Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
El ninguneo de nuestro tiempo
Mauricio Merino
El ninguneo no siempre levanta la voz: también decide a quién se escucha, se atiende o se deja pasar. Esta edición examina cómo el desprecio se vuelve costumbre, se instala en las instituciones y niega derechos, así como las respuestas necesarias para desarmarlo.
Ninguneo era la palabra que se usaba a la mitad del siglo XX para nombrar el trato desigual entre quienes mandan (o creen que mandan) y quienes obedecen, o entre quienes defienden una identidad privilegiada y niegan el acceso y el ejercicio de derechos a quienes no pertenecen a ella. Hoy le llamamos discriminación y la reconocemos por el maltrato que padecen quienes no pertenecen o se diferencian de esos grupos dominantes por su color de piel, por sus ingresos, por su lugar de nacimiento, por su orientación sexual, por sus preferencias políticas, por su religión o por cualquier otro marcador identitario: marginar, excluir, segregar, separar, distanciar son los sinónimos del verbo que significa seleccionar, excluyendo: discriminar: este sí, este no, este es nuestro; aquel, ninguno.
El desprecio más eficaz es el que ya parece normal
Octavio Paz convirtió el ninguneo en un personaje, Ninguno, para describir lo que vivía entre otros: “Ninguno es silencioso y tímido, resignado. Es sensible e inteligente. Sonríe siempre. Espera siempre. Y cada vez que quiere hablar, tropieza con un muro de silencio; si saluda encuentra una espalda glacial; si suplica, llora o grita, sus gestos y gritos se pierden en el vacío […]. Sería un error pensar que los demás le impiden existir. Simplemente disimulan su existencia, obran como si no existiera. Lo nulifican, lo anulan, lo ningunean. Es inútil que Ninguno hable, publique libros, pinte cuadros, se ponga de cabeza. Ninguno es la ausencia de nuestras miradas, la pausa de nuestra conversación, la reticencia de nuestro silencio”.(1)
La discriminación es, en efecto, más sutil que otras formas más violentas de exclusión social. Sucede como cosa cotidiana y, si nadie da la voz de alerta, se convierte en parte de la normalidad: unos caminan libremente por las banquetas, como los coletos en San Cristóbal de las Casas, a cuyo paso los indígenas debían irse al arroyo; unos acceden a los restoranes o a los antros por su color de piel y por su forma de vestir y a los otros se les prohíbe entrar; unos ascienden pronto a los puestos superiores de la empresa y los otros no, aun haciendo méritos mayores; unos son atendidos por las autoridades con esmero y prontitud mientras los otros esperan turno; unos hablan, dictan, pontifican y los otros callan y obedecen. Sucede todos los días y en todas partes, excepto en donde cada grupo se refugia para protegerse. Octavio Paz describe esa normalidad en una escena íntima: “Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: “¿Quién anda por ahí?”. Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: “No es nadie, señor, soy yo”.
Nadie y Ninguno han formado parte de nuestra historia desde mucho antes de la llegada de los españoles al territorio que tomaría el nombre de Américo Vespucio. La sociedad precolombina ya era una sociedad de castas y la discriminación ya cumplía el doble propósito que se mantiene hasta nuestros días: la dominación de un grupo social sobre el resto de la comunidad y el refrendo de los valores de ese grupo como credencial de pertenencia y, a un tiempo, como criterio de estigmatización para minusvalorar y excluir a los demás. La discriminación se extendió y se profundizó más tarde en la Colonia, añadiendo a las diferencias previas el origen español o americano y las mezclas raciales entre pobladores originarios e invasores europeos, con toda la carga simbólica, económica y política que traería consigo ese largo periodo colonial, cuya herencia conflictiva sigue haciendo daño.
Nadie tendría que demostrar que existe para ser escuchado
Esta edición de El Diluvio, dedicada a discutir ese fenómeno multifacético y huidizo de la discriminación, se ha beneficiado de la experiencia y las aportaciones de Jesús Rodríguez Zepeda, quien ha dedicado buena parte de su vida a estudiar las muy diversas aristas de esa forma de desprecio —como él le llama— de unos cuantos, en demérito de los derechos y de las libertades de muchos más. El doctor Rodríguez Zepeda fue cofundador de la Comisión de Estudios que, encabezada por Gilberto Rincón Gallardo, llevaría a la creación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en México (Conapred), a la producción de un muy afortunado y creciente caudal de investigaciones sobre la materia —muchas de ellas con el sello de la Universidad Autónoma Metropolitana de Iztapalapa y de la Cátedra Unesco de Igualdad y No Discriminación, albergada por la Universidad de Guadalajara (UdeG) y dirigida por Teresa González Luna— y, más tarde, a la creación de una Red de Investigadoras e Investigadores sobre Discriminación (RINDIS) a la que pertenecen varios de los autores y las autoras de este número y nuestra editora.
