Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
a fondo
La figura del pueblo-Uno en el populismo autoritario de la Cuarta Transformación
Sergio Ortiz Leroux*
El populismo mexicano ha convertido la noción de pueblo en un sujeto único y moralmente superior, el “pueblo-Uno”, que excluye la pluralidad y convierte la democracia en un credo de fe.
El guion es más que conocido. El populismo no es un régimen político ni tampoco una ideología fuerte en el sentido de una doctrina consistente que ofrezca una visión integral de la política, la economía y la sociedad, sino que se trata de una forma de la política que, según el pensador francés Pierre Rosanvallon (2020), se compone de cinco grandes elementos: a) una concepción del pueblo: el pueblo-Uno; b) una teoría de la democracia: directa, polarizada e inmediata; c) una modalidad de la representación: el hombre-pueblo; d) una política y una filosofía de la economía: el nacional-proteccionismo, y e) un régimen de pasiones y emociones.
El populismo autoritario de la autodenominada Cuarta Transformación ha desempeñado con asombrosa fidelidad su papel en el guión del perfecto populista. Así lo demuestran los no pocos ensayos y libros que se han publicado en los últimos años sobre los gobiernos de corte populista y autoritario encabezados por el expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Sin embargo, poca atención se ha brindado a uno de los elementos clave del libreto populista. Me refiero a la concepción del pueblo como pueblo-Uno. Sin esa pieza, el rompecabezas del populismo mexicano no podría armarse exitosamente.
El pueblo-Uno de la autodenominada Cuarta Transformación
Al igual que otros caudillos y líderes populistas, los presidentes de la llamada Cuarta Transformación han usado la categoría pueblo como el referente discursivo del sujeto político de la transformación democrática. Su idea de democracia se resume en la fórmula clásica gobierno del y para el pueblo. Ya no son el combativo proletariado o la plural sociedad civil los sujetos políticos que están destinados a jugar un papel relevante en el espacio público. Ahora la música de la política contemporánea en México –y en otros países– se escribe con las melodías de la palabra pueblo.
Pero, ¿quién integra al pueblo? Desde sus orígenes, la palabra pueblo hace referencia a dos imágenes distintas y eventualmente contrapuestas: el pueblo-social, asociado a una parte de la población, especialmente la fracción más pobre; y el pueblo-cívico, expresión del conjunto de ciudadanas y ciudadanos de la comunidad política. Se trata de la clásica distinción entre el pueblo como demos griego o pueblo pobre y el pueblo como populus romano o pueblo ciudadano. ¿A cuál de estas dos grandes concepciones de la palabra pueblo se han referido AMLO y Sheinbaum cuando apelan en sus discursos al poder del y para el pueblo? No siempre queda claro a quién se refieren, porque el uso que hacen de la voz del pueblo es indistinto y confuso: en algunas ocasiones es el pueblo pobre y en otras el pueblo ciudadano. Pero lo cierto, más allá del acertijo, es que el uso más común de la palabra pueblo en la autodenominada Cuarta Transformación es el pueblo pobre o pueblo social.
La lógica de su discurso a favor del pueblo social ha seguido las pautas generales del guión populista. El objetivo de la operación consiste en crear política y discursivamente un macro-sujeto político llamado Pueblo, donde –siguiendo al filósofo argentino Ernesto Laclau– la lógica social de las diferencias se ponga al servicio de la lógica política de la equivalencia. Diferentes momentos se identifican en esta lógica política dirigida a construir una nueva hegemonía popular: a) demandas de diferentes grupos sociales (trabajadores, campesinos, precariados, desempleados, ecologistas, mujeres, jóvenes, etc.) no encuentran respuestas satisfactorias por parte de las autoridades públicas; b) se identifica una fuente de negatividad social, un enemigo irreconciliable, a quien se le imputa la responsabilidad por la situación inaceptable vivida por esos sectores; c) a partir de una lógica de equivalencias se consigue que las demandas particulares de los grupos sociales encuentren un referente universal en la palabra pueblo, y d) el pueblo es representado como un significante vacío que puede ser resignificado a partir de una competencia por crear realidad y subjetividad política por el mero acto de nombrar (Vallespín y Bascuñán, 2017).
El pueblo-Uno es el núcleo simbólico del populismo autoritario mexicano.
