Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Crecimiento económico y deterioro medioambiental
Pedro Pérez Herrero *
La humanidad enfrenta una paradoja histórica: el mismo crecimiento económico que impulsó el progreso moderno está acelerando el deterioro del planeta. Este ensayo examina los límites físicos de la Tierra y cuestiona si el modelo productivo actual puede sostenerse.
Uno de los asuntos que no previeron los teóricos del liberalismo económico y que, posteriormente, no resolvieron adecuadamente la mayoría de los economistas durante los siglos XIX y XX, fue la relación entre el crecimiento económico, el aumento poblacional y los recursos naturales. Nicholas Georgescu-Roegen, matemático y economista rumano, y Gerhart Hirsch (más conocido por sus pseudónimos André Gorz o Michel Bosquet), filósofo y periodista francés, explicaron a comienzos de la década de 1970 que el sistema capitalista no podría seguir reproduciéndose al ritmo habitual de las últimas décadas debido a que las materias primas y la energía que existía en la Tierra eran finitas, por lo que era urgente idear un nuevo sistema productivo capaz de respetar la integridad de los ecosistemas, promover mayores igualdades sociales y garantizar la paz (Gorz, 2012).
Ambos autores señalaron que el capitalismo no estaba en crisis, sino que se trataba de la crisis del capitalismo, por lo que había que imaginar un nuevo futuro, pero teniendo en cuenta que la segunda ley de la termodinámica establece que la energía en el mundo es constante, ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, proceso que hace en un solo sentido y pasa de disponible a no disponible —principio de la entropía—. Por ello, no es posible sostener que el mundo se pueda autoreconstruir, ya que la energía consumida permanece presente, pero resulta inutilizable. Por ejemplo, cuando se quema un trozo de carbón, la energía se libera en forma de dióxido de carbono, dióxido de azufre y óxido de nitrógeno en la atmósfera, pero nunca volverá a reconstruirse en un trozo de carbón (Georgescu-Roegen, 1969; Gorz, 2023; Rist, 2022).
Se ha narrado una historia humana desconectada de la historia natural, en vez de haber comprendido que el ser humano forma parte del conjunto del bioma en el que habita. Naturaleza y seres humanos interactúan permanentemente. Al igual que el ser humano interfiere en el hábitat, la flora, la fauna y los microorganismos no son víctimas pasivas, sino que tienen la capacidad de impulsar procesos de cambio (Francopan, 2024). Hay que entender, por tanto, que el desequilibrio medioambiental no ha sido causado únicamente por la acción de las personas durante la larga vida de nuestro planeta, sino que ha sido el resultado de múltiples factores entrelazados entre sí.
Los terremotos, los movimientos de las placas tectónicas, los volcanes y la llegada de meteoritos impulsaron cambios drásticos en el medioambiente en diferentes momentos antes de la aparición del homo sapiens. La primera gran extinción —al final del Ordovícico— fue causada hace unos 400 millones de años, al parecer por un drástico cambio de las condiciones climáticas que acabó con las cuatro quintas partes (80 %) de las especies.
El crecimiento económico global pasó de 1.37 billones de dólares en 1960 a más de 110 billones en 2024, multiplicando la presión sobre los ecosistemas.
La segunda extinción —final del Devónico— ocurrió hace unos 360 millones de años como resultado del descenso de la temperatura a cotas muy bajas. La tercera extinción —Pérmico-Triásico o también conocida como la Gran Mortandad— tuvo lugar hace unos 250 millones de años como resultado del impacto de un meteorito sobre la Tierra o del estallido de diversas erupciones volcánicas haciendo que el 96 % de la biodiversidad desapareciera.
La cuarta extinción —Triásico-Jurásico—, acaecida hace unos 200 millones de años, se generó posiblemente por eventos geológicos que causaron la división del supercontinente de Pangea. La quinta extinción —Cretácico-Paleógeno o evento K-P— causada por el impacto de un meteorito en la Península de Yucatán hace unos 66 millones de años acabó con los dinosaurios y otras muchas especies (Martínez-Juárez, 2024).
