Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
tendencia
No hablar para no hacer nada: Democracia, derechos humanos y elecciones
Dong Nguyen
El populismo no solo invade la política, también coloniza la cultura: sustituye la crítica por propaganda emocional y reconfigura la identidad colectiva mediante símbolos y relatos de pertenencia.
Nota del editor:
La Cátedra Dong Nguyen sobre estudios contemporáneos de la democracia fue inaugurada en la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas con el propósito de abrir un espacio de reflexión crítica sobre los desafíos de la vida democrática en el mundo actual.
El texto que presentamos a continuación reúne dos intervenciones complementarias. La primera, escrita por el rector Oswaldo Chacón Rojas, constituye la bienvenida institucional a la creación de la cátedra y el reconocimiento al legado del profesor Dong Nguyen Huu. La segunda, titulada “No hablar para no hacer nada: Democracia, derechos humanos y elecciones”, pertenece al propio Dong Nguyen, quien ofrece una reflexión extensa y profunda sobre los valores, tensiones y prácticas que sustentan a la democracia contemporánea.
Ambos textos, distintos en tono y propósito, conforman un mismo gesto intelectual: celebrar la posibilidad de pensar la democracia desde la universidad y reafirmar su vigencia como tarea común.
I.
Bienvenida a la Cátedra sobre estudios contemporáneos
sobre la democracia Dong Nguyen en la
Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas
El populismo transforma la cultura en una plaza de fidelidades y enemigos.
¿Qué es la democracia? ¿Puede interpretarse en un sentido o en otro? ¿Cuáles son sus parámetros de medición? ¿Hemos dicho todo en torno a sus requisitos o condiciones? Son solo algunas preguntas que inevitablemente tienen que ser abordadas desde la academia y la opinión pública ante el surgimiento en el mundo de posiciones políticas diversas que se han asumido como democracias en los últimos años.
Lo único que parece claro es que no todo está dicho en términos democráticos. Aún hay mucho qué estudiar y qué aprender. El sentido de la democracia requiere permanecer abierto a un debate por principio interminable, en el cual nadie puede asumirse como el depositario o el centinela de la última palabra. Aquel que intente ponerle un punto final a ese debate estará invocando los fantasmas que acaban por anular la libertad en favor de la servidumbre. Preguntar hoy por el significado de la cuestión democrática no es una tarea obtusa ni inútil; tampoco es una manía propia de especialistas o románticos trasnochados.
Qué mejor manera de promover y enriquecer el debate sobre el pasado, presente y futuro de la democracia que el claustro universitario. Es aquí donde las juventudes inician su etapa de adultez y adquieren la calidad de ciudadanos, pero también empiezan a tomar conciencia de su entorno político y social. El fomento de la cultura democrática en la educación superior no es solo un ideal académico, sino también una necesidad vital para la salud de nuestras sociedades, por lo cual la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas (BUACH) ha realizado un esfuerzo institucional con la creación de la Cátedra de Democracia que llevará el nombre de un profundo creyente, promotor e instructor de la democracia, el profesor Dong Nguyen Huu.
Esta determinación se ve justificada a partir de la notable carrera del profesor Dong. Destaca su colaboración en las pláticas de París –en 1973– entre las partes involucradas en la guerra de Vietnam: Estados Unidos, Vietnam del Norte y el Frente Nacional de Liberación (Viet Cong). Además, realizó innumerables participaciones en diversos procesos de transición democrática y elecciones en el mundo en los últimos 40 años. En la década de los noventa, el profesor Dong colaboró en la creación de instituciones democráticas en América, de manera particular en Haití y México.
La llamada transición democrática mexicana tuvo como una de sus figuras principales a la observación electoral promovida por nuestro homenajeado. Su labor no se limita a la creación de instituciones, sino que además se extiende a la capacitación de las y los universitarios. Dong tomó el reto de ser catedrático en Hanoi en la carrera de Relaciones Internacionales. Su segunda patria, Francia, también lo acogió en la Universidad de la Sorbona, donde también fue profesor.
La Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas se enorgullece en presentar esta cátedra inédita en el país que lleva el nombre de un diplomático de carrera que, desde la discreción y el rigor, promovió la arquitectura institucional que hoy sostiene nuestra democracia. Al inscribir su nombre en la cátedra, aseguramos que las nuevas generaciones no solo aprendan qué es la democracia, sino también cómo se construye y defiende a través de la educación, la cultura y la dedicación cívica. El propósito se logrará promoviendo el diálogo respetuoso y el aprendizaje a través de conferencias, talleres, cursos de verano y una amplia participación de académicos y universitarios de México y el mundo.
En un momento donde los cimientos democráticos enfrentan constantes cuestionamientos, la Cátedra Dong Nguyen se convierte en una necesidad urgente para la educación superior. No basta con enseñar historia o teoría política; se requiere un espacio dedicado a la ingeniería institucional y la ética pública que han caracterizado a nuestro homenajeado. Esta cátedra debe ser el crisol donde los futuros líderes y ciudadanos adquieran las herramientas críticas para proteger, perfeccionar y participar activamente en el sistema.
