Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
voces
México ante la fractura del orden internacional
Entrevista con Martha Bárcena
La fractura del orden internacional obliga a México a repensar su política exterior en un entorno de multilateralismo erosionado, competencia geopolítica y una relación inevitablemente asimétrica con Estados Unidos.
En un número dedicado a la ruptura del orden mundial, la conversación con Martha Bárcena adquiere una densidad particular. Diplomática de carrera y exembajadora de México en Estados Unidos, su mirada parte de una convicción: el orden internacional que conocimos tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa una fase de erosión estructural, no simplemente un ajuste coyuntural.
La interdependencia redefine la soberanía: no la elimina, pero sí la condiciona.
En esta entrevista para El Diluvio, con Mauricio Merino y Jorge Javier Romero, Bárcena observa que el multilateralismo enfrenta una presión simultánea desde distintos frentes: el debilitamiento de consensos liberales, la competencia geopolítica entre grandes potencias y la creciente desconfianza ciudadana hacia las instituciones internacionales. No se trata únicamente de la llegada de personas líderes disruptivas, sino de un cambio más profundo en las correlaciones de poder.
El sistema basado en reglas, construido en torno a la Organización de las Naciones Unidas, Bretton Woods y una arquitectura jurídica internacional, funcionó durante décadas como marco relativamente estable. Hoy, ese marco muestra fisuras. La diplomacia tradicional, orientada al consenso gradual, se encuentra frente a actores que privilegian la negociación transaccional y el poder directo. En ese contexto, Estados Unidos desempeña un papel central.
Estados Unidos y la lógica transaccional
Bárcena describe una transformación en la forma en que Washington concibe su papel internacional. Durante décadas, la política exterior estadounidense combinó liderazgo normativo con interés estratégico. Hoy, en cambio, predomina una lógica más explícitamente instrumental.
La fase Trump, sostiene, no es solo una anomalía personalista, sino la expresión de una corriente más amplia dentro de la política estadounidense. La idea de que el multilateralismo limita la soberanía nacional ha ganado terreno.
La desigualdad se protege mediante informalidad y aislamiento.
En esta visión, los acuerdos internacionales dejan de ser compromisos compartidos para convertirse en contratos revisables. El énfasis ya no está en la estabilidad del sistema, sino en la obtención de ventajas inmediatas. Para países como México, esa mutación obliga a recalibrar estrategias.
México ante la asimetría estructural
La relación México–Estados Unidos siempre ha estado marcada por una asimetría estructural; sin embargo, Bárcena insiste en que la diplomacia mexicana ha sabido históricamente convertir esa asimetría en margen de maniobra. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) es un ejemplo de esa capacidad de adaptación. En medio de una retórica proteccionista y de amenazas de ruptura, México logró preservar un marco comercial que asegura estabilidad económica.
Pero la estabilidad no es equivalente a certidumbre permanente. La política estadounidense puede cambiar rápidamente, y México debe prepararse para escenarios de volatilidad. La clave, sugiere Bárcena, está en la profesionalización del servicio exterior, en la construcción de redes de interlocución y en la lectura cuidadosa de los equilibrios internos estadounidenses.
La polarización política en Estados Unidos ha reducido los espacios tradicionales de consenso bipartidista en política exterior. Temas que antes eran relativamente técnicos hoy se convierten en banderas ideológicas. Para una embajadora, esto implica navegar no solo con la Casa Blanca, sino con el Congreso, los gobiernos estatales, el sector privado y la sociedad civil. La diplomacia ya no es únicamente intergubernamental, es multinivel.
Bárcena subraya que la relación bilateral no se agota en el Ejecutivo federal. La interdependencia económica, la integración productiva y la densidad humana entre ambos países generan una red compleja de intereses compartidos. Esa red puede actuar como amortiguador frente a decisiones unilaterales.
La fortaleza interna del Estado es la base de cualquier influencia externa real.
Multilateralismo selectivo y competencia geopolítica
Más allá de la relación bilateral, el orden internacional enfrenta la competencia entre Estados Unidos y China, así como la reconfiguración del papel de Rusia y de potencias regionales. En este entorno, el multilateralismo no desaparece, pero se vuelve selectivo. Los países cooperan en ciertos ámbitos y compiten en otros. Las reglas se negocian caso por caso.
Para México, esta fragmentación implica diversificar alianzas sin perder de vista su inserción norteamericana. América Latina, Europa y Asia representan espacios de interlocución que pueden complementar, pero no sustituir, la relación con Washington. La política exterior debe ser pragmática sin renunciar a principios.
Uno de los dilemas centrales que Bárcena identifica es la tensión entre soberanía y dependencia. México es profundamente interdependiente con Estados Unidos en comercio, energía, migración y seguridad. La interdependencia no elimina la soberanía, pero la redefine. Las decisiones nacionales tienen impactos binacionales y viceversa. En este escenario, la diplomacia no consiste en afirmar autonomía retórica, sino en maximizar capacidades reales. La fortaleza interna —institucional, económica y jurídica— se convierte en condición de influencia externa.
El futuro del orden global
¿Estamos ante el colapso del orden liberal internacional? Bárcena evita dramatismos absolutos. Reconoce que el sistema atraviesa una fase de transición y que los equilibrios se están reconfigurando. El multilateralismo no desaparecerá porque responde a necesidades estructurales: comercio, medio ambiente, seguridad, regulación financiera. Pero su forma cambiará.
El liderazgo estadounidense será determinante, pero ya no será incuestionado. La pluralidad de actores y la competencia estratégica marcarán el nuevo entorno. Para México, el desafío consiste en actuar con realismo estratégico, fortalecer su institucionalidad y preservar espacios de diálogo.
En la ruptura del orden mundial, la diplomacia no puede limitarse a reaccionar. Debe anticipar, construir alianzas y sostener principios en medio de la volatilidad. La conversación con Martha Bárcena deja una idea clara: el orden internacional no se ha desvanecido, pero está en reconfiguración profunda. Y en esa transición, la calidad de la diplomacia será un factor decisivo.


























