Año 2, núm. 15, octubre de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
El debate woke y la crisis de la izquierda
Jesús Rodríguez Zepeda *
La etiqueta woke se usa para desacreditar políticas de igualdad, incluso desde sectores progresistas. Este análisis separa esa disputa cultural del derecho a no ser discriminado y cuestiona que la crisis de la izquierda mexicana pueda explicarse por las demandas de quienes buscan reconocimiento y derechos.
En enero de 2025, Donald Trump declaró la guerra, mediante la orden ejecutiva 14151 (Executive Order 14151),(1) a un amplio segmento de las políticas de igualdad y no discriminación hasta entonces vigentes: las llamadas políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI). Estas, en su versión más reciente, provenían de la administración del presidente Biden y básicamente establecían que las agencias del gobierno federal aplicaran “Planes de acción para la equidad” en sus respectivos ámbitos. El argumento más usado por el presidente Trump para justificar ese ataque es que se trata de políticas woke que atentan contra la imparcialidad en el trato a la ciudadanía, inducen formas de discriminación inversa y restringen la libre expresión protegida por la Primera Enmienda de la Constitución.
Culpar a lo woke no resuelve la crisis de la izquierda
El término político woke —que nació como verbo, mutó en adjetivo y se consolidó como nombre— se documenta ya en 1938 en la voz del músico Lead Belly quien, al hablar de la historia de los Scottsboro Boys, unos jóvenes negros de Alabama acusados falsamente de violación, recomendaba “best stay woke” (mejor, permanece alerta). Luego, fue registrado como parte del lenguaje antirracista del activismo negro en un artículo de 1962 del novelista William Melvin Kelley en The New York Times: “If You’re Woke You Dig It” (Si estás alerta, te encantará).(2) Durante las dos primeras décadas del siglo XXI, la palabra woke se cargó de un aura positiva, sobre todo por su incorporación por el movimiento Black Lives Matter, su asociación con los movimientos antirracistas y la ampliación de su alcance hasta abarcar otras muchas causas progresistas.
El significado negativo de lo woke utilizado por Donald Trump proviene de un giro semántico muy cercano a nuestro momento. Hacia 2019, lo woke es tomado por la derecha estadounidense como un nombre genérico para calificar despectivamente a las políticas antidiscriminatorias y a toda corriente progresista. Este uso se consolida en 2023, en la toma de posesión del segundo mandato de Ron DeSantis, gobernador republicano de Florida, quien sostuvo que su estado “is where woke goes to die” (Florida es donde lo woke viene a morir).(3) A partir de esta mutación, la derecha estadounidense empieza a utilizar el término para desacreditar las posturas antirracistas, pero extendiéndolo al feminismo, al medioambientalismo, a la diversidad sexual, a la accesibilidad para las personas con discapacidad, a la lucha contra los discursos de odio e incluso a movimientos de justicia distributiva como Occupy Wall Street. Si bien su significado permaneció impreciso, se convirtió en una eficaz arma arrojadiza contra todo intento de remover el statu quo. Esto ha tenido graves consecuencias no solo en el terreno de las instituciones públicas estadounidenses, donde casi han desaparecido las políticas DEI, sino también en los espacios universitarios, empresariales y civiles donde, por la presión gubernamental, las que subsisten se hallan bajo asedio.
Al mismo tiempo, se desplegó un curioso fenómeno político-discursivo: la formulación de distintas críticas a lo woke desde emplazamientos progresistas o de izquierda. Durante el último lustro, posiciones liberales y socialistas han levantado fuertes objeciones contra lo woke, acusando a sus movimientos de mediatizar la lucha por la justicia distributiva y de imponer estándares de expresión política y social incompatibles con una concepción robusta de la libre expresión, entre otros.(4, 5 y 6) Cabe decir que, desde luego, la izquierda no se manifiesta a favor del racismo o de los discursos de odio, pero su énfasis en la justicia distributiva y la libre expresión ha marginado y desplazado estas agendas a las que ahora percibe marcadas por los excesos y excentricidades de lo woke: victimismo, identitarismo, tribalismo, obsesión con el control del discurso, negación del universalismo, abandono de los derechos humanos y alianza tácita con el capitalismo. Debido a que buena parte de la gramática discursiva de lo woke proviene de la Critical Race Theory (teoría crítica de la raza) y del enfoque de la interseccionalidad, también estas doctrinas han quedado bajo sospecha.(7) En México, que es el objeto directo de nuestro interés, podemos ya identificar reiteraciones de esta corriente crítica.
