Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
¿Nuevo orden mundial? Hora de elegir: Occidente o barbarie
Esteban Román *
El fin del orden mundial basado en reglas no ha dado paso a un sistema alternativo estable, sino a un mundo más inseguro donde la fuerza compite nuevamente con el derecho como principio organizador.
Desde izquierdistas admiradores de la China comunista hasta derechistas convencidos de que Vladimir Putin es un paladín de la tradición cristiana, pasando incluso por quienes defendemos la democracia liberal, todos estamos de acuerdo en una cosa: el mundo ya cambió y el viejo orden se termina.
Ese viejo orden mundial que nació tras el final de la Segunda Guerra Mundial se conoce como el orden basado en reglas, es decir, la convicción de que leyes, reglas internacionales e instituciones como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o la Organización Mundial del Comercio (OMC) podían impedir que prevaleciera la ley de la selva, la supremacía del más fuerte. Y así fue que, por primera vez en la historia de la humanidad, el débil tuvo protección del fuerte por el simple hecho de tener una razón legal.
El mejor ejemplo fue la operación Tormenta del Desierto, en 1991, cuando Estados Unidos atacó a Irak, pero por una buena razón: Irak había invadido a su vecino más pequeño, Kuwait, sin provocación. El líder iraquí, Saddam Hussein, creía que nadie lo detendría.
Estados Unidos demostró en esa ocasión que no permitiría que el grande se tragara al pequeño únicamente porque podía. Fue a la guerra solo, después de pedirle permiso a la ONU, en una votación que China y Rusia hubieran podido vetar si hubieran querido, pero no lo hicieron. De esta manera, una coalición de 42 países detuvo a Saddam Hussein.
Pero ese mundo basado en reglas solo funcionó porque Estados Unidos estaba dispuesto a ser el policía de todos y porque nadie más podía fungir ese rol: la Unión Soviética estaba a punto de caer y solo Estados Unidos tenía —y tiene todavía— una Armada capaz de llegar a cualquier parte del mundo, así como la capacidad de imponer sanciones económicas dado el papel central de su moneda, el dólar, y de su sistema financiero, por medio del cual pasa la mayor parte del comercio y el intercambio de valores entre países.
Estados Unidos ya no quiere ser el garante del orden global que ayudó a construir.
Ese mundo, sin embargo, está dejando de existir, principalmente porque Estados Unidos ya no quiere fungir ese papel. Ya no quiere ser el policía del mundo. “¿Qué hemos ganado?”, se preguntan las y los estadounidenses. Y tienen razón en preguntárselo. Tenía sentido mantener ese viejo orden mundial como estrategia de contención frente al comunismo. Esa fue la razón por la que nació el sistema financiero internacional estadounidense y las reglas del comercio global tras la Conferencia de Bretton Woods: Estados Unidos prestó su moneda, abrió su mercado y protegió con su Armada el libre flujo de mercancías.
No obstante, cuando cayó el bloque comunista, las fábricas salieron hacia México y luego hacia China. ¿A cambio de qué? Productos más baratos para las y los estadounidenses, sí, pero a costa de una base industrial reducida y la desaparición de empleos de manufactura que habían mantenido a la clase trabajadora estadounidense durante décadas. Por eso Joe Biden no quitó los aranceles que Donald Trump impuso en su primera presidencia: porque ninguno de los dos partidos dominantes de Estados Unidos defiende ya la globalización.
Marco Rubio, el secretario de Estado de Estados Unidos, se lo dijo muy claramente a los líderes europeos reunidos en la Conferencia de Seguridad de Múnich:
Abrazamos una visión dogmática del libre comercio sin restricciones, incluso mientras algunas naciones protegían sus economías y subsidiaban a sus empresas para socavar sistemáticamente a las nuestras: cerrando nuestras plantas, provocando la desindustrialización de amplias zonas de nuestras sociedades, trasladando millones de empleos de las clases trabajadora y media al extranjero y cediendo el control de nuestras cadenas de suministro críticas tanto a adversarios como a competidores.
No lo dijo, pero era obvio que se refería a China y al control monopólico que ese país ha ejercido sobre los minerales raros para usarlos como herramienta de extorsión contra Europa y Estados Unidos, una situación que se generó por la ingenua creencia, durante más de 30 años, de que los países autoritarios jugarían bajo las mismas reglas de competencia económica que las democracias liberales de Occidente.
