Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
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Memorias del ozono
Fedro Carlos Guillén
A los 66 años, Fedro Carlos Guillén mira hacia atrás y reconstruye la historia del aire que ha respirado en la Ciudad de México. Entre recuerdos de volcanes visibles, políticas ambientales y millones de automóviles, su crónica dialoga con una frase de Alfonso Reyes: la promesa —todavía pendiente— de habitar “la región más transparente del aire”.
Viajero, has llegado a la región más transparente del aire.
Alfonso Reyes
De una ciudad donde los volcanes se veían con claridad a una metrópoli con más de diez millones de vehículos: la memoria personal también es una memoria del deterioro ambiental.
Tengo 66 años, todos ellos viviendo en la zona metropolitana del Valle de México (ZMVM). Esto no garantiza la calidad de mi crónica, pero sí me otorga la perspectiva vital necesaria para realizarla.
En mi infancia, durante los años sesenta, era común la vista de los volcanes y se podía jugar al fútbol en la calle. En 1965, la ZMVM contaba con apenas 283 000 automóviles. Para 2020, la Comisión Ambiental Metropolitana estimó 10.8 millones de unidades, entre autos, autobuses y motocicletas, emitiendo contaminantes de forma constante.
Justamente en esa década sucedieron hechos que transformaron de manera radical el curso social. Se inventó la pastilla anticonceptiva, un avance que modificó de fondo el papel de la mujer y su autonomía dentro del orden social. Al mismo tiempo, surgieron manifestaciones juveniles que se rebelaban frente a las formas adultas establecidas; se consolidaron movimientos antisegregacionistas que cuestionaban estructuras profundamente arraigadas de discriminación y se intensificó la Guerra Fría con episodios críticos como la instalación de misiles de la entonces Unión Soviética en Cuba.
Sin embargo, en medio de esas tensiones políticas, sociales y culturales, los temas ambientales permanecían prácticamente invisibles para la sociedad. No ocupaban un lugar central en la discusión pública ni en las prioridades de los Estados. Fue a partir de ciertos acontecimientos que esta percepción comenzó a modificarse. Uno de ellos ocurrió el 27 de septiembre de 1962, cuando Rachel Carson publicó un libro que habría de convertirse en punta de lanza de la sensibilización ambiental: La primavera silenciosa. En esa obra advertía sobre los efectos del DDT en los ecosistemas —particularmente en las aves— y señalaba de manera directa la responsabilidad de la industria química en el deterioro ambiental que hasta entonces se había ignorado o minimizado.
Un segundo factor fue determinante: en 1968 se fundó el Club de Roma, una organización que agrupaba a científicos, líderes empresariales, economistas y políticos. Esta asociación encargó al Instituto Tecnológico de Massachusetts un informe que se publicó en 1972 bajo el nombre Los límites del crecimiento. Los investigadores se enfocaron en cinco factores básicos: el aumento de la población, la producción agrícola, el agotamiento de los recursos no renovables, la producción industrial y la generación de contaminación. Estas llamadas de atención generaron una creciente sensación inédita: la del riesgo asociado a problemas ambientales.
Las políticas públicas —del Hoy No Circula al monitoreo atmosférico— han intentado contener el problema, pero la contaminación sigue formando parte de la vida cotidiana.
En este contexto ecológico global, en 1971 se promulgó en México la Ley Federal para Prevenir y Controlar la Contaminación, asignando su vigilancia a la Secretaría de Salubridad y Asistencia. Al año siguiente se creó la Subsecretaría de Mejoramiento del Ambiente, órgano especializado de la misma institución. En 1982 se decretó la creación de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología en la que se ubica institucionalmente la Subsecretaría de Ecología y se promulga la Ley Federal para la protección del Medio Ambiente. Finalmente, en 1992 se creó el Instituto Nacional de Ecología que contaba entre sus atribuciones con el monitoreo y control de la contaminación por medio de un inventario nacional de contaminantes. La agenda ambiental mexicana nació, pues, como una preocupación de salud pública.