La universidad, como principal custodia del conocimiento y la conciencia crítica de la nación, asume su responsabilidad con la creación de esta cátedra. Al establecerla, la institución no solo rinde homenaje a un constructor de la democracia mexicana, sino que además institucionaliza su propia misión de formar ciudadanía.
“Por la conciencia de la necesidad de servir”
Dr. Oswaldo Chacón Rojas
Rector de la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas
II.
No hablar para no hacer nada:
Democracia, derechos humanos y elecciones,
por Dong Nguyen
La emoción sustituye a la razón en la formación de identidades colectivas.
Este programa está concebido como un proyecto de conferencias e investigaciones que gira en torno a los tres temas enunciados en su título y que se encuentran con base en mi propia experiencia, primero como académico, y luego como funcionario de las Naciones Unidas, organización a la que serví durante casi treinta años.
De hecho, no se trata de enunciar verdades, teóricas o prácticas, sino de presentar el estado de la discusión y de plantear una sugerencia: hoy en día existen numerosos libros y otras publicaciones sobre los tres temas mencionados. Es necesario completar estos análisis con una reflexión pragmática y una pregunta simple: ¿qué se puede hacer para poner en práctica los valores fundamentales que explican el apego de nuestro mundo a la idea de la democracia, de los derechos humanos y de las elecciones como formas de resolución de conflictos?
Por supuesto, dichos temas están estrechamente ligados, en la medida en que todos remiten a una aspiración profunda: que la vida en común sea una vida pacífica en el marco de la ley.
Es con este espíritu que el programa se divide en tres grandes grupos de reflexión centrados en los temas enunciados: el saber, el contexto y la acción. Los ponentes ilustrarán con sus conocimientos estos diferentes asuntos y la discusión permanecerá abierta sin estar nunca sometida a lo que se suele llamar la dictadura de la verdad. Se advierte, además, que esta verdad cambia de un lugar a otro, de un momento a otro, y lo mejor es mantenerse abierto a esos cambios.
El saber
Es todo lo que concierne a la teoría y a los principios fundamentales de cada uno de los temas mencionados anteriormente. Será necesario distinguir entre las teorías de origen, a menudo académicas, y las convenciones internacionales, ciertamente bastante vagas, para poder unir opiniones diferentes, pero que siguen siendo referencias indispensables, sobre todo en el contexto global actual, cuando los países (poderosos) tienden a replegarse sobre su orden jurídico nacional, a veces incluso ignorado.
¿La democracia, consumo interno o universal?
Se puede decir que existen tantas definiciones como autores. Los calificativos son, además, más importantes que el propio concepto. Democracia burguesa o proletaria, democracia procedimental o constitucional, democracia como ideal o como idea-fuerza, democracia directa o representativa, democracia radical o continua, democracia deliberativa, semidirecta o directa, etc.
No se trata de ofrecer una nueva definición conceptual, sino de comprender la lógica de cada una de ellas y precisar el contexto en el que este concepto es producido.
Un solo ejemplo: casi todos los autores que escriben sobre democracia se sienten obligados a regresar sobre el significado de la democracia según los griegos. Y se apresuran a añadir que, por supuesto, hay que tomar en cuenta lo que los atenienses nunca hicieron: incluir a las mujeres, los esclavos y los metecos. Puede cuestionarse la solidez de un concepto que debe ser corregido de inmediato por ausencias que no son menores.
Nadie hablaría de democracia bajo el régimen del apartheid, aunque existiera realmente en la población blanca. El juego de la búsqueda del origen de la palabra queda rápidamente obsoleto, al igual que el de las definiciones rimbombantes que aún hoy algunos de los regímenes más cerrados no dejan de apropiarse.
La democracia sería el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Nada más fácil que demostrar que esto no es ni cierto ni verosímil, pero no importa: basta con invocar al pueblo para que las críticas callen. Todos los debates sobre la soberanía popular giran en torno a este tema, aunque se sepa que el pueblo es imposible de hallar tanto en el plano conceptual como en el estadístico. En muchos países, la soberanía del pueblo viene de la declaración de la Constitución.
Por supuesto, este ejemplo de reflexión sobre la democracia no apunta a un estudio sobre la arqueología del concepto, sino que permite delimitar el uso político e histórico de un concepto no operativo, pero de gran alcance ideológico.
Así, la Carta de las Naciones Unidas no exige a un país que aspire a ser miembro de la Organización que sea un país democrático. Basta con que sea un amante de la paz.
Hoy en día asistimos a la fabricación de un cierto número de índices, de criterios para medir la democracia. Ciertamente, la función académica de este ejercicio es loable, pero cabe preguntarse por su utilidad práctica. ¿Ayuda a la formulación de políticas alternativas cuando los índices son desastrosos? Y, ¿cuál sería el nivel de estos criterios a partir del que la población se rebela y entra en resistencia contra esta degradación de la democracia por índices? ¿O se trata simplemente del deseo de proyectar en cifras un modelo determinado de democracia?
