Año 1, núm. 6, enero de 2026
ISSN 3122-3583
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El ciudadano Obregón: el caudillo civil que nunca dejó de ser general
Redacción El Diluvio
Vicente Blasco Ibáñez retrata a Álvaro Obregón como una figura ambigua: un civil en el discurso, un militar en el ejercicio del poder. Su carisma, su astucia y su relación con la violencia revelan cómo el caudillismo armado se recicló como liderazgo político en el México posrevolucionario.
Este texto forma parte de una selección editorial de El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez, publicada originalmente en 1920. Para profundizar en su mirada crítica sobre el poder armado y el origen del régimen posrevolucionario, pueden consultarse también otros capítulos clave, tales como: el Capítulo IV. Más héroes de la revolución, una galería descarnada de generales convertidos en mito; y el Capítulo VII. Los generales, quizá el alegato más directo contra el militarismo como forma de gobierno. Cada uno de estos textos está disponible en los enlaces al final de este artículo. Al tratarse de una transcripción fidedigna, se han respetado la construcción gramatical y la sintaxis originales del autor, como parte del valor histórico y literario del texto.
Obregón encarna la transición del caudillo armado al gobernante civil sin romper nunca con la lógica militar del poder.
Capítulo III. El ciudadano Obregón
Conocí personalmente á Obregón dos días antes de que huyese de la capital de Méjico, declarándose en abierta rebeldía contra Carranza. Al llegar yo al país, este candidato andaba de propaganda electoral por lejanos Estados. Varios amigos míos que son partidarios entusiastas de él tenían empeño en que viese y escuchase á su ídolo.
—Así que vuelva Obregón, arreglaremos un almuerzo ó comida para que ustedes se conozcan.
Obregón, en realidad, no volvió. Lo hizo volver Carranza forzosamente, llamándolo á Méjico para procesarle por complicidad con los insurrectos que de antiguo estaban alzados en armas contra el gobierno.
Fué este un medio eficaz para cortar la propaganda de insultos y amenazas contra Carranza que venía haciendo Obregón por diversos Estados.
Su forzoso viaje á Méjico conmovió á la gente de la capital, excitando aún más su curiosidad.
—¿Qué va á ocurrir?… ¿Se atreverá «el viejo» á meter en la cárcel «al manco», anulándolo como candidato?… ¿Se lanzará éste á la revolución para no perder su libertad?…
Y cuando muchos se hacían estas preguntas ansiosamente, temiendo las consecuencias de un rompimiento definitivo entre el maestro Carranza y su antiguo discípulo, mis amigos obregonistas me anunciaron la entrevista con su héroe.
—El general le espera á almorzar mañana.
Yo había exigido que el almuerzo fuese en un lugar público, á la vista de todo el mundo, para evitar torcidas interpretaciones. De realizarse en la casa de un amigo, podría significar para muchos una predilección mía por Obregón, y yo no deseaba aparecer como carrancista ni como obregonista.
Mi deseo se vió realizado con creces. El almuerzo fué en el restaurant Bac, el establecimiento más céntrico de la capital, y no en cuarto aparte, sino en la sala común, comiendo en una mesa inmediata á la plataforma ocupada por los músicos.
Más publicidad y menos secreto en nuestra entrevista, eran imposibles. De todas las mesas cercanas podían escuchar lo que hablábamos. Y sin embargo, estas mesas estuvieron desiertas durante nuestro almuerzo.
Obregón era en aquellos momentos un personaje en desgracia, que podía levantarse y podía quedar también para siempre tendido en el suelo. Contaba con entusiastas amigos, pero tenía enfrente al viejo Carranza, tenaz en sus odios y de una energía indomable. Aún no había llegado la hora misteriosa en que la opinión sacude su inercia, yéndose de golpe á un lado ó á otro. Los tímidos se mantenían lejos; los hábiles calculaban aún, sin lograr salir de sus dudas.
El inquieto general era un valor enigmático. Con él se podía ir al ministerio ó al pelotón de fusilamiento. Era preciso esperar para ver claro. Y Obregón no podía contar más que con los amigos fieles de siempre, contemplándole todavía de lejos los que husmean la hora favorable y son los primeros en correr hacia el futuro vencedor, decidiendo su triunfo.