La siguiente nota ha sido tomada del periódico El Universal, del 6 de febrero de 1987, proveniente de su diario filial, El Gráfico, que describía la situación: “Los capitalinos, asfixiados. Respiramos materias fecales… Nubes de mugre, mezcladas con materias fecales, gases tóxicos, humo de los escapes de tres millones de vehículos”. Las fotografías en blanco y negro mostraban una metrópoli a la fecha humeada, en el texto que las acompañaba se cuestionaba si la contaminación también habría causado la muerte de ancianos y niños: “el hecho es que, por miles, caen los pájaros de los árboles. Y esto, que debería ser una advertencia, ni siquiera es tomado en cuenta por las autoridades que se dedican a elaborar planes que nunca llevan a cabo”. Dos días más tarde, en El Universal se reportó el hallazgo de restos de metales en aves muertas que poblaban la capital, lo cual causó alarma entre los ecologistas organizados del país.
Dados los altos índices de contaminación, se impulsó una iniciativa ciudadana llamada “Un día sin auto”, que adquirió carácter institucional el 20 de noviembre de 1989 mediante el programa Hoy No Circula. Aunque en un inicio se planteó como una medida temporal, ha permanecido hasta la fecha. Una paradoja inmediata fue el incremento en la venta de vehículos usados como forma de evadir la medida, al contar con placas de terminación distinta en cada auto.
En consecuencia, se crearon estaciones de monitoreo ambiental en la ZMVM, encargadas de dar cuenta de la calidad del aire e informar a la ciudadanía sobre los niveles de contaminación. Mi impresión es que esta información solo se consulta en los días en que se anuncia la contingencia ambiental que, como es sabido, afecta a los propietarios de vehículos con mayores índices de contaminación.
Esta política se ha acompañado con diversas medidas como la creación del Metrobús, que sustituye al transporte altamente contaminante; la ampliación de la Red de Transporte Eléctrico y de las líneas del Metro, así como la creación de un programa de ciclopistas que, sin duda, han mitigado los efectos de los contaminantes. Un serio obstáculo es el de la red de microbuses, los cuales normalmente evaden medidas regulatorias mientras que los gobiernos en los últimos treinta años han ofrecido arreglar este problema.
Entre el smog y las partículas invisibles, persiste una esperanza: recuperar algún día la ciudad que Alfonso Reyes imaginó como “la región más transparente del aire”.
Inicié estas líneas diciendo que vivo en la Ciudad de México desde hace 66 años y que formo parte del 91 % de las personas en el mundo que habitan en lugares donde se superan los límites de contaminación recomendados. Veamos a qué me enfrento.
En primer lugar, están las partículas muy finas, llamadas técnicamente PM2.5, lo cual significa que son menores a 2.5 micras —un cabello es cuatro veces más grueso—. Este contaminante penetra profundamente en los pulmones y puede provocar inflamación y aumento en la presión arterial. De hecho, un estudio realizado en Inglaterra sometió a personas a altos niveles de contaminación y, en análisis de sangre, se pudieron observar alteraciones en los glóbulos rojos.
Dada la exposición permanente a la que he estado sometido a lo largo de mi vida, mi riesgo de cáncer pulmonar o de enfermedades neurodegenerativas es mayor que el de una persona que vive en zonas con menores niveles de contaminantes. Asimismo, estos contaminantes podrían alterar mi sistema nervioso y elevar los niveles de azúcar en mi sangre.
Vivir en la ZMVM presenta claroscuros; somos la segunda ciudad con mayor número de museos en el mundo, uno de los bosques urbanos con atributos históricos, recreativos, culturales y ambientales —como es el caso de Chapultepec— y una oferta gastronómica muy diversa, al alcance de todas las personas. En la otra cara, estamos expuestos a los rigores de la contaminación.
Yo verifico mi auto —que es de cuatro cilindros— y lo uso solamente en caso necesario porque prefiero la bicicleta; jamás ofrecería un soborno para obtener una calcomanía que me favorezca y esperaría que todo mundo pensara así, pero sé que esto no es posible y ello determina la necesidad de regular con medidas de comando y control. La esperanza se centra en el advenimiento de los autos eléctricos, los cuales reciben incentivos como la exención del programa que limita la circulación, así como de la verificación. Se trata de un escenario prometedor que, sin duda, contribuirá a que podamos vivir en lo que don Alfonso Reyes llamó “la región más transparente del aire”. Sea. Mi esperanza descansa en estos avances y en que logremos recuperar, algún día, esa región transparente que soñó Reyes.






























