Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
tendencia
Nuevas ideologías
Alonso Solís *
Incels, terraplanistas, therians y wokes son síntomas de una época que convierte la identidad en refugio, la emoción en argumento y la sospecha en comunidad. Las nuevas ideologías no siempre quieren tomar el poder; a veces basta con cancelar la realidad.
Hay cuatro ideologías que actualmente seducen en particular a las y los ciudadanos más jóvenes de nuestras sociedades modernas: la ideología incel, el terraplanismo, el therianismo y el wokeismo. En este artículo quisiera examinarlas brevemente y reflexionar sobre sus consecuencias públicas.
Las nuevas ideologías juveniles revelan una crisis más profunda: la pérdida de confianza en la ciencia, la democracia, la deliberación y la vida común.
- La ideología incel
Acrónimo de “célibe involuntario” (involuntary celibate), la ideología incel se propaga crecientemente entre varones adolescentes y adultos. Entre sus creencias, destacan el odio a la mujer y el rechazo de todo feminismo. Las mujeres, según los incels, son seres vanidosos y fríos que eligen solo a una minoría de varones atractivos y adinerados; la desigualdad social y genética condena al resto al aislamiento afectivo y onanista. Y el culpable de todo ello es la excesiva libertad de la sociedad de consumo, que ha traído la primacía injusta de la mujer en detrimento del hombre: cada día más débil e irrelevante.
En nuestros días cobran mayor fuerza los movimientos que propugnan un retorno a la llamada masculinidad tradicional, dentro de los cuales hay incels, por supuesto, pero que abarcan un variado abanico ideológico. Ejemplo de ello es el Congreso Fearless Masculinity, celebrado este año, con apoyo de la Iglesia católica, del 17 al 19 de abril en el Santuario de los Mártires de Guadalajara. Frente a su auge insólito, cabe preguntar: ¿por qué hay tantos varones de quince o veinte años que defienden los viejos roles sexuales? ¿Qué atractivo le ven a estos? ¿Se justifican sus reclamos, así sea mínimamente? ¿O, antes bien, el movimiento entero de la masculinidad tradicional merece condena, como declaran los más progresistas?
- El terraplanismo
Max Weber sostiene que uno de los efectos quizá imprevistos de la ciencia es desencantar el mundo.(1) Dicha desmagificación de la naturaleza se inició con la filosofía y la ciencia griega antiguas; se consolidó con la revolución científica moderna de Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, y parece ser hoy irreversible: muy pocas personas creen que los fenómenos naturales y sociales dependan de los dioses o de alguna fuerza divina. Sin embargo, pese al extraordinario triunfo de la ciencia, persiste la añoranza de un saber recóndito y mágico, fundamento de los textos sagrados, que nos acercará a la divinidad, al Absoluto.
Al igual que el movimiento incel, la ideología terraplanista se inscribe en un rechazo de la modernidad. Su blanco es la primacía de la ciencia sobre los saberes tradicionales. Afirma que hay una conspiración mundial motivada por oscuros intereses económicos o por el afán de desacreditar las Sagradas Escrituras, para engañar a la humanidad con la idea de que la Tierra es una esfera y no un disco plano (como creía el fundador de la filosofía occidental, Tales de Mileto). Así pues, la física moderna se equivoca. Dios es insuperable; la Tierra, plana: por más que los amos del mundo se empeñen en engañarnos, esta verdad no nos será arrebatada jamás.
Bajo la irrefutable premisa de que el gobierno miente, el terraplanismo fomenta la desconfianza radical de las instituciones científicas, políticas y educativas. Al argüir que las y los expertos y las élites engañan sistemáticamente al pueblo, único poseedor de la verdad, esta ideología casa bien con el populismo. Por su conservadurismo extremo, las personas terraplanistas son, como los incels, un movimiento de derecha proclive a votar a candidatas y candidatos conservadores.
Entre la nostalgia antimoderna y la hipermodernidad identitaria, internet se ha vuelto fábrica de pertenencias, agravios y certezas cerradas.
- El therianismo
Por su parte, el therianismo es una ideología que se sustenta en la identificación honda y radical —corporal y psicológica— con un animal no humano. Esta identificación no es tanto un disfraz como una vivencia intrínseca e involuntaria: el therian en verdad se siente un animal preso en un cuerpo humano. Por eso no extraña la polémica que suscita. Unos solo ven jóvenes perturbados sumidos en el tedio; otros, los pioneros de una relación más sana con la naturaleza, una identidad minoritaria que se debe celebrar y defender.
La ideología therian pertenece claramente a la identity politics, en la que la identidad y la autopercepción se consideran como algo único e inviolable, acreedor de respeto y reconocimiento obligatorio y universal, es decir, fuera de discusión. Por su espíritu de apertura y carácter disruptivo, el therianismo guarda afinidades con las izquierdas.
- El wokeismo
Más abiertamente política es la ideología woke, cuyo fin —especialmente popular en las universidades— consiste en erradicar la injusticia social y la discriminación racial, sexista, corporal y económica. Por su exaltado compromiso con la igualdad, pareciera una ideología de izquierda. No obstante, pensadores socialistas como Susan Neiman arguyen que su renuncia a los valores ilustrados y al universalismo moral y político obliga a definirla como un tribalismo ataviado de progresismo.(2)
Neiman no es la única escéptica. En octubre de 2019, Barack Obama criticó uno de los pilares woke: la cultura de la cancelación. Como más de alguno sabrá ya a estas alturas, el woke —un ser “despierto” y consciente de la radical injusticia sistemática de Occidente— suele censurar o “cancelar” las expresiones culturales, personas u obras artísticas que no se alineen estrictamente con sus valores de antidiscriminación, diversidad, igualdad social y justicia. Esta práctica de funa hunde sus raíces en un moralismo purista que rechaza todo matiz y cree en una rectitud ideológica absoluta e infalible.
