Año 1, núm. 9, abril de 2026
ISSN 3122-3583
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De tecno-utopías a montones de basura
Rashel Meléndez León*
La tecnología promete progreso infinito, pero deja tras de sí una creciente montaña de residuos electrónicos. Este ensayo examina cómo la obsolescencia programada y el consumo digital están creando una nueva crisis ambiental.
La sofisticación de las máquinas entraña una promesa implícita: facilitar las tareas cotidianas y optimizar el tiempo de quienes las utilizan. En esa lógica, el desarrollo tecnológico se presenta como una narrativa de progreso continuo, donde cada dispositivo nuevo parece resolver las limitaciones del anterior. Derivamos así en una suerte de tecno-flâneurs** que transitan entre ecosistemas digitales y materiales, experimentando con dispositivos cuyos acabados lisos y brillantes sugieren permanencia, estabilidad, incluso una cierta perfección técnica. Su superficie pulida y su funcionamiento aparentemente impecable nos hacen creer que jamás dejarán de operar.
Sin embargo, esa promesa se fractura de manera abrupta. El día menos esperado, el botón de encendido deja de responder; el conector ya no conduce energía eléctrica; la pantalla se quiebra de forma irreparable. La durabilidad, que parecía una cualidad inherente, se revela como una ilusión cuidadosamente sostenida por la lógica del mercado. En ese momento, la relación con la máquina se transforma: lo que antes era indispensable se vuelve prescindible. Resulta más fácil abandonar el objeto inerte a su desdichada suerte que intentar repararlo, comprender su falla o prolongar su vida útil.
No obstante, la máquina no desaparece. Permanece como objeto, como resto material que, con el paso de los años, da cuenta de otros tiempos tecnológicos. Se convierte en un vestigio de obsolescencias sucesivas, en una especie de archivo silencioso del consumo. A su vez, los lugares donde reposa —cajones polvosos, patios domésticos, banquetas o mercados ambulantes— sugieren distintas formas de valor y resignificación. Allí, lejos de los escaparates y de las narrativas publicitarias, las máquinas adquieren nuevas lecturas: pueden ser piezas de reparación, chatarra reutilizable, mercancía informal o simplemente basura.
Cada año se producen más de mil millones de teléfonos móviles, muchos con vida útil de pocos años.
De este modo, surge una pregunta fundamental: ¿cuál es la función de las máquinas en su estado post mortem, en tanto persisten en el espacio cotidiano? La cuestión no es menor, pues implica reconocer que el ciclo de vida de la tecnología no termina con su desuso. Por el contrario, se prolonga en circuitos muchas veces invisibles que articulan prácticas económicas, sociales y ambientales complejas.
El reciclaje
Si bien el reciclaje y la recolección de residuos constituyen prácticas sociales con alrededor de tres mil años de antigüedad (Medina, 1999), la gestión de la basura electrónica presenta desafíos específicos que la distinguen de otros tipos de residuos. En primer lugar, el auge de las industrias tecnológicas y de telecomunicaciones ha impuesto ritmos acelerados de producción, consumo y reemplazo a escala global (African Union Commission, 2023). Este dinamismo no solo incrementa la cantidad de dispositivos en circulación, sino que acorta deliberadamente su vida útil, ya sea por obsolescencia programada o por incompatibilidad con nuevas actualizaciones de software.
La consecuencia inmediata es la generación masiva de residuos electrónicos —conocidos como e-waste— que contienen materiales valiosos como cobre, oro o litio, pero también sustancias altamente tóxicas como plomo, mercurio y cadmio. La coexistencia de estos elementos convierte su tratamiento en una tarea técnica compleja y costosa, que pocos sistemas de gestión pueden asumir de manera eficiente.
Un segundo problema se relaciona con la ambigüedad legislativa, tanto a nivel nacional como internacional, en torno a la definición y clasificación de la basura electrónica. Las inconsistencias normativas han dificultado la creación de marcos regulatorios sólidos y la implementación de políticas públicas efectivas para su manejo integral. Como resultado, persiste la exposición de ecosistemas y poblaciones a contaminantes peligrosos, lo que deriva en impactos significativos en la salud pública y el medio ambiente (Liu et al., 2023).
Los residuos electrónicos contienen metales valiosos, pero también sustancias tóxicas como mercurio, plomo y cadmio.
En tercer lugar, y no menos relevante, se encuentra la configuración de economías informales e ilícitas alrededor del reciclaje y la gestión de residuos electrónicos, así como del tráfico de materiales peligrosos (UNODC, 2023). Estos circuitos operan en condiciones de precariedad, con escasa regulación y altos riesgos para quienes participan en ellos. La quema de componentes para extraer metales, el uso de ácidos sin protección adecuada y la exposición prolongada a sustancias tóxicas son prácticas comunes en estos contextos.
Este fenómeno, aunque visible a escala global, afecta de manera desproporcionada a países de ingresos medios y bajos, particularmente en regiones de África y América Latina (Asante et al., 2019). En estos territorios, la debilidad institucional, la falta de infraestructura adecuada y las desigualdades socioeconómicas favorecen la proliferación de estos mercados. Asimismo, en países con democracias en consolidación o regímenes autoritarios —como India, Nepal o China— las dinámicas de gestión de residuos electrónicos se entrelazan con estructuras de poder que dificultan la supervisión y la rendición de cuentas (Priyashantha et al., 2022).
