Año 1, núm. 11, junio de 2026
ISSN 3122-3583
voces
Las ideologías no mueren: se distorsionan
Conversación que Mauricio Merino * sostuvo con Octavio Rodríguez Araujo
Para Rodríguez Araujo, las ideologías siguen vivas, pero muchas veces como conciencia falsa: creencias que ordenan el poder más que emancipar a las personas.
Las ideologías no desaparecen cuando pierden elecciones ni cuando los regímenes que las enarbolan se derrumban. Se transforman, se distorsionan, se vacían de contenido o migran hacia quienes menos las esperaban. Esa es, en síntesis, la tesis que atraviesa la conversación que El Diluvio sostuvo con Octavio Rodríguez Araujo: politólogo y uno de los estudiosos más rigurosos y prolíficos de los partidos políticos y los sistemas electorales en México. Autor de más de treinta libros —entre ellos La reforma política en México, Izquierdas e izquierdismo y Partidos políticos: democracia y crisis—, Rodríguez Araujo ha dedicado décadas a rastrear la relación entre ideología, organización política y poder, desde el marxismo clásico hasta las derivas del populismo contemporáneo.
La conversación se inscribe en este número 11 de El Diluvio, dedicado a examinar la vigencia —o la obsolescencia— de las grandes ideologías que han cruzado la historia política de Occidente. Merino, fundador de la revista y él mismo declarado socialdemócrata, le preguntó a Rodríguez Araujo por los orígenes del concepto de ideología, por el sentido actual de la socialdemocracia, por los populismos de izquierda y derecha como formas de conciencia falsa, y por su propio recorrido: del trotskismo al escepticismo organizado. La respuesta que cierra el diálogo es, también, un programa político: luchar contra cualquier ideología que pretenda imponerse como única verdad posible.
Mauricio Merino (MM): Querido Octavio, dudo que haya alguien que haya estudiado más o mejor que tú a los partidos políticos. Este número de El Diluvio está dedicado a discutir sobre la vigencia —o la obsolescencia— de las ideologías en el mundo de nuestros días. ¿Por dónde prefieres empezar?
Octavio Rodríguez Araujo (ORA): Empecemos por lo básico: el Diccionario de la lengua española (DLE) de la Real Academia Española (RAE) define a la ideología como un “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”. Sus sinónimos son “ideario, credo, doctrina, ideas, principios o creencia”. Así, las ideologías son ideas, creencias y valores de individuos o colectivos. Pongo énfasis en “creencias” porque para mí tanto las ideas como los valores son creencias: lo que cree la gente, para bien o para mal, sobre algo de su interés o conveniencia.
Las religiones son un buen ejemplo, porque en primer lugar están basadas en creencias, en la fe y no en la razón y la lógica. El origen del ser humano en la Biblia judeocristiana es tan absurdo que solo la fe lo podría “justificar”. Incluso la idea de Dios, como bien se preguntaba Feuerbach en la Esencia del cristianismo —¿Dios creó al hombre o este a Dios?—, es una creencia de ese tipo.
(MM): Sin embargo, esas ideas prevalecieron por siglos. ¿Cuándo o cómo empezamos a cobrar conciencia de que eran eso: ideas?
ORA: Las ideologías, como concepto, se estudiaron con relativo rigor a principios del siglo XVIII, primero tratando de explicarlas a partir del desarrollo de la conciencia y las determinaciones que esta sufre del ambiente en que se desarrolla. Hegel, en la Fenomenología del espíritu, se refería a la conciencia de sí y para sí, siendo esta la más elaborada y relacionada con lo colectivo.
Marx siguió esta línea: la primera es la conciencia de que se es, por ejemplo, obrero; la segunda, de que se forma parte de una clase: la clase obrera. En el otro lado está la burguesía. De ahí se abriría el terreno de la lucha de clases y de la conciencia organizada en partidos —cuyo contenido no es el mismo que surgió después—. Cuando Marx hablaba de los partidos de la burguesía y del proletariado no se refería a organizaciones; estas surgirían más adelante. Los comunistas por un lado y los liberales como ideología de la burguesía. Esto era en Europa, porque en Estados Unidos los partidos principales eran liberales con distinciones uno de otro. En Asia, quizá con la excepción de India, no había partidos.
El populismo aparece como una forma confusa de ideología: puede decirse de izquierda o de derecha, pero tiende a concentrar poder.
Un cuestionamiento interesante es el de Marx y Engels en La ideología alemana: ahí establecieron que no era la conciencia la que determinaba las condiciones materiales, sino estas a la conciencia. Ese conjunto de ideas se denominó materialismo histórico, ya esbozado en Hegel y en Feuerbach.
Esas reflexiones dieron pie al desarrollo del concepto de la conciencia falsa —György Lukács, en Historia y conciencia de clase—. Algunos teóricos de la Escuela de Frankfurt fueron más allá, y otros que no eran de dicha escuela también: Henri Lefebvre y Antonio Gramsci, principalmente. Este último incluso habló de la hegemonía de clase: la dominación de una clase a partir de la cultura, la educación, la ideología en síntesis. La conciencia falsa, de Lukács a Gramsci y también de Herbert Marcuse, es la conciencia distorsionada —individual y colectiva— por la adopción de ideologías que no le son propias a una clase social según cuál sea la que domine. En el capitalismo, los valores de la burguesía y su ideología fundamental: el liberalismo.
No hay ejemplos en la historia de una situación inversa, ni siquiera en la Comuna de París, mucho menos en la mal llamada dictadura del proletariado, que nunca lo ha sido, como tampoco el socialismo.