La actividad del ser humano siempre ha sido un agente de cambio medioambiental, pero su injerencia ha ido multiplicándose con el tiempo debido al aumento poblacional, los cambios en los sistemas productivos y los adelantos tecnológicos. La actividad del homo sapiens produjo modificaciones apreciables en la naturaleza desde hace unos 12 000 años. La aparición de la agricultura y la ganadería se tradujo en una transformación de la naturaleza al someterla a una sobrexplotación y promover una modificación de los paisajes —terrazas, canalizaciones, presas, caminos, deforestación—. Posteriormente, la industrialización fomentó la ampliación del consumo; las nuevas tecnologías aceleraron la contaminación; la metropolización y el crecimiento de la agricultura y la ganadería industriales aceleraron el deterioro de los suelos, las aguas y el aire. La tala de bosques produjo una acidificación de los suelos y una pérdida de masa arbórea con la consiguiente reducción de la capaz de reducir el CO₂ (Garzón, 2026).
Los datos con los que contamos al día de la fecha sobre los desequilibrios que se han venido acumulando en las últimas décadas son concluyentes. El crecimiento de la producción capitalista mundial (1.37 billones de dólares en 1960 a precios contantes de 2025; 11.45 billones en 1980; 22.92 billones en 1990; 33.9 billones en 2000; 66.81 billones en 2010; 85.91 billones en 2020; 110.98 billones en 2024 según el Banco Mundial), unido al aumento exponencial de la población mundial (978 millones de habitantes en 1800; 1 262 millones en 1850; 1 650 millones en 1900, 2 518 millones en 1950, 3 000 millones en 1960; 4 434 millones en 1980; 6 160 millones en 2000, y 8 230 millones en 2025, de acuerdo con el Banco Mundial), están originando un profundo deterioro medioambiental.
Pero lo más preocupante es que, conociéndose el problema y sabiendo que si no se actúa con celeridad y profundidad nos podríamos acercar a una sexta extinción masiva causada en este caso casi en exclusividad por el ser humano, no seamos capaces de ofrecer una solución. El informe Meadows, elaborado a petición del Club de Roma en 1972, alertó de que si no se reducían las emisiones de CO₂, el calentamiento global generaría un desequilibrio medioambiental que podría acabar con la vida la Tierra en 2070 (Meadows et al., 1972).
La población mundial superó 8 mil millones de personas, intensificando el consumo de energía, alimentos y materias primas.
En 1992 se actualizaron los datos y se explicó que ya se había superado la capacidad de carga del planeta para sostener su población (Meadows et al., 1993). En 2004, tras revisar de nuevo los datos, se corroboró que el pronóstico de la fecha de 2070 era correcto (Meadows et al., 2006). En 2012 se afirmó que el planeta se encontraba en los límites físicos y que por tanto se estaba a punto de alcanzar el punto de no retorno (Meadows et al., 2012). En 2021, Gaya Herrington llegó a la conclusión de que, si no se encaraba un cambio radical en la forma de producción, la economía entraría en declive en la década de 2030 y se produciría un colapso social en la década de 2040 (Herrington, 2021).
En 2023, la Universidad de Copenhague y el Instituto Niels Bohr de Noruega explicaron que si se continuaban emitiendo los mismos niveles de gases de efecto invernadero, la circulación meridional de vuelco del Atlántico norte (AMOC, por sus siglas en inglés) colapsaría con un 95 % de probabilidad en 2057, al generarse un descenso importante de la temperatura en el norte de Europa, lo cual se traduciría en una pequeña glaciación y un calentamiento excesivo en las aguas tropicales (Martín, 2023).
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) emitió en 2024 una alerta roja ante la velocidad sin precedentes del cambio climático y explicó que los años entre 2015-2024 fue el periodo más cálido registrado en el que los glaciares perdieron hielo, los niveles del mar crecieron y la temperatura de sus aguas aumentaron.
