Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Ideología feminista e "ideología de género"
Marta Lamas *
El feminismo no cabe en una sola ideología: es movimiento, crítica cultural, disputa política y campo de tensiones. Marta Lamas desmonta la idea de una voz única y advierte que la llamada “ideología de género” no describe al feminismo: lo convierte en enemigo útil para la ultraderecha.
Feminismo es un término con el cual se alude tanto a un movimiento social como a un pensamiento político y a una crítica de la cultura. ¿Habrá una ideología feminista en un movimiento tan diverso, con distintas tendencias y formas organizativas? Tal vez se podría pensar en una ideología feminista si se la concibiera de manera muy general, tipo: “el conjunto de las ideas relativas a la lucha histórica de las mujeres para que la diferencia sexual no se traduzca en desigualdad social y política”. Sin embargo, para reflexionar brevemente respecto a si existe una ideología feminista, uso la definición de ideología que comúnmente aplicamos en el campo antropológico: el conjunto de creencias sobre la realidad social que se expresan en forma de acciones —rituales, tabúes, etcétera—. Precisamente dada la variedad de creencias que confluyen en este movimiento, y que se expresan en acciones muy distintas, resulta limitativo hablar de una ideología feminista.
En México —y en varios otros países— estamos viviendo lo que aparece como una “masificación” del feminismo. Aunque muchísimas activistas se declaran antipatriarcales, anticapitalistas, antirracistas y anticoloniales, hay otras que no comparten todas esas perspectivas y, sin embargo, se asumen feministas; incluso algunas tienen posturas totalmente contrapuestas entre sí. Hay problemas, delitos, crímenes y tragedias pavorosas que suceden con una frecuencia alarmante —el acoso, la violación y los feminicidios— que unen a la diversidad de las activistas con el reclamo de “Ni una más” en las movilizaciones. No obstante, en relación a otros temas, como el de las mujeres trans o el de los derechos de las trabajadoras sexuales, surgen confrontaciones irreconciliables.
Hablar de “la” ideología feminista simplifica un movimiento atravesado por corrientes, desacuerdos, identidades y luchas muy distintas.
El hecho de formar parte del movimiento feminista no implica compartir las mismas creencias ni significa tener una misma base conceptual. Todavía hoy en día muchas feministas creen que, por tener la misma condición biológica, es posible lograr una coincidencia política. La carga libidinal que muchas feministas tienen con la figura de la “mujer” muestra la potencia que sigue teniendo la política identitaria, que proporciona una fuerte sensación de pertenencia. Hoy, en las marchas y movilizaciones, se escucha un llamado a una toma de conciencia con expresiones del tipo “nosotras, las mujeres” o “tú, como mujer”. El problema es que esas expresiones, que exhiben la solidaridad con el sujeto colectivo “mujeres”, llegan a alimentar esa visión política que llamo mujerismo.
El mujerismo es una vertiente del feminismo que suele sostenerse en una creencia que le atribuye a la diferencia sexual un estatus casi trascendental. Los grupos que comparten esta visión suelen rechazar la distinción conceptual entre “sexo” y “género”, reivindican la primacía de la biología y afirman que la condición de “mujer” radica en el sexo —ser una hembra— y no en el género —asumir la identidad de mujer—. El concepto de género contrapone la condición biológica de ser una hembra humana a la identidad psicosocial de ser socialmente una “mujer”. Incluso hay feministas que se definen “antigénero”. Parecería que desconocen que las posiciones de sujeto que los seres humanos asumimos tienen un fuerte componente psíquico y no comprenden que la complejidad de la formación inconsciente de la identidad ha llevado al surgimiento de nuevas formas de asumirse “mujer”, como las mujeres trans. La cada vez mayor presencia de las mujeres trans ha provocado el rechazo de ciertas feministas que alegan que las mujeres trans no son “verdaderas” mujeres y protestan porque su presencia ocasiona un “borramiento” de las verdaderas mujeres.
