Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
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Liberalismo
Álvaro Aragón Rivera *
No existe un solo liberalismo, sino una familia de ideas en permanente disputa. Álvaro Aragón Rivera muestra que reducirlo al neoliberalismo no solo empobrece el debate: también oculta la complejidad de una tradición que ha defendido libertad, derechos, pluralismo, límites al poder y bienestar regulado.
Michael Freeden, en su libro Ideología. Una breve introducción,(1) afirma que el término ideología —como muchos otros términos del lenguaje político— puede resultar controvertido. Para algunos es un término peyorativo y para otros es consustancial a la política. No obstante, las ideologías cumplen una función dentro de los sistemas políticos: son formas típicas en las que está contenido el pensamiento político, es decir, ofrecen marcos de pensamiento a partir de los cuales se articula el discurso político, y sin los cuales es imposible la acción política. De ahí la pertinencia de hablar de las ideologías y su centralidad para la política. Como señalara Norberto Bobbio, las ideologías siempre reverdecen porque nos orientan en el complejo mundo político en el que vivimos.
El liberalismo, entendido como una ideología, es una estructura de pensamiento que organiza, jerarquiza y define una serie de conceptos, que rivaliza con otras ideologías como el socialismo, el conservadurismo o el republicanismo. Los significados de los conceptos y la prioridad de unos sobre otros es lo que permite una variedad dentro de la ideología liberal. Las ideologías que han conformado la experiencia política del mundo moderno no solo han adoptado formas institucionales, movimientos y partidos, sino que nos permiten conducirnos en el mundo porque nos orientan a la hora de valorar, comprender o explicar los fenómenos políticos.
El liberalismo no es una doctrina uniforme: es una constelación de ideas que se ordenan de manera distinta según la época y el conflicto.
El estudio del liberalismo puede hacerse desde la historia de los movimientos sociales,(2) partidos o diseños institucionales liberales; a partir de la historia de las ideas políticas de autores como John Locke, Montesquieu, Immanuel Kant, Adam Smith, Wilhelm von Humboldt, Benjamin Constant, John Stuart Mill, Alexis de Tocqueville, Isaiah Berlin, Bobbio, John Rawls o Amartya Sen, por mencionar solo algunos; también puede hacerse desde las ideas centrales o el núcleo conceptual con el que se caracteriza.
Una aproximación que comprenda los tres ámbitos ofrece una mirada amplia de la complejidad y variaciones del liberalismo, porque una definición unitaria que trate de recoger la esencia del liberalismo corre el riesgo de dejar de lado a movimientos o filosofías que se suelen relacionar con esa tradición. Por ejemplo, si el liberalismo se define a partir de la defensa de la libertad, los derechos y los límites al poder —o como una idea de la dignidad y el florecimiento humano— se corre el riesgo de dejar fuera de la definición a experiencias o teorías caracterizadas como liberales. Por ello, lo primero que hay que apuntar es que el liberalismo es una familia muy heterogénea: distinguimos entre liberalismos político, social, ético y económico. Incluso se pueden distinguir distintos liberalismos políticos, sociales y éticos. Lo anterior remite a los contextos políticos y culturales en los que se ha desarrollado el liberalismo.
Lo segundo es que el liberalismo, como cualquier otra ideología, se caracteriza como un conjunto de ideas, creencias y valores orientados a la acción. Y su rasgo distintivo, como afirma Freeden,(3) es justificar, refutar o modificar los arreglos sociales y políticos de una comunidad política cuestionando a otras ideologías. Las ideologías no son estáticas: evolucionan, se adaptan y resignifican sus ideas, creencias y valores. En algún momento liberal pudo ser sinónimo de magnánimo, buenos modales; en otro, sinónimo de burgués, o tolerante con la diversidad religiosa o apertura de pensamiento. Hoy a las democracias modernas se les califica como democracias liberales.
De acuerdo con Freeden,(3) la diversidad del liberalismo puede observarse a partir de cinco capas argumentales: 1. una teoría de la restricción del poder, destinada a proteger los derechos individuales y asegurar un espacio en el que las personas puedan vivir al margen de la opresión gubernamental; 2. una teoría de las interacciones económicas y los mercados libres, que permite a los individuos beneficiarse del intercambio; 3. una teoría del progreso humano a lo largo del tiempo; 4. una teoría de la dependencia mutua y del bienestar regulado por el Estado; y 5. una teoría que reconoce la diversidad de estilos de vida y creencias grupales, que apunta a una sociedad tolerante y plural. Es importante destacar que estas capas argumentales no siempre aparecen juntas ni necesariamente son compatibles entre sí.
