Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Megalomanía y el nuevo desorden mundial
Pedro Arturo Aguirre
El nuevo desorden mundial no se explica únicamente por rivalidades geopolíticas, sino por la irrupción de liderazgos personalistas que sustituyen las reglas compartidas por la lógica del ego, la fuerza y la imprevisibilidad.
Nadie duda que el presidente de Estados Unidos es un colosal megalómano; de hecho es uno de los más grandes dentro de eso que yo llamo historia mundial de la megalomanía. Donald Trump ha dedicado su existencia a la noble tarea de forjar un ego portentoso, al grado de que no son pocos los psicólogos y psicoanalistas que lo definen como el clásico narcisista maligno, aderezado con una poco saludable combinación de egolatría, falta de empatía hacia el prójimo y hasta sadismo. De ahí parte toda una retahíla de adjetivos para describir al gran narciso, tales como agresivo, inconexo, inescrupuloso, craso materialista, fanfarrón, astuto, indisciplinado, veleidoso… y dueño de una vulgaridad épica.
El biógrafo Timothy L. O’Brien, autor del libro TrumpNation: the art of being the Donald, lo describe como “un niño de siete años que se ha hecho mayor”. Además, odia perder, por sobre todas las cosas en este mundo. “Loser” es el epíteto más vergonzante de su, a todas luces, limitado vocabulario. Por supuesto, también está eso, el magnate es orgullosamente inculto e iletrado, pero nadie le puede negar que es tremendamente persuasivo. En este sentido, O’Brian explica que, aunque puede fascinar en el cara a cara, al mismo tiempo es una persona muy indisciplinada en el aspecto emocional, intelectual o financiero. “Muéstrame a alguien sin ego y yo te mostraré a un perdedor”, es otro de los adagios trumpianos, el que mejor sintetiza su forma de pensar y de vivir. ¿Será este el epitafio que exhiba su lápida? ¿Irá el azaroso y arduo ejercicio de la presidencia, con sus vaivenes en el tema de popularidad, en detrimento de su salud mental?
Hombres horribles son aquellos que crean la ilusión en el prójimo de que unos solo pueden ser ganadores en la medida de que otros pierden. “Que los pocos más listos y fuertes pisen y se encaramen sobre los muchos tontos y débiles”, es su canallesca consigna. Políticos deleznables son quienes que se venden como “hombres fuertes” mediante la promoción del odio, el miedo y la ira. Ese es precisamente el caso de este egocéntrico por antonomasia, quien además es adicto al culto a la personalidad y es un implacable despreciador. Desprecia a su propio partido, a los políticos profesionales, a los medios y al mundo entero. Desprecia a sus propios seguidores, sus preciosos “deplorables”, como los calificó alguna vez —torpemente— Hillary Clinton.
Cuando el liderazgo se convierte en espectáculo y el poder en afirmación personal, las instituciones internacionales pierden estabilidad.
Un narcisista de las dimensiones de Trump desprecia a fondo a admiradores que definen exactamente lo que él siempre ha rechazado. Esos pobres diablos blancos, miembros de la clase trabajadora, los que lo llevaron a conquistar la Casa Blanca, son desde la perspectiva de este monstruo depredador y materialista, paradigmas de losers. Se trata de los rednecks, la white trash, individuos que no serían aceptados en alguno de los clubes de Trump ni para barrer el piso.
Profundo narcisista que se preocupa siempre y exclusivamente por sí mismo, el magnate vive del desprecio a las y los demás, y de la idolatría a su persona. Trump representa al tipo listo, exitoso y carismático, y eso le da una connotación de culto a la personalidad que se afana en legitimar de alguna forma todos sus dislates, su falta de respeto por el juego limpio y esa innoble creencia de que lo más importante es ganar a toda costa. Todo esto lleva a una especie de nihilismo.
Ya decía Antonin Artaud que todo tirano o aspirante a serlo es, a final de cuentas, un anarquista coronado. Los narcisos extremos —como el Donald— solo creen en ellos mismos y nada más. No creen en la sociedad, no creen en las instituciones, no creen en las ideologías, no creen en la racionalidad, no creen en la gente. Solo Yo. Por eso a Trump le atrae tanto la personalidad de ideas de Steve Bannon, oficiante de una oscura y torcida teoría cíclica, nihilista, de la historia, puro simplismo conceptual que, entre otras vesanias, advierte la inminencia para Estados Unidos de una hecatombe.