En ocasiones ciertas posturas mujeristas conducen al separatismo, pero no son solamente feministas las que más impulsan prácticas sectarias; lamentablemente también activistas que se asumen “progresistas” tienen actitudes sectarias —creo que es un problema de la cultura política nacional—.
Además de los temas que “unifican”, también hay perspectivas interpretativas que se comparten, como la interseccionalidad. La perspectiva interseccional sirve para reiterar la inexistencia de “la Mujer” e insistir en la importancia de ubicar con claridad de quién se habla y reconocer su problemática específica. Visualizar cómo intersecta el género con la clase social, la condición étnica, la edad y otros determinantes sirve para reconocer la variedad de mujeres que existe: mestizas, indígenas y afrodescendientes; blancas y negras; viejas y jóvenes; campesinas, profesoras y empresarias. La gran variedad de posiciones y formas de ser mujer alienta creencias distintas acerca del enfoque político a seguir. Es posible detectar tres grandes tendencias: la “progresista” —que suele nombrarse de izquierda—, la decolonial y la liberal. No son tipos puros, y dentro de cada tendencia se dan mezclas; además existen grupos extremistas, como las jóvenes del bloque negro que se autonombran “radicales”. Creo que estas tres tendencias conforman el grueso de las activistas en nuestro país.
La “ideología de género” no es una teoría: es una herramienta política para producir miedo frente al feminismo y la diversidad.
Las activistas del feminismo “progresista” —también llamadas feministas socialistas— han apostado por el trabajo de base, en comunidades, sindicatos, partidos y agrupaciones ciudadanas. Algunas han acompañado la creación de nuevas formas partidarias, y muchas realizan lo que se califica de doble militancia: en el partido y en el movimiento. Estas compañeras han impulsado coaliciones intrapartidarias hasta lograr la reforma a la ley electoral de una cuota del 50 %, conocida como “paridad” (2014). Hoy en día, un amplio sector de este feminismo ha tomado como eje de acción el reclamo de un sistema nacional de cuidados, pues concibe la división sexual del trabajo como un problema estructural que sigue subordinando al grueso de las mujeres que no cuentan con suficientes medidas de política pública para aligerar el trabajo de crianza y cuidado. En esta tendencia participan algunos varones, aunque de forma marginal. La narrativa que priva es la de luchar por la justicia social y contra la desigualdad. Ahora, con el “Tiempo de mujeres” de Sheinbaum, han surgido muchas mujeristas dentro de esta tendencia.
Las activistas decoloniales están comprometidas en la denuncia de los procesos de exclusión que ocurren con los pueblos originarios, así como de las formas que mercantilizan y folklorizan las muestras de la alteridad “originaria”. Si bien el tema indígena ha concentrado desde hace tiempo su interés político, el feminismo decolonial se ha centrado en respaldar y documentar las luchas de las mujeres afrodescendientes. Desde la utilización de la interseccionalidad para subrayar los determinantes de raza y clase social, despliegan acciones en defensa de la cultura originaria y del territorio. En su narrativa usan “decolonial” y “poscolonial”, términos que han sido criticados porque homogenizan diferencias fundamentales entre culturas que también cuentan con “pueblos originarios” y vivieron el colonialismo —como ocurre, por ejemplo, con México, la India o Australia—. Incluso al referirse a América Latina, el término “decolonialidad” encubre diferentes culturas y no presta mucha atención a las indudables influencias de Occidente que producen un mestizaje valioso, tanto en lo cultural como en lo económico y lo político. Ahora, con la embestida de Donald Trump, muchas feministas insisten en enfrentar el colonialismo estadounidense.
Al feminismo liberal se adscriben tanto políticas feministas con posturas liberales como, en lo individual, artistas, intelectuales, funcionarias y empresarias, cuyo interés principal se centra en eliminar los obstáculos sociales que las limitan o les impiden el acceso a posiciones de mayor igualdad o incluso de poder. Muchas hablan de romper el “techo de cristal” para acceder a posiciones de dirección. Las feministas liberales que participan en partidos políticos han apostado por mecanismos de igualación con los hombres, como la “cuota de género” en las nominaciones electorales. Suele haber mucha visión mujerista entre las liberales y, sobre todo, mucho individualismo. La narrativa suele centrarse en una denuncia de la desigualdad en el acceso a ciertos puestos o posiciones laborales.
