Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
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¿Qué significa ser liberal en el siglo XXI?
Sergio López Ayllón
En un contexto marcado por la polarización y el descrédito institucional, el liberalismo ha sido reducido a caricatura, cuando en realidad plantea una exigente arquitectura ética y política basada en la libertad, el pluralismo y la rendición de cuentas.
En el mundo entero, en particular en América Latina, declararse liberal se ha vuelto una condición ignominiosa. En México, el (neo)liberal aparece en el discurso oficial como sinónimo de corrupto, privilegiado o traidor. En Argentina, se lo reduce a un programa económico de choque. En Brasil, es la etiqueta para nombrar a las élites. En Chile, una herencia ambigua de la transición. Con frecuencia, más que como una tradición intelectual compleja, el liberalismo se entiende como un periodo oscuro del que conviene salir —la larga noche del neoliberalismo— aunque no se sepa bien adónde.
El costo de esta simplificación no es retórico, sino institucional. Al sustituir argumentos por identidades, instala una polarización primaria —los buenos frente a los malos, el pueblo frente a los liberales— que desplaza la deliberación por la descalificación. Cuando la política adopta esa gramática, deja de regirse por reglas compartidas y el espacio se clausura.
Ser liberal no equivale a defender mercados sin Estado ni a renunciar a convicciones morales.
El reconocido jurista y profesor universitario Cass Sunstein (2025) publicó recientemente una reflexión provocadora y penetrante sobre el liberalismo. Parte de una idea central: el liberalismo sigue siendo reconocible por su núcleo. Para él, los liberales valoran dos cosas por encima de todo: libertad y pluralismo. La libertad entendida como agencia. Es decir, como la posibilidad de que cada persona trace su propio camino, lo rectifique o lo abandone si es necesario. Cada persona debe ser la autora de la narrativa de su vida y debe, además, ser capaz de vivirla sin miedo.
El pluralismo es la consecuencia natural de ese compromiso. Si tomamos en serio la libertad, debemos aceptar que las personas elegirán caminos distintos. Y eso no es un accidente. Es la consecuencia deseable que nos permite aprender de las y los demás.
Dicho así, el argumento permite distinguir el liberalismo de dos caricaturas persistentes. La primera es que no equivale a mercado sin Estado, aunque algunos liberales hayan defendido esa versión. La segunda es que no implica un relativismo moral. El liberal no renuncia a sus convicciones y valores. A lo que renuncia es a imponerlos a otros por la fuerza.
Sunstein recuerda que el liberalismo es una arquitectura institucional sostenida en seis pilares: libertad, derechos humanos, pluralismo, seguridad, Estado de derecho y democracia deliberativa. Esta última —quizá la más olvidada— implica algo muy concreto: dar razones y rendir cuentas. Gobernar no es solo decidir. Es explicar por qué se decide.
Una tradición amplia, no un catecismo
John Rawls (2009) ayuda a situar el liberalismo en perspectiva histórica.[1]* Queda claro que no hay un significado único y que tiene múltiples formas y elementos. Así, no hay una sola versión, sino liberalismos distintos, con acentos diversos, incluso con tensiones internas. Su historia está marcada por aprendizajes institucionales profundos: la tolerancia tras las guerras de religión, la limitación del poder mediante constituciones, la ampliación del sufragio y la incorporación democrática de quienes estaban excluidos.
Rawls añade una advertencia que conviene no olvidar: las democracias liberales reales están lejos de cumplir sus propias promesas. No heredamos un paraíso perdido, sino una larga tarea por hacer.
Este recordatorio es útil porque los populismos —de izquierda o derecha— suelen identificar liberalismo con un periodo concreto, una élite específica o una política económica determinada. Pero si volvemos al núcleo libertad-agencia + pluralismo, la pregunta cambia de tono y se vuelve más incómoda: ¿estamos ampliando la capacidad de las personas para decidir su propia vida o la estamos restringiendo? ¿Estamos gestionando el desacuerdo o lo estamos convirtiendo en mecanismo de exclusión?
