Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La discriminación desde el penthouse
Gustavo Ariel Kaufman *
¿Qué revela la discriminación cuando observamos a quienes concentran las oportunidades? Este ensayo propone estudiar los criterios compartidos por las élites y las ideas falsas que presentan sus privilegios como mérito. El cambio de perspectiva busca explicar cómo se cierran las puertas del poder y cómo podrían abrirse.
La interseccionalidad nos permite salir de los métodos rígidos y nos invita a mirar las situaciones de discriminación y desigualdad en todas sus dimensiones, desde múltiples puntos de vista, disciplinas y perspectivas, combinando la información y las ideas a nuestro alcance para construir caleidoscopios académicos que, en cada abrir y cerrar de ojos, nos permiten descubrir nuevas formas, relaciones y colores.
Para entender la exclusión, miremos también quién guarda la puerta
¿Y si comenzásemos nuestra excursión fuera de los caminos ya trazados por repensar la noción misma de discriminación, con el propósito de avanzar un modelo de explicación alternativo? Propongo la siguiente redefinición:
La discriminación constituye una técnica de adquisición, ejercicio y reproducción intergeneracional del poder mediante la invención, institucionalización y difusión deliberada de representaciones falsas sobre ciertas características o condiciones humanas históricamente vulnerables, para excluir, oprimir, explotar, esclavizar o incluso exterminar a ciertas personas a quienes esas características o condiciones son atribuidas. Tales representaciones falsas consolidan distorsiones epistémicas persistentes que legitiman inferioridades duraderas, restringen el acceso a derechos y posiciones sociales, y reproducen relaciones estructurales de dominación y subordinación.
Esta redefinición nos permite concentrarnos en los discriminadores, personajes secundarios de los estudios sobre interseccionalidad. No, no es que no hablen de quienes discriminan. Es, más bien, que rara vez se les observa como sujetos interseccionales. La interseccionalidad es pensada unívocamente como un atributo exclusivo de las víctimas.
La hipótesis de este ensayo es la siguiente: la interseccionalidad de las víctimas no es sino el reflejo exactamente inverso y la consecuencia de la interseccionalidad de las élites. Es decir, las condiciones interseccionales que se autoimponen las élites serían el origen y el núcleo del problema. En otros términos, las características y condiciones que producen el ascenso social son un espejo invertido de las que producen el descenso social, y ellas son determinadas por las élites. Coherentemente, entendemos que una élite es el grupo que determina, en su propio beneficio, las condiciones de ascenso y descenso social.
Obviamente, la interseccionalidad de las élites no es la de los grupos vulnerables, sino de la su némesis: una interseccionalidad de invulnerabilidades.
Cada individuo es único. Todos poseemos una combinación irrepetible de cualidades y características. Algunas están relacionadas con el mérito, el liderazgo, la inteligencia, la capacidad de trabajo o tantas otras aptitudes socialmente valiosas. Otras, en cambio, son completamente indiferentes desde cualquiera de esas perspectivas y si bien su existencia puede tener orígenes históricos y generar vulnerabilidad, su conservación y su posterior evolución no solo ha sido arbitraria sino también conveniente para ciertas élites. Estas características arbitrariamente conservadas, como el color de piel o el género, son precisamente las que, una y otra vez, aparecen transformadas en criterios de admisión o de exclusión. Ellas no guardan relación alguna con el mérito. Su función no consiste en identificar a los mejores, sino en excluir a la mayoría.
Al reducir artificialmente el número de competidores, esas cualidades permiten que el liderazgo permanezca concentrado en un grupo relativamente pequeño cuyos integrantes comparten determinadas características, se reconocen entre sí y desarrollan vínculos de confianza intragrupo. Así es como las élites tienden a reproducirse. Sus miembros heredan posiciones, redes, prestigio y oportunidades, pero también las condiciones de admisión al propio grupo de poder y de sujeción de todos los otros. Los criterios de pertenencia, es decir las invulnerabilidades interseccionales, entonces dejan de ser simples características personales y se convierten en mecanismos de reproducción del poder.
Quienes quedan fuera de esos criterios son progresivamente alejados de los distintos núcleos de decisión y de las posiciones desde las cuales se organiza la sociedad. A partir de allí podrán ser explotados, oprimidos, convertidos en chivos expiatorios o simplemente abandonados a su suerte. Mujeres, personas de otras razas, minorías religiosas, personas con discapacidad, ancianos y tantos otros grupos históricamente vulnerables aparecen así como el resultado de un sistema de selección de quienes ejercen el poder.
