Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La descomposición del orden mundial y la crisis del Estado
Jacobo Dayán
El proyecto civilizatorio construido tras la Segunda Guerra Mundial —fundado en el derecho internacional, la dignidad humana y la responsabilidad compartida— atraviesa una ruptura que amenaza con vaciar de sentido al propio Estado contemporáneo.
“Estamos en plena ruptura, no en una transición”, es una de las varias afirmaciones realizadas por el primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos. Su discurso se ha convertido en emblemático para nuestro tiempo, no por revelar algo desconocido, sino por quién lo dice, dónde lo dice y en qué contexto. El orden mundial está roto o como varios lo hemos afirmado, el proyecto civilizatorio nacido de las cenizas de Auschwitz ha muerto.
La soberanía dejó de ser un escudo absoluto: implicaba responsabilidad hacia dentro y hacia fuera. Hoy esa premisa se desdibuja.
El proyecto civilizatorio se sustentó en cuatro valores a preservar: el derecho internacional como base de la relación de las naciones; el reconocimiento universal a la dignidad humana; la obligación de la comunidad internacional de prevenir y sancionar la violencia a gran escala y la redefinición de la soberanía para intentar contener la tiranía de los estados. Como garantes del proyecto y guardianes de los valores se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y su ecosistema de instituciones, un marco de derecho internacional, diversos órganos regionales, tribunales internacionales y, por último, cada Estado como corresponsable del proyecto.
El primero de los valores, la igualdad de las naciones grandes y pequeñas, así como el respeto al marco internacional, quedó plasmado en el Preámbulo de la Carta de Naciones Unidas de 1945.[1] Esto permitió que los Estados invirtieran en el desarrollo humano los recursos que por siglos se destinaron a la guerra y la defensa, ya que, con sus dolorosas excepciones, la fuerza dejó de ser el elemento regulador de las relaciones internacionales.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) colocó como principio rector el reconocimiento de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Lo que parece una obviedad —no lo era entonces y, al parecer, en el mundo de hoy, tampoco— se convirtió en una hoja de ruta internacional y, de manera muy diferenciada, en cada estado.
Los juicios de Núremberg (1945-1946), junto con la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio (1948), crearon un nuevo paradigma para prevenir, contener y juzgar la gran violencia que atenta contra la esencia humana y que pone en riesgo la paz, así como la seguridad internacionales.
La desigualdad global y la violencia sistemática erosionan los pilares éticos del orden internacional.
la soberanía implica una doble responsabilidad: externamente, respetar la soberanía de otros estados, e internamente, respetar la dignidad y los derechos básicos de todas las personas dentro del estado. En los pactos internacionales de derechos humanos, en la práctica de la ONU y en la práctica misma de los estados, ahora se entiende que la soberanía abarca esta doble responsabilidad. La soberanía como responsabilidad se ha convertido en el contenido mínimo de una buena ciudadanía internacional.
La esperanza que se generó en el mundo al final de la Guerra Fría duró poco tiempo. Los pilares del proyecto civilizatorio solo podrían sostenerse si contaban con el compromiso y la participación decidida de los Estados, principalmente de los más poderosos.
Sin embargo, el modelo económico global fue abriendo aceleradamente la brecha de la desigualdad que junto con las violencias expulsaban cada vez a más y más personas buscando mejores condiciones de vida. Las migraciones fueron creciendo y generando presiones en los países desarrollados, al tiempo que el mundo digital contribuyó a la polarización de las sociedades y la posverdad alcanzó niveles alarmantes. Los Estados quedaban rebasados por problemas globales, las democracias perdían respaldo social frente a posturas nacionalistas y de mano dura. Probablemente el Brexit fue uno de los primeros signos del agotamiento del modelo y de sociedades que estaban dispuestas a sacrificar principios y futuro a cambio de una supuesta seguridad.
Sin compromiso efectivo de los Estados más poderosos, el derecho internacional se convierte en retórica sin capacidad de contención.
Las democracias fueron cediendo terreno ante populismos y neofascismos. Las urgencias del día de hoy requieren de acciones decididas que han sido postergadas ante la inoperancia de los Estados: el modelo económico que hiperconcentra recursos y que postra a gobiernos ante esos intereses económicos, la emergencia climática, la inteligencia artificial, la gran violencia y las migraciones.
La irrupción de liderazgos opuestos a los valores del proyecto civilizatorio va dejando en la irrelevancia casi absoluta a los tribunales internacionales y regionales, a las organizaciones multilaterales y al derecho internacional. Vemos aceleradamente la erosión democrática.
Lo palpable es una crisis del proyecto civilizatorio, del Estado, de las democracias, del derecho, del reconocimiento universal de la dignidad humana. Todo esto debe ser repensado, no regresaremos al mundo de los noventa. Ese mundo nos trajo a donde estamos.
En el fondo vivimos una crisis de la palabra, de la verdad y de la ética.
[2] Véase: Global Centre for the Responsability to Protect. La responsabilidad de proteger.


























