Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Ideologías en plural
José Woldenberg
La democracia no exige que pensemos igual; exige que ninguna ideología reclame para sí el monopolio de la verdad. El pluralismo no es una molestia que deba corregirse, sino la condición mínima para evitar que la política derive en persecución.
Las ideologías pueden convivir en democracia; lo que destruye la vida pública es la pretensión de que solo una tiene derecho a existir.
I
Las ideologías políticas suelen ser sistemas de creencias, valores e ideas más o menos articuladas que conforman un corpus capaz de ofrecer identidad a diferentes corrientes de pensamiento. Fueron o son un cohesionador para la acción, una fórmula para orientarse en los vaivenes y conflictos que genera la política y en general la vida social, y una plataforma de la que se desprenden variadas iniciativas y reivindicaciones políticas. Coadyuvaron —o coadyuvan— a agrupar en grandes organizaciones a seguidores de las distintas plataformas ideológicas y ofrecieron —y ofrecen— sentido a la acción política.
Durante una larga etapa, las distintas corrientes políticas podían claramente identificarse por sus respectivas ideologías. Partidos liberales, fascistas, ecologistas, socialistas, conservadores, comunistas, democratacristianos, agrarios y otros poblaron el escenario de la política y generaron diagnósticos y propuestas que los diferenciaban unos de otros. Unos ponían el acento en la expansión de las libertades y la defensa de los derechos individuales frente al Estado —liberales—, mientras otros no dudaban de subordinar de manera completa a las personas al Estado —fascistas—; unos colocaban en el centro la sustentabilidad del desarrollo y la defensa de los recursos naturales y el medio ambiente —ecologistas—, otros colocaban entre sus prioridades las demandas que surgían del mundo del trabajo —socialistas—, y unos más reivindicaban la tradición y los símbolos de la unidad nacional —conservadores—. Los comunistas se pensaron a sí mismos como parte de un movimiento emancipador de carácter universal, aunque su línea de acción en no pocos casos estuvo marcada desde la Unión Soviética (URSS); los democratacristianos abrevaron de los valores religiosos, mientras los agraristas enarbolaban reivindicaciones de pequeños granjeros o campesinos.
Fueron potentes ideologías que modelaron a lo largo de décadas los encuentros y desencuentros connaturales al universo de la política. Hay quien incluso habló de subculturas capaces de generar conductas y formas de ser. En todo caso jamás fueron anodinas y el despliegue de su acción estableció normas e instituciones a través de las cuales se organizó la vida en común.
No obstante, desde hace algunas décadas vivimos un reblandecimiento de las ideologías. De concebirse como fortalezas inexpugnables e incontaminadas, paulatinamente se volvieron más porosas e integraron a sus respectivos idearios nociones, valores e ideas de otros destacamentos. Esa mecánica sin duda coadyuvó a flexibilizar posiciones, a tender puentes de entendimiento entre corrientes diferenciadas e incluso enfrentadas, y a crear un clima de tolerancia mayor. Las ideologías, parecía, dejaban de ser fortificaciones autorreferentes —islas incontaminadas sin contacto con el resto— para incorporar preocupaciones y exigencias de otras corrientes. Esa era su cara virtuosa: la apertura en lugar del enclaustramiento.
Pero eso también coadyuvó a la pérdida de identidades, a hacer más brumoso el debate político, y a que en el presente el personalismo y el pragmatismo den la impresión de haber colonizado lo fundamental del espacio público. Ya las ideologías no ordenan el combate político: son personalidades —muchas veces carismáticas— en las que se depositan los anhelos de capas importantes de la población. Ya no las identidades ideológicas cohesionan a los colectivos, sino un rampante pragmatismo cuya única brújula es el éxito en la conquista de las posiciones de poder. Ese fenómeno hace que, para franjas muy relevantes de la sociedad, las formaciones políticas aparezcan indiferenciadas —como suele decirse de los gatos en la noche, “todos son pardos”—. No es posible ni deseable la vuelta al pasado, pero una cierta dosis de identidad de la que se desprenden políticas quizá no sobre.