En el caso de México es posible identificar al menos tres momentos clave que han influido en la acumulación de residuos electrónicos, con especial énfasis en los estados de la frontera norte. El primero se remonta a los procesos de industrialización de la región, donde el incremento de la actividad productiva no estuvo acompañado por políticas adecuadas para la gestión de residuos tóxicos e inorgánicos. Ni en 1964, con la implementación del programa de maquiladoras, ni en 1994, con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se contemplaron de manera suficiente las consecuencias ambientales de estos procesos (TCPS, RMLAC y La Neta, 2000). La lógica de crecimiento económico prevaleció sobre cualquier consideración ecológica, dejando como saldo una acumulación progresiva de desechos industriales y tecnológicos.
El segundo momento se sitúa en 2015, año en que se llevó a cabo el apagón analógico a nivel mundial. Bajo el argumento de modernizar la infraestructura televisiva y mejorar la calidad de la señal, millones de televisores quedaron obsoletos en un lapso relativamente corto. En México, este proceso se vio intensificado por la distribución masiva de pantallas digitales como parte de un programa gubernamental encabezado por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en colaboración con la Secretaría de Desarrollo Social. Si bien la medida buscaba reducir la brecha digital, también aceleró la generación de residuos electrónicos, sin que existiera una estrategia clara para su recolección y tratamiento (Semarnat y PNUD, 2015; SCT, 2024).
Gran parte del reciclaje de tecnología ocurre en economías informales con alto riesgo ambiental y sanitario.
El tercer momento corresponde a la emergencia sanitaria provocada por el SARS-CoV-2, declarada pandemia en 2020. Este acontecimiento transformó de manera radical las dinámicas laborales, educativas y de consumo. La adopción generalizada del trabajo remoto y la educación a distancia impulsó la compra de equipos de cómputo, dispositivos móviles y otros artefactos electrónicos. Paralelamente, el aumento del comercio electrónico y el uso intensivo de plataformas digitales contribuyeron a la proliferación de smartphones y dispositivos conectados (IFT e Inegi, 2024). Estas transformaciones, aunque necesarias en el contexto de la crisis sanitaria, tuvieron como efecto colateral el incremento del desecho y la reventa de dispositivos en mercados formales e informales.
En este escenario, la vida post mortem de las máquinas adquiere una relevancia particular. Los dispositivos descartados no desaparecen; se desplazan hacia otros circuitos donde continúan generando valor, ya sea mediante su reutilización, su desmantelamiento o su comercialización como segunda mano. Sin embargo, estos procesos no siempre se desarrollan en condiciones seguras o sostenibles. Por el contrario, suelen reproducir desigualdades y trasladar los costos ambientales hacia las poblaciones más vulnerables.
Así, la tecno-utopía que prometía eficiencia, conectividad y progreso se enfrenta a su contraparte material: montones de basura que evidencian los límites de ese modelo. La acumulación de residuos electrónicos no solo es un problema técnico o ambiental, sino también un síntoma de una lógica de consumo que privilegia la novedad sobre la permanencia, la sustitución sobre la reparación.
En última instancia, repensar la función de las máquinas en su estado post mortem implica cuestionar las bases mismas del sistema tecnológico contemporáneo. Supone reconocer que cada dispositivo encierra no solo una historia de innovación, sino también una trayectoria de extracción de recursos, producción industrial y eventual desecho. Atender este problema requiere no solo mejores políticas de reciclaje, sino también un cambio cultural que revalorice la durabilidad, la reparación y el uso responsable de la tecnología.
* Maestra en Estudios Culturales por El Colegio de la Frontera Norte.
** Nota del editor: El término flâneur proviene de la tradición intelectual francesa y refiere al paseante urbano que observa y recorre la ciudad moderna sin un objetivo productivo. En este texto, la autora propone la noción de tecno-flâneurs para describir a las personas usuarias contemporáneas que transitan entre dispositivos y ecosistemas digitales, consumiendo tecnología de forma cotidiana sin necesariamente reflexionar sobre sus implicaciones materiales y ambientales.
Referencias
African Union Commission. (2023). Africa E-Waste Statistics Report.
Asante, K. A., et al. (2019). Electronic waste management in Africa. Environmental Science and Pollution Research.
IFT e Inegi. (2024). Estadísticas sobre uso de tecnologías digitales en México.
Liu, J., et al. (2023). Global e-waste hazards and environmental impacts. Journal of Cleaner Production.
Medina, M. (1999). Globalization and the informal recycling sector.
Priyashantha, K.G., et al. (2022). E-waste governance in developing countries. Sustainability.
SCT. (2024). Programa de Transición a la Televisión Digital.
Semarnat y PNUD. (2015). Diagnóstico de residuos electrónicos en México.
TCPS, RMLAC y La Neta. (2000). Impactos ambientales del TLCAN.
UNODC. (2023). Transnational trafficking of e-waste.






