Se sabe cuál es la responsabilidad de cada uno de los países con respecto a las emisiones de carbono. China, India, Estados Unidos y Rusia expulsaron ellos solos en 2021 el 56.4 % del CO₂ de todo el planeta, por lo que de poco sirve que un país que emita el 0.9 % de gases de efecto invernadero aplique políticas responsables. Es importante, sin duda, que lo haga, pues servirá de ejemplo, aunque será insuficiente para mejorar la calidad medioambiental del planeta. Y se conoce también con precisión qué debería hacerse, pero los intereses de las grandes corporaciones impiden alcanzar cualquier compromiso para tratar de revertir el proceso del calentamiento global. Incluso se financian campañas para extender la idea de que el cambio climático es una invención de personas ecologistas izquierdosas.
Las sucesivas cumbres del clima celebradas anualmente desde 1995 (1) no han conseguido que los gobiernos de los países más contaminantes reduzcan sus emisiones de CO₂. En la última cumbre, celebrada en Belem do Pará, Brasil, en noviembre de 2025 —la COP 30—, a la que no asistieron Donald Trump (Estados Unidos), Xi Jinping (China envió representantes de segundo nivel), ni Narendra Modi (asistieron personalidades de la India de bajo perfil) se aprobó el 22 de noviembre de 2025 un documento de conclusiones en el que no se mencionó la necesidad de abandonar los hidrocarburos, debido a la negativa de los países árabes, pese a la insistencia de la Unión Europea y de Colombia de que se incluyera.
Si no cambia el modelo productivo, algunos estudios advierten colapso económico y social a mediados del siglo XXI.
La Agenda 2030 estableció que, desde el 1 de enero de 2016, todos los gobiernos —Arabia Saudita, Armenia, Benin, Birmania, Cabo Verde, Chile, Ecuador, Gambia, Irak, Kazajistán, Corea del Norte, Corea del Sur, Laos, Macedonia, Moldavia, Nicaragua, Nigeria, Siria, Yemen y Zambia se quedaron fuera del compromiso por voluntad propia— debían aplicar 17 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas para poder crear un mundo sostenible en el año 2030: 1. Fin de la pobreza; 2. Hambre cero; 3. Salud y bienestar; 4. Educación y calidad; 5. Igualdad de género; 6. Agua limpia y saneamiento; 7. Energía asequible y no contaminante; 8. Trabajo decente y crecimiento económico; 9. Industria innovación e infraestructura; 10. Reducción de las desigualdades; 11. Ciudades y comunidades sostenibles; 12. Producción y consumo responsable; 13. Acción por el clima; 14. Vida submarina; 15. Vida de ecosistemas terrestres; 16. Paz, justicia e instituciones sólidas; 17. Alianzas para lograr los ODS. Las intenciones eran buenas, pero los resultados han sido pobres.
El reto al que se enfrenta la humanidad es inmenso y no se dispone de mucho tiempo para encontrar una salida. No se trata de una crisis ecológica, como a menudo se dice, sino de una crisis ecosocial en la que intervienen factores naturales, económicos y sociopolíticos. Una población mundial de más de 8 230 millones de seres humanos en 2026 no puede pretender vivir con las comodidades de los 777 millones de personas que habitan en las dos regiones más ricas del planeta —330 millones en Estados Unidos; 447 millones en la Unión Europea, cifras de 2022—.
Sencillamente, no hay materias primas ni energía suficientes para la demanda que reclama el sistema de producción capitalista. Para producir alimentos gastamos más energía de la que recibimos (Garzón, 2026, p. 25). El liberalismo político y económico pudieron desarrollarse en los siglos XIX y XX debido a que existía margen de crecimiento dada la población total y los recursos existentes, pero la correlación ha cambiado por el aumento de la población y la reducción de la capacidad de regeneración de la naturaleza. Durante los siglos XIX y XX el colonialismo posibilitó el crecimiento de las economías desarrolladas ocupando amplios territorios, pero en el siglo XXI, sin más continentes que conquistar ni más reservas de materias primas que explotar, se está generando la tormenta perfecta.