Ahora bien, a estas alturas del siglo XXI el reconocimiento de la coexistencia de diferentes ideologías me parece no solo una necesidad política e intelectual, sino la base que puede construir un mínimo de civilidad y convivencia pacífica. Más allá de que las ideologías aparezcan en su forma cerrada o ablandadas, combinadas o no con fenómenos de personalismo o incluso utilizadas como coartada para el pragmatismo más corriente, lo que hay que reivindicar es que ninguna de ellas se encuentra sola en el escenario y que pretender —cualquiera de ellas— tener la razón en un puño, ser la única expresión legítima de una determinada sociedad y maltratar e incluso perseguir a otros por el solo hecho de no compartir sus dictados, es lo que está erosionando los arreglos democráticos en diversos países.
No debería preocupar a nadie que sobre los muy diversos temas que se ventilan en el circuito de la política existan análisis y propuestas no solo diversas sino encontradas, siempre y cuando cuenten con conductos para su expresión, recreación y combate institucional y pacífico. Son connaturales a las sociedades modernas o modernizadas —así sea de manera contrahecha—. Lo que debe preocupar son los exorcistas que quieren alinear a esas comunidades, cruzadas por diferencias y desigualdades, en una especie de ejército con un solo credo, una sola ideología, una sola voz.
El personalismo y el pragmatismo han debilitado las identidades políticas, pero no han eliminado la necesidad de pluralismo.
II
Eso es lo que distingue a los regímenes democráticos de los autoritarios, dictatoriales, totalitarios y teocráticos. Intento explicarme.
Se construyen sistemas democráticos porque se considera que esa diversidad ideológica es parte connatural de las sociedades y que los intentos por exorcizar esa realidad no solo generan conflictos sin fin, sino violaciones reiteradas a los derechos de las personas, uno de los cuales —fundamental— es el de creer o adscribirse a la corriente político-ideológica de su preferencia.
A esa conclusión puede llegarse de manera resignada —constatando que la diversidad de ideologías no puede ni debe desterrarse, por la cauda de sangre y sufrimiento que esa pretensión acarrea—, pero también asumiendo que esa pluralidad es parte de la riqueza de una sociedad y que por ello es menester ofrecerles cauces para su expresión y reproducción. Es decir, que tanto por necesidad como por virtud, los sistemas democráticos buscan edificar normas e instituciones que permitan la convivencia y la competencia regulada y pacífica de esa diversidad.
Por el contrario, en el código genético de los sistemas —desde autoritarios hasta teocráticos— se considera que existe una sola ideología legítima, una sola forma correcta de ver y filtrar el mundo, unos valores y creencias auténticos y los demás espurios. Por ello resulta legítimo excluir, segregar, perseguir y hasta aniquilar a quienes no los comparten.
Experiencias sobran. Tanto en movimientos y gobiernos de izquierda como de derecha hemos conocido fórmulas de gobierno que no toleran la disidencia, que acosan a los no alineados con la “verdad” oficial, que anatemizan a aquellos que se encuentran fuera del círculo de los creyentes. Y sabemos —o deberíamos saber— lo que ello acarrea: desde hostigamientos diversos y descalificaciones reiteradas hasta represión, cárcel y muerte.
Esos regímenes cerrados, impermeables a consentir y convivir con la diversidad de puntos de vista, invariablemente se asientan en ideologías lacradas que no soportan la coexistencia de la pluralidad. Ideologías que se piensan a sí mismas como irrefutables, únicas, auténticamente virtuosas y cuya misión es desterrar a las que son sus contrarias.
Por desgracia, vivimos una fuerte ola antidemocrática en muy diversas partes del mundo. Personalidades carismáticas que, utilizando la escalera democrática, inician cuando se encuentran en el poder una demolición sistemática de los engranes que hacen posible al único régimen de gobierno que propicia y protege la coexistencia de la diversidad política. En todos esos casos la bandera es la de un ideario irrecusable que no admite réplica y que quisiera que la voluntad del caudillo en turno pudiera desplegarse sin obstáculo alguno.
Cuando una ideología se proclama única, la diferencia deja de ser adversaria y empieza a ser tratada como enemiga.