El expresidente Obama insistió en que juzgar demasiado al otro crea arrogancia y un falso sentido de superioridad moral que desdeña la complejidad del mundo real. Publicar tuits o hacer posts o TikToks no es, por tanto, más que activismo simulado: no conduce al cambio social efectivo. La ideología woke, remató Obama, cegada por su búsqueda dogmática de la pureza moral y política, suele caer en la intolerancia.
No basta con ridiculizar estos movimientos: hay que entender por qué seducen a jóvenes que se sienten expulsadas y expulsados del mundo.
Nacidos por lo común a partir de finales de los noventa, los woke, tal vez sin saberlo, parten de un viejo y apreciable valor cristiano: la compasión. Su anhelo de contribuir a la justicia social e igualdad es legítimo, y debe respetarse. Sin embargo, como insisten Neiman y Obama, sus métodos se desvían de los principios liberales e izquierdistas, ya que a menudo se basan en la hostilidad ideológica radical e intransigente. Su acción quizá sería más efectiva si reemplazaran el grito ofendido, el hashtag y el grafiti por el diálogo plural y el debate racional, por el activismo social y la acción política concertada. Solo así podría lo woke evolucionar: volviéndose realmente liberal y democrático para ayudar a detener la ola populista y autoritaria que impera en el mundo.
Podemos hacer el siguiente contraste clasificatorio: los movimientos incel y terraplanista son corrientes antimodernas; el therianismo y la ideología woke, manifestaciones hipermodernas. No solo son reacciones distintas, sino opuestas: esta extrema las tendencias más progresistas de la modernidad; aquella impugna sus atributos centrales mediante un retorno a prácticas y valores premodernos. Todos parecen compartir una insistencia en la identidad personal: incluso el terraplanismo es no solo una creencia geográfica, sino una identidad asumida con vehemencia. Comparten, también, una dudosa primacía de las emociones y la autopercepción sobre la racionalidad y la objetividad. Ninguno de estos movimientos se explica, por lo demás, sin plataformas como YouTube y Reddit, sin los podcasts, influencers y líderes de opinión. Su problema más grave reside, pienso, en su escaso compromiso con los valores, métodos e instituciones de la democracia y la modernidad liberal.
Propongo que debemos tratar de comprender estas ideologías y movimientos, no vituperarlos. Y analizar por qué la ideología therian lleva a algunos niños y jóvenes a identificarse como animales; por qué, pese a la apabullante evidencia científica que lo refuta, el terraplanismo persiste; por qué, en nombre de la paz y de la justicia, los universitarios recurren al arma de la cancelación; por qué las ideas incel convencen a tantos jóvenes de que el mundo les ha sido fatalmente injusto; y analizar, en fin, cuáles son las condiciones sociales que los instiga a la violencia misógina y a propugnar un retorno a la masculinidad virtuosa o tradicional, no sin antes revisar lo que entienden por este término.
Para todo ello, este análisis deberá tratar de comprender a estas ideologías y movimientos con apertura, tolerancia y espíritu hermenéutico, e incorporar sus críticas más acertadas al proyecto moderno, si las hay, a fin de rescatar nuestra maltrecha convivencia democrática. También deberá desentrañar el papel que desempeñan en estas prácticas e ideologías internet y las redes sociodigitales, las cuales, lejos de “crear comunidad”, a menudo nos aíslan y encierran en nuestros prejuicios. Deberá examinar, por último, cómo el predominio de la imagen y del espectáculo ha sustituido la deliberación política tradicional basada en ideas y en la fuerza del mejor argumento.
Comparto la opinión de David Rieff de que el problema de fondo es el siguiente: lo woke y las políticas de identidad representan una profunda revolución cultural, no vista desde los años sesenta, que a pesar de su fachada antisistema casa perfectamente con las formas más salvajes de economía capitalista.(3) Por eso las corporaciones abrazan con tanto fervor la agenda woke actual: reclaman inclusión y diversidad, pero omiten la redistribución económica y los derechos sociales.
El wokeismo, en suma, es un aliado del statu quo político-económico, al igual que muchas otras ideologías actuales. Frente al populismo y al neoliberalismo contemporáneos, la ideología que más se echa en falta hoy día es aquella que históricamente mejor ha sabido amalgamar la libertad con la igualdad: la socialdemocracia. Confío en que serán precisamente las y los jóvenes quienes articularán un nuevo ideario socialdemócrata —más ecológico, más humanista y solidario—, capaz de navegar el intrincado laberinto del siglo XXI.
* Profesor de la Universidad de Guadalajara.
Referencias
(1) Weber, M. (2011). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Fondo de Cultura Económica.
(2) Neiman, S. (2024). Izquierda no es woke. Editorial Debate.
(3) Rieff, D. (2025). Desire and Fate. Eris.































