Año 1, núm. 3, octubre de 2025
voces
México ya no puede solo: la necesidad de un nuevo pacto de seguridad con Estados Unidos
Entrevista a Eduardo Guerrero
Director general de Lantia Consultores
Jesús Caudillo
El crimen organizado supera la capacidad del Estado mexicano, controla territorios y economías paralelas. La conclusión es contundente: sin un tratado de seguridad con Estados Unidos, el país no podrá contener la violencia ni reconstruir soberanía.
Eduardo Guerrero habla con la claridad de un analista que lleva dos décadas midiendo la violencia en México, pero con la urgencia de alguien que sabe que la historia está llegando a un punto de no retorno. Director de Lantia Consultores, ha sido asesor en temas de seguridad y conoce de primera mano el pulso de las instituciones. En esta conversación con El Diluvio no se anda con rodeos: “La soberanía interna ya la perdimos”.
En un país en el que el discurso político suele maquillarse con eufemismos, la frase es contundente. Pero Guerrero insiste: el Estado mexicano no tiene ya la capacidad para enfrentar, por sí solo, a organizaciones criminales que dominan territorios, imponen economías paralelas y poseen armamento que compite con el del Ejército. Frente a esa realidad, dice, el único horizonte viable es un tratado de seguridad para América del Norte.
Antes de llegar a esa conclusión, traza un mapa complejo: el viraje de Claudia Sheinbaum, los agujeros negros de las desapariciones y la extorsión, el fenómeno corrosivo del huachicol fiscal, la militarización como salida fácil pero riesgosa, y la presión creciente de Estados Unidos.
En México se registran más de 30 mil arrestos en 10 meses, frente a 13 mil en todo el sexenio anterior.
El viraje de Sheinbaum: de los “abrazos” a la inteligencia criminal
Guerrero distingue con claridad el cambio entre el sexenio pasado y el actual. “Es una presidenta sumamente agresiva y confrontativa en materia de seguridad… [que] privilegia la inteligencia y la investigación criminal”. Con el respaldo de Omar García Harfuch, Sheinbaum ha pasado de un discurso de indulgencia a una práctica operativa centrada en información, investigación y detenciones.
El contraste es medible: “Estamos hablando de más de 30 mil arrestos en diez meses”, frente a apenas “alrededor de 13 mil arrestos” en todo el sexenio anterior. Para Guerrero, este viraje era inevitable: México no podía seguir acumulando cárteles sin estrategia, bajo la consigna vacía de los “abrazos”.
Pero la inteligencia y las detenciones, aunque necesarias, no resuelven dos crisis que crecen como incendios: las desapariciones y la extorsión.
- Desapariciones: Guerrero las divide en tres grandes causas: reclutamiento de varones por parte de las organizaciones, trata de mujeres (sexual y laboral), y levantones disciplinarios que terminan en homicidio y fosas clandestinas. “La cantidad de gente que está desapareciendo… es muy impresionante y además es creciente”.
- Extorsión: se ha convertido en una “bola de nieve”. No solo golpea a comerciantes y pequeños empresarios, sino que ha permeado sectores completos de la economía formal.
Ambos fenómenos minan el tejido social y desgastan la legitimidad del Estado: desaparecidos que no regresan, negocios que cierran o se someten a las cuotas criminales. La inteligencia sirve, pero no alcanza.
Huachicol fiscal y el escándalo de la Marina
En medio del debate sobre la militarización, Guerrero pone sobre la mesa un ejemplo incómodo: el escándalo de la Marina vinculado al huachicol fiscal. Durante años, se instaló la idea de que los marinos eran incorruptibles, capaces de asumir tareas delicadas como el control de aduanas y puertos sin mancharse. La realidad terminó por desmentir esa narrativa.
“Cuando acercas mucho a alguien al fuego… sí va a haber algunos que pueden quemarse”, advierte Guerrero. Y eso es lo que ocurrió: mandos navales se vieron envueltos en redes de huachicol fiscal que drenaban recursos multimillonarios del Estado y fortalecían a las organizaciones criminales.
El caso no es marginal. Se trata de una captura institucional en la propia élite militar que pone en riesgo toda la estrategia de seguridad. El huachicol fiscal no solo desangra al erario: financia al crimen organizado desde adentro, con complicidad de quienes deberían combatirlo.
Para Guerrero, este episodio es la prueba de que ninguna institución es inmune a la tentación. Si se coloca a las Fuerzas Armadas en posiciones económicas estratégicas ‒aduanas, comercio exterior, fiscalización‒, tarde o temprano la corrupción toca la puerta. El problema ya no es la calle, sino el corazón del aparato estatal.
La extorsión se ha vuelto una “bola de nieve” que golpea a sectores completos de la economía.
Estados Unidos en el centro: México ya no puede solo
Aquí está el núcleo de la reflexión de Guerrero: México no puede enfrentar esta guerra en solitario. “La soberanía interna ya la perdimos”.
