Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Entre la rabia ciudadana y el silencio de las élites
Paulo Hidalgo
La democracia liberal ya no se erosiona en los márgenes: se desgasta desde dentro, entre el desencanto ciudadano y la pasividad —cuando no complicidad— de unas élites que han dejado de defender el sistema que dicen representar.
Hace algunos años, sostener públicamente que la democracia estaba en crisis hubiera sido visto como exageración o alarmismo. Hoy es apenas una descripción precisa de la realidad. ¿Qué ocurre cuando las democracias liberales ya no parecen capaces de resolver los problemas cotidianos de la gente? ¿Qué sucede cuando millones de personas comienzan a considerar que quizás “el único juego en la ciudad” (Linz) no es tan atractivo como antes?
Los datos recientes de organismos internacionales muestran una tendencia sostenida: cada vez menos personas viven bajo regímenes plenamente democráticos. Cada vez más optan —o son forzadas— a vivir bajo sistemas híbridos o abiertamente autoritarios, pero lo verdaderamente preocupante no son solo las cifras, sino el silencio cómplice con que las élites globales observan este proceso.
La crisis democrática no se explica solo por el auge del autoritarismo, sino por la pérdida de credibilidad de las instituciones que debían contenerlo.
La democracia que nadie defiende
Los partidos tradicionales se desmoronan. Las instituciones pierden credibilidad. La ciudadanía vota con rabia o simplemente deja de votar.
Y mientras esto ocurre, ¿qué hacen las elites políticas? Repetir consignas vacías sobre valores democráticos que ellas mismas erosionaron con corrupción, privilegios y distanciamiento de las necesidades reales.
Tomemos Europa como ejemplo. Durante décadas se autoproclamó baluarte de la democracia liberal. Hoy asistimos a la normalización de discursos que hace veinte años hubieran sido impensables. Partidos de ultraderecha gobiernan o condicionan gobiernos en múltiples países europeos. Y lo hacen no mediante golpes de Estado, sino mediante elecciones. Véase los casos de Alemania, Francia o Italia.
¿Será que la gente votó mal?, ¿o será que la democracia liberal dejó de ofrecerles algo significativo?
El desprestigio de las instituciones
La captura institucional no ocurre de la noche a la mañana. Los sistemas judiciales se politizan poco a poco. Los medios se concentran en pocas manos. Las agencias de control se debilitan. Es un proceso gradual, casi imperceptible, donde cada paso parece justificable, pero el resultado final es devastador.
Y cuando alguien denuncia estos procesos, ¿qué respuesta recibe?
Acusaciones de exageración. Descalificaciones. Silencio mediático. Porque denunciar la erosión institucional incomoda tanto a quienes la perpetran como a quienes prefieren no verla.
Las instituciones democráticas se sostienen en la confianza ciudadana. Cuando esta se quiebra sistemáticamente, las instituciones se convierten en cáscara vacía. Existen formalmente, cumplen rituales, pero ya no cumplen su función esencial: limitar el poder y garantizar derechos.
La eficacia como nuevo valor supremo
Algo cambió en el imaginario colectivo. La democracia ya no se valora por garantizar libertades, sino por producir resultados inmediatos. Seguridad, empleo, servicios públicos funcionales. Y cuando la democracia no los entrega —o tarda demasiado en hacerlo—, amplios sectores de la población están dispuestos a sacrificar procedimientos democráticos.
Cuando la eficacia sustituye a la deliberación como valor supremo, el terreno queda abonado para liderazgos fuertes y procedimientos débiles.
Este es el terreno fértil para liderazgos autoritarios. Prometen orden donde hay caos. Prometen eficacia donde hay burocracia. Decisiones rápidas donde hay debate parlamentario interminable. Y millones de personas, agotadas de esperar que la democracia mejore sus vidas, les creen.
¿Es irracional este comportamiento? Difícil afirmarlo cuando uno observa la incapacidad de muchas democracias para resolver crisis básicas. La pregunta incómoda es: ¿la democracia liberal puede competir con el autoritarismo eficiente en términos que la ciudadanía valora hoy?