Es evidente que con el actual sistema de producción capitalista o bien el planeta Tierra se ha quedado pequeño o sobra población y consumo. Algunos académicos sostienen que los desequilibrios entre población y recursos podrían corregirse en las próximas décadas con un recorte de la población causada por guerras, pandemias o una reducción de la natalidad (Rees, 2023; Martínez de la Fe, 2023) o por la aplicación de políticas que fomenten el decrecimiento económico (Hickel, 2023).
El argumento del recorte de la población se apoya en evidencias históricas, pues se sabe que la Segunda Guerra Mundial causó 60 millones de muertes; que la gripe de 1918 produjo unos 25 o 40 millones de fallecimientos; que la bajada de las temperaturas a comienzos del siglo XIV en Europa se saldó con un descenso de la población de un 15 %; que la Peste Negra a mediados del siglo XIV ocasionó unos 50 millones de muertos en Europa (45 % de la población total); que la viruela generó la muerte de millones de habitantes en el continente americano en el siglo XVI, y que el VIH causó, a finales del siglo XX, 40.4 millones de decesos. En comparación, el virus covid-19 produjo un total de 15 millones de fallecidos en todo el mundo en 2020, según la Organización Mundial de la Salud.
En 2021, China, India, Estados Unidos y Rusia expulsaron ellos solos el 56.4 % del CO₂ de todo el planeta
El argumento del decrecimiento económico suena bien, pero es complicado de implementar pues está frontalmente en contra del sistema capitalista basado en el aumento progresivo de la producción y el consumo. Reducir la población del planeta a 4 000 millones de habitantes o impulsar el decrecimiento económico sería regresar a la situación de 1980. Se arreglaría coyunturalmente la tensión medioambiental, pero no se solucionaría el problema. Solo serviría para posponer 40 años la crisis final. Hay que subrayar que si la causa principal de la actual crisis ecológica es el sistema de producción capitalista, no se puede esperar que el causante del problema tenga el interés y la capacidad de resolverlo. La modernidad y el progreso deben ser redefinidos.
El sociólogo belga Hugues Draelants sostiene que, pese a la abundancia de información disponible sobre el cambio climático, no se están implementando las políticas públicas necesarias. A su juicio, esta inacción no puede explicarse únicamente por un déficit de conocimiento, sino por la escasa presión social ejercida sobre los gobiernos, derivada de una percepción insuficiente de la gravedad del problema. El autor argumenta que las tesis negacionistas no pueden revertirse mediante la provisión de más información, ya que el problema no radica en la ignorancia, sino en presentar la cuestión climática como un fenómeno abstracto, lo cual hace que los individuos no se impliquen en la implementación de soluciones.
Desde su perspectiva, tampoco es posible defender que la incorporación de tecnologías limpias resolverá el cambio climático ya que es imposible alcanzar una transformación sustantiva sin modificar simultáneamente la estructura del sistema de producción y consumo capitalista. De este modo, el autor plantea que la inacción climática no es simplemente consecuencia de la falta de educación, sino el resultado de un sistema que oculta deliberadamente información. Frente a ello, Draelants propone impulsar una política de revisibilización que muestre las dependencias materiales y energéticas de las personas consumidoras y denuncie los excesos cometidos por los sectores más privilegiados de la sociedad (2026).
No hay ninguna duda de que en 2025 la modernidad y el progreso occidentales se están acercando al límite de la frontera de sus posibilidades de acción. El problema no es solo económico, educacional, político, social e identitario, sino además internacional, ya que en un mundo interconectado se requiere repensar las fronteras políticas territoriales de los actuales Estados-nación, definidas en su gran mayoría en el siglo XIX para facilitar la implementación de políticas públicas medioambientales globales.
