Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La intemperie liberal
Paulo Hidalgo *
El liberalismo no se derrumbó, quedó a la intemperie. Sus instituciones sobreviven, pero cada vez menos ciudadanas y ciudadanos creen que puedan ofrecer seguridad, bienestar o futuro. Paulo Hidalgo advierte que el populismo iliberal no es un accidente, sino el síntoma de una promesa liberal incumplida.
El liberalismo político, ese proyecto que durante dos siglos ofreció a las sociedades occidentales un horizonte de derechos individuales, separación de poderes y deliberación racional, hoy parece un edificio sin techo. No se ha derrumbado: sigue de pie, sus paredes resisten, los procedimientos formales se cumplen. Pero quien transita por sus pasillos siente la corriente de aire, la humedad que avanza, el frío que ya no se contiene. El único juego en la ciudad —como lo llamaba Juan Linz— ha dejado de tener jugadores convencidos. Y esa convicción, no las urnas, era el cimiento real.
El populismo iliberal no llegó desde los márgenes: creció en el vacío que dejó una democracia incapaz de cumplir sus promesas materiales.
El fenómeno no admite mirada estrecha. Donald Trump regresó a la Casa Blanca con un programa que asume sin disimulo la captura del Estado por una facción y el desmantelamiento metódico de los contrapesos institucionales. Javier Milei, en Argentina, gobierna entre motosierras retóricas y caídas de imagen, mientras el peronismo se reagrupa en el conurbano bonaerense para hacerle pagar el precio del ajuste. En Italia, Giorgia Meloni administra un gobierno que ha normalizado lo que hace una década parecía impensable. Marine Le Pen ya no es el monstruo de las pesadillas francesas: es una opción legítima en cualquier segunda vuelta. La Alternativa para Alemania (AfD) —postergada por un cordón sanitario que se desgasta— bordea el 20 % en las encuestas y hostiga al gobierno de coalición desde la oposición. En Países Bajos, Geert Wilders ganó. En España, Vox ha hecho del Partido Popular (PP) rehén de su agenda. Y en Chile, el regreso de José Antonio Kast a La Moneda confirma lo que ya no puede negarse: este movimiento no es un rebrote excepcional de los márgenes, es la nueva normalidad del centro político occidental.
Lo que el liberalismo no supo ver llegar
El diagnóstico simétrico —que la izquierda perdió a las clases populares y la derecha tradicional perdió la calle— es correcto, pero insuficiente. Lo que verdaderamente colapsó fue la promesa subyacente: que la apertura económica, la integración global y la modernización institucional producirían, en alguna parte del horizonte, una vida mejor para la mayoría. Cuando esa promesa no se cumple —o se cumple para algunos y no para otros, como ha ocurrido en casi todos los países donde el populismo iliberal hoy avanza—, los procedimientos liberales empiezan a parecer trámites de una institución que ya no entrega lo que prometía. La democracia se vacía no porque se la ataque desde fuera, sino porque sus propios beneficiarios dejan de defenderla con energía.
Cuando las instituciones liberales dejan de ofrecer futuro, sus reglas empiezan a parecer trámites sin sentido.
Y allí entra la cuestión más incómoda: las élites liberales reaccionaron tarde, mal y muchas veces con una arrogancia que terminó alimentando exactamente lo que pretendían combatir. Llamar fascista a cualquier votante de derecha alternativa, despachar la inseguridad como percepción exagerada, descalificar las preocupaciones migratorias como racismo encubierto, blindar consensos económicos que la población percibía como cartas marcadas: todo eso construyó la narrativa que Trump, Milei, Kast y otros aprovecharon con eficacia quirúrgica. La rabia ciudadana es real, está documentada en cada encuesta, y se nutre de un dato terco: en buena parte de Occidente, dos generaciones consecutivas viven peor que sus padres.
El populismo no es un accidente, es un síntoma. Esto lo entendieron temprano Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, aunque su apuesta —construir un populismo de izquierda que hablara el mismo lenguaje emocional sin renunciar a una agenda progresista— no ha cuajado en casi ningún lugar. Podemos se diluyó. Jean-Luc Mélenchon no logra superar el techo. La izquierda chilena, que llegó al poder prometiendo refundar el país tras el estallido social de 2019, terminó administrando lo existente con la misma prudencia tecnocrática que antes había denunciado, y pagó esa distancia entre el relato y la gestión con una derrota que devolvió a la derecha dura a La Moneda. La energía populista, al final, casi siempre fluye hacia la derecha. Tal vez porque la derecha iliberal no necesita prometer redistribución: le basta con prometer orden, identidad y la expulsión simbólica del otro. Y eso, en sociedades exhaustas, vende más que cualquier política pública.
Trump, Milei, Meloni, Le Pen, Kast y Wilders no son anomalías aisladas: expresan una nueva normalidad política en Occidente.
Pero hay un matiz que conviene no perder. Confundir esta nueva derecha con el fascismo clásico es un error analítico costoso. Estos movimientos no quieren abolir las elecciones; quieren ganarlas y vaciarlas desde dentro. No suspenden constituciones; las reescriben con mayorías legítimas. No clausuran tribunales; los pueblan. La amenaza es más sofisticada y por eso más difícil de contestar. Hungría, donde Viktor Orbán acaba de perder por primera vez en quince años frente a Péter Magyar, muestra que el iliberalismo electoral también se puede revertir por la vía electoral. Pero el daño institucional acumulado tarda décadas en repararse, si es que se repara.
¿Qué le queda al liberalismo, entonces? Quizás abandonar la tentación de defenderse con argumentos abstractos —el imperio de la ley, la división de poderes, los derechos humanos— y volver a discutir lo que las democracias siempre tuvieron que ofrecer para sostenerse: trabajo, vivienda, seguridad, escuelas que funcionen, hospitales que atiendan, jubilaciones que alcancen. Sin esa base material, la liturgia procedimental no se sostiene. Linz tenía razón cuando hablaba del único juego en la ciudad, pero olvidó decir que un juego sin premio termina por aburrir a sus jugadores. Y los jugadores aburridos, eventualmente, se levantan de la mesa para buscar otro tablero. Aunque ese otro tablero esté trucado.































