Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
entre-mes
La discriminación social: orígenes y prácticas
Paulo Hidalgo *
Ya no necesita anunciarse: puede esconderse en un currículum descartado, una mirada de sospecha o una broma aparentemente inocente. El problema no está solo en los prejuicios individuales, sino en las reglas, instituciones y hábitos que siguen fabricando desigualdad.
Casi nadie se reconoce a sí mismo como alguien que discrimina. Y, sin embargo, pocas personas podrían decir que nunca han sido discriminadas. Esa distancia entre lo que percibe quien sufre la exclusión y lo que ignora quien la ejerce es un buen punto de partida para pensar un fenómeno que ha acompañado a las sociedades humanas bajo casi cualquier régimen y en casi cualquier época. Cabe preguntarse, entonces, por qué comunidades que han hecho de la igualdad un principio constitucional siguen fabricando, día a día, jerarquías entre personas que en teoría valen lo mismo.
La discriminación contemporánea rara vez se proclama: opera en silencio, se normaliza y por eso resulta más difícil de reconocer y combatir
Parte de la respuesta está en la historia. La discriminación no brota de un prejuicio individual surgido de la nada; tiene que ver con una costumbre muy antigua, la de trazar fronteras entre grupos. Toda comunidad se reconoce por contraste con otras, y ese nosotros necesita siempre de un ellos. En las sociedades tradicionales, la línea divisoria pasaba por el linaje, la fe o el estamento, y se entendía como parte del orden natural de las cosas, cuando no de la voluntad divina. Al siervo no se le discriminaba: se le asignaba un lugar. Lo que cambió con la modernidad fue que esas jerarquías perdieron su evidencia y tuvieron que empezar a dar razones. Una vez que la Revolución Francesa declaró que todos los hombres nacen libres e iguales en derechos, las desigualdades heredadas quedaron a la intemperie y salieron a buscar nuevos respaldos: la raza, revestida de ciencia; el mérito, presentado como neutral; la cultura, entendida como una escala de civilización.
América Latina añadió a esa historia un capítulo propio. El orden colonial clasificó a las personas combinando origen, color de piel y posición económica, y esa clasificación sobrevivió con holgura a las independencias. Las repúblicas del siglo XIX proclamaron la igualdad ante la ley, pero mantuvieron casi intactas las distancias sociales. En Chile, la figura del roto, la desconfianza hacia el mundo mapuche o el menosprecio hacia el migrante andino no son accidentes de nuestro tiempo. Son sedimentos de una tradición oligárquica que aprendió a hablar el lenguaje republicano sin ceder demasiado en sus privilegios. Con los años, esa convivencia entre igualdad formal y trato desigual dejó de parecer una contradicción y pasó a ser simplemente costumbre.
Conviene separar dos cosas que suelen confundirse. El prejuicio es una actitud; la discriminación, una práctica. El primero se aloja en la cabeza, mientras la segunda produce efectos concretos en la vida de otros. Y esas prácticas se han vuelto más discretas. Ya no hacen falta carteles que prohíban la entrada a ciertos grupos ni leyes que restrinjan el voto. Alcanza con que un currículum quede fuera por el apellido o por la colonia que figura en la dirección, con que el guardia de un supermercado siga a determinados clientes por los pasillos, con que en una sobremesa el acento o la ropa de alguien se conviertan en motivo de risa. Hoy la discriminación rara vez se anuncia.
Una democracia no se mide solo por sus elecciones, sino por el trato que reciben quienes tienen menos poder para exigir igualdad
Esa discreción no le resta eficacia. La vuelve, más bien, más difícil de enfrentar, porque quien discrimina puede negarlo con toda sinceridad. La sociología ha dado varios nombres a este fenómeno: discriminación estructural, sesgo implícito, violencia simbólica. Pierre Bourdieu describió cómo los grupos dominantes consiguen que sus gustos y sus códigos pasen por universales, de manera que los dominados acaban mirando su propia forma de hablar, de comer o de divertirse como algo de menor valor. La exclusión se impone desde fuera, pero también se aprende a cargarla por dentro. ¿Existe una forma más completa de dominación que aquella en la que el discriminado termina dando por bueno el juicio que lo rebaja?
Las instituciones tienen aquí una responsabilidad considerable. La escuela, que debería compensar las diferencias de origen, muchas veces las reproduce. El mercado laboral premia redes de contactos que se heredan más de lo que se construyen. La policía y los tribunales reparten la sospecha de forma desigual. Ninguna de estas instituciones necesita tener intenciones discriminatorias para producir resultados que lo son. El problema, por lo tanto, excede a las personas y alcanza a reglas del juego que casi nadie se detiene a revisar.
Nada de esto significa que la discriminación sea una fatalidad. La historia enseña también que las fronteras sociales se mueven. El sufragio femenino, los derechos civiles, el reconocimiento de los pueblos indígenas o la igualdad legal de las minorías sexuales prueban que lo que una generación consideraba natural puede parecerle intolerable a la siguiente. Las leyes antidiscriminación, como la Ley Zamudio en Chile, fueron un paso necesario, aunque insuficiente. El derecho puede sancionar el acto, pero por sí solo no transforma la cultura que lo hace posible.
Ese cambio más hondo pide algo que ninguna norma garantiza: una ética cotidiana del reconocimiento. Reconocer al otro como igual, sin que su dignidad dependa de cuánto se nos parezca y sin tratar ese gesto como una concesión generosa. A una democracia se le juzga por la limpieza de sus elecciones, pero también por el trato que reciben quienes carecen de poder para exigirlo. Cuando la discriminación se vuelve paisaje, la ciudadanía empieza a funcionar como un privilegio. Y una república de privilegiados, aunque conserve intactas sus formas, ya no lo es del todo.
* Politólogo, sociólogo y doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es profesor de la Universidad de Talca, campus Santiago.
