A diferencia de lo equivocado que resulta hablar de una ideología feminista, hablar de una “ideología de género” nombra algo muy concreto: un dispositivo político que utilizan los grupos de ultraderecha, distinto de una ideología sobre el género. Por cierto, desde varias ideologías se trata de explicar qué es el género: ese conjunto de creencias y normas que la cultura establece como mandatos acerca de “lo propio” de las mujeres y “lo propio” de los hombres, y que los seres humanos internalizamos. Hay diversas posturas ideológicas en relación a dichos mandatos, en especial a las normas acerca del ejercicio de la sexualidad, la formación de las familias y la crianza infantil, y cada ideología política tiene su propia postura en relación a esas cuestiones. Por lo tanto, se puede decir que hay al menos dos ideologías acerca del género: una conservadora —la de grupos religiosos, por ejemplo— y otra progresista —la de las personas laicas y demócratas, muchas de ellas feministas—. Pero lo más importante a entender es que una ideología sobre el género no es una “ideología de género”.
La democracia necesita discutir los mandatos de género no como amenaza moral, sino como estructuras que producen sufrimiento, desigualdad y exclusión.
En la actualidad, la expresión “ideología de género” es un término operativo —un dispositivo— que tiene una función estratégica concreta: transmitir que quienes usamos la perspectiva de género estamos desplegando una estrategia de perversión y destrucción que amenaza a las familias y a la civilización cristiana. La narrativa de esta campaña consiste en sostener que los seres humanos tenemos una condición “natural”, determinada por la biología, y que el género es una ideología importada que atenta contra la esencia humana. Esto provoca emociones negativas en relación a las feministas y a las personas de la diversidad identitaria y sexual, pues son quienes han impulsado los cambios en relación a los mandatos de género.
Con el dispositivo “ideología de género”, los grupos ultraconservadores sueltan una andanada de descalificaciones a esa perspectiva interpretativa antiesencialista que es la de género. Esta campaña ultraconservadora exhibe un total desconocimiento acerca de todo el trabajo académico que sostiene la perspectiva de género como algo fundamental para esclarecer muchas de las diferencias entre mujeres, hombres y personas con identidades disidentes de la norma. Vale la pena recordar a los actuales detractores del género —Trump, Putin, Milei, Bukele— que se proponen “restaurar el orden natural” y declaran defender la moral y las buenas costumbres.
Una visión democrática de la vida colectiva requiere un debate público que aborde cómo los mandatos de género producen diversas formas de sufrimiento y explotación que padecen no solo las mujeres, sino también los hombres y las personas con identidades disidentes de la norma. Esto pondría en evidencia la brutal alienación del orden tradicional de género que hegemoniza nuestras relaciones, pues las propias personas internalizamos en nuestro psiquismo dichos mandatos.
En lo que coinciden todos los feminismos es en defender el proyecto emancipador de liberarnos a todas las personas de las injusticias y desigualdades que produce nuestro orden simbólico de género. Frente a la disputa actual acerca de la “ideología de género”, es imprescindible subrayar la importancia del conocimiento e insistir en los estudios empíricos y la renovación teórica y conceptual. Además de defender los derechos de todos los seres humanos independientemente de su corporalidad y su identidad, es necesario confrontar las emociones tóxicas —aversión, asco, miedo— que provocan las personas “diferentes” de la norma. Las prácticas discriminatorias y excluyentes degradan nuestro ya complejo proceso político democrático. Y el conocimiento es necesario para enfrentar y erradicar dichas prácticas, cuestionando ese orden cultural que establece normas y prohibiciones en función de creencias acerca de “lo propio” de las mujeres y “lo propio” de los hombres.