Identidades versus ciudadanía
Chantal Mouffe tiene razón en algo: la política contemporánea se articula cada vez menos en torno a ciudadanas y ciudadanos, y cada vez más en torno a identidades. Identidades nacionales, étnicas, de género, de clase. Cada una con sus propias demandas, sus propios resentimientos, sus propias narrativas de exclusión. Aunque esto no es la madera de un genuino “nuevo” radicalismo. Bien entendida es la aguda fragmentación del campo político.
¿Y qué hace la democracia liberal con esto? Intenta gestionar la diversidad mediante procedimientos neutrales, reglas universales, derechos individuales, pero para quienes sienten exclusión, estos procedimientos suenan como abstracciones que no resuelven sus problemas concretos.
Aquí es donde entra el populismo. No con propuestas técnicas sino con promesas de reconocimiento, de pertenencia, de recuperar algo que se perdió. Y funciona. Funciona porque conecta emocionalmente donde la democracia liberal solo ofrece frialdad procedimental.
América Latina: el laboratorio del desencanto
Nuestra región conoce bien este drama. Hemos transitado de dictaduras a democracias, de democracias a autoritarismos blandos, de autoritarismos a democracias otra vez. Y en cada ciclo, el desencanto crece.
Los casos recientes son ilustrativos. Gobiernos que llegan al poder con discursos de cambio radical. Confrontan instituciones. Polarizan sociedades. Concentran poder.
¿Y qué hacen las instituciones democráticas? Resisten, a veces. Colapsan, en otros casos. O simplemente se adaptan al nuevo patrón de dominación.
Lo preocupante no es solo que esto ocurra. Es que amplios sectores de la población lo aplauden. Perciben las instituciones democráticas —los controles, los equilibrios, el pluralismo— no como garantías, sino como obstáculos. Obstáculos para que “su” líder haga lo que prometió.
El populismo no ofrece soluciones técnicas. Ofrece reconocimiento emocional donde la democracia liberal ofrece distancia institucional.
La pregunta que nadie quiere responder
¿Puede la democracia sobrevivir sin demócratas? No en el sentido formal de quienes votan, sino en el sentido sustantivo de quienes valoran el pluralismo, toleran el desacuerdo, aceptan que gobernar implica límites.
Porque lo que estamos viendo es algo más profundo que crisis institucionales. Es una crisis de valores democráticos. Millones de personas ya no creen que el debate libre sea valioso. Prefieren certezas. La división de poderes la ven como ineficiencia. La prensa crítica la perciben como enemiga.
¿Cómo se reconstruye una cultura democrática cuando amplios sectores la consideran obsoleta?
Esta es la pregunta que las élites políticas evitan responder. Prefieren culpar a la desinformación, a las redes sociales, a actores externos. Cualquier explicación, menos asumir que la democracia liberal dejó de seducir a quienes debía proteger.
La responsabilidad de las élites
Y aquí hay que señalar responsables. La derecha política pacta con extremismos que antes rechazaba, en su afán de retener poder. La izquierda política se fragmenta en identidades y olvida propuestas universales. Los medios priorizan espectáculo sobre información. Las corporaciones subordinan todo a la ganancia.
Todos ellos contribuyeron a este desastre y ahora enfrentan las consecuencias: sociedades polarizadas, instituciones desprestigiadas, ciudadanas y ciudadanos hartos que ya no creen en ningún proyecto político salvo aquellos que prometen destruir el sistema existente.
¿Qué hacer entonces?
No hay respuestas fáciles. Quizás porque las preguntas son más complejas de lo que admitimos. ¿La democracia liberal puede reinventarse? ¿Debe hacerlo? ¿O acaso debemos aceptar que estamos transitando hacia otras formas de organización política? No es descartable el embrión de otras formas de la democracia con instituciones flexibles y elites que vinculen el pensamiento racional con las urgencias presentes, sin perjuicio alguno.
Lo que resulta evidente es que la democracia no se sostiene por inercia. Requiere una ciudadanía dispuesta a defenderla. Instituciones que funcionen. Élites que crean en ella. Y cuando ninguno de estos elementos existe suficientemente, ¿qué futuro le espera al “único juego en la ciudad”? Mal pronóstico para los tiempos que corren.


