III
En México no somos ajenos a ese fenómeno. Por lo menos desde fines de los años setenta del siglo pasado pareció que la comprensión de que México debía asumir que estaba cruzado por diferentes ideologías era una necesidad para no seguir desatando una espiral de desencuentros, muchos de ellos incluso violentos.
Movilizaciones diversas, elaboraciones intelectuales y ocho reformas político-electorales rediseñaron el entramado de la política para abrir las puertas y permitir la coexistencia y competencia civilizada de la diversidad política. Fue un esfuerzo sostenido, con sus zigzags y contrahechuras, pero que empezó a aclimatar entre nosotros la noción de que en México existían legítimamente diversas corrientes ideológicas obligadas a reconocerse mutuamente.
Los resultados electorales refrendaron una y otra vez esa realidad. La diversidad política colonizó las instituciones del Estado: vivimos fenómenos de alternancia en todos los niveles de gobierno —municipal, estatal y nacional—, congresos invadidos por la pluralidad política, y ello parecía reforzar la idea de que el pluralismo ideológico no era una planta extraña sino algo connatural a una sociedad masificada, desigual y diversificada que no cabía —ni deseaba hacerlo— en el añejo formato de un partido hegemónico supuestamente legitimado por la ideología —bastante pragmática— de la Revolución mexicana: porosa, cambiante, acomodaticia según el presidente de la República, pero que negaba legitimidad a quienes se encontraban fuera del cada vez más estrecho cerco de “la revolución hecha gobierno”.
El cambio impactó diversas esferas del quehacer humano. Se expandió el ejercicio de las libertades —de opinión, prensa, manifestación, organización—, se equilibraron los poderes constitucionales, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) empezó a funcionar como un auténtico tribunal constitucional, en el Congreso sus actores entendieron que las artes del diálogo y la negociación eran necesarias para sacar adelante muy diversas iniciativas, los medios de comunicación se abrieron a la diversidad y paulatinamente parecía que se consolidaba la noción de que en México evidentemente existían y coexistían diversas ideologías.
No obstante, a partir del triunfo electoral de la coalición que apoyó la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), se volvió a reciclar el discurso de que los ganadores eran la encarnación de un pueblo unificado, sin fisuras, y que quienes lo criticaban u oponían no eran más que la expresión del antipueblo. Un discurso que, por supuesto, derivaría en prácticas que desconocían la diversidad de ideologías y proyectos que palpitan en nuestro país.
A estas alturas, a lo mejor sobra recordar que, amparados en esa concepción, desde el gobierno se descabezó a la SCJN porque había limitado y corregido la voluntad presidencial y se edificó otra alineada con el oficialismo; se distorsionó la idea misma de la representación otorgando a la coalición Morena-Partido Verde Ecologista de México (PVEM)-Partido del Trabajo (PT) con el 54% de los votos el 74% de los asientos en la Cámara de Diputados, a pesar de normas constitucionales que intentan que no exista ese abismo entre votos y escaños; se suprimieron varios órganos autónomos del Estado para concentrar sus facultades en el Ejecutivo; se adscribió a la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa; se desnaturalizó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) para convertirla en un brazo más de la presidencia; se colonizaron las instituciones electorales con cercanos a la coalición gobernante; a las asociaciones no gubernamentales se les cerró el financiamiento público y mediante el Servicio de Administración Tributaria (SAT) se les acosa; y se desató un discurso que desacredita de manera reiterada a partidos, asociaciones civiles, periodistas y académicos no alineados con el régimen.
Lo que sucede en México no es exclusivo de nuestro país, ciertamente. Pero mal de muchos, dice la conseja popular, es consuelo de tontos.
No parece sencillo revertir la situación. No obstante, la sociedad mexicana sigue siendo compleja y diferenciada, y en ella palpitan disímiles idearios y programas que no quieren ni pueden alinearse bajo el manto de una sola ideología. De tal suerte que ojalá esa constelación deforme, desigual pero viva a la que de manera abreviada llamamos sociedad, siga expresándose y actuando para volver a demostrar que somos un país obligado a construir un entramado institucional en el que puedan convivir la pluralidad de ideologías que nos modelan.