Trump es una figura única en la historia presidencial estadounidense. Ningún otro presidente de posguerra creyó las cosas radicales que él cree. Es único cognitivamente y en cómo procesa la información. Ningún otro presidente, ni siquiera Richard Nixon, era tan sensible o inseguro. Y es único intelectualmente. Ningún presidente ha sido tan ignorante. Esto es relevante porque la de Trump es una de las presidencias más personalizadas en la historia de ese país. La idea de que Estados Unidos y el mundo pueden salir adelante los próximos tres años se basa en la suposición de que la identidad del presidente no importe. Quizá el sistema sea más fuerte que el hombre, pero el problema es que Trump no quiere ser normalizado. En su primera presidencia se rodeó de algunos colaboradores con más conocimiento y experiencia. Eran los famosos “adultos en la sala” que muchas veces lograron contenerlo, pero ya no. Ahora solo tiene a sus “yesmen” y está decidido a trastocar los asuntos mundiales a su antojo.
Pero, paradójicamente, la fortaleza de Estados Unidos siempre ha radicado en su previsibilidad. Las características definitorias de Trump son una indecisión nacida de la ignorancia y la incapacidad para aprender rápido y una debilidad nacida de la inseguridad. Como el káiser Guillermo II —con quien muchos lo comparan—, es propenso a tomar decisiones impulsivas, y como Napoleón III, es fácilmente manipulable por potencias extranjeras que saben qué botones pulsar.
La previsibilidad —clave del orden global de posguerra— cede ante decisiones impulsivas y alianzas volátiles.
Durante más de 70 años, Estados Unidos ha liderado un orden internacional organizado en torno a alianzas, una economía global abierta y el multilateralismo. Este orden imperfecto tuvo su buena dosis de errores, problemas y crisis, pero también produjo el periodo más largo de paz entre grandes potencias y una relativa prosperidad. Hoy en día, todo ello pende de un hilo. La influencia de la megalomanía y el estilo de liderazgo personalista ha sido determinante en la actual crisis del orden internacional, caracterizado por la erosión de las normas multilaterales, la ruptura de alianzas tradicionales y el retorno a una política de “esferas de influencia” similar al siglo XIX.
Es esta debilidad intrínseca la que crea nuevas oportunidades para Xi Jinping y Vladimir Putin, ambos también notables —aunque algo más templados— megalómanos. Estos líderes, aunque con contextos distintos, han actuado como agentes de disrupción, priorizando sus intereses nacionales a corto plazo (a menudo centrados en su propia imagen de fuerza) sobre la estabilidad global.
Esta mentalidad ha afectado el orden internacional al precipitar la ruptura del orden basado en reglas. Trump ha descrito el orden internacional de posguerra como una “abstracción de castillo de nubes”, y lo desafía utilizando el poder económico —aranceles— y militar de forma unilateral sin restricciones. Esto ha debilitado instituciones como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), reduciendo su eficacia. También, en el retorno a las esferas de influencia, se observa una convergencia donde líderes revisionistas buscan restaurar una influencia imperial, mientras Estados Unidos se retira de su papel histórico de garante de la seguridad global, dejando vacíos que son llenados por rivales. En este sentido la guerra en Ucrania es vista como el resultado de la megalomanía de Putin, quien pretende reescribir la historia y restaurar el estatus de Rusia como superpotencia.
Trágica resulta, asimismo, la fragmentación del bloque occidental. Trump ha cuestionado la relevancia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y ha tratado a los aliados como competidores comerciales, generando inestabilidad en la seguridad colectiva occidental. Las instituciones globales son cada vez más incapaces de frenar acciones unilaterales, lo que genera desconfianza en su eficacia. La multipolaridad conflictiva y la ambición personal de estos líderes contribuye a un mundo dividido en esferas de influencia, con menos democracia, más confrontación y un nacionalismo iliberal promotor de un estilo de liderazgo del “hombre fuerte”. Se acelera así el colapso de la arquitectura de seguridad colectiva, provocando una nueva era de competencia entre grandes potencias.