Al entrar en el restaurant lo reconocí sentado á una mesa con un amigo, al que explicaba las excelencias de cierto coctail de su invención.
No vaya á creer el lector por esto que Obregón es un alcohólico. Le tengo por hombre parco en la bebida. Durante el almuerzo, prefirió la cerveza al vino y muchas veces pidió agua. Pero como hombre que ha vivido á campo raso, sufriendo las inclemencias de la Naturaleza y sobrellevando malas noches, le gusta de tarde en tarde el trago aislado, con el único fin de tonificar sus fuerzas.
Igual error sería suponerlo un caudillo mejicano como los que hemos visto aparecer tantas veces en las películas cinematográficas y las revistas de music-hall: un personaje de color cobrizo y ojos oblicuos, con pelos duros y agudos como leznas; un indio vestido de general de opereta.
Obregón es blanco, puramente blanco, sin que se adivine en él una sola gota de sangre indígena. Es un español que podría pasearse por Madrid sin que nadie sospechase su procedencia del hemisferio americano.
—Mis abuelos eran de España —me dice—. Ignoro de qué provincia. Otros buscan con ahinco quiénes fueron sus ascendientes ó los inventan. Se suponen de origen noble, afirman descender de duques y marqueses. Yo sólo sé que los míos vinieron de España. Debieron ser pobres gentes empujadas á la emigración por el hambre.
El personaje empieza á diseñarse. Obregón es un hombre que procura asombrar al que le escucha: unas veces con explosiones de orgullo, otras con empequeñecimientos de una humildad inesperada. Lo que le importa es decir siempre lo que no esperen los demás.
Es todavía joven: no ha pasado de los cuarenta, y su complexión parece recia y sanguínea. Se adivina en él un exceso de vida. Un extravasamiento de la sangre cubre sus carrillos de inflamadas venillas, lo que da un tono rojizo á su cutis moreno.
Su enemigo don Venustiano tiene también un extravasamiento de sangre en el rostro, pero es en la nariz, que aparece surcada de venas rojas, azules y verdes, iguales á las líneas sinuosas de una carta geográfica.
Los hombres de acometividad ofrecen todos una lejana semejanza con una ave ó un cuadrúpedo de presa. Los hay delgados y picudos como águilas; otros melenudos y arrogantes como leones; otros ondulantes y misteriosos como tigres. Obregón, corto de pescuezo, ancho de hombros, con unos ojillos penetrantes y fieros en ciertos momentos, recuerda al jabalí.
Es soltero, vive á lo soldado con un ayudante, antiguo hombre de campo, más rudo que él. Además, le falta un brazo, sólo puede dedicar una mano á su cuidado personal, y de aquí que el llamado «héroe de Celaya» ofrezca un aspecto poco limpio.
Vestido de militar tal vez esté mejor; pero yo vi á un hombre con un sombrero de paja viejo y polvoriento, un pantalón arrugado y corto y una chaqueta algo mugrienta, una de cuyas mangas colgaba flácidamente vacía desde el hombro cortado á cercén.
Obregón parece despreciar todo adorno personal por una tendencia característica. Además, gusta de mostrarse mal vestido para halagar con esto al populacho mejicano, que así lo considera más suyo.
La falta de un brazo sirve para que todo el mundo lo conozca desde lejos y lo salude con entusiasmo.
Es el vencedor de Pancho Villa, el que acabó con su poder militar que casi puso al antiguo ladrón de ganados en el sillón de la presidencia de la República.
El carisma personal sustituye a los proyectos institucionales y convierte al liderazgo en un ejercicio de fuerza simbólica.
De Villa ya apenas se acuerdan en Méjico. Hablan más de él en los Estados Unidos que en su propio país. Hace años, era «el general» por antonomasia, y muchos alababan con entusiasmo sus talentos militares, viendo en él al hombre que se encargaría de exterminar á cuantos extranjeros osasen invadir el suelo nacional.
Ahora no es más que un bandido, y la gente evita mencionar su nombre. Aún dará mucho que hablar, pero su hora ha pasado.
Lo venció Obregón en dos tiroteos sangrientos llamados batallas, y esto basta para que actualmente el héroe de moda sea Obregón.
Además, Villa siempre se mantuvo entero, librándose de las balas con una buena suerte insolente, mientras que al «héroe de Celaya» le falta un brazo, uniendo á sus prestigios de héroe la simpatía del mártir.