Actualmente, el mundo académico y político está agitado por una nueva amenaza: la democracia está en crisis, o al menos gravemente enferma, de una enfermedad potencialmente mortal. Las alarmas provienen sobre todo de los países pioneros en la construcción de la democracia. Estos debates no son realmente nuevos, pues resurgen cada 10 o 15 años en el mundo político o universitario. Se trata de crisis de confianza en las instituciones, de atentados al Estado de derecho, de la debilidad de la participación electoral o incluso de la puesta en cuestión de la tolerancia política y social.
Al profundizar en estas críticas, tal vez se logre una nueva comprensión, no de la democracia misma –ideal suficientemente vago para agradar a todos–, sino de su arquitectura. ¿Qué significa arquitectura? Un conjunto de elementos constitutivos de la práctica democrática (la construcción de la igualibertad, diría Étienne Balibar), tales como el Estado de derecho (orden jurídico nacional, principio de legalidad, constitucionalidad y convenciones internacionales), elecciones libres y auténticas por sufragio universal, poderes autónomos, etc.
Basta con plantear la pregunta de cómo se manifiesta la crisis de la democracia para que se nos dé la lista de disfunciones de estos elementos. Hablar de la muerte de la democracia tal vez sea un grito de alarma, pero carece de sentido. Es como hablar de la crisis de la religión, medida simplemente por la asistencia a los lugares de culto o por la disminución de vocaciones. ¿Quién puede hablar de su muerte?
En el plano internacional, la discusión sobre la democracia resulta interesante por más de un motivo. Por una parte, porque los debates sobre la crisis de la democracia rara vez incluyen la política exterior del país en crisis, como si la democracia solo pudiera evaluarse dentro de las fronteras nacionales. Así, una democracia puede practicar perfectamente una política imperial o colonial, sin que ello ponga en entredicho su estatus de democracia. La historia reciente está llena de ejemplos de este tipo de hechos.
Por otra parte, existe una política, a menudo declarada, de querer exportar a los países del Sur global los valores y las formas de la democracia representativa y liberal tal como se encuentran en América del Norte y en Europa. El derrumbe de los países de Europa del Este fue celebrado como una gran victoria de la democracia, ese movimiento ineluctable descrito en su momento por Montesquieu (quien, por cierto, nunca ocultó su aversión por la democracia).
Las oleadas de democratización, descritas por Samuel Huntington, se convirtieron en guías para la acción internacional, comenzando por la ayuda condicionada a reformas de todo tipo en el ámbito de los derechos humanos y de la gobernanza, pero sobre todo en las formas inmediatas de la democracia, como el libre mercado y el capitalismo desenfrenado.
Los valores fundamentales de la democracia se mencionan, por supuesto, de pasada, pero como una invocación sin sustancia, tales como la libertad y la igualdad. Ciertamente, en numerosos países estos valores existían mucho antes de la llegada de los cruzados de la democracia, pero esa es otra historia.
Este verdadero frenesí a favor de la democracia (liberal, representativa u otra), en el que también participan las organizaciones internacionales, es probablemente el producto de la sensación de que el fin de la Guerra Fría marcaba el triunfo del ideal democrático. Los países a la vanguardia de la campaña contra el socialismo existente se embriagaron con su victoria y se lanzaron a esta auténtica cruzada democrática sin medir sus consecuencias.
Solo en las décadas siguientes nacen los debates sobre el relativismo y el universalismo, los cuales deben analizarse porque remiten a la necesidad de examinar el contexto político, histórico y social de los países donde la democracia al estilo de Washington o de Londres no logra arraigar, mientras que en sus países de origen está sometida a críticas y cuestionamientos.
Una de las hipótesis que se puede examinar sin riesgo de polémica es que, en ausencia de adversario (tras el derrumbe de los países llamados socialistas en 1991), la democracia se ve obligada a replegarse hacia sí misma y entonces pone de manifiesto las ficciones e ilusiones sobre las cuáles está edificada.
Los derechos humanos: el retraso entre las declaraciones y su aplicación
Cuando me enviaron a El Salvador en 1991 y 1992 como observador del acuerdo sobre derechos humanos, no tenía ninguna idea de lo que realmente significaban estos derechos. Pasé noches enteras leyendo las doctrinas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), por supuesto, pero también libros especializados sobre el tema. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, desde luego; pero también la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1786, así como los comentarios de Marcel Gauchet y Étienne Balibar.
Estos textos son fundamentales para la práctica universal y el derecho internacional. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por una amplia mayoría de los países miembros de la ONU en 1948 (con excepción de Arabia Saudita, la Sudáfrica del apartheid y algunos países socialistas, por razones ciertamente diferentes), no es jurídicamente vinculante. Sin embargo, tiene un enorme valor simbólico, pues no es un catálogo de los derechos fundamentales de los individuos, sino una afirmación solemne de que los pueblos tienen derecho a los derechos, para usar la expresión de Hannah Arendt.