Desde Mill, el liberalismo ha defendido lo que Sunstein llama experimentos de vida (experiments of living). Si la sociedad es plural, la política no puede imponer un solo guion. Debe permitir ensayo, error, aprendizaje, corrección. El pluralismo no solo es tolerancia. Es, sobre todo, la convicción de que la diversidad aumenta nuestras posibilidades de aprendizaje mutuo.
Esto puede sonar abstracto, pero tiene hoy una traducción inmediata. Cuando un gobierno decide que la crítica es traición; cuando una mayoría define que ciertas identidades o estilos de vida ponen en riesgo la identidad nacional; cuando se usa la ley para imponer una cierta cosmovisión (ideológica, cultural, histórica o religiosa) a toda la ciudadanía, se diluye y destruye ese pluralismo. Lo sustituye una sola vida legítima que el Estado respalda y sanciona. Sunstein ofrece una metáfora poderosa: la unificación obligatoria de la opinión produce la unanimidad del cementerio.
La libertad entendida como agencia y el pluralismo como consecuencia son el núcleo del liberalismo contemporáneo.
La legitimidad y el deber de dar razones
El planteamiento liberal de Rawls (2019) está marcado por una exigencia de inicio: el liberalismo no solo protege espacios privados sino que establece una regla de legitimidad para el poder público. Un régimen solo es legítimo si sus instituciones pueden justificarse ante todas y todos los ciudadanos, todos y cada uno, apelando a la razón.
Resulta difícil exagerar lo que esta idea conlleva para nuestras realidades políticas. La política populista suele evitar la justificación pública. En lugar de razones, ofrece verdades irrebatibles, en vez de argumentos, denuncias. Si el adversario es moralmente ilegítimo, no merece respuesta. Y así se cancela la deliberación pública.
El liberalismo va en contra de esa lógica. Exige explicar el poder bajo condiciones de desacuerdo. No es moderación tibia, sino una disciplina institucional, pues gobernar implica persuadir.
Sunstein, desde otro ángulo, converge, pues cuando habla de democracia deliberativa, la define como razón pública (reason-giving) y rendición de cuentas. Esa combinación es crucial, pues sin rendición de cuentas, la deliberación puede volverse teatro.
El Estado de derecho y sus límites
El Estado de derecho suele invocarse como magia que resuelve todo. Sunstein advierte que es una idea central, pero limitada. Y que puede esconder trampas peligrosas. Así, un régimen puede legislar para censurar, perseguir o excluir siguiendo procedimientos sin fallas. Por otro lado, y en otros momentos, puede despreciar a la legalidad como un estorbo del que se puede prescindir.
Se olvida que el Estado de derecho es un conjunto de garantías para limitar la arbitrariedad, encauzar al poder y favorecer la agencia de las y los ciudadanos. No asegura por sí mismo justicia social, pero sin él, esa justicia se vuelve discrecional.
Lo mismo ocurre con la libertad de expresión. El liberal protege incluso el discurso que no comparte o que es falso. No porque celebre la mentira, sino porque otorgar a alguien el poder de decidir qué puede decirse, suele ser más peligroso que el error que se pretende evitar. En tiempos de sobreinformación y noticias falsas, la tentación de censurar para proteger a la democracia es grande. El problema es que el órgano creado para protegerla puede terminar silenciando la crítica.
Mercados, igualdad y dignidad
Otra confusión habitual identifica liberalismo con defensa incondicional del mercado. La tradición liberal es mucho más amplia y bajo su sombra pueden caber desde Roosevelt hasta Reagan. Ambos comparten la centralidad de la libertad individual, pero discrepan radicalmente sobre cómo asegurarla. Reagan, inspirado en Hayek, creía que cualquier intervención estatal genera servidumbre. Rooselvet, por su parte y traducido en términos rawlsianos, consideraba que la pobreza es una forma de servidumbre y que el Estado tenía que intervenir para eliminarla y ofrecer libertad a todos.
Sunstein toma en serio la tradición de derechos sociales y económicos y la ubica dentro del liberalismo. Admite diversos tipos de intervención, desde los empujones (nudges) —que preservan la libertad de elección— hasta una intervención más robusta del Estado cuando los daños al bienestar general son más significativos.