Equiparar liberalismo con neoliberalismo es una falacia que cancela sus dimensiones políticas, sociales, éticas y democráticas.
Lo tercero que hay que señalar es que, así como podemos observar distintas capas argumentales, el liberalismo se caracteriza por una serie de conceptos que interactúan entre sí y se refuerzan mutuamente: “libertad, racionalidad, individualidad, progreso, sociabilidad, interés general y poder limitado y sujeto a la rendición de cuentas”.(3)
Lo anterior es solo una muestra de la complejidad y diversidad del liberalismo y de la pertinencia de hablar de liberalismos. Las diferencias entre los liberalismos residen en los contextos políticos y culturales en los que se desarrollan, en las capas argumentales, los significados de los conceptos y en el peso específico que se da a cada uno. Por ejemplo, algunos liberales dan un peso mayor a la racionalidad y rebajan el papel de las emociones a la hora de explicar la conducta individual o colectiva. Otros colocan a las emociones en una condición igual a la de la racionalidad. Alguien puede optar por una forma aguda de individualidad —como los libertarios— en detrimento del interés general. O se asume una noción de interés general en detrimento de la individualidad, como los utilitaristas.
Los cambios entre los liberalismos remiten a la manera en que acomodan y ordenan los conceptos y el peso relativo dentro de las capas argumentales. Por ejemplo, al entrelazar los conceptos para defender una idea de libertad, no solo se desmarcan de otras ideologías, sino que terminan reforzando sus núcleos conceptuales. Piensen en el concepto de libertad o derechos, común a muchas ideologías. ¿Cuáles son los derechos que debe proteger un Estado liberal? La vida, la libertad y la propiedad, como planteaba Locke; la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, como quedó formulado en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América; o bien, derechos civiles, políticos y sociales, como demandan autores como Bobbio,(4) Luigi Ferrajoli(5) y los socialdemócratas. Si se piensa en el papel que debe desempeñar el Estado, los liberales tienen opiniones distintas. En sus orígenes, el liberalismo pudo sostener la idea central de que el Estado no debería intervenir en las vidas individuales de las personas: de ahí la famosa idea de libertad como no interferencia o libertad negativa. No obstante, muchos liberales del siglo XX y actuales aceptan que el Estado debe intervenir para garantizar bienes como educación y salud o para regular las relaciones contractuales. Hay liberales que defienden que el Estado intervenga en el mercado con el objetivo de eliminar la pobreza y reducir la desigualdad, o para evitar prácticas monopólicas o abusivas.
Lo que me interesa destacar es que el énfasis en algunas capas en detrimento de otras es una constante en la historia del liberalismo. Todos los liberalismos incluyen la primera capa —una concepción de la libertad y los derechos—, pero no todos incluyen las cinco capas ni todas les dan el mismo peso. Aunque las cinco capas se asocien con la tradición liberal, hay tensiones entre ellas cuando el peso específico de una borra o diluye a otras. Es el caso del liberalismo económico o neoliberalismo
En sus mejores versiones, el liberalismo no se agota en el mercado: también defiende derechos, pluralismo, límites al poder y rendición de cuentas.
El impacto de la ideología neoliberal, con “su relato propietarista, empresarial y meritocrático”(6) ha repercutido no solo en varios órdenes de la vida social y política, sino en la misma tradición liberal. Los presupuestos del mercado como mejor opción en la distribución de bienes —acordes con una idea de la libertad—, la idea de éxito asociado al esfuerzo y el mérito individual se han colocado como indicadores de un orden justo. Lo anterior es problemático porque pone un peso excesivo en la individualidad en detrimento del interés general y el peso del mercado en la distribución de bienes en detrimento del Estado. Un orden justo, bajo este contexto, es aquel que permite el acceso a bienes a quienes pueden pagar, no a quienes más lo necesitan. Y el desarrollo de la personalidad queda reducido al esfuerzo individual y la capacidad adquisitiva. Esto desvirtúa la riqueza de la tradición liberal y entra en tensión con la democracia y con perspectivas del liberalismo político y social. Por ello muchos liberales cuestionan o rechazan que el neoliberalismo sea parte de la familia liberal.