Es necesario ir más allá: ¿por qué estas declaraciones tardaron tanto en convertirse en verdaderamente universales? Tras su Declaración de Independencia, Estados Unidos esperó hasta el siglo XX para otorgar a las mujeres el derecho al voto. Los afroamericanos tuvieron que esperar hasta 1965 para poder realmente beneficiarse del sufragio universal, tras una ola de protestas cívicas encabezada por Martin Luther King.
En las discusiones sobre Haití, pocos autores recuerdan que este país obtuvo su independencia en 1804, haciendo suyos los valores de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Los debates sobre si este momento de independencia fue demasiado temprano (¿habría sido mejor esperar hasta 1960?) carecen de sentido. Lo que sí merece reflexión es por qué estas declaraciones universales tardaron tanto en concretarse en tierras no europeas. ¿En qué medida este retraso no se parece a la democracia ateniense, buena sólo para los hombres caucásicos?
En el plano internacional, las discusiones sobre los derechos humanos en los foros de la ONU, por ejemplo, plantean otras preguntas. ¿En qué medida estos derechos solo tienen significado en una sociedad de individuos, mientras que en sociedades aún marcadas por las comunidades y sus reglas lo importante son las responsabilidades? La sociedad llamada occidental se desprendió de la religión para abrazar la ciudadanía. ¿Qué hacer con los derechos en aquellas donde la religión sigue siendo ley?
Las elecciones: crisis y crisis de las ficciones
Lo más sorprendente es que las elecciones, en general, no se consideran un tema noble, digno de atención académica. Ciertamente, hay numerosas publicaciones sobre este tema: para relatar la historia del voto, para describir las formas del proceso electoral y, sobre todo en las últimas décadas, para analizar las nuevas modalidades de votación (electrónica, por internet, etc.) o los mecanismos de resolución de conflictos surgidos de esas elecciones, así como las formas de financiación de las campañas.
En el último informe de V-Dem, una publicación especializada sobre el estado de la democracia, se señala que el declive de la credibilidad de las elecciones se explica por la opacidad, el incumplimiento de la ley en lo que respecta a su financiación, la amenaza a la libertad del voto, las violaciones a la libertad de información y las técnicas de fraude en los resultados.
Sin embargo, hay dos tipos de problemas que no se abordan:
- La aceptación de los resultados por los vencidos es el problema político y teórico central de las elecciones. Sean mal organizadas o desequilibradas, se vuelven aceptables y creíbles en cuanto el derrotado concede la victoria a su adversario. ¿Por qué? No lo sabemos con certeza. ¿Por obligación legal o por sentido cívico de los candidatos? Lo que sí sabemos es que, en elecciones recientes, el rechazo a reconocer los resultados cuando se pierde se ha convertido en una política constante, y las razones invocadas son imaginarias o se basan en un error entre un millón de votos.
- Además, habría que profundizar en las raíces de la crisis de las elecciones. ¿Es responsabilidad de la administración electoral (falta de recursos, falta de autonomía del organismo encargado de la gestión electoral), del poder en funciones o de la ausencia del Estado de derecho? Yo tendería a pensar sobre una crisis de las ficciones en la base del funcionamiento electoral.
La primera ficción es, por ejemplo, la de la igualdad de los votos: una persona, un voto. Las diferencias de riqueza, de género o de estatus social no existen en el mundo electoral. Eso es asunto de la política. Pero frente a una desigualdad económica cada vez mayor, nadie cree ya en esta igualdad legal que solo aparece durante las elecciones.
Lo mismo ocurre con la ficción de la libertad del voto o aquella según la cual votar significa elegir el mejor programa, el mejor candidato, etc. El número de celebridades (deportistas o estrellas de cine) elegidas para cargos políticos derrumba ese pilar sobre el que descansa el voto supuestamente razonado, informado y responsable. El elegido no representa en absoluto a sus electores, de ahí la necesidad de repensar el sistema de representación.
Otra ficción es que la mayoría obtenida por el elegido se transforma ipso facto en unanimidad, como si la mayoría anulara a la minoría y, por lo tanto, la división –raíz de los conflictos–. Salvo en algunos casos actuales, los elegidos se declaran como representantes del pueblo, ignorando la realidad de las cifras.
A pesar de los estudios sobre elecciones con integridad, la realidad es que son los resultados los que otorgan legitimidad a las elecciones y no su organización. Los ejemplos en este ámbito son incontables. Quizá sea esta tendencia de la opinión la que explica la indiferencia hacia las elecciones, bautizada apresuradamente como crisis. Pero, una vez más, se trata de un debate abierto.
Finalmente, un último problema en el plano del conocimiento teórico del proceso electoral: sabemos que las elecciones son un proceso doble –primero, la selección de los mejores candidatos posibles para funciones públicas; después, un proceso de legitimación de estos candidatos–. Sin embargo, aún no sabemos en qué consiste esa legitimidad, debido a que depende sobre todo de la percepción y no de la medición.
