su utilización. El caso de los plásticos y microplásticos es particularmente preocupante. Por sus características tardan mucho tiempo en degradarse. Se arrojan en tiraderos, son acarreados por ríos, llegan al mar y las corrientes marinas los transportan y concentran en ciertos sitios formando grandes acumulaciones conocidas como “islas de plástico”. Se han identificado siete de estas grandes zonas de acumulación. Además, conforme los plásticos se fragmentan, se generan microplásticos que son ingeridos por la fauna marina y que pasan a lo largo de la cadena trófica, incluyendo a los humanos. Se han encontrado microplásticos en la sangre, en el cerebro y en los pulmones humanos. Si no cambian estas tendencias, a mediados de siglo la masa de plásticos en el océano podría superar la biomasa de los peces.
Podríamos seguir narrando muchas otras alteraciones; sin embargo, para presentar el panorama completo de la gravedad del asunto, conviene considerar otro factor que no se puede perder de vista: el efecto en cascada o encadenado que ocurre por la interacción de estas alteraciones, como veremos a continuación.
El efecto cascada
Debido a que todos los sistemas naturales del planeta Tierra están conectados, las alteraciones que provocamos en uno de ellos repercuten en los demás, amplificando los efectos y aumentando el riesgo de desestabilizar su funcionamiento, incluso hasta llegar a puntos de no retorno.
Analicemos escuetamente un ejemplo, aun con el riesgo de simplificarlo. La forma en que se producen los alimentos en el mundo (incluye agricultura y ganadería) ha transformado cerca de la mitad de la superficie habitable del planeta, y gran parte de esa expansión ha ocurrido a costa de la deforestación de bosques y selvas, principal causa de pérdida de la biodiversidad.
Los cultivos agrícolas requieren fertilizantes y otros agroquímicos. Gran parte del fósforo y nitrógeno aplicado no es absorbido por los cultivos, por lo que puede acumularse en el suelo, alterando el ciclo de nutrientes o escurrir por ríos, lagos y hasta llegar al mar junto con las aguas negras no tratadas. En las aguas marinas el exceso de estos nutrientes provoca que disminuya el oxígeno (proceso llamado eutrofización) y se crean zonas muertas, contribuyendo a la pérdida de biodiversidad. Las corrientes marinas arrastran contaminantes y nutrientes y los depositan en algunos espacios marinos; estas condiciones pueden favorecer la proliferación excesiva de algas, como ocurre en algunos casos con los grandes florecimientos de sargazo en el Atlántico tropical, que luego son transportado por las corrientes hasta las costas.
Otros agroquímicos también escurren por los ríos o se filtran a los acuíferos, contaminando los cuerpos de agua. Los cultivos, además, utilizan 70 % de agua dulce que se extrae en el mundo y, en muchos lugares, contribuye a la sobreexplotación de los acuíferos. Además, el empaque y distribución de los alimentos aporta significativamente a la demanda de plásticos.
La producción de alimentos también aporta al cambio climático, además de la deforestación que generan liberando CO2 por la quema de la vegetación, se reducen las áreas de absorción de este gas. Por otro lado, el nitrógeno que se añade con los fertilizantes se puede transformar en gases de efecto invernadero (óxidos de nitrógeno). Asimismo, la ganadería, que ocupa 38 % de la superficie terrestre habitable del planeta, produce metano mediante el proceso digestivo de los rumiantes, otro gas de efecto invernadero.
Las soluciones existen, pero la crisis es política y económica, no científica.
El cambio climático, a su vez, intensifica las sequías y las inundaciones que afectan a la producción de alimentos, altera los ciclos y la distribución de las especies incrementando la pérdida de biodiversidad, la cual, además, se ve reducida por la contaminación de suelo, agua y atmósfera y por la deforestación.
Como podemos concluir de esta narrativa, la forma en que producimos los alimentos tiene un severo impacto en todos los sistemas naturales y afecta a todas las personas en el mundo. Por supuesto que los impactos varían dependiendo de la vulnerabilidad de las personas entre y dentro de los países, así como de su capacidad de adaptación ante estos cambios globales.
La misma concatenación de procesos la podríamos hacer para otros sectores como la producción de energía o el funcionamiento de las ciudades, pero desbordaría este texto.
El problema ambiental no es de conocimiento, sino de decisión política y organización económica
A pesar de la magnitud de las crisis ambientales es esencial señalar que se conocen las soluciones a estos problemas y que hay capacidades nacionales y globales para establecer estrategias sustentables en los sistemas alimentarios y energéticos, en la promoción de economías circulares y en ciudades resilientes. A estas estrategias hay que añadir una efectiva conservación de los ecosistemas naturales. Todo esto nos colocaría en una ruta hacia la sustentabilidad del desarrollo.
La ciencia ha aportado el conocimiento científico suficiente para hacer las cosas de manera diferente. Existe un vasto conocimiento tradicional en los países y numerosas experiencias se han implementado de manera exitosa. Sin embargo, hay problemas de índole política, económica e institucional que impiden que estas experiencias se conviertan en políticas públicas y en acuerdos globales, pero, sobre todo, la debilidad o falta de interés o de voluntad política de muchos gobernantes para enfrentar a los poderes económicos que se imponen y frenan las alternativas, como es el caso de las grandes corporaciones de la industria alimentaria, petrolera, automotriz, minera, entre muchos otros sectores.