El pueblo de la Cuarta Transformación, suma de sectores sociales agraviados por las consecuencias excluyentes y desintegradoras del modelo neoliberal, se construyó en oposición a ciertas elites económicas y políticas del país que fueron bautizadas bajo el nombre de la mafia del poder. Su operación política y discursiva, hay que reconocerlo, fue y sigue siendo muy exitosa. López Obrador tuvo la habilidad para sumar a muchos grupos, sectores sociales y personalidades a su liderazgo social y candidatura presidencial, polarizar la discusión pública en dos polos antagónicos aparentemente irreconciliables (el pueblo versus la mafia del poder) y apelar a las emociones de sus millones de destinatarios. Quizá, a diferencia de otros líderes populistas, la singularidad de su discurso radicó en una peculiar moralización del lenguaje público: el pueblo bueno, sede de la bondad y virtud y refugio último de la espiritualidad en un mundo vulgar marcado por la ambición por bienes materiales, se opuso a la mala y corrupta mafia del poder.
El pueblo de la democracia versus el pueblo del populismo autoritario
Si bien esta operación discursiva ha demostrado su eficacia política en México, Estados Unidos y otros países latinoamericanos, lo cierto es que su lógica de la política enfrenta dificultades teóricas y prácticas si se le evalúa desde el rasero de los principios y valores de la democracia. En primer lugar, la noción de pueblo se representa bajo la imagen del pueblo-Uno, es decir, del pueblo como una unidad que no puede ser dividida ni fraccionada por nadie. Su fuerza y radicalidad descansan, precisamente, en su pretendida homogeneidad, en su capacidad para exhumar cualquier fractura interna. La reivindicación de la figura del pueblo-Uno le ha permitido a líderes, movimientos, partidos políticos y gobiernos de corte populista colocarse en un lugar de aparente privilegio en el canon democrático, pues la democracia puede ser definida, en principio, a partir del valor rector de soberanía popular.
Sin embargo, esta imagen del pueblo-Uno homogéneo pone al mismo tiempo en tela de juicio un principio fundamental de la democracia moderna: el pluralismo. La democracia moderna descansa, ciertamente, en el principio de soberanía popular, pero ese pueblo soberano no es homogéneo ni exclusivo a su interior, sino que consiste en la expresión de la pluralidad y heterogeneidad de las y los ciudadanos que integran la sociedad. La democracia, por tanto, puede ser definida como un método político que garantiza que la pluralidad de ideologías, intereses, formas de vida, aspiraciones, generaciones y sensibilidades que existen irreductiblemente en la sociedad encuentren un canal adecuado y virtuoso para manifestarse, recrearse y potencializarse. Esa pluralidad social no puede ser exorcizada ni abolida por decreto por ninguna forma de unidad sustancial, ya sea la del pueblo o cualquier otra.
¿Puede acaso esa pluralidad social quedar condensada en una fórmula política homogénea como es la del pueblo-Uno? Creo que en momentos instituyentes de la política, como son, por ejemplo, las campañas electorales, esa diversidad social puede encontrar excepcionalmente puntos de encuentro políticos en una figura homogénea como la del pueblo, es decir, el pueblo social puede devenir provisionalmente en pueblo cívico. Los candidatos presidenciales López Obrador y Sheinbaum lograron, ciertamente, condensar la pluralidad social que cruzaba inevitablemente el país en un discurso que tuvo como sujeto político principal y exclusivo al pueblo. Pero cuando ese momento excepcional de la política es dejado atrás, cuando culminan las elecciones y ese pueblo como sujeto político accede a posiciones de gobierno mediante la vía electoral, la unidad popular transitoria desaparece y resurge nuevamente toda la pluralidad y heterogeneidad de la sociedad mexicana.
La moralización del lenguaje divide: el pueblo bueno frente a la mafia del poder.
Llaman la atención los intentos, muchos de ellos fallidos, que han realizado los presidentes de la llamada Cuarta Transformación por mantener viva la imagen del pueblo-Uno y bueno desde el discurso del poder, especialmente desde ese espacio de propaganda política en que se han convertido las famosas mañaneras. No hay día en que los primeros mandatarios del país no hicieron y hacen referencia al pueblo bueno como recurso retórico para legitimar sus acciones o desacreditar las de sus adversarios. En efecto, todo aquel grupo, personalidad, medio de comunicación, sector o movimiento social que muestre simpatías o cercanía con el gobierno federal pasará, según este discurso maniqueo y polarizador, primero de AMLO y ahora de Sheinbaum, a formar parte de manera automática de las filas virtuosas del pueblo bueno. Pero basta que un periodista independiente, portal electrónico, organismo no gubernamental, sector de la población, académico o movimiento social tome distancia o manifieste sus críticas abiertamente al gobierno federal para que se le califique en las plegarias matutinas como enemigo del pueblo bueno o simplemente como conservador.