En países como China y los antiguos países socialistas, esta legitimidad proviene de la autoridad del partido dominante (y único), similar a la elección del Papa, elegido por sus pares, los cardenales, pero legitimado por el Espíritu Santo. ¿Habrá que recurrir a los reyes taumaturgos para devolver confianza a las elecciones?
O, formulado de otro modo: ¿cómo construir esta confianza que las elecciones necesitan para perdurar?
El contexto
Este repaso rápido de los principales temas de nuestro programa permite subrayar que los principios y valores fundamentales que acabamos de evocar son importantes para crear y consolidar la comunidad humana a la que pertenecemos. Pero en la medida en que esta comunidad está marcada por su diversidad, hay que añadir que esos principios solo pueden tomar forma en un contexto histórico, político y cultural particular y único. En otras palabras, para citar a un gran filósofo: lo general solo existe en lo particular.
He escuchado y leído libros enteros sobre la inexistencia de lo específico. Un gran constitucionalista francés explicaba que cuando un hombre, ya sea en Afganistán o en Francia, salta desde el séptimo piso de su edificio sin paracaídas, se mata. Decía: “No hay ciencia más que de lo general”. Ciertamente. Pero cuando se trata de lo político y lo social, nada es científico.
Este mismo profesor pretendía, por ejemplo, que la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se celebrara en Afganistán dos semanas después de la primera vuelta, como en su país. Ello, sin tener en cuenta el transporte de las papeletas a lomo de burro, la dificultad de contar los votos en la oscuridad por falta de electricidad o las zonas nevadas que hay que rodear pasando por un país vecino. En resumen, habrá que hacer algún día un balance sobre la importancia de ese contexto para evitar debates estériles, así como acusaciones recíprocas de relativismo y universalismo.
En cuanto a los derechos humanos, hay que tener en cuenta la cultura tradicional de los países asiáticos marcada por el confucianismo, para el cual los individuos tienen más responsabilidades y deberes que derechos: deber hacia la comunidad, deber hacia la familia, deber hacia la religión y sus representantes.
En el plano de la gobernanza, el deber de los gobernantes es asumir un mandato celestial (prosperidad y paz), sin que su permanencia en el poder sea puesta en cuestión. Encontramos un eco de este mismo tipo de problema cuando algunos atribuyen la crisis de las democracias a su fracaso en la lucha contra la desigualdad social y económica. Estas preocupaciones me parecen más importantes que la diferencia entre las formas de gobierno, pero también constituyen un tema de reflexión.
¿De qué sirve disertar sobre la conciencia cívica que sirve de base al voto en un país como Sudáfrica, donde la población negra pudo votar por primera vez en 1994, bajo la presión de la guerrilla y de la comunidad internacional? El simple hecho de que pudieran votar ya constituye un enorme progreso.
En Afganistán, donde en 2003 participé en la organización de las primeras elecciones tras la salida de los talibanes, la cuestión central era la del voto de las mujeres. El presidente Karzai me preguntó cómo garantizar que el voto fuera secreto y libre cuando las mujeres eran la hija, la hermana, la esposa o la madre de alguien, pero no eran alguien. Además, estaban cubiertas con velo y, para identificarlas en una credencial electoral, no resultaba nada práctico.
Mi respuesta fue que, en este contexto, no se podía soñar con unas elecciones en las que las personas votaran de manera libre y razonada, sino que había que empezar por el principio: ayudar a crear una identidad cívica para cada mujer. La credencial electoral podría no incluir una foto, pero una huella digital podía dar a la persona que votaba la sensación de ser alguien, y no solo un estatus, incluso si en ausencia de una base de datos no había forma de verificar la identidad de la votante.
En 1993, yo era el responsable de la misión de Naciones Unidas en Eritrea para observar el referéndum sobre la independencia. Por la tarde del día de la votación, me llamaron de urgencia. Frente a un colegio electoral, vi a una multitud rodeando a una señora de unos sesenta años (difícil calcular la edad en países donde la vida es dura), que lloraba y gritaba. Me dijeron que había perdido a su esposo y a dos hijos en la guerra de independencia y que, al votar sobre la independencia, se había equivocado de papeleta y había votado NO. Si no se le devolvía su voto, se suicidaría. Y estaba seguro de que no se trataba de un chantaje.
“¿Qué hacer?” Me preguntaron los miembros de la mesa electoral. ¿Abrir la urna, romper el sello y cambiar su papeleta? Pedí a todos que salieran y me quedé solo con el presidente de la Comisión Electoral. Y fui yo quien abrió la urna y remplazó su papeleta, violando así la ley que yo exigía a los demás respetar. En fin, mi conciencia se quedó tranquila, pero no estoy seguro de que sea un ejemplo a seguir.
Lo que sí es cierto es que, entre la justicia y la ley, y entre la ley y la política, las fronteras no están fijas de una vez por todas, y que la acción de los responsables políticos visionarios consiste justamente en saber cómo mover esas líneas en función del interés general. ¿En qué consiste este interés? Hoy, tendería a decir que en la paz.