La situación actual de múltiples crisis debe llevarnos a cuestionar profundamente el modelo de desarrollo globalizado dominante, desigual y ambientalmente depredador y a reflexionar seriamente sobre un cambio de rumbo hacia la sustentabilidad del desarrollo en el que se reconozca que la naturaleza nos impone límites y formas de hacer las cosas. Esto no significa renunciar al desarrollo o restringir el bienestar, sino lograrlo de forma creativa, con cooperación, sin desestabilizar el funcionamiento de los sistemas naturales.
Frente a las crisis ambientales globales, soluciones multilaterales
Debido a la interconexión de los sistemas naturales, los impactos de las crisis ambientales no conocen fronteras. Muchas causas que ocurren en un sitio determinado (quema de combustibles fósiles, contaminación de agua o deforestación) que afectan, sin duda, la calidad de vida de la población local, tienen también efectos a la escala global. Así, lo que haga o deje de hacer un país, impactará a todas y todos los demás.
Evidentemente, es obligación de los gobiernos atender los problemas ambientales mediante sus agendas nacionales; sin embargo, aunque en todos los países se han establecido instituciones, leyes y políticas, los avances son insuficientes. México tiene un buen andamiaje institucional y, a pesar de los altibajos, lleva más de tres décadas construyendo y ejerciendo una política ambiental moderna y acorde con los acuerdos multilaterales. No obstante, el tema ambiental sigue siendo marginal y está subordinado a las prioridades económicas y sociales. No existe una visión que integre estas tres dimensiones ni una política de Estado de desarrollo sustentable ampliamente discutida junto con la sociedad. Los avances y logros, cuando los hay, responden más a la voluntad de las personas al frente de las instituciones que a la fuerza misma de las instituciones.
Los esfuerzos nacionales, aunque obligatorios e indispensables, son insuficientes. La magnitud de los problemas globales vuelve imperativo contar con reglas compartidas, acordadas entre las naciones y ejercidas mediante la cooperación. Los acuerdos multilaterales ambientales diseñados, negociados, monitoreados y evaluados en el seno de las Naciones Unidas, con todo y sus debilidades, incumplimientos y rezagos, son insustituibles e indispensables. Sin ellos, las crisis se agudizarán aún más.
La nueva situación de “ruptura simultánea del multilateralismo, del equilibrio entre potencias y de la confianza en la democracia liberal”, como lo señala Mauricio Merino en la presentación del número 7 de la revista El Diluvio, genera gran incertidumbre y un alto riesgo para la estabilidad social y económica mundial, pero también para la estabilidad de la vida de todos los seres vivos en el planeta tal y como hoy la conocemos. Sin duda, los acuerdos multilaterales ambientales son esenciales para una gobernanza ambiental efectiva.
El mundo no puede ceder a las presiones ni contemplar con resignación e impotencia que las nuevas reglas globales respondan a los intereses de las potencias que persiguen su supremacía económica, tecnológica y de control tanto político como de recursos naturales.
Si se rompen los consensos y compromisos, desaparecen los mecanismos multilaterales de negociación y seguimiento y se niega la ciencia, se revertirán los avances logrados y estaremos en el peor de los mundos. Quienes quieren dinamitar el régimen global de la ONU tienen el poder económico y buena parte de la fuerza bélica mundial, pero carecen de la razón y de moral. El problema no solo es político, sino también ético.
A pesar del desencanto, me quedan aún resabios de optimismo. Estoy convencida de que en el mundo hay mucha más gente sensata que irracional, dispuesta a apostar por un nuevo pacto civilizatorio que armonice la convivencia de sociedades equitativas con la inclusión y respeto a la naturaleza.
Más que nunca, son indispensables nuevas alianzas estratégicas de cooperación y, en materia ambiental, las posibilidades son enormes y ya están en marcha; sin embargo es necesario trabajarlas mucho más y con una visión de unidad. Los movimientos ambientalistas se han caracterizado por sus constantes divisiones y desencuentros. Es tiempo de sumar objetivos comunes de largo plazo: son muchas más las coincidencias que las diferencias.
El motor más importante de estas alianzas se encuentra en la acción colectiva y organizada de la sociedad, particularmente de las juventudes que exigen justicia para un mundo mejor, incluyendo la justicia ambiental. La juventud está enojada y agobiada; muchas personas jóvenes sufren ansiedad, frustración y miedo. Sería un alto riesgo que pierdan la brújula y motivación. Por ello es tan importante el papel de las universidades, del personal docente y de contar con mecanismos eficaces de comunicación de la información seria y veraz.
Es aquí donde el fortalecimiento de las democracias se vuelve una condición esencial. La construcción de espacios confiables y deliberativos, donde las voces sean escuchadas para incidir en la toma de decisiones rumbo a un futuro deseable, es una prioridad. Espacios seguros de evaluación, seguimiento y rendición de cuentas, donde la información veraz, basada en la ciencia, fluya y esté al alcance de todas las personas, y donde, si hay fallas, existan mecanismos para corregirlas o sancionarlas con un Estado de derecho fortalecido.
Enfrentar el deterioro que estamos provocando en nuestros sistemas sociales y naturales requiere la suma de muchas voluntades. Se trata de un proceso gradual que reoriente esfuerzos hacia la construcción de una sociedad pacífica y democrática, basada en el respeto al prójimo y a la naturaleza, en el diálogo, la pluralidad y la inclusión. El rumbo aún puede corregirse, pero la ventana de tiempo se cierra. De las decisiones que se tomen ahora dependerán los posibles futuros.
* Académica de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Integrante de El Colegio Nacional.