Me siento á la mesa y empieza el almuerzo, un almuerzo que se prolonga de mediodía á las tres de la tarde.
Don Venustiano, siempre receloso, como gobernante de un país en el que todos pueden «darse la vuelta» y no se sabe con certeza quién es amigo, me habló días después de este almuerzo. Fuí yo quien le dije francamente que había almorzado con su adversario.
—Sí, lo sé; pero ¿qué demonios tenían que hablar para que durase tantas horas?…
Y me miró fijamente en los ojos, como si pretendiese sondear mi pensamiento.
Obregón, en realidad, no tenía que decirme nada interesante. ¡Pero es un personaje tan digno de estudio!… ¡Resulta tan ameno escuchar horas y horas su facundia animada, pintoresca y alegre!…
Había escogido la mesa cerca de la orquesta para dar órdenes á los músicos. Tenía empeño en demostrarme que no es un soldado ignorante y que ama la música con entusiasmo… música mejicana, pues las otras músicas dicen muy poco para él. Y mientras la orquesta toca el «jarabe» y el «cielito» y las «mañanitas», Obregón habla y habla, sin dejar de engullir los pedazos que le va cortando uno de sus acompañantes, ya que él sólo puede valerse de una mano.
El general tiene una palabra invencible. Yo soy algo hablador, lo confieso, pero me repliego ante él, derrotado como un Villa, y me limito á escucharle.
Me cuenta su juventud. Está seguro de que nació para ser el primero en todas partes. No lo dice, pero lo hace sospechar con modestas insinuaciones. Se dedicaba en Sonora á corredor de garbanzos, y aunque sus ganancias eran humildes, está seguro de que hubiese sido con el tiempo el primer comerciante de Méjico: un gran millonario.
—Pero la revolución me perjudicó —añade con amargura—, pues me dediqué á militar y he llegado á general.
Lo que él no dice es que, á pesar del generalato, ha seguido comerciante. Sus enemigos afirman que además cumplió hace poco su deseo de ser millonario. Es el monopolizador actualmente, según cuentan éstos, de todo el garbanzo que se produce en Méjico, producto que se exporta á España por ser allá de gran consumo. Añaden que los cultivadores tienen que vender sus garbanzos á Obregón al precio que él fija. Por algo es héroe y se ha perdido un brazo en defensa de la Constitución.
Pero no tengo tiempo de pensar en estas cosas que propalan los enemigos. El general sigue hablando. Ahora relata anécdotas de la revolución y ciertas historias alegres, con un regocijo brutal y francote que recuerda las veladas en torno del fuego del campamento.
Adivino la popularidad de este hombre. Así habla con todos, con las mujeres de la calle, con los trabajadores que encuentra al paso, con los campesinos. Y las gentes simples se enorgullecen de que las trate con esta franqueza, de que les cuente cuentos para hacerlas reír un héroe nacional, el vencedor de Celaya, el antiguo ministro de la Guerra…, que además perdió un brazo en un combate que consideran glorioso.
—A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón.
Miro en torno con extrañeza, y me convenzo al fin que es el general el que dice esto y que se dirige á mí. No sé qué contestar.
—Sí —insiste—; se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones.
Yo hago un gesto de protesta.
—¡Oh, general! ¿Quién puede hacer caso de las murmuraciones?… Puras calumnias.
Obregón no parece oírme y sigue hablando.
—Pero yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos. Por esto la gente me quiere á mí, porque no puedo robar tanto como los otros.
Alegría general. Obregón celebra su chiste con una risa discreta de muchacho cínico, mientras los dos amigos que nos acompañan saludan la gracia del héroe con interminables carcajadas.
Este éxito oratorio le enardece. Quiere obsequiarme con nuevos relatos, tal vez para hacer ver que desprecia todo lo que han inventado contra él sus enemigos; tal vez por el placer de asombrarme y desorientarme con el espectáculo de un hombre que se desacredita á sí mismo.
—¿Usted no sabe cómo encontraron la mano que me falta?…
Sí, lo sé; como sabía también lo anterior, lo de ser menos ladrón que los otros por tener sólo un brazo. Pero, para no privar al general del efecto oratorio que desea, afirmo que ignoro esta historia.