Cuando hablamos de ficciones, no se trata de decir que son fantasías abstractas o creencias sin base. Forman parte importante del propio contexto. El ejemplo del Líbano es significativo: desde 1930 no se realiza un censo de la población. La ficción según la cual la población está dividida en dos grupos, cristianos y musulmanes, permite mantener un cierto equilibrio de poder. Un censo hoy podría poner en cuestión ese equilibrio y provocar desgarros que nadie desea.
Y conocemos los trabajos de Benedict Anderson sobre el nacionalismo, esta comunidad imaginada que es más fuerte que las proclamaciones sobre la democracia.
En resumen, el contexto histórico, religioso o político (a menudo son los mismos) nos exige adaptar nuestros principios y conocimientos. Y es en ello donde reside el carácter artificial de esta distinción entre saber y contexto. ¿En qué medida el contexto cambia, o al menos enriquece, al saber? Es evidente, pero difícil de admitir.
Las discusiones entre los practicantes que viven en un contexto determinado y los teóricos son indispensables (por ejemplo, a través de las retroalimentaciones), pero no siempre son concluyentes.
Resistir implica defender el pensamiento crítico y el arte libre de utilitarismos políticos.
¡Actuar!
Esta parte reúne mis propias experiencias en los tres ámbitos mencionados anteriormente. No se trata de recetas ni de recomendaciones, y mucho menos de una guía para la acción. Cuando Napoleón preguntaba a sus generales, regresando victoriosos del campo de batalla, cuál era la parte de suerte que estimaban haber tenido, sabía que la acción suele ser improvisada y que una decisión en una situación difícil nunca es una decisión totalmente segura.
Defensor de la paz vs. observador
Parto, pues, en estas aventuras con una sola certeza: la de ser representante de la Organización de las Naciones Unidas. Esta imagen tiene un peso variable según los países y según el contexto. En una misión en la República Centroafricana, me sorprendió que el servicio de protocolo del primer ministro me recibiera al pie del avión. Pensaban que yo era el jefe de una misión compuesta también por dos funcionarios del Banco Mundial. Las recomendaciones para la buena conducción de las elecciones ciertamente pesan más cuando van acompañadas de un gran cheque.
En los años noventa del siglo pasado, la ONU tenía una autoridad moral indiscutible. Recuerdo haber paseado por zonas de guerra en Nicaragua sin más compañía que una cachucha con el logotipo de la Organización. En Haití, entre la elección del presidente Aristide y su investidura, los macoutes[1] decretaron una huelga escolar y amenazaban a los padres con secuestrar a los niños que asistieran a clase. Pasó un mes. Entonces, de acuerdo con amigos haitianos, pero sin autorización más que tácita de mi administración, llevé a sus hijos a la escuela en mi coche oficial y permanecí delante del colegio durante dos o tres horas. Una semana después, todo el mundo había olvidado la amenaza de los macoutes. Conclusión: ¿de qué sirve tener autoridad si no se utiliza?
Esta conclusión me acompañó durante todas mis primeras misiones de terreno. Hay que precisar que la autoridad moral es la percepción de la población, y no está escrita en el mandato.
En Nicaragua, entre 1989 y 1990, yo era observador electoral, enviado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, pero simplemente eso. En este rol, que podría haber sido solo pasivo (observar, redactar un informe), también ejercí el de mediador entre actores. Una noche, alrededor de las 21:00 horas, tocaron a la puerta de mi modesto hotel en la selva (8 metros cuadrados, una manguera como ducha y retrete en el patio). Eran dos hombres de la resistencia nacional que me pidieron que los acompañara a observar cómo los militares despojaban a sus compañeros de sus credenciales electorales. Dos horas de carretera hasta llegar al retén militar en el campo, tres horas observando cómo registraban camiones que venían de la zona contra en busca de armas. Volví al hotel a las 4:00 de la mañana.
Al día siguiente, decenas de participantes al mitin que debía observar vinieron a darme la mano, agradecidos de que hubiera impedido que los militares les quitaran las credenciales (aunque no fuese tan evidente, era su percepción). El día de las elecciones, el comandante sandinista me pidió que acompañara a una delegación de senadores estadounidenses en visita, y me dijo: “Nosotros no podemos entrar en su zona, pero ellos confían en ti”. Un honor y una responsabilidad.
En El Salvador, en Eritrea, en Haití y en México (entre 1992 y 1995) enfrenté otras situaciones en las que mis acciones dependían más de mi humor y de la improvisación que de una guía que no existía.
En Eritrea, como jefe adjunto de la misión encargada de observar el referéndum de independencia, me señalaron la existencia de un número indeterminado de presos políticos. Insistí ante la Comisión Electoral en conocer más detalles porque quería saber si existían y, de ser así, si se les permitiría votar.
