Año 1, núm. 3, octubre de 2025
voces
“Los restos buscan a sus familias”: Ayotzinapa y la herida abierta del Estado mexicano
Entrevista a Cristina Bautista, madre de uno de los 43 estudiantes de Ayotzinapan
Sandra Nieves
“Los restos buscan a sus familias y nosotros seguimos buscando a nuestros hijos”, dice Cristina Bautista Salvador, madre de Benjamín Ascencio Bautista, uno de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa. Esto describe el país en el que vivimos: un México donde la muerte parece tener más certezas que la vida, donde el silencio institucional mantiene en vilo a miles de familias y donde las desapariciones se han convertido en la herida más profunda de la nación.
El 26 de septiembre de 2014, durante más de cuatro horas, se registraron ataques armados en Iguala, Guerrero. Esa noche dejó más de 40 heridos, seis personas asesinadas y 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Once años después, no solo no sabemos dónde están, sino que además el Estado mexicano parece estar dando vueltas en un laberinto.
La herida que no cierra
Cristina recuerda cómo cambió su vida aquella noche: “yo sembraba maíz, frijol y calabaza; vendía pozole y hacía pan”. Narra cómo su vida quedó en pausa, que su milpa la terminó de crecer su padre porque ella se fue a la Normal de Ayotzinapa para empezar la búsqueda de verdad y justicia, la cual recientemente cumplió 11 años.
No está sola. Lo repite constantemente: son madres y padres campesinos, albañiles, jornaleros, indígenas y trabajadores que se encontraron en Ayotzinapa y que, desde entonces, viven en resistencia. En su voz está la radiografía de un país que multiplica su dolor: hoy México cuenta a más de 100 000 personas desaparecidas.(1)
Ayotzinapa no es una excepción, es un espejo. La desaparición de los 43 se convirtió en símbolo de un crimen de Estado que, en lugar de esclarecerse, abrió la puerta a miles de historias semejantes en cada rincón del país.
El Estado como perpetrador y testigo mudo
Para Cristina, el punto de quiebre siempre estuvo en la respuesta del Estado. “Enrique Peña Nieto nos llevó cuatro años con mentiras. Nos quiso entregar cuerpos que no eran de nuestros hijos, fabricó la llamada verdad histórica, criminalizó a los muchachos y nos dijo que eran delincuentes. ¿Cómo puede un presidente decir eso? Ellos apenas tenían dos meses en la Normal”, dice Cristina Bautista.
La indignación es manifiesta: lejos de proteger, el Estado fabricó versiones para encubrir a sus propias fuerzas. El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) demostró lo que las familias intuían: la desaparición fue un operativo coordinado donde participaron policías municipales, estatales y federales, con el Ejército monitoreando todo desde el C4. Los videos de esas cámaras nunca aparecieron.
Años después, con Andrés Manuel López Obrador, la esperanza se abrió de nuevo, pero pronto se convirtió en frustración: “Nos llenaron de la esperanza de que iban a esclarecer el caso, pero todo estaba manipulado: cambiaron documentos, escondieron archivos, movieron a los responsables. Fue otra simulación. Por eso, 11 años después, seguimos sin verdad ni justicia”.
La llegada de Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia no cambia lo que exigen desde hace tiempo: las familias quieren resultados, no discursos. “Queremos que nos digan dónde están nuestros hijos. Sea lo que sea, pero una verdad. Y no una verdad fabricada, sino la verdad de nuestros hijos”, reclama Cristina.
Ella habla de una verdad dolorosa y que debe ser atendida: “La Secretaría de Gobernación abre una página para que la gente dé información. Y sí, llega mucha, pero nos mandan a fosas donde no hay nada. Es una burla para nosotros”. Esto abre una interrogante: ¿quién en un país con miles de desaparecidos puede jugar con el dolor de las familias?
La revictimización se vuelve parte del ciclo de violencia: las familias no solo enfrentan la desaparición, sino también la indiferencia y el engaño institucional. El tiempo se convierte en otro verdugo: expedientes incompletos, funcionarios que se van y que obligan a empezar de cero.