—Usted sabe que perdí en una batalla el brazo que me falta. Me lo arrebató un proyectil de artillería que estalló cerca de mí cuando estaba hablando con mis ayudantes.
—Después de hacerme la primera cura, mis gentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar nada. ¿Dónde estaría mi mano con el brazo roto?…
—Yo la encontraré —dijo uno de mis ayudantes, que me conoce bien—. Ella vendrá sola. Tengo un medio seguro.
La figura del “ciudadano” oculta al general: la violencia permanece como recurso último de autoridad.
Y sacándose del bolsillo un azteca (un azteca es una moneda de oro de diez dólares), lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pájaro de cinco alas. Era mi mano, que, al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador.
Segunda ovación de carcajadas. El hombre de la mano única se ríe de la travesura de su otra mano ausente, y yo río también, ya que su antiguo dueño así lo quiere.
—¿Usted sabe cómo le robaron el reloj al ministro de España?…
—¡Ah, maligno! Este cuento no es contra él, sino contra el otro: contra su enemigo y perseguidor… Pero quiero ignorarlo, para no privarle del placer del relato, y Obregón continúa:
—Acababa de presentar sus credenciales un nuevo ministro de España, y el presidente Carranza quiso obsequiarlo con un gran banquete oficial. Había que hacer bien las cosas. España era la primera nación de Europa que reconocía al gobierno de don Venustiano después de la revolución.
Y escuchando al «héroe» veo imaginariamente el gran comedor del castillo de Chapultepec, que recuerda los tiempos trágicos de Maximiliano, el emperador austríaco de Méjico. Contemplo á don Venustiano de frac, con la barba blanca y la nariz tricolor; enfrente al ministro de España; á los lados Obregón, ministro de la Guerra; Cándido Aguilar, ministro de Relaciones Exteriores; Carrasco Barragán con un uniforme nuevo para la solemnidad…, y todos los demás personajes creados por el primer jefe.
—De pronto —continúa Obregón—, el ministro de España se lleva una mano al chaleco y palidece. «¡Caramba, me han robado el reloj!», grita. Era un reloj antiguo de oro y brillantes, una joya, recuerdo de familia.
—Silencio completo. Me mira á mí, que estoy sentado junto á él. Precisamente es el lado donde me falta el brazo. Yo no puedo haber robado su reloj. Mira al que está en el lado opuesto. Es Cándido Aguilar, el yerno de don Venustiano. A éste no le falta un brazo, pero tiene casi paralizada una mano, casualmente la que está del lado del ministro. Tampoco puede ser éste el autor del robo. Y convencido de que no recobrará jamás su alhaja, el diplomático español pasó el resto de la comida murmurando dolorosamente:
—¡Me han robado mi reloj! ¡me han robado mi reloj! ¡Esto no es un gobierno; esto es una cueva de ladrones!
Al levantarse de la mesa, don Venustiano se aproxima á él con su aire grave y venerable.
—Tome usted y calle de una vez. Y le entrega su reloj.
El diplomático no puede contener su asombro. Un hombre que no estaba á su lado, sino enfrente de él… Y grita con sincera admiración:
—¡Ah, señor presidente! Por algo le llaman á usted «el primer jefe».
Como ahora se trata de Carranza, las risas suenan más estrepitosas y prolongadas. Decididamente, Obregón es un excelente compañero de mesa. Su charla amena resulta inagotable.
Pasa de los cuentos á hablar de sus campañas electorales. Se siente tan orgulloso de sus discursos como de sus batallas victoriosas. El general ha nacido orador, y como todos los que se han instruido á última hora bajo su propia iniciativa, muestra una marcada predilección por las frases sonoras y teatrales que no dicen nada.
Me invita á asistir á uno de sus mítines electorales, para que le oiga hablar al pueblo. Anda en estos momentos preocupado por una gran manifestación que preparan los obreros de Méjico en su honor y á la cabeza de la cual marcharán mil quinientas mujeres, todas las costureras de la capital. Las mujeres muestran una afición puramente espiritual por este soldado francote, que habla con todos como si fuesen sus iguales.
Me expone su programa con frases truncadas y majestuosas. «Democracia»… «respeto á las leyes»… «cumplir las promesas que hizo la revolución y que el primer jefe ha olvidado»… «repartir tierras á los pobres». El principal argumento á favor de su candidatura, el de más peso, se lo calla, pero yo lo leo en sus ojos.