Una noche, el presidente de la Comisión me invitó a cenar. En medio de la comida, llegó el general encargado de la seguridad y me entregó una lista con 126 prisioneros. Me dijo: “¿Van a cambiar algo 126 votos en los resultados, para que insista tanto en que voten?”. Respondí: “No, general. Incluso si fueran 12 600 votos, no cambiaría nada. Pero si usted encarcela a una sola persona porque puede votar en contra, entonces sí lo denunciaré”. Al día siguiente me autorizó observar el registro de los prisioneros y aceptó mi propuesta de darles libertad al menos durante el mes previo al voto. Argumenté que la fiesta cívica del referéndum debía incluir a todos.
Al despedirme de Asmara, pasé a saludarlo y me dijo: “Tiene un pasaporte esperándole en mi despacho, pero sepa que si usted no hubiera sido vietnamita y resistente, jamás lo habría escuchado”.
Otro ejemplo me viene de El Salvador, donde nuestro mandato era observar esta vez el respeto del Acuerdo de Paz firmado a comienzos de 1992. Se nos informó que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) había ocupado una finca en nuestra región y que el Ejército estaba decidido a recuperarla, por la fuerza si fuera necesario. Las altas autoridades, que podían detener la operación, eran inalcanzables y los observadores militares no podían intervenir por falta de mandato.
Solo les quedaba a los civiles improvisar. Sabíamos que la operación militar comenzaría a las 5:00 de la mañana. Necesitábamos ganar dos horas hasta que llegara la contraorden de la presidencia. ¿Cómo hacerlo? Unos colegas se colocaron desde las 4:00 de la mañana frente al cuartel con dos vehículos todoterreno de la ONU. A las 5:00, los camiones cargados de tropas salieron, pero quedaron bloqueados por nuestros coches, que avanzaban a 3 kilómetros por hora. Al darse cuenta de que, incluso a esta velocidad, no lograrían ganar las dos horas, decidieron desinflar los neumáticos y dejar los vehículos en la calle.
Los soldados recibieron la orden de marchar a pie hacia la finca, pero cuando llegaron, ya había llegado la contraorden. Hacer todo lo posible para evitar un conflicto no estaba en nuestro mandato de observadores, pero quedarse de brazos cruzados hablando de paz y democracia tampoco tenía sentido en esta situación.
Actuar para dar vida a los derechos humanos
A menudo las acciones en este ámbito, por parte de los actores internacionales (como la ONU), se reducen a largos discursos sobre las convenciones internacionales y sobre los derechos esenciales (como si todos los derechos no fueran igualmente importantes). En una ocasión particular, actuamos de otro modo.
En El Salvador, con mandato de observar el respeto de los derechos humanos por parte de los combatientes de ambos lados –el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional y el Ejército regular, dependiente de un gobierno mayoritariamente controlado por ARENA–, visitamos una comunidad de refugiados salvadoreños que regresaban del exilio en Honduras.
Era una comunidad organizada y muy activa en materia de derechos humanos, más cercana al FMLN que a ARENA. El director de la División de Derechos Humanos de nuestra misión decidió visitar la comunidad para hablar de derechos humanos. Como el Ejército bloqueaba el camino, utilizó un helicóptero, mientras que nosotros, el equipo sobre el terreno, caminamos varios kilómetros guiados por los habitantes, en un terreno a veces minado por el Ejército.
Para contribuir a la fiesta, llevamos cada uno una decena de litros de Coca-Cola. Nuestros anfitriones nos recibieron con alegría e incluso prepararon un almuerzo comunitario (pollo con frijoles negros). Apenas estábamos instalados cuando llegó el helicóptero del director. El único lugar de aterrizaje era la colina donde se celebraba el picnic. Todos los comensales quitaron sus camisas para proteger la comida y la bebida, pero fue en vano: el polvo lo cubrió todo. Media hora después, el discurso sobre los derechos humanos tenía más sabor a tierra que a dignidad.
Nuestra pequeña delegación se convirtió en gran amiga de la comunidad, y en cada visita posterior, los habitantes vestían sus mejores ropas para recibirnos. Lo que mostraban era su dignidad. Llegamos a la conclusión de que los derechos humanos se viven, no se predican.
Otro ejemplo que guardo de El Salvador ilustra la rigidez en la interpretación de los derechos humanos. Un día recibimos en nuestra oficina a una mujer que presentó una denuncia contra un policía municipal, acusado de haberla violado. Era impensable que acudiera a la propia policía.
Tras una investigación (bastante rápida) escuchando a ambas partes, concluimos que la denunciante, prostituta de profesión, no había sido remunerada por sus servicios. La acompañé entonces ante su superior quien, en mi presencia, le dio dos bofetadas al policía, lo obligó a pagar un monto mayor a la mujer y lo arrestó durante una semana.
Envié mi informe a la División de Derechos Humanos y recibí una reprimenda por no haber seguido el debido proceso, que consistía en llevar al policía ante un tribunal, con la mujer defendida por un abogado pagado por la ONU. Resultado: el policía fue condenado a tres meses de prisión y expulsado de la fuerza policial.