La megalomanía de líderes como Donald Trump y Vladimir Putin, por tanto, es vista por internacionalistas como un factor central en la crisis actual del orden mundial. No solo refleja ambiciones personales, sino que acelera la transición hacia un mundo más volátil, con menos cooperación y más confrontación. Los liderazgos de estos bismarcks de pacotilla se caracterizan por decisiones abruptas y un enfoque de geopolítica brutal. Esto se traduce en un mayor riesgo de conflictos regionales y en la erosión de acuerdos multilaterales.
El debilitamiento del multilateralismo abre paso a un mundo donde la fuerza compite con el derecho como principio ordenador.
Con Trump, Estados Unidos atraviesa una creciente perturbación política interna que repercute en el exterior: cuestiona instituciones internacionales, debilita alianzas tradicionales y promueve un orden basado en intereses inmediatos más que en normas compartidas. La Unión Europea aparece desubicada en este nuevo orden, mientras potencias como China o países del Golfo aprovechan el vacío para ganar influencia. Esto multiplica la competencia geopolítica y la incertidumbre sobre el equilibrio de poder. Hacia esto se dirige la narrativa de Trump que busca redefinir conceptos como Latinoamérica bajo la idea de un hemisferio occidental, lo que refleja un intento de reorganizar las relaciones regionales en términos más alineados con su visión.
La prevalencia del derecho del más fuerte en el orden internacional puede conducir a escenarios bastante problemáticos para la humanidad. Históricamente, cuando las relaciones entre Estados se rigen por la fuerza en lugar de por normas compartidas, los resultados tienden a ser inestabilidad, conflictos prolongados y desigualdad global. Si la fuerza sustituye a las reglas, instituciones como la ONU o los tribunales internacionales pierden legitimidad y eficacia. Los estados más poderosos podrían imponer sus intereses sin mediación, lo que incrementa la probabilidad de guerras preventivas o expansivas. Los países más débiles quedarían marginados, sin capacidad de defender sus recursos ni de participar en la toma de decisiones globales. La imposición por la fuerza suele traer desplazamientos masivos, violaciones de derechos humanos y deterioro de las condiciones de vida. Problemas que requieren colaboración —como el cambio climático, pandemias o la regulación tecnológica— quedarían subordinados a rivalidades de poder.
El “derecho del más fuerte” puede parecer una lógica natural en un sistema anárquico como el internacional, pero en la práctica conduce a un círculo vicioso: más militarización, menos confianza y un mundo donde la seguridad depende de la capacidad de intimidar. En contraste, los momentos de mayor progreso humano han coincidido con intentos de establecer reglas comunes y mecanismos de cooperación. Podemos verlo como una bifurcación: o se refuerza un orden basado en normas y acuerdos o se acepta un orden basado en la fuerza, con el riesgo de que la humanidad viva en constante tensión y vulnerabilidad.
La trampa de Tucídides es un concepto de las relaciones internacionales que describe el riesgo de guerra cuando una potencia emergente desafía a una potencia establecida. El politólogo estadounidense Graham Allison popularizó el concepto en 2015 y lo aplicó al análisis de la relación entre Estados Unidos y China. Allison estudió 16 casos históricos en los que una potencia emergente rivalizó con una dominante: en 13 de ellos hubo guerra y en tres esta se logró evitar mediante ajustes dolorosos en las políticas de ambos lados. Lección histórica: los casos en que se evitó la guerra muestran que se requieren concesiones significativas y cambios en la percepción de amenaza. La trampa de Tucídides advierte que cuando el poder mundial cambia de manos, el miedo y la desconfianza pueden empujar a los Estados hacia el conflicto, a menos que ambos encuentren formas de adaptarse.
Durante la Guerra Fría, aunque hubo tensiones extremas, el conflicto directo se evitó gracias a mecanismos de disuasión nuclear y acuerdos diplomáticos. La guerra no es inevitable, pero requiere concesiones dolorosas y mecanismos de confianza para evitarla. Solo la diplomacia, los tratados y la aceptación de límites pueden frenar la espiral de miedo y rivalidad. En cambio, cuando las potencias se entregan a la lógica del más fuerte sin acepar reglas comunes, negociación y límites, el conflicto se vuelve mucho más probable. Con líderes megalómanos al frente de las grandes potencias, esta prudencia civilizada se ve muy lejana, y cercano el advenimiento del diluvio.


