Y no solo fueron los agravios económicos los que cansaron a Estados Unidos. La guerra contra el terrorismo —en nombre de la democracia y la libertad— tampoco trajo beneficios tangibles a las y los estadounidenses. Siete mil soldados muertos y más de cinco billones de dólares después, ni siquiera lograron mantener a los talibanes fuera de Afganistán. Por eso Trump dice explícitamente que la intervención armada en Venezuela no es para restaurar la democracia en ese país, sino para quedarse con su petróleo, porque ese es un mejor discurso de venta hacia su base electoral, que quiere saber cuál es el beneficio real, palpable, de meterse en otro país. Ya no les basta el argumento de que es para restaurar la democracia en un lugar que ni siquiera pueden ubicar en el mapa.
Estados Unidos se cansó de ser el policía del mundo, pero el viejo orden mundial no cambia solo por los errores y fastidios de la primera potencia global. Fueron todos los líderes occidentales tras la caída de la Unión Soviética, en Europa y en Estados Unidos, quienes creyeron, ingenuamente, que con la expansión del capitalismo llegaría automáticamente una paz mundial duradera, en la que países como China y Rusia no buscarían invadir a sus vecinos porque estarían más interesados en mantener intacta su reciente integración al mercado internacional.
La muy celebrada excanciller alemana Angela Merkel, quien se mantuvo 16 años en el cargo, es el mejor ejemplo de esa ingenuidad: se dejó engañar por Vladimir Putin al permitir la instalación de Nord Stream 2, un gasoducto que conectaba a Rusia con Alemania, apenas meses después de que Rusia había invadido Ucrania por primera vez, en 2014. Luego, Merkel apagó las plantas de energía nuclear de Alemania, con lo cual dejó al país europeo totalmente dependiente del gas ruso. Demasiado tarde se dieron cuenta del error, cuando Rusia lanzó en 2022 su invasión total de Ucrania.
Es, por cierto, la guerra en Ucrania lo que marcó el antes y el después de este orden mundial basado en reglas. Por décadas, las democracias occidentales se engañaron al creer que el diálogo y la integración comercial servirían para apaciguar los apetitos imperiales de Rusia y de China. Obviamente no funcionó: mientras Europa invertía cada vez menos dinero en sus ejércitos y destinaba esos recursos a un Estado de bienestar —que ahora el canciller Friedrich Merz admite que es insostenible—, Rusia ahorraba el dinero que le daba el comercio con Alemania y otros países europeos para poder resistir las sanciones que —ya preveía— serían usadas en su contra por invadir Ucrania. Mientras tanto, China incrementó exponencialmente el tamaño de sus fuerzas armadas hasta conseguir al día de hoy tener más buques militares que Estados Unidos y, además, acumular alrededor de 600 ojivas nucleares; su meta es llegar a mil en el año 2030.
Por eso tiene razón Robert Lighthizer, el primer secretario de Comercio de Donald Trump durante la primera administración del presidente, cuando dice que es absurdo que Estados Unidos pague, con la compra de productos chinos, las cuentas de un país hostil que tiene el objetivo de desplazar a Estados Unidos como poder dominante.
Por todas estas razones es que el viejo orden mundial —contrario a lo que promueven los aplaudidores de las dictaduras antioccidentales— no está terminando como consecuencia del ascenso de otros países que ahora desplazan a Estados Unidos y a Europa. No es resultado del éxito de un nuevo orden supuestamente multipolar en el que los BRICS (grupo de países del llamado sur global) ahora llenan un vacío de poder derivado del colapso occidental. Más bien, nos encontramos en un mundo en el que ya no hay policía, ya no hay líder interesado en mantener las reglas del pasado.
La ausencia de un “policía del mundo” acelera la carrera armamentista y la desconfianza.
En ese sentido, Donald Trump no es un accidente de la historia; es la consecuencia natural de unos Estados Unidos cansados de mantener el orden y la prosperidad de los demás. Esta nación fundó el orden mundial basado en reglas porque le convenía en el contexto de la Guerra Fría. Pero esa realidad ya cambió. Y es ahora el propio Estados Unidos el que está terminando con ese orden, con decisiones como imponer aranceles a los países aliados, querer apoderarse de Groenlandia o aceptar que Ucrania, país invadido por Rusia, tenga que entregar parte de su territorio a cambio de parar esa invasión. Pragmatismo con beneficio de corto plazo que sacrifica el beneficio de largo plazo, que representa la confianza en que las reglas siempre se respetan, sin importar quien esté en la presidencia de Estados Unidos.