No obstante, para llegar a ese punto resulta indispensable algo más. No basta excluir, es necesario convencer, es decir construir representaciones sociales de esas personas que hagan aparecer su exclusión o sumisión como razonable, inevitable o incluso beneficiosa para la comunidad. En otras palabras, es un requisito esencial producir distorsiones epistémicas suficientemente duraderas. Es en este punto donde nace la discriminación, a la vez positiva y negativa: los que tienen esas características arbitrarias son empujados en dirección centrípeta; mientras los que tienen las características contrarias, y en la medida de ello, son centrifugados.
Cuando una persona perfectamente capaz de ejercer una determinada función social termina siendo considerada por los otros como incapaz o como no confiable, únicamente por razón de su sexo, de su raza, de su religión o de cualquier otra característica arbitraria, la discriminación, entendida como una distorsión epistémica intencional, ha cumplido su función. Al convertir en verosímiles, incluso en aparentemente obvias, las falsedades que se han atribuido a quienes son así descartados de la competencia y relegados a la servidumbre, la discriminación se convierte en uno de los instrumentos esenciales del ejercicio arbitrario del poder.
El privilegio puede disfrazarse de mérito cuando controla las reglas
Donde existe una discriminación estructural existe necesariamente un núcleo de representaciones falsas o sistemáticamente distorsionadas que las personas discriminadas, por sí solas, no pueden destruir y quedan condenadas a un estatus de ignominia epistémica: lo que hagas bien será ignorado o distorsionado, lo que hagas mal será exagerado.
Esa multiplicidad de características y condiciones humanas falsamente consideradas como incapacitantes para integrar posiciones sociales, que impide a la mayoría integrar la élite social en sus diversos grados, es definida por la misma élite que impone sus condiciones de ingreso. Es así como, a partir de que un grupo social ejerce el poder y no permite el ingreso ni la promoción de otras personas según su raza, género, religión, edad, ideas políticas y tantas otras cualidades y condiciones irrelevantes para entrar en el grupo, la interseccionalidad de las élites se desarrolla —es decir, los múltiples límites que se ha fijado para separarse arbitrariamente de los individuos sobre los cuales ejerce el poder.
Esos límites son esencialmente epistémicos, porque incluso entre los dominados se cree que los otros dominados tampoco serían aptos para ejercer poder social. La separación conceptual de esas características es esencial para esa dominación: si todos los dominados lo fuesen bajo las mismas falsedades, conformando una única categoría, y se considerasen naturalmente parte del mismo grupo, los dominadores serían fácilmente derrocados —y algunas veces lo son; en lenguaje común, esos fenómenos se llaman revoluciones, que muchas veces no son sino episodios de lucidez epistémica y de la unión consecuente de diversos grupos oprimidos bajo distintas excusas.
Esa lista de múltiples características y condiciones arbitrarias para ocupar puestos de poder en el sistema social (algunas otras características, como la inteligencia o el carisma, no lo son) es la interseccionalidad de invulnerabilidades. Luego, quienes tienen una sola vulnerabilidad incapacitante son discriminados, y quienes tienen vulnerabilidades múltiples, por ejemplo, mujeres y a la vez afrodescendientes, sufren discriminación múltiple, que es más compleja y que es el objeto de los estudios de la interseccionalidad. Pero esa interseccionalidad de las víctimas no es sino un reflejo de la interseccionalidad opuesta de ciertas élites, que se protegen, excluyen, dominan y oprimen creando, manteniendo y difundiendo distorsiones epistémicas; y además teniendo el potencial de crear nuevas categorías arbitrarias bajo las cuales condicionar su ingreso y, por lo tanto, en reflejo inverso, excusar la exclusión del poder y el exilio social.
Si la ignominia epistémica bajo múltiples excusas arbitrarias se convierte en interseccionalidad, ello es grave no solo porque sucede, sino además por su potencialidad de suceder. La lista de categorías divinas/defectos infernales que produce la entrada en el poder o la expulsión del sistema tiene su propia entidad ontológica, más allá de que en ella caigan muchos individuos. Es la eventualidad de estar allí, de ser subrepticiamente listados, la amenaza de ser arbitrariamente condenados solo por ser lo que la élite ha decidido denigrar y lo que, a la vez en sentido opuesto, la caracteriza. La interseccionalidad es, en este sentido, la potencialidad del poder de crear nuevas categorías que condenen a estos o a aquellos a través de nuevas distorsiones epistémicas. Es su arbitrariedad y su manipulación potencial por el poder lo que paraliza e infunde temor. A partir de allí, es mejor jugar el juego, seguir las recomendaciones de los poderosos de relegar a estos o a aquellos, y protegerse de la ira de quienes pueden hacer lo que les parezca con el cuerpo social en tanto sean creíbles.