De Ayotzinapa a todo México
Lo que pasó en Iguala hace 11 años se convirtió en punto de partida para miles de familias que, viendo el ejemplo de las madres y los padres de los 43, decidieron levantar la voz. “Había familiares de desaparecidos que entonces se dieron el valor de buscar a sus seres queridos en las fosas y pues muchos sí encontraron algo, pero esas personas que se organizaron para buscar a sus seres queridos ya no están con nosotros. Fueron asesinados porque el gobierno o la delincuencia organizada no quiere que busquen”, narra Cristina.
Así surgieron colectivos como las Madres Buscadoras de Sonora o las Mariposas Buscando Corazones y Justicia, que han llenado el país de palas y búsquedas en campo. Cristina lo dice: “se han organizado, han buscado en el campo a sus seres queridos y han encontrado muchos; ahí donde todo está al revés, los restos buscan a sus familias”.
¿Quién desaparece a las personas en México? La respuesta de Cristina es tajante: “el Estado y el crimen organizado, juntos. Porque si no estuvieran de acuerdo, ya nos hubieran entregado a nuestros hijos. Pero no, construyeron la mentira histórica para cerrar el caso”.
Su testimonio refleja una verdad incómoda: la violencia en México no solo proviene del crimen organizado, sino también de la colusión y la omisión del Estado. Cada administración carga con la responsabilidad de no haber querido esclarecer Ayotzinapa y de no detener la ola de desapariciones que hoy arrasa al país.
En la entrevista surge el tema de Vidulfo Rosales, el abogado que acompañó por 11 años a las familias de Ayotzinapa y que recientemente se incorporó como uno de los 103 asesores de Hugo Aguilar, ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN): “Él estuvo con nosotros 11 años, en lo más difícil, en ayunos, plantones, marchas. Ahora se fue, le deseamos lo mejor. Pero Tlachinollan sigue con nosotros, seguimos acompañadas”. La lucha, insiste Cristina, no depende de una sola persona, sino de la fuerza colectiva que han tejido madres y padres a lo largo de 11 años.
Una madre que no se rinde
Cristina no pensó que estaría más de una década buscando a Benjamín. “Al inicio decíamos que no aguantaríamos ni dos o tres años. Y ya son 11. Lo que nos da fuerza es el pueblo de México”. Pide a otras madres buscadores que “no se queden calladas, únanse, salgan a la calle. La unión hace la fuerza. No es fácil, pero es la única forma de que el gobierno nos vea”.
La memoria también se convierte en un acto de resistencia. Las familias van a escuelas, a universidades, a hablar con los jóvenes que eran niños cuando ocurrió la desaparición; “Es para que no se olvide. Para que sepan que nuestros hijos también llegaron a la escuela, que soñaban con ser maestros”.
A 11 años, Cristina no habla desde la resignación, sino desde la esperanza. “Mientras Dios me dé vida, seguiré buscando a mi hijo”. Su mensaje final es para Benjamín: “A mi hijo lo tengo presente y todas las mamás tenemos presentes a nuestros hijos porque son nueve meses que cargamos en el vientre, los amamantamos, ¿cómo se puede olvidar a un hijo? No se puede olvidar a los hijos, los tenemos presentes”.
Ayotzinapa es una herida abierta que revela la profundidad de la crisis de desapariciones en México. Pero también es un recordatorio de lo que significa resistir frente a la impunidad. Cristina Bautista y las madres buscadoras encarnan esa resistencia: el derecho irrenunciable a la verdad, a la justicia y a la memoria. Mientras los gobiernos cambian y los expedientes se manipulan, los padres de los 43 siguen de pie. Y su voz resuena más fuerte que nunca: “Nuestros hijos no desaparecieron, se los llevaron”.
(1) Red Lupa. Informe Nacional de personas desaparecidas 2025.


