Negar la realidad y pensar que la llegada de milagros tecnológicos resolverá nuestras cuitas de forma rápida e indolora es mentirnos a nosotros mismos. Se ha repetido muchas veces que es más fácil imaginar el final del mundo que la caída del capitalismo, pero el pesimismo no es la solución. Nos encontramos ante un escenario complicado en el que es urgente imaginar un modelo civilizatorio alternativo al actual que sea capaz de adaptar los sistemas políticos y los modelos de producción y consumo a los recursos finitos existentes en el planeta Tierra (Aghion et al., 2021; Garzón, 2026).
* Académico de la Universidad de Alcalá
pedro.perezherrero@uah.es
Notas
(1) Belem, Brasil 2025; Bakú, Azerbaiyán 2024; Dubái, Emiratos Árabes 2023; Sharm el-Sheikh, Egipto 2022; Glasgow, Escocia 2021; cumbre en formato virtual por el covid-19, 2020; Madrid, España 2019; Katowice, Polonia 2018; Bonn, Alemania 2017; Marrakech, Marruecos 2016; París, Francia 2015; Nueva York, Estados Unidos 2014); Varsovia, Polonia 2013; Río de Janeiro, Brasil 2012; Durban, Sudáfrica 2011; Cancún, México 2010; Copenhague, Dinamarca 2009; Bali, Indonesia 2007; Nairobi, Kenia 2006; Montreal, Canadá 2005; Buenos Aires, Argentina 2004; Dubái, Emiratos Árabes Unidos 2003; Nueva Delhi, India 2002; Bonn, Alemania y Marrakech, Marruecos 2001; La Haya, Países Bajos 2000; Bonn, Alemania 1999; Buenos Aires, Argentina 1998; Kioto, Japón 1997; Ginebra, Suiza 1996; Berlín, Alemania 1995.
Referencias
Aghion, Philipp, Céline Antonin y Simon Bunel. (2021). El poder de la destrucción creativa ¿Qué impulsa el crecimiento económico? Barcelona. Deusto.
Draelants, Hugues. (2026). Más allá del negacionismo: el ocultamiento del cambio climático, Nueva Sociedad, núm. 321. Enero-febrero.
Frankopan, Peter. (2024). La Tierra transformada. El mundo desde el principio de los tiempos. Barcelona. Crítica.
Garzón, Alberto. (2026). La guerra por la energía. Barcelona. Península.
Georgescu-Roegen, Nicholas. (1996). La Ley de la Entropía y el proceso económico (1ª ed. en inglés: Harvard University Press, 1966). Madrid. Fundación Argentaria.
Gorz, André. (2012). La salida del capitalismo ya ha empezado. El Correo. París.
Gorz, André. (2023). Crítica de la razón productivista. Madrid. La Catarata.
Hickel, Jason. (2023). Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará el mundo. Madrid. Capitán Swing.
Herrington, Gaya. (2021). Update to Limits to Growth. Comparing the World3 Model with Empirical Data. Journal of Industrial Ecology, núm. 25, pp. 614-626.
Martín, Nacho. (25 de julio de 2023). La circulación de los océanos puede interrumpirse a partir de 2025, causando una glaciación en Europa. El Independiente.
Martínez de la Fe, Eduardo. (21 de agosto de 2023). Se avecina una drástica corrección poblacional para la humanidad. El Periódico.
Martínez-Juárez, Pablo. (2024). Los expertos llevan años advirtiéndonos sobre la “sexta extinción masiva”. https://www.xataka.com/ecologia-y-naturaleza/sexta-extincion-uno-eventos-temidos-a-nivel-ecologico-para-muchos-ha-empezado
Meadows, Dennis L., Jorgen Randers. (1993). Más allá de los límites del crecimiento. Madrid. Círculo de Lectores.
Meadows, Donella H., Dennis L., Meadows, Jorgen, R. (2006). Los límites del crecimiento. 30 años después. Barcelona. Galaxia Gutenberg.
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