Rawls refuerza esa intuición con una formulación precisa sobre el contenido de una concepción liberal de justicia: (1) una lista de libertades básicas iguales para todos; (2) prioridad de esas libertades, que no pueden sacrificarse por mayor bienestar social o valores perfeccionistas; y (3) garantía de medios materiales adecuados y versátiles para que las personas puedan usar sus libertades (bienes primarios como renta, riqueza, y también educación y sanidad). E incorpora un punto que, aun siendo controvertido, delimita el núcleo del liberalismo: concepciones llamadas liberales que no reconocen esa tercera garantía son, en sentido estricto, libertarianas, no liberales. Sin ese piso material, la agencia se convierte en retórica del privilegio.
En el contexto latinoamericano, esta distinción tiene relevancia estructural. El antipopulismo suele caer en una defensa estrecha del mercado. El antiprivatismo, en un desprecio por las libertades básicas. El liberalismo, bien entendido, obliga a sostener ambas exigencias: libertad y justicia mínima. Puede haber un liberalismo con derechos sociales robustos. En ese sentido, la tradición liberal no se agota en la defensa del mercado; se define, sobre todo, por la garantía simultánea de libertad y protección básica.
Gobernar democráticamente implica justificar el poder ante todas y todos, incluso —y sobre todo— en condiciones de desacuerdo.
Cuatro escenas latinoamericanas
La realidad política latinoamericana se declara antiliberal, cuando algunos de los remedios para nuestros males están justamente en el liberalismo. Algunos ejemplos ayudan a entender el punto.
México muestra la tentación plebiscitaria: elecciones como fuente exclusiva de legitimidad y sospecha sistemática hacia contrapesos. Pero la legitimidad liberal exige algo más que victoria electoral: exige justificación ante todos, incluidos quienes disienten.
Argentina revela el riesgo de reducir la discusión al plano económico. Ninguna macroeconomía sustituye la pregunta liberal fundamental: quién decide, con qué límites y bajo qué razones públicas.
Brasil evidencia cómo la polarización identitaria estrecha el espacio de razones y ensancha el de lealtades. El liberalismo introduce un recordatorio elemental: el adversario puede gobernar mañana; por eso conviene que hoy existan límites.
Chile muestra la tensión entre deseo de refundación y necesidad de acuerdos justificables bajo pluralismo profundo. El liberalismo no promete unanimidad; ofrece reglas de convivencia bajo desacuerdo.
Reafirmar valores liberales
Sunstein observa que, más que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo está bajo asedio. Más que nunca lo necesitamos. En el fondo, el liberalismo es una ética pública y una forma de autocontención. La difícil decisión de vivir con desacuerdo sin convertirlo en motivo de exterminio simbólico. Su apuesta es austera, pero poderosa: que el poder se someta a razones, que la mayoría no se confunda con la verdad, que la identidad no sustituya a la justificación, que la libertad no sea un privilegio.
Reafirmar hoy valores liberales no es un gesto nostálgico. Es una toma de posición frente al discurso gubernamental que llama enemigo al disidente y que busca reducir la pluralidad a una desviación que debe corregirse. Es también una exigencia personal: aceptar que la dignidad del otro no depende de que piense como yo, y que mi causa —por justa que se crea— no me autoriza a clausurar su voz.
En sociedades donde impera el desencanto, la desigualdad y el miedo, el liberalismo solo será creíble si se atreve a sostener sus dos promesas a la vez: proteger la agencia y tomarse en serio el pluralismo, pero también construir condiciones materiales para que esa agencia sea real y no un privilegio. No hay liberalismo sin libertad, pero tampoco sin un mínimo de justicia que vuelva practicable esa libertad.
[1] Las Lecciones sobre la historia de la filosofía política es una edición de las notas de clase de Filosofía Política Moderna que impartió John Rawls en la Universidad de Harvard hasta su jubilación en 1995 en donde, con extraordinaria lucidez, explora el pensamiento de algunos de los pensadores liberales.
Referencias
- Rawls, John. (2009), Lecciones sobre la historia de la filosofía política: Barcelona, Paidós.
- Rawls, John. (2019). El liberalismo político: Barcelona, Planeta.
- Sunstein, Cass. (2025). On Liberalism. In Defense of Freedom: Cambridge, MIT Press.


