Hasta hace muy poco, los países europeos creían que pertenecer a la OTAN era garantía de seguridad. Ya no más. Hasta hace muy poco, países como Japón y Corea del Sur creían que la presencia de bases militares estadounidenses los protegía de China. Ya no más. Trump no solo obedece un mandato de su base aislacionista, sino que parece beneficiar a Estados Unidos en el corto plazo al obligar a esos países a dejar de depender de su poderoso aliado e invertir por sí mismos en defensa.
Es, sin embargo, un espejismo. Con las decisiones de Trump Estados Unidos pierde un activo que le tomó décadas construir: confianza. Nadie se siente seguro ya de que este país respetará acuerdos comerciales o pactos de seguridad y, por lo tanto, buscan la manera de defenderse a sí mismos, tanto económica como militarmente. La consecuencia es una carrera armamentista global que corre el riesgo incluso de volverse también una carrera nuclear.
Países como Japón, Corea del Sur, Finlandia, Alemania y Polonia no creían necesario buscar armas nucleares. ¿Para qué, si Estados Unidos los mantenía resguardados bajo su sombrilla nuclear? Eso tampoco es confiable ya. Por eso políticas y políticos en todos esos países hablan ahora abiertamente sobre la posibilidad de hacerse de sus propias ojivas nucleares.
¿Qué hacer ante este mundo cada vez más inseguro, en el que ya no hay policía y en el que parece regresar la ley de la selva, la ley del más fuerte?
Algunos creen que se debe restaurar ese viejo orden, volver al sistema basado en reglas. Ojalá fuera tan simple. Sin embargo, no es un escenario viable, porque las razones fundamentales por las que ese viejo orden fracasó siguen presentes. Principalmente, el abuso de las y los recién llegados en este siglo a la fiesta global: los actores autoritarios que fingen seguir las reglas solo para abusar de ellas; China en el ámbito comercial, Rusia en el ámbito de la seguridad nacional.
El error fundamental del orden basado en reglas fue creer que podía aplicarse igual a todos, sin importar si sus beneficiarios eran democracias liberales o dictaduras brutales con viejos agravios históricos (colapso soviético, en el caso ruso, y el periodo conocido como el siglo de la humillación, en el caso chino).
Si Occidente revierte el curso y retoma el orden global basado en reglas y la globalización, China seguirá usando el sistema para engañar; seguirá reduciendo artificialmente los precios de sus productos con el deliberado objetivo de sacar a sus competidores de otros países del negocio. No está dispuesta, hasta la fecha, a dejar de monopolizar la producción de metales raros, por ejemplo. Rusia, por su parte, usará el dinero de las y los europeos a cambio de su petróleo para financiar operaciones encubiertas en contra de esas democracias. Sucedió antes de la guerra en Ucrania, ¿por qué cambiarían ahora?
En cualquier caso, no veo la restauración del orden mundial basado en reglas como un escenario posible en lo que resta de este siglo, porque la población estadounidense no quiere regresar a ese mundo. ¿Cuál es ahora el nuevo orden mundial que reemplaza al viejo? Como bien dijo el primer ministro de Canadá en su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos: todavía no lo sabemos, pero, como él lo dijo también, al igual que Marco Rubio en Múnich, Europa y Estados Unidos tienen todavía valores compartidos alrededor de los cuales podrían mantener viva cierta cohesión. La OTAN, por ejemplo, es la alianza militar más exitosa de la historia porque se basa precisamente en valores compartidos y en confianza mutua.
Occidente todavía tiene la ventaja. Los aplaudidores de China y Rusia dicen que estamos o vamos en camino, hacia un “mundo multipolar”, pero este no existe, porque no hay polos ideológicos o económicos que atraigan a bloques de países hacia un modelo económico o de seguridad global diferente al existente. Y la mejor prueba de ello es el fracaso de los BRICS, un grupo que, se supone, ofrecería esa promesa de un nuevo orden multipolar. No ha sucedido y no sucederá porque ni siquiera todos esos países juntos pueden ejercer el poder militar o el poder económico capaz de controlar las acciones de los países en otras regiones del planeta. No fueron capaces de defender a la teocracia en Irán; no fueron capaces de defender al dictador Nicolás Maduro en Venezuela; y no serán capaces de formar una moneda que sustituya al dólar. Eso es un hecho, y todas y todos los economistas que entienden las razones por las que el dólar domina el mercado de divisas saben también que es imposible que el yuan tome ese rol en lo que resta de este siglo.