«Además —piensa—, yo hice presidente á don Venustiano; yo le llevé triunfante hasta el sillón presidencial, desde Veracruz á Méjico. El fué jefe de la nación por mis esfuerzos. Ahora me toca á mí. ¿Hay nada más justo?…»
Como Obregón ha olvidado ya sus chistes y cuentos, para hablar con la gravedad de un futuro hombre de Estado, pasa insensiblemente de la oratoria á la literatura.
El general resulta al fin un colega, un hombre de letras. Ha escrito un libro en el que relata sus campañas. Es esto una costumbre de todos los guerreros ilustres, victoriosos y célebres, á partir de Julio César. ¿Por qué había de privarse el antiguo corredor de garbanzos de escribir también sus Comentarios?…
Promete enviarme un ejemplar del libro; pero por si acaso sus peleas con Carranza le impiden cumplir esta promesa, sigue hablando de la obra.
Se expresa con sencillez y modestia. Él sabe que las batallas de Méjico no pueden compararse con las de Europa; sabe también que no es más que un civil dedicado á militar, el ciudadano Obregón improvisado estratega y que ha tenido alguna suerte.
Yo le escucho con verdadera simpatía. Lo considero en este momento como el hombre de más mérito y mayor atracción que he conocido entre todos los generales mejicanos creados por la revuelta nacional.
Pero de pronto cambia el viento. Los hombres nunca llegan á dejarse conocer verdaderamente. Obregón se atusa el puntiagudo bigote, sonríe orgulloso de su modestia y se echa atrás en el diván.
—Cuando yo desempeñaba el Ministerio de la Guerra, un día, en un banquete de la presidencia, me buscó el ministro de Holanda, que era militar. «General —me dijo—, ¿de qué arma procede usted? ¿Artillería?… ¿Caballería?…» En vista de mis victorias, me creía un militar profesional, y se quedó asombrado cuando le dije que sólo había sido comerciante de garbanzos en Sonora. No podía aceptar la verdad.
Se detiene unos momentos para paladear la impresión que sus palabras causan en nosotros.
—Otra vez, vino á buscarme el ministro de Alemania. Usted lo conocerá de fama.
Blasco Ibáñez muestra cómo el caudillismo no desaparece tras la Revolución, sino que se adapta al nuevo régimen.
¡Vaya si lo conozco! Es el que durante la guerra última aconsejaba á los gobernantes mejicanos contra la Europa aliada, sugiriéndoles la fantástica posibilidad de reconquistar California y Arizona; es el que se presentaba en las ceremonias públicas vestido de gran uniforme prusiano y cubierto de condecoraciones para que lo aplaudiese un populacho pagado ó inconsciente, que silbaba á continuación el sobrio frac negro del representante diplomático de los Estados Unidos.
—Pues bien; el alemán vino á verme, y con su acento cortado y breve de militar acostumbrado al mando, me dijo: «General, he leído su libro y necesito dos ejemplares; uno es para Su Majestad Imperial Guillermo II y otro para el archivo del Estado Mayor alemán. Allá en Berlín todos se preocupan de usted. Están asombrados de que un civil, sin estudios militares, haya podido realizar unas campañas tan notables y nunca vistas.»
—¿Y usted le dió los libros?
—No; á mí no me gustan los honores. Le dije que si los quería los comprase; y creo que los compró, enviándolos á su país.
—¡Ah, farsante alemán!… ¡Así manejabas á Méjico!…
El «héroe» recuerda sin duda mi odio al militarismo germánico, y para mostrarse imparcial salta hasta el Extremo Oriente.
—También el ministro del Japón me pidió permiso para traducir mi libro á su lengua. Mis campañas parece que interesaron mucho á los militares de allá.
—¿Y se ha publicado la traducción?
—No sé; yo no me ocupo de esas cosas.
Un largo silencio. Miro algo desconcertado á este hombre complejo, á pesar de su simpleza primitiva, que en el corto espacio de unos minutos alarma por su malicia ó asombra por su inocencia.
Y sin embargo, es el hombre más popular y temido en estos momentos, el mejicano que más hace hablar de su persona. Unos le aman hasta querer morir por él; otros le detestan y desean su exterminio, recordando los actos bárbaros que ordenó en los primeros tiempos de la revolución triunfante, inspirados sin duda por las genialidades perversas de un carácter desigual.
