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La diplomacia que murió en el aire
Paulo Hidalgo
El 28 de febrero, mientras en Ginebra todavía se negociaba, los bombarderos B-2 ya estaban en el aire. En cuestión de horas, Alí Jamenei –el hombre que gobernó Irán durante casi cuatro décadas– era confirmado muerto. La Operación Épica Furia, como la bautizó el Pentágono, no buscaba solo destruir instalaciones nucleares ni presionar una negociación. Buscaba, según sus propios promotores, cambiar el régimen. Detonar un gobierno desde el aire.
Hay algo que llama la atención en la secuencia de hechos: las conversaciones en Ginebra avanzaban. Omán mediaba, Irán había acordado reducir su enriquecimiento de uranio a niveles mínimos, y el propio Donald Trump declaraba, apenas un día antes del ataque, que prefería la diplomacia. Entonces los aviones despegaron. El orden internacional, ese edificio de normas e instituciones que se construyó laboriosamente tras 1945, no se derrumbó en un instante. Llevaba años agrietándose. Pero esta semana, las grietas se volvieron abismo.
Lo que ocurrió el 28 de febrero no es solo una acción militar contra Irán. Es la confirmación de que el principio de soberanía –la base sobre la que descansa todo el derecho internacional moderno– ha dejado de operar como límite real para las potencias que disponen de la fuerza suficiente para ignorarlo. Estados Unidos lo ejecutó; y el canciller alemán Friedrich Merz, informado de antemano, lo dijo sin eufemismos: décadas de derecho internacional y sanciones habían probado ser “claramente ineficaces”. En esa frase cabe todo. El multilateralismo, las Naciones Unidas, el Archivo del Plan de Acción Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), los mecanismos de verificación nuclear. Todo eso fue declarado, en silencio, obsoleto.
No se trata de defender al régimen iraní. Jamenei construyó durante décadas un Estado represivo que masacró manifestantes, financió milicias a lo largo del Medio Oriente y apostó sistemáticamente al caos regional como instrumento de poder. Las protestas de enero de 2026 –las más grandes desde la Revolución Islámica– mostraban una sociedad al límite, una población que pedía otro futuro. Reconocer todo eso no obliga a avalar la lógica del ataque. Porque el problema no es si el régimen iraní era o no defendible. El problema es qué mundo queda después.
La tesis detrás de la Operación Épica Furia es la de la decapitación: eliminar el liderazgo, destruir las capacidades militares y esperar que el pueblo –liberado, agradecido– tome el control. Trump se lo dijo directamente a los iraníes en el video que anunció los bombardeos: “El país será tuyo”. Es una teoría con cierta lógica abstracta y casi ningún respaldo histórico. Los bombardeos estratégicos rara vez producen rebeliones; con mucha más frecuencia producen solidaridad con quienes quedan en pie. Irak en 2003, Libia en 2011. La certeza de que esta vez sería distinto se apoya más en wishful thinking que en evidencia.
Mientras esto ocurre, el Estrecho de Ormuz permanece amenazado, el tráfico aéreo en el Golfo se ha paralizado, Dubai recibe drones, y las reservas de petróleo del mundo tiemblan ante la posibilidad de que Irán –acorralado, sin su líder supremo, con sus comandantes muertos– cumpla sus amenazas más extremas. La economía global, que ya cargaba con los aranceles de Trump y las tensiones comerciales con China, enfrenta ahora un shock energético de magnitud incierta. Las consecuencias de este tipo de intervenciones rara vez se limitan al teatro de operaciones. Se expanden, se ramifican, y a menudo terminan en lugares que nadie anticipó.
Europa reaccionó con perplejidad y cierta impotencia. Macron convocó reuniones de emergencia. El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió, sin que eso cambiara nada sustancial. Rusia y China condenaron el ataque. Pakistán exigió que cesara. Omán, que había mediado los propios acuerdos que se estaban negociando, expresó su “consternación”. El mundo que durante ochenta años construyó instituciones para administrar los conflictos entre estados, observa cómo esas instituciones se vuelven decorativas en los momentos que más importan.
No es la primera vez. La invasión de Irak en 2003 fue el primer gran golpe a la arquitectura de posguerra. La anexión de Crimea en 2014, el segundo. Los bombardeos en Gaza desde 2023, el tercero. Pero la Operación Épica Furia tiene una dimensión distinta: no se trata de una guerra entre estados limítrofes ni de una ocupación territorial. Se trata de la mayor potencia del mundo bombardeando la capital de otro Estado soberano con el objetivo declarado de derribar su gobierno, en medio de negociaciones activas, dos días después de que el propio presidente estadounidense dijera preferir la paz.
Lo que queda después de esto no es solo un Irán en caos potencial, sino un conjunto de preguntas para las que el orden internacional ya no tiene respuestas creíbles. ¿Qué garantiza que un Estado pequeño o mediano no sea objeto de un ataque similar si sus intereses chocan con los de Washington o Tel Aviv? ¿Qué valor tienen las negociaciones diplomáticas si pueden interrumpirse cuando los bombarderos ya están en el aire? ¿Y qué hace el resto del mundo –los que no tienen capacidad nuclear, los que no tienen alianzas militares robustas– para protegerse?
La proliferación nuclear como respuesta racional a este escenario es un pensamiento que muchos gobiernos ya no pueden evitar. Si Corea del Norte hubiera desmantelado su arsenal antes de desarrollarlo, hoy no sería un interlocutor inevitable para Washington. Si Irak y Libia no hubieran abandonado sus programas de armas de destrucción masiva, quizás sus líderes no habrían terminado como terminaron. El mensaje que la Operación Épica Furia envía al mundo no es el que sus promotores quieren enviar.
El orden liberal internacional no murió el 28 de febrero. Pero ese día quedó claro que ya no gobierna, que sobrevive como ritual en los comunicados diplomáticos y como nostalgia en los foros multilaterales. Lo que viene después, nadie lo sabe con precisión. Eso, quizás, es lo más inquietante de todo.


