La verdadera línea divisoria ya no es ideológica, sino entre democracias y dictaduras.
El mundo es más inseguro hoy, más violento, no porque el policía que vigilaba la obediencia de las reglas haya muerto, sino porque se cansó de ser policía. Pero se mantiene fuerte, ahora en busca de recibir un beneficio propio más allá de la sola observancia de las reglas que ella misma creó hace décadas. Los demás países tienen que decidir en dónde buscarán cobijo: en las democracias que, pese a todo, siguen siendo internamente gobernadas por leyes y por el voto de la gente, o en las dictaduras cuya protección solo depende del ánimo de un solo hombre a la cabeza de esos Estados autoritarios.
Donald Trump, pese a todo, no es igual a Xi Jinping en China ni a Vladimir Putin en Rusia. No por falta de impulsos autoritarios, sino porque las instituciones democráticas estadounidenses siguen vigentes. Esas son el tipo de distinciones que deberíamos hacer para entender el estado del mundo. Lo relevante no es si un gobierno es de derecha o de izquierda —conceptos irrelevantes frente a la gran separación que debemos hacer entre democracias y dictaduras—, sino cuán apegado está ese gobierno a los valores occidentales que son los únicos, hasta la fecha, que garantizan las libertades de las personas.
Esos valores son la racionalidad, es decir, tomar decisiones a partir de la lógica y la evidencia; la secularidad, es decir, separar la religión del Estado; y la democracia liberal, bajo la cual las y los gobernantes sirven a la ciudadanía y no al revés. Y con estos valores vienen acompañadas la libertad individual, la igualdad ante la ley, la separación de poderes dentro del Estado para que nadie pueda convertirse en tirana o tirano, así como el capitalismo de libre mercado para que las personas tengan su propio poder económico sin necesidad de depender del gobierno.
Es por eso que Japón es más occidental que Venezuela. Nueva Zelanda es más occidental que Nicaragua. India es más occidental que Rusia. Lo que importa no es su ubicación en el mapa ni la religión que profesa la mayoría ni el color de piel, sino los valores: el ethos que guía nuestras decisiones.
A la gente en nuestros países se le olvida esa diferencia. Da por garantizadas nuestras libertades y se deja a veces convencer por la propaganda financiada por países autoritarios que les dice que sus democracias no sirven. Para eso pagan y apoyan a populistas en la derecha y en la izquierda para confundirnos: las personas populistas de derecha quieren hacernos creer que la occidentalidad reside en la raza y en la religión, lo cual nos deja fuera a la mayoría del planeta; mientras que las y los populistas de izquierda quieren hacernos creer que la fortaleza de la civilización occidental reside en la multiculturalidad y la diversidad, lo cual diluye los valores occidentales.
El internet y las redes sociales han multiplicado estos mensajes incluso dentro de Europa y de Estados Unidos, y en el centro de la manipulación está la migración: a la derecha la confunden diciéndole que los valores occidentales son una idea globalista que promueve la migración; mientras que a los izquierdistas les dicen que la cultura occidental es imperialista y opresora y, por lo tanto, debe desaparecer.
La civilización occidental es la que nos trajo la explosión más grande de conocimiento científico e innovación tecnológica en la historia de la humanidad; es la civilización que creó el crecimiento económico compuesto, es decir, lo que hace que durante el último siglo y medio hayamos vivido mejor de lo que vivieron todos los seres humanos en el resto de la historia de la especie humana.
Así que no perdamos el tiempo discutiendo las bondades de la izquierda o de la derecha. Eso no es tan importante. Lo verdaderamente importante es defender la civilización que nos dio la libertad que disfrutamos hoy en día y que damos por garantizada, pero que no existía, en términos históricos, hasta hace relativamente muy poco tiempo. Debemos defenderla porque puede morir. Murió en Irán. Murió en Rusia. Murió en China. Y podría morir en América y en Europa.
Cuando escuchen hablar del nuevo orden mundial, desconfíen de la afirmación. El único orden mundial que todavía existe, aunque esté muy maltrecho, es el que Estados Unidos, Europa, Japón, Australia y, en menor medida, Latinoamérica todavía, en cierta medida, están dispuestos a mantener mientras sigan siendo democracias en las que se defienden los valores que nos hacen libres.
* Periodista y analista geopolítico.


