La ideología neoliberal no es compatible con la democracia. Afirma Fernando Escalante(7) que con frecuencia la exigencia de regulación por parte del Estado obedece no a la ganancia o a la influencia de un grupo de interés, sino al horizonte moral, a las preocupaciones ambientales, económicas y laborales de la sociedad —las que están en el espíritu del tiempo y que la democracia traslada al campo político—. La regulación de las relaciones laborales, los contratos colectivos, las prestaciones sociales y los seguros por desempleo o incapacidad son aspectos que reivindican el liberalismo político y social, pero que no necesariamente responden a la lógica económica ni a la ganancia, sino a los intereses de las y los trabajadores. Por ello, la relación entre derechos sociales y neoliberalismo siempre es una relación tensa. Cuando el Estado interviene en la distribución y regulación de bienes como la educación, la salud, la cultura o la disponibilidad de los recursos naturales —como demandas y exigencias de justicia por parte de las y los ciudadanos—, se restringe lo que se puede vender y comprar en el mercado. Por el contrario, cuando el Estado desmantela o asfixia su sistema de salud o el sistema educativo y lo sustituye con transferencias directas, obliga a que las y los ciudadanos adquieran esos bienes en el mercado. El problema es que, en contextos de enormes desigualdades, si los bienes están a disposición del mercado, el acceso a esos bienes siempre será desigual. Este tipo de liberalismo económico choca con las otras capas que ha desarrollado la tradición del liberalismo político y social, que reconocen la igualdad de derechos, incluidos los sociales. Más aún, el neoliberalismo es perfectamente compatible con formas de Estado autoritarias.
Para cerrar, me gustaría referirme a una falacia común, incluso entre académicos. He mencionado que el liberalismo es una familia muy heterogénea, que por ello es pertinente hablar de liberalismos y que los liberalismos político, social y ético son totalmente distintos al liberalismo económico. Por ello hay que rechazar la idea de que todo liberalismo es igual. La falacia es la siguiente: si el neoliberalismo es la ideología y el modelo económico imperante y las democracias son democracias liberales, entonces las democracias son neoliberales. Esta operación resulta engañosa y peligrosa. Engañosa, porque la confluencia histórica del ascenso del neoliberalismo como ideología dominante en el ámbito mundial no solo toca a las democracias liberales, sino también a los Estados autoritarios. Peligrosa, porque cuando se rechaza al neoliberalismo por sus efectos perniciosos y se cree que todo liberalismo es igual, termina rechazándose a la democracia liberal. Si son lo mismo, entonces los diseños institucionales que las democracias liberales han desarrollado para la protección de los derechos y para ponerle límites al poder —la división y autonomía de los poderes, la supremacía constitucional, el control de constitucionalidad o la creación de organismos autónomos— no son otra cosa que instituciones neoliberales. En la mayoría de las ocasiones esta simplificación obedece a narrativas autoritarias, bajo la promesa de arribar a verdaderas democracias que harán que el pueblo ejerza su soberanía de manera más activa y directa, con lo que legitiman la concentración del poder y el desmantelamiento de los mecanismos de control y de rendición de cuentas propios de la tradición liberal. Este pseudoargumento es muy dañino para la democracia y para el liberalismo.
En este sentido, la tradición liberal enfrenta enormes retos en la actualidad: desmontar la idea de que neoliberalismo y democracia liberal son lo mismo; enfrentar las narrativas autoritarias y populistas que se visten con ropajes democráticos; y reordenar y actualizar sus capas argumentales, en sintonía con otras ideologías como los feminismos, los ecologismos y las reivindicaciones identitarias, a fin de generar una narrativa atractiva y coherente contra la ideología neoliberal.
* Profesor investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
Referencias
(1) Freeden, M. (2024). Ideología. Una breve introducción. Alianza Editorial.
(2) González, P. y Ortiz, S. (2021). El debate del pensamiento político contemporáneo. Una aproximación al liberalismo, republicanismo, comunitarismo y multiculturalismo. Gedisa/UNAM.
(3) Freeden, M. (2019). Liberalismo. Una introducción. Página Indómita.
(4) Bobbio, N. (1989). Liberalismo y democracia. Fondo de Cultura Económica.
(5) Ferrajoli, L. (2013). Democracia y garantismo. Trotta.
(6) Piketty, T. (2019). Capital e ideología. Grano de Sal.
(7) Escalante, F. (2015). Historia mínima del neoliberalismo. El Colegio de México/Escalante, F. (2020). Senderos que se bifurcan. Reflexiones sobre neoliberalismo y democracia. Instituto Nacional Electoral.