(MM): Como sabes, yo mismo me decanté desde muy temprano por la socialdemocracia, porque estoy convencido de la importancia de garantizar la igualdad —la procura existencial mínima aceptable— desde el Estado y, a la vez, de la relevancia de la democracia como método de gobierno y de organización política. ¿Tiene sentido seguir defendiendo posiciones de esa naturaleza?
ORA: La socialdemocracia surgió con la ruptura de la Tercera Internacional, a principios del siglo XX. Esta, para decirlo brevemente, luchaba por un socialismo con democracia, muy diferente a los bolcheviques de entonces —en su mayoría eliminados por Stalin en los años treinta—. Se formaría la Internacional Socialista, cuya característica principal era que tenía ingredientes de liberalismo con socialismo: un mundo con cierto grado de equidad social, pero plural, incluyendo a la burguesía y sus inversiones para crear capital que supuestamente se distribuiría en la medida de lo posible. Los países escandinavos fueron un ejemplo de este fenómeno.
No pocos partidos comunistas giraron hacia posiciones socialdemócratas, sobre todo a partir del llamado eurocomunismo, cuyas raíces se dieron después de la Primavera de Praga y luego en Italia, España y Francia. En México también se dio este fenómeno de apertura a la democracia y la participación electoral. Vale recordar que en esos años el Partido Revolucionario Institucional (PRI) era observador oficial de la Internacional Socialista, en tanto el Partido Comunista Mexicano (PCM) era miembro de pleno derecho.
Pero las ideologías, como estaban pensadas en los años sesenta del siglo pasado, iniciaron una creciente crisis que explotó quizá en 1968. Antes, en 1960, Daniel Bell ya había publicado su libro El fin de la ideología. Se pronosticaba la hegemonía del pensamiento pragmático sobre el ideológico. De esta manera, el día de hoy las ideologías, más como conciencia falsa que como conciencia de clase, parecen ser la única forma de pensamiento vigente. De aquí que se haya retomado el populismo antiguo como una variante confusa que puede ser de izquierda o de derecha, o una mezcla difusa de ambas posiciones.
(MM): Pero, ¿de veras existe esa diferencia entre los populismos o solo es un reflejo de lo que dicen los líderes nacionales de ese régimen expansivo?
El antídoto democrático no está en abolir las ideologías, sino en impedir que una sola se proclame dueña de la verdad.
ORA: Yo veo que todos los populismos de ahora recurren pragmáticamente a las demandas más apremiantes y visibles de la sociedad, con el objetivo de ganar posiciones de poder y desde ahí crear una nueva hegemonía de dominio —en principio de grupos burocráticos o tecnocráticos, cuando no de líderes ambiciosos y mesiánicos—. Así se explica, en buen grado, tanto a Donald Trump como a Javier Milei, a López Obrador/Claudia Sheinbaum o a Hugo Chávez/Nicolás Maduro. Sus políticas están basadas en la polarización, sin soluciones racionales para los problemas de sus países. Lo que prevalece en ellos es el imperio de la fe y no de la razón ni de la lógica. Por eso no discuten: atacan, insultan o guardan silencio. Debatir con ellos es como discutir con un católico la existencia de Dios: no llegarás a nada. Es el problema de la conciencia falsa asumida como ideología o, peor aún, como fe en una religión.
(MM): Sabemos que tú abrazaste el trotskismo. ¿Tiene sentido esa ideología en nuestros días? De otra parte, recuerdo que en 1994 estuviste muy cerca del zapatismo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). En aquellos años me comentaste algo del zapatismo —el de Emiliano Zapata, no el Marcos— como la única ideología política nacida en México que, además, había tenido influencia en el resto del mundo. ¿Afirmarías eso ahora, en 2026?
ORA: Mencionas mi pasado trotskista. Sí, y me adherí a esa corriente porque León Trotski fue muy crítico del autoritarismo soviético de Stalin y de la negación de la participación de los trabajadores en la esfera de gobierno. Por lo mismo, nunca consideré que la Unión Soviética (URSS) fuera socialista, como tampoco Cuba y demás. Lo que recuerdas sobre el zapatismo de Zapata no lo dije yo: creo que me confundes. Nunca he defendido formas de anarquismo como el que permeaba el pensamiento de Emiliano Zapata y muchos años después, el de Marcos. Por eso fue que me separé del zapatismo de Chiapas y de Marcos, en particular, en 1997. En lo que estuve de acuerdo fue en que un nuevo mundo es posible y en su pluralidad —muy diferente al obradorismo—, en la inteligencia de que no serían ellos, ni desde Chiapas, quienes lo lograrían.
(MM): Octavio, ¿vale la pena volver al debate ideológico en el mundo de nuestros días? Y si es así: ¿por cuál de las ofertas ideológicas deberíamos luchar? O si prefieres: ¿contra qué ideología deberíamos luchar?
ORA: Sobre eso, de algo sí estoy convencido: las y los trabajadores no tienen conciencia de clase —conciencia para sí, otra vez Hegel—. Las fuerzas del capital y la importancia de este para el crecimiento y el desarrollo son ineludibles; tanto que en China, Vietnam y otros países de ese tipo han recurrido a él, aunque sea bajo “control” del Estado. Esos países buscan su crecimiento compitiendo en el mundo capitalista con mercancías, no con frases o conversaciones ideológicas. ¿Capitalismo de Estado? No lo sé. Pero aun así, no me suena a algo parecido a la democracia y al respeto a las libertades, comenzando por la de expresión.
Finalmente, Mauricio, preguntas contra qué ideología deberíamos luchar. Diría que contra cualquiera que nos quiera imponer formas de pensar y modos de ser: es decir, contra cualquier forma de autoritarismo y, más todavía, contra formas totalitarias de ejercicio del poder.
* Entrevista a Octavio Rodríguez Araujo