Existe un sistema político teórico en el cual esas distorsiones epistémicas desaparecen y las élites y las estructuras de poder están abiertas a cualidades y características que no son arbitrarias: se trata de la democracia constitucional real, una construcción intelectual, casi utópica, en la cual los ciudadanos no solo son iguales ante la ley, sino que además son iguales en sus posibilidades de ocupar todas y cada una de las posiciones de la estructura social por ser exactamente lo que son, es decir sin estar incapacitados ab initio por las distorsiones epistémicas que denigran injustamente su imagen.
Es por eso por lo que el combate contra la discriminación requiere, en definitiva, una deconstrucción de las distorsiones epistémicas, fundamentalmente porque ellas producen efectos nocivos en la estructura del poder y esa es, asimismo, la razón por la cual genera tantas resistencias políticas, tanta hipocresía y posiblemente tanta distancia entre las disposiciones legales que la condenan en teoría y su aplicación concreta por los tribunales.
En este sentido, la lista de características y cualidades arbitrarias que se entremezclan en la interseccionalidad de las víctimas y que les produce tanto sufrimiento es, en su envés opuesto, la lista de cualidades que admiten el ingreso al poder social. La democracia va, en teoría, demoliendo de a poco esos privilegios indebidos y humillantes, pero la velocidad del cambio no es soportada por muchos, que constatan tanto el cinismo de quienes están en el poder como el abismo que separa las promesas de igualdad y las realidades de tantas oportunidades y puertas que les están cerradas.
Entender las interseccionalidades contrarias, las cualidades y características arbitrarias de muchos que ejercen el poder desde diversos sitios de la estructura social puede ayudarnos a tener mayor lucidez y focalizarnos en el punto más álgido del sistema: que muchos de los que están allí lo están, no porque lo merezcan por sus aptitudes y experiencias, sino por haber descartado de la competencia a otros más meritorios mediante distorsiones epistémicas infundadas. Es decir, no son legítimos detentadores del poder, sino beneficiarios indebidos de distorsiones epistémicas respecto de sus merecimientos. No tendrían que estar allí; sus sillas deberían estar ocupadas por otros más honestos, más trabajadores, inteligentes, íntegros, y moral y psíquicamente sanos. Así es como la sociedad funcionaría mejor y todos se sentirían tratados equitativamente. Es por ello por lo que los debates sobre la discriminación son tan sensibles: no por conmiseración por sus víctimas, sino por autoprotección de sus beneficiarios.
A partir de este punto, podemos ver a la lista de cualidades y características detalladas en cada ley antidiscriminatoria como las vulnerabilidades concretas que han sido diagnosticadas por el legislador como impedimentos de posicionamiento social merituado a causa de distorsiones epistémicas arbitrarias y multigeneracionales.
Contar a quienes quedan fuera exige estudiar a quienes siempre entran
Si las combatimos, al menos en teoría, es porque hemos identificado que son las excusas categoriales precisas que generan distorsiones epistémicas, las cuales deben ser corregidas por todos los medios. Cuando nos encontramos con personas que sufren aún mayor postergación social por ser encasilladas en varias de esas cualidades y características degradantes, en interseccionalidad, ellas merecen aún más atención.
Pero esa atención agudizada no debe estar motivada solo por el fenómeno de la mayor postergación, sino por su causa: si su situación es más compleja, eso es porque los grupos de personas vulnerables que deberían cobijarlas a veces no lo hacen como deberían, como es el caso bien estudiado de las mujeres afrodescendientes, que no son completamente aceptadas ni por las mujeres no afrodescendientes, por los combates feministas; ni por los hombres de color, por los combates raciales.
Si las distorsiones epistémicas son tan dañinas, es porque quienes han sido postergados también las creen y actúan en consecuencia. Nadie de la élite está allí para escuchar y consolar, pero tampoco están quienes no la integran. La interseccionalidad deja solas a sus víctimas, frecuentemente pobres, desmoralizadas, humilladas y también en una oscura y triste soledad.