La afirmación es dura, pero sus argumentos son claros:
- Los cárteles controlan territorios completos.
- Poseen armas de alto poder y un volumen de recursos que sobrepasa a gobiernos estatales.
El Estado mexicano está “muy anémico en materia de seguridad”.
Frente a eso, Guerrero propone lo que en otro tiempo hubiera sido impensable: “buscar un tratado de seguridad para América del Norte”.
Ese tratado implicaría:
- Acceso formal a inteligencia compartida con Estados Unidos y Canadá.
- Tecnología y capacitación para cuerpos policiales.
- Certificaciones y estándares comunes, que obliguen a México a profesionalizar sus instituciones.
Hoy existe un acuerdo anunciado recientemente entre ambos países, pero Guerrero lo considera apenas una base: “sumamente modesto”, quizá solo “una primera piedra”.
Trump, sanciones y el acalambramiento
La coyuntura política acelera este dilema. Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la agenda de seguridad estadounidense colocó a México en el centro.
Trump y su equipo han empujado la idea de designar a los cárteles como organizaciones terroristas. Para Guerrero, esto no es solo un gesto retórico: significa un “acalambramiento” real para políticos y empresarios mexicanos. ¿Las consecuencias?
- Retiro de visas.
- Congelamiento de cuentas.
- Multas millonarias.
La intención es clara: aislar a los cárteles y encarecer sus redes de protección política y empresarial. México, en ese contexto, no puede ignorar que la presión externa lo obliga a elegir: o coopera, o enfrenta sanciones que afectarán a sectores enteros de su élite.
Guerrero insiste en que esta coyuntura debe aprovecharse. En lugar de asumirla como imposición, podría servir como catalizador para un pacto que refuerce las capacidades del Estado mexicano.
“La soberanía interna ya la perdimos”: México no puede enfrentar solo al crimen organizado.
Militarización: un fuego que quema
El papel de las Fuerzas Armadas es otro punto crítico. Guerrero reconoce que, ante la capacidad de fuego de los cárteles, el uso del Ejército estuvo justificado. Pero advierte que se cruzó una línea peligrosa: “empezaron a colocarlos en aduanas y oficinas no estrictamente de seguridad… como si fueran a prueba de balas”.
La salida, dice, no es seguir usando al Ejército como comodín, sino reconstruir policías estatales y municipales con capacidades reales de inteligencia e investigación. Mientras se mantenga el recurso fácil de los militares, el ciclo se repetirá: avances temporales seguidos de crisis estructurales.
Islas de seguridad: CDMX y Coahuila
A pesar del panorama oscuro, Guerrero rescata dos casos. La Ciudad de México es, en sus palabras, “una ciudad muy segura”, con tasas de homicidio en descenso gracias a una conducción técnica desde la Secretaría de Seguridad. Y el caso de Coahuila, que en diez años pasó de ser uno de los estados más violentos a uno de los más seguros. “Un milagro”, lo llama, fruto de un fortalecimiento institucional sostenido.
Estos ejemplos muestran que no todo está perdido. Con políticas coherentes y continuidad, se puede transformar un territorio. Pero son excepciones que confirman la regla: la mayoría del país vive bajo la sombra del crimen.
Guerrero también hace un llamado a la sociedad. Frente a liderazgos comunitarios reales que buscan resistir, suelen aparecer “defensores” falsos, en realidad vinculados al crimen. “No nos dejemos engañar”, advierte.
En este terreno, la tarea ciudadana es doble: respaldar a quienes de verdad defienden a la comunidad y mantener una ética que no normalice la violencia ni banalice la complicidad.
Conclusión: un país en la frontera de sí mismo
La entrevista con Eduardo Guerrero deja una idea central imposible de evadir: México ya no puede solo.
El viraje de Sheinbaum hacia la inteligencia y las detenciones es un paso; el reconocimiento del huachicol fiscal como drenaje silencioso es otro. Pero todo apunta a la misma conclusión: las violencias en México ‒homicidios, desapariciones, extorsión, fiscalidad criminal‒ han rebasado la capacidad del Estado nacional.
El futuro, dice Guerrero, pasa por aceptar esa realidad y transformarla en oportunidad: un tratado de seguridad que fortalezca al país por medio de la cooperación con Estados Unidos y Canadá. El dilema ya no es si ceder soberanía, porque esa soberanía ya está perdida. El dilema es si México se atreve a reconstruir instituciones, profesionalizar policías y aprovechar la coyuntura para cerrar filas con sus vecinos del norte.
En un número de El Diluvio dedicado a las violencias, la voz de Guerrero funciona como brújula incómoda. No hay promesas de milagros ni soluciones rápidas. Solo una ruta posible: inteligencia, profesionalización, cooperación. Y la aceptación de que, para sobrevivir, México necesita dejar de luchar solo.


























