Año 1, núm. 6, enero de 2026
ISSN 3122-3583
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El golpe del que nació el régimen posrevolucionario, en la mirada de Blasco Ibáñez
Jorge Javier Romero Vadillo
La violencia no fue un accidente del México posrevolucionario, sino su cimiento. En la lectura de Vicente Blasco Ibáñez, el régimen que emergió tras la caída de Carranza nació de un golpe armado y se consolidó bajo una lógica militar que nunca abandonó del todo el poder civil.
En El Diluvio hemos decidido leer El militarismo mejicano de Vicente Blasco Ibáñez como una serie de intervenciones políticas más que como un simple libro de época. Por ello, publicamos de manera independiente algunos de sus capítulos más significativos, acompañados de contexto y notas de lectura.
El capítulo III, “El ciudadano Obregón”,
El capítulo IV, “Más héroes de la revolución”,
El capítulo VII, “Los generales”
Cada uno funciona como una pieza autónoma, pero juntos revelan con nitidez la lógica del poder militar que dio forma al régimen posrevolucionario mexicano.
El régimen posrevolucionario mexicano no surge de un pacto democrático, sino de la continuidad del poder armado como forma de gobierno.
Vicente Blasco Ibáñez llegó a México en 1920 como escritor famoso y extranjero incómodo. En Europa lo leían como novelista popular con nervio, capaz de combinar paisajes de naranjales y guerras mundiales con una prosa veloz, a veces panfletaria, siempre comprometida. En Estados Unidos vendía miles de ejemplares. Había ganado el Nobel con una obra que mezclaba costumbrismo valenciano, anticlericalismo y exaltación liberal.
A pesar de eso, hoy su nombre sobrevive más en catálogos que en conversaciones. Pero si alguien quiere entender el fondo ideológico del militarismo mexicano —su continuidad, su cinismo, su aparato emocional—, este libro breve, publicado primero en diarios y luego en forma, es una pieza clave.
El militarismo mejicano no es una crónica neutral. Blasco escribe con furia, desde la desilusión y el asco. Viene a México a preparar una novela. Se topa con otra revolución. Presencia la caída de Carranza y el ascenso de Obregón. Lo que ve le resulta familiar: un país saqueado por “generales de pistola”, una población sin paz ni proyecto, una élite que reproduce la violencia como forma de gobierno. Blasco lo dice sin rodeos: no está con Carranza ni con Obregón; está con la población desarmada, contra todos los generales.
Blasco Ibáñez observa en 1920 un patrón estructural: generales que sustituyen proyectos políticos por control militar y alianzas coyunturales.
Esta lectura cobra hoy una relevancia brutal. El despliegue militar del siglo XXI prolonga una historia de continuidad, una pesada herencia que se remonta al origen de la república. Desde el siglo XIX, el Estado ha sostenido la ficción de que las armas traen orden. El Ejército, pese al mito construido durante el régimen del PRI, nunca se ha retirado plenamente ni de la política ni de funciones que corresponderían al Estado civil, a pesar de que hasta hace poco su intervención era abiertamente inconstitucional. Lo que Blasco Ibáñez denuncia en 1920 no fue una excepción trágica, sino un patrón estructural.
La obra aparece en uno de los momentos más decisivos del México posrevolucionario. Carranza ha caído. El ejército se fractura. Los caudillos se enfrentan como bandas armadas. Obregón se prepara para asumir el poder con alianzas clave entre campesinos zapatistas, pero, desde la mirada de Blasco, sin más objetivo que perpetuar el poder militar.
Desde su publicación, el libro incomodó. En México se le acusó de agente del imperialismo, de traidor, de provocador. Blasco se ríe. Dice que su única lealtad es con la verdad. Que nadie lo paga, salvo el público. Que si los periódicos de Nueva York lo contratan es porque sus lectoras y lectores quieren entender qué pasa en el sur. Que si denuncia a los caudillos mexicanos es porque los conoce. Que, si escupe contra la revolución es porque la vio convertirse en negocio.
La aparente subordinación del Ejército al poder civil fue, desde el inicio, más una narrativa legitimadora que una realidad efectiva.
El tiempo le da la razón. El siglo XX mexicano se construye sobre una paradoja: un régimen civil anclado en cimientos militares. La Constitución y la apariencia dicen una cosa; el mando real apunta hacia otra. El PRI no necesitó gobernar con uniforme. Le bastó tenerlo detrás. La cadena de mando operó en silencio, sin golpes de Estado ni cuartelazos. Bastó el equilibrio tácito: el presidente manda, el ejército cuida. Blasco Ibáñez retrata en 1920 un sistema armado de dominación que se fue afinando con el tiempo.
Casi un siglo después, Thomas Rath lo muestra con precisión en Myths of Demilitarization in Postrevolutionary Mexico, 1920-1960. La historiografía oficial insistió en que el régimen redujo el poder castrense, subordinó al ejército al poder civil y consolidó una república moderna. Rath desmonta esa narrativa con documentos, casos y cifras. Expone cómo la “desmilitarización” fue un mito funcional: útil para la legitimidad del Estado, falso en la práctica. El poder castrense no se disolvió; se adaptó a las condiciones de la posguerra mundial. La represión del 68, la guerra sucia, la expansión militar del narco: todo el proceso lleva la sombra del militarismo mexicano, embozado en manto civil. La democracia mexicana nació blindada.
Blasco Ibáñez lo anticipa con crudeza. Dice que la revolución mexicana mató a más civiles que dictadores, que la democracia es excusa para el saqueo armado, que mientras los generales reparten despensas y tiros, el país se muere sin saber qué fue de su república.
Como he escrito en otro texto, los militares nunca se fueron. En el siglo XXI han renegociado su lugar en el Estado: más recursos, más funciones, negocios propios, gestión de mercados clandestinos y control de buena parte de la obra pública. Lo que antes operaba en las sombras, hoy se formaliza con decretos y se normaliza con propaganda.
El texto anticipa una constante del siglo XX mexicano: un Estado civil sostenido sobre bases militares invisibilizadas.
A Blasco Ibáñez lo olvidaron los académicos y los críticos. Lo consideran menor. Demasiado político. Demasiado popular. Pero su prosa sigue siendo filosa. Este libro no es una obra maestra formal. Es un testimonio, una denuncia, un panfleto lúcido. Su fuerza está en la claridad. Su valor, en la valentía. No busca el matiz. Va directo a la herida.
Ningún autor de su época escribió con esa franqueza sobre el fracaso de la revolución mexicana. Ningún otro intelectual extranjero fue tan directo. Sus textos se leyeron en toda América. Se tradujeron. Se piratearon. Se comentaron con odio o con respeto, pero nunca se ignoraron.
Hoy, leerlo es recuperar una tradición literaria combativa. No de la izquierda partidista ni de la derecha moralista. Una tradición de intelectuales que sabían que escribir también es disparar. Que nombrar al militarismo es resistir al poder armado.





