La interseccionalidad de las élites consiste en la suma de los límites arbitrarios que un grupo impone para separarse del resto y restringirle el acceso al poder. Esa interseccionalidad de los poderosos facilita su permanencia en el poder y procura ventajas adicionales numerosas: las víctimas de ignominia epistémica, una condición social de inferioridad permanentemente reproducida mediante distorsiones epistémicas transmitidas entre generaciones, pueden luego ser reducidas a la servidumbre, utilizadas como chivos emisarios, enviadas a la guerra, sujetas a exacciones y esclavizadas. El poder de mantenerlas en esa situación es, en parte, la capacidad de usar la fuerza contra ellas; pero sin un substrato epistémico, ello sería difícilmente sostenible.
Lo verdaderamente extraordinario es que incluso entre quienes padecen la ignominia epistémica esas representaciones terminan siendo aceptadas como verdaderas respecto de los otros grupos denigrados, pero también de sí mismos. Así, los grupos dominados aprenden de igual forma a creer que determinadas personas, incluyéndolos también a ellos, son incapaces de ejercer determinadas funciones, y por ende no lucharán por ellas.
Esta inversión metodológica puede, asimismo, modificar la manera en que concebimos la investigación de la discriminación. Hasta ahora solemos comenzar preguntándonos quién ha sido discriminado, después identificamos las categorías protegidas que concurren en esa persona y finalmente comparamos. Pero quizá el itinerario tendría que ser invertido y la primera pregunta deba ser quién ocupa las posiciones de poder, luego qué características comparten quienes acceden sistemáticamente a ellas, y al final focalizarnos en quién permanece sistemáticamente excluido. Solo entonces preguntarnos qué combinación de características, eventualmente de situaciones de ignominia epistémica, explica la situación. Lo mismo para la interseccionalidad: qué características y condiciones arbitrarias comparten quienes están en el poder y qué otras, también arbitrarias, comparten quienes están siempre a su servicio. Si son exactamente opuestas, lo que está ocurriendo deviene evidente.
Si esa vía es explorada, las investigaciones estadísticas ya no deberían limitarse a medir la presencia de mujeres, afrodescendientes, personas con discapacidad o integrantes de determinadas religiones en las distintas posiciones sociales, sino que también deberían reconstruir la interseccionalidad de quienes ocupan las posiciones privilegiadas.
Una organización puede aparentar no discriminar a personas históricamente vulnerables porque muchas de ellas ocupan puestos de dirección. Sin embargo, un examen más detenido puede revelar que prácticamente todas esas personas promovidas comparten determinadas características con quienes ejercen el poder: la misma ciudad de procedencia, la misma red de relaciones, una desmedida voluntad de poder y de hacer lo que sea para obtener réditos personales e incluso apoyan las distorsiones epistémicas que sustentan la exclusión de las personas vulnerables inmunes a esas ambiciones malsanas, coadyuvando a mantenerlas fuera del sistema del poder y aceptando ser ellas mismas instrumentalizadas para esos perversos designios.
Finalmente, ¿qué ocurre con quienes no forman parte de la élite, pero participan en la diseminación de las distorsiones epistémicas? En eso consiste exactamente formar parte del poder: en convencer al resto del grupo sobre la veracidad de lo que aseveran. Quienes luego continúan diseminándolas lo hacen ya sea porque creen, porque quieren ser bien vistos por el poder, porque quieren llegar al poder o porque quieren excluir a aquellos que infaman para ocupar sus posiciones. Una multitud de razones pueden llevar a injuriar o calumniar injustamente a todo un grupo social. Pero aquellos que son responsables de la creación de las distorsiones epistémicas mientras ocupan espacios de poder (no solo políticos, sino también académicos o profesionales) y en beneficio propio deben ser juzgados de modo mucho más severo que los que meramente diseminan sin beneficio directo alguno. Las definiciones legales actuales de discriminación no distinguen los fenómenos agravados ni la intencionalidad para obtener réditos individuales, lo cual oscurece la comprensión del fenómeno y lo deja casi siempre impune. Una redefinición de la discriminación es necesaria, precisando sus manifestaciones más tóxicas y concentrando los aparatos represivos sobre ellas. Si el fenómeno de la diseminación puede ser metaforizado como una suerte de viralidad epistémica, quienes lo inventaron son como los técnicos del laboratorio en el cual fueron deliberadamente creados, y su responsabilidad es mucho mayor que la de quienes meramente contagian.
En conclusión, la interseccionalidad podría convertirse, además de todo lo que ya es, en un método para comprender el rol de las distorsiones epistémicas en las complejas arquitecturas del ejercicio del poder, observando detenidamente tanto a las víctimas como a los victimarios.
* Presidente de Vaincre la Haine.
