Pocos meses después, recibí la visita de una mujer que se presentó como la viuda del culpable. Al salir de prisión, su marido había asaltado un autobús y, en el tiroteo con un policía, murió. Ella pedía ayuda a la ONU para mantener a sus tres hijos. La respuesta fue que ya no se trataba de un problema de derechos humanos, sino de asistencia social, que no dependía de nuestra misión.
Acción para las elecciones
En numerosos países, el mayor problema de las elecciones sigue siendo la participación ciudadana. Aunque se multipliquen los centros de votación, se coloquen a menos de dos kilómetros de todas las viviendas y se hagan intensas campañas de información, la participación suele rondar apenas el 50-60 % del electorado.
Las razones son simples: el transporte cuesta, el tiempo invertido en votar es tiempo perdido de trabajo agrícola o doméstico. ¿Qué hacer con los niños pequeños o con los padres ancianos? La pérdida de ingresos es a veces importante. Resultado: abstención.
En El Salvador decidimos que el día de las elecciones nuestros observadores de seguridad se convirtieran en niñeras para que las madres pudieran ir a votar. Un ejemplo limitado, pero, una vez más, un uso improvisado del mandato al servicio del objetivo principal.
Otro aspecto merece atención: en muchos países, la desconfianza hacia el Ejecutivo llevó, desde los años noventa, a la promoción de organismos independientes encargados de la administración electoral. Su independencia nunca es total, ya que dependen de recursos y medios que solo los poderes Ejecutivo y Legislativo pueden proporcionar. Por eso es esencial garantizar su autonomía profesional, que comienza con el modo de designación de sus miembros.
Las fórmulas varían. En Irak, para las primeras elecciones después de Saddam Hussein, la ONU nombró a tres expertos de diferentes nacionalidades para seleccionar a los miembros de la Comisión Electoral Independiente. Ese primer paso fue considerado decisivo para construir credibilidad. En Sudáfrica, las Naciones Unidas propusieron varios expertos extranjeros como miembros plenos de la Comisión Electoral, siempre con el mismo objetivo.
Son ejemplos sencillos, sí, pero no siempre se necesitan grandes maniobras para ayudar a construir la credibilidad de las elecciones, que a su vez es fuente de la credibilidad de los elegidos.
Queda el problema central de la aceptación de los resultados por parte de los perdedores. En general, la solución proviene de las poblaciones afectadas, de sus tradiciones cívicas y políticas, y de la fuerza del Poder Judicial. El ejemplo lo encontramos en Estados Unidos en 2021, en Brasil en 2024 o, más atrás aún, en México en 2006. En casos extremos, como el de Angola en los años noventa, el rechazo de los resultados se tradujo en un enfrentamiento que duró más de 10 años. En el caso más reciente de Myanmar, la negativa del Ejército a aceptar la victoria del Partido Liberal Democrático desembocó en un golpe de Estado militar. Cabe preguntarse si existe una solución para este tipo de situaciones. Si pensamos en Sudáfrica en 1994, cuando una parte de los partidarios del líder zulú se negó a participar en las elecciones para sumarse al proceso en el último momento, se podría sugerir que la solución se encuentra antes de las elecciones y no después. Este es también un tema importante que hay que profundizar.
Conclusión
De la credibilidad como elemento constitutivo de la confianza
La palabra está dicha: credibilidad y, con ella, confianza. Son conceptos clave en la vida de una sociedad de ciudadanos. Sin confianza no hay vida común posible, ni dinero, ni obediencia ni orden. Por duro que sea un orden político, siempre habrá un mínimo de confianza.
La pregunta es entonces ¿cómo construir la confianza en la práctica democrática? ¿Cómo construirla en el respeto a los derechos humanos? ¿Cómo construirla en la administración de las elecciones?
En un texto presentado durante la ceremonia de recepción del premio Joe Baxter de International Foundation for Electoral Systems (IFES) en 2018, se me ocurrió definir nuestro papel –administradores electorales u observadores de misiones de paz– como constructores de confianza. El ex secretario general de la ONU, Kofi Annan, prefería definir a los funcionarios de la ONU como mediadores honestos.
Tal vez sea en esa dirección donde podamos intentar precisar el método para construir, en un contexto específico, una confianza no solo para los actores, sino también para los valores fundamentales que compartimos. Hablar es fácil, recomendar es constante, pero inventar acciones que acompañen a las palabras es mucho más difícil.
Pero, ¿quién necesita reflexionar para una tarea fácil?
[1] Nota del editor: El término macoutes hace referencia a los Tonton Macoutes, miembros de la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional creada en 1959 por el dictador haitiano François Duvalier. Este cuerpo paramilitar, responsable de numerosos actos de represión y violencia durante las décadas de 1960 y 1970, continuó operando de forma informal tras el fin de la dictadura, manteniendo su influencia en la vida política y social de Haití.


