Hace ya 20 años que Jesús propuso una definición que se volvería canónica: “la discriminación es una conducta —escribió en el segundo estudio publicado por el recién creado Conapred— culturalmente fundada, y sistemática y socialmente extendida, de desprecio contra una persona o grupo de personas sobre la base de un prejuicio negativo o un estigma relacionado con una desventaja inmerecida, y que tiene por efecto (intencional o no) dañar sus derechos y libertades fundamentales”.(2)
En esa definición hay al menos cuatro aristas que se discuten con detalle en esta edición: el desprecio, el prejuicio en el que se funda, el arraigo social de esas conductas y sus efectos. Desde nuestro mirador, esas prácticas culturalmente fundadas solo podrán ser desarraigadas mediante la construcción consciente de una cultura alternativa, decididamente opuesta al maltrato que cancela libertades y derechos. A esa contracultura quiere contribuir este Diluvio, a sabiendas de que la discriminación se reproduce como la hiedra y se oculta tras argumentos que invocan tradiciones, dogmas religiosos y causas políticas diseñadas para proteger a unos y excluir a otros. Con frecuencia, además, se esconde en la defensa de identidades regionales que se afirman a sí mismas por su desprecio a otras, como los nacionalismos exacerbados y su rechazo furioso a los migrantes. Y se discute, también, el riesgo de desechar in toto las propuestas de quienes reivindican culturas marginales y abiertamente iconoclastas para desafiar lo establecido, o las contradicciones de los grupos dominantes que suelen adueñarse del discurso y de la interpretación jurídica para mantener sus privilegios, en franca oposición a la universalidad de los derechos fundamentales.
La igualdad ante la ley se vacía cuando el ninguneo gobierna la vida cotidiana
En este número se escuchan, además, las voces de quienes han padecido los efectos perversos de la discriminación y, a la vez, de quienes han luchado contra ella desde las instituciones públicas y desde la sociedad civil organizada. Quien recorra nuestras páginas en su conjunto sentirá el coraje y la dignidad de quienes se han negado al ninguneo y se han propuesto defender la titularidad de sus derechos por encima de cualquiera de sus rasgos de origen, elegidos o impuestos por sus circunstancias. Y entenderá, quizás, que nadie está a salvo de la discriminación: quienes creen que estarán blindados contra ese maltrato a lo largo de su vida olvidan que la discapacidad, las guerras o las violencias pueden sobrevenir tan repentinamente, como lo hará de manera inevitable la vejez. Esas conductas de desprecio, paradójicamente, acaban minando también a quien las reproduce.
Como todas las injusticias, es más fácil detectar la discriminación cuando ya ha causado un daño, que evitarla antes de que suceda. Así como hay personas que padecen del desprecio de otras por varios de los rasgos que las definen —ese fenómeno que los especialistas han llamado interseccionalidad—, también hay un largo tejido de razones que buscan justificar ese desprecio. La interseccionalidad de arriba —de quienes discriminan arguyendo el miedo a la diferencia, el refrendo de valores que consideran superiores, la protección de las relaciones económicas o la lealtad a una bandería política, entre muchas otras— son conductas deleznables que, para mayor agravio, se repiten muchas veces sin que los agresores cobren conciencia de lo que están haciendo. ¿Cuántas veces, en las calles, se pasa por encima o al lado de alguien a quien se ignora, como si se tratara de un mueble, de una cosa? ¿Cuántas más se habla a otros como si fueran incapaces de entender o se enmudece una conversación ante la presencia de un individuo con rasgos diferentes? ¿Cuántas veces, en fin, se repiten opiniones culturalmente arraigadas sin que haya detrás de ellas la más mínima evidencia sobre su veracidad? La discriminación más potente es la que ocurre cada día como si formara parte de la normalidad social.
En este número advertimos que, si bien hay sociedades más conscientes que otras sobre esta oscura forma de dominación, la discriminación es un fenómeno que corre tristemente por el mundo. Y aunque es más palpable entre quienes seguimos lidiando con herencias coloniales, la discriminación también ha vuelto con fuerza a los países cuyas democracias creíamos tan consolidadas como su Estado de derecho. Ninguna sociedad ha conseguido erradicarla, porque se trata de un problema añoso, con raíces largas y muchas ramas. Es cultural, pero también es económica y política; y aunque, como solía decir Rincón Gallardo, la discriminación la padecen minorías que conforman a la gran mayoría, sus prácticas vuelven una y otra vez entre quienes legislan, juzgan y gobiernan a los pueblos: los mismos que dicen estar ahí para honrar la máxima según la cual todos somos iguales ante la ley. Cobrar conciencia para que nadie se rinda al ninguneo, de eso trata esta edición.
Referencias
(1) Paz, O. (1950). El laberinto de la soledad. Cuadernos Americanos.
(2) Rodríguez Zepeda, J. (2006). Un marco teórico para la discriminación. Conapred.
