Tiene para las muchedumbres el encanto de su franqueza algo rústica, de su malicia bonachona á ratos, de su alegría medio salvaje; tiene el prestigio de su valor, que yo reconozco; pero del que dudan sus enemigos; mejor dicho, de su agresividad de jabalí cuando pretenden acorralarlo; y sobre todo esto, tiene… que le falta un brazo.
Perdone el lector que insista sobre la falta del brazo. En Méjico tiene más importancia que en otro país. El pueblo mejicano, que con tanta facilidad toma el fusil y se mata las más de las veces sin saber por qué, es al mismo tiempo un pueblo sentimental y propenso al enternecimiento. Dispone con indiferencia de su propia vida, está pronto á darla por cualquier cosa, y en cambio llora cuando uno de sus héroes amados sufre la menor contrariedad. Los mejicanos del pueblo descienden de aquellos aztecas, magníficos jardineros que cultivaban con amor las flores y al mismo tiempo les arrancaban el corazón, estando vivos, á unos cuantos millares de prisioneros en cada una de sus fiestas religiosas. Poesía y sangre; sentimentalismo y muerte.
Es lástima que el brazo perdido de Obregón no saliese de su escondrijo al ver el azteca de oro que le mostraba el ayudante, como se afirma en el cuento. ¡Los honores populares que llevaría recibidos!…
Hay precedentes. El general Santa Anna fué un Obregón de su época, aunque este último no haya sido presidente hasta ahora, y el otro, entre sublevaciones y elecciones amañadas, ocupó la presidencia repetidas veces.
El pueblo mejicano odiaba á Santa Anna después de su infausta guerra contra los separatistas que habían constituído la República independiente de Texas, los cuales le derrotaron, haciéndolo prisionero. Pero en esto, se le ocurrió al gobierno francés del rey Luis Felipe ordenar una expedición marítima contra Méjico á causa de ciertas reclamaciones diplomáticas, y los franceses desembarcaron por unas horas en Veracruz.
Santa Anna corrió á combatirlos, y el último cañonazo de los invasores le hirió una pierna, que los cirujanos tuvieron que cortarle.
Jamás brilló tan alta y tan pura una popularidad. La pierna de Santa Anna, convenientemente salada, fué conducida de Veracruz á Méjico, con una pompa heroica. El gobierno decretó para el miembro amputado honores de capitán general muerto en campaña, y entre vítores, cañonazos y músicas fué depositada en el centro de la capital, elevándosele un monumento.
Pero hay que temer los cambios de opinión y las cóleras de los pueblos sentimentales. Años después, Santa Anna fué nuevamente desgraciado en sus guerras, y los mejicanos, necesitando descargar su cólera sobre alguien, ya que no tenían á mano al general, echaron abajo el mausoleo dedicado á su pierna heroica. El jamón humano, que ya estaba hecho cecina, fué arrastrado por las calles y arrojado finalmente á un muladar.
Obregón me habla de un amigo suyo, periodista de gran talento, cuyos artículos son dignos de admiración. Está enfermo, casi moribundo; hace meses que no se mueve de la cama, y se alegraría mucho de verme. Convenimos el general y yo hacer esta visita juntos. Me marcho al día siguiente para visitar las minas de plata de Pachuca, y estaré dos días fuera de Méjico.
—Cuando usted vuelva aún me encontrará aquí —dice Obregón—. Todo eso de que el viejo quiere procesarme y meterme en la cárcel es música. Nos veremos; le daré mi libro; iremos á ver á mi amigo…
Al regresar yo á Méjico ya no estaba el general. Salió huyendo de la ciudad para no volver hasta ahora, que se ha presentado con aspecto de triunfador.
Hizo bien en huir. Lo de las amenazas del «viejo» no era música.
Si tarda unas horas en irse, el presidente lo mete en la cárcel.
Se lo oí decir al mismo Carranza la última vez que hablé con él.
Consulte los otros dos capítulos seleccionados de la obra El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1920.
Lea los capítulos:

Capítulo IV
Más héroes de la revolución

Capítulo VII
Los generales


