¿Y los movimientos sociales?
No es gratuito, en este contexto, que los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación no hayan podido ni sabido lidiar asertivamente con los tres movimientos sociales más importantes en México de los últimos años: el movimiento feminista; las luchas sociales contra los megaproyectos, la minería y la destrucción de la naturaleza; y el movimiento de familiares y colectivos de víctimas de desaparición forzada (Olvera, 2022). Se trata de un nuevo tipo de movimientos sociales, convocados por medio de las redes sociales, carentes de organización y representación formales y que recurren a la movilización y a la acción directa. Estos tres movimientos sociales destacan, entre otras cosas, porque se han mantenido al margen de la lógica polarizante y de la política clientelar que han reproducido los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum.
El pueblo que compone el discurso de la llamada Cuarta Transformación en las repetitivas mañaneras ya no es la síntesis política y general de la suma de los agravios sociales particulares de distintos grupos y sectores, sino que se ha convertido, más bien, en la suma aritmética de las personas y grupos sociales específicos que reciben transferencias económicas directas del gobierno federal: adultos mayores, jóvenes, estudiantes universitarios, personas con discapacidad, madres solteras, productores, etcétera.
¿Cuáles son las razones que explican la metamorfosis del pueblo de sujeto político a casi exclusivamente clientela electoral? ¿Por qué los más importantes movimientos sociales de los dos últimos sexenios (feministas, ecologistas, colectivos de víctimas de desaparición forzada, etc.) ya no encuentran su referente en la figura del pueblo bueno de López Obrador y Sheinbaum? Sospecho –esa es mi hipótesis– que en contextos en los cuales la política y lo político pasan del momento de lo instituyente al momento de lo instituido, es decir, de la lógica de la movilización y polarización de la oposición a la lógica de las políticas y acuerdos del gobierno, el referente del pueblo-Uno como pueblo bueno ya no alcanza ni sirve demasiado para condensar la pluralidad de demandas, intereses, contradicciones y aspiraciones que cruzan inevitablemente a la sociedad.
Cuando el pueblo deviene clientela, la democracia pierde su pluralidad.
De ahí, por ejemplo, la poca empatía y solidaridad que mostró en su momento el presidente AMLO hacia las demandas de miles de mujeres feministas que salieron a las calles para protestar contra los feminicidios y otras formas de violencia patriarcal no hizo sino revelar las francas contradicciones de un gobernante que públicamente se asumió como liberal y progresista, pero que parecía más un mandatario conservador. ¿Acaso el expresidente era antifeminista?
Colocar a todos los seguidores y simpatizantes de la autodenominada Cuarta Transformación en el bando del pueblo bueno y a todos los críticos y opositores de esta en el polo del anti pueblo es hoy una operación político-discursiva que hace agua por varias partes, porque no refleja ni hace la mínima justicia a la pluralidad de ideas, intereses, aspiraciones y sensibilidades que, por fortuna, siguen coexistiendo en el país.
* Doctor en Ciencia Política por la Flacso-México. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores e integrante del Grupo de Investigación de Teoría y Filosofía Política de la UACM.
– Rosanvallon, P. (2020). El siglo del populismo. Galaxia Gutenberg.
– Vallespín, F. y Bascuñán, M. (2017). Populismos. Alianza Editorial.
Referencias
– Olvera, A. J. (2022). Populismo, polarización, delegación y desinstitucionalización en el gobierno de López Obrador. En Á. Sermeño, Á. Aragón y C. Delgado (coords.), Populismo y declive democrático: síntomas de un cambio de época (pp. 271-294). Gedisa/UNAM.
– Rosanvallon, P. (2020). El siglo del populismo. Galaxia Gutenberg.
– Vallespín, F. y Bascuñán, M. (2017). Populismos. Alianza Editorial.


