Antes de avanzar, debe hacerse un apunte histórico. Si bien lo woke como discurso aparece en la segunda década del siglo XXI, las políticas DEI se anclan en la lucha antidiscriminatoria de los años setenta del siglo XX, con la acción afirmativa como su antecedente más destacado.(8) Esta diferencia temporal bastaría para dudar que sea posible una reducción de la no discriminación a la agenda de lo woke y, sobre todo, que su retórica constituya la forma más adecuada de interpretar y promover esa exigencia; sin embargo, la guerra cultural derechista contra lo woke generó un efecto de sentido colectivo: la presunción de que toda política antidiscriminatoria es woke y, por ello, contraria a un principio imparcial de no discriminación. Tal identificación compartida por la derecha y buena parte de la izquierda política se ha convertido en un poderoso obstáculo para la defensa de un programa antidiscriminatorio basado en los derechos.
La no discriminación no es una etiqueta de guerra cultural
Fuera de Estados Unidos se corre el riesgo de derivas similares, no solo por las imitaciones derechistas locales de los mantras antiwoke, sino también por la aparición de discursos de izquierda que adjudican a lo woke gran parte de la responsabilidad por el retroceso de las políticas progresistas, señaladamente en cuanto a la lucha contra la desigualdad de clase y la crisis del régimen democrático. Respecto de México, debe decirse que, como en el caso estadounidense, no existe en el progresismo una guerra abierta contra el derecho a la no discriminación, pero al no considerar esta agenda como un rasgo sustantivo del cambio progresista, se valida la reducción de la antidiscriminación a lo woke y el alejamiento izquierdista de los legítimos reclamos de justicia en el lenguaje de los derechos humanos respecto del género, la etnia, la sexualidad y otras formas de desigualdad no económica.
Debido a que la crítica izquierdista local a lo woke es un fenómeno que apenas despunta, mi argumento es sobre todo preventivo. Planteo, por ello, dos rutas de reflexión y acción políticas complementarias: una, que aconseja no desandar el camino avanzado en una agenda de igualdad y no discriminación basada en el lenguaje de los derechos humanos, con su correspondiente concreción en políticas de igualdad y no discriminación —nuestra experiencia nacional de DEI—; y otra, que conmina a no estigmatizar a los movimientos woke que, por su alcance social y hasta demográfico, difícilmente podrían ser vistos con seriedad como los causantes de la crisis electoral, partidista y discursiva de la izquierda, pero que son capaces de hacer visibles problemas desatendidos de injusticia estructural.
Por su claridad y franqueza, tomo un único ejemplo para abundar en estas preocupaciones. En textos recientes, Ricardo Becerra ha formulado una descalificación general del wokeismo, adjudicándole no solo el identitarismo, el tribalismo, el abandono del universalismo y de la justicia social, y la “intolerancia con todo salvo con la desigualdad material del capitalismo”, sino también, de manera sorprendente, el fracaso en la construcción de un partido socialdemócrata en México en el siglo XXI. (9 y 10) Echando mano de su biografía política, sostiene: “El wokeismo toma cierta retórica del neomarxismo, pero olvida lo importante: la clase, el capital, el trabajo y el salario. ¿Las identidades y minorías han sustituido la lucha de clases y por los derechos de las y los trabajadores? Ese desplazamiento lo vi, lo viví y lo padecí tempranamente en México durante los primeros años 2000, en los partidos que se creían socialdemócratas y que introdujeron efectivamente ‘la agenda de la discriminación’, pero que luego mutaron a partidos agenda. Desde entonces, mi discusión fue que lo woke —aún no se llamaba así— tiene un efecto en la propuesta socialdemócrata que aleja su mensaje de las bases trabajadoras”.(10, énfasis de Becerra)
Este juicio sumario codifica una opinión en expansión. Lo primero que salta a la vista es la certeza de que la falta de articulación de una izquierda socialdemócrata es consecuencia del desarrollo de una agenda de no discriminación. Si bien, en efecto, a inicios del siglo XXI la agenda antidiscriminatoria fue sostenida por contingentes socialdemócratas, nada indica que, de no haberse emprendido, una izquierda solo distributiva gozara hoy en día de una buena salud política. Pensar que los segmentos obreros y populares se han alineado con el populismo como resultado de un rechazo de la excentricidad woke expresa, primero, una fetichización de las bondades del proletariado bueno (remedo del pueblo bueno); y luego, un escaso entendimiento de la construcción del nuevo autoritarismo en México, además del descargo de responsabilidad de los grupos de izquierda ortodoxos, es decir, economicistas, por sus fracasos organizativos y estratégicos. En todo caso, adjudicar esa responsabilidad a un movimiento de construcción de derechos humanos imita el gesto woke de encontrar culpables funcionales para una herida identitaria no superada.
Una agenda de justicia social pierde fuerza si abandona la igualdad de trato
Sobre todo, la crítica incurre en un error conceptual, pues asocia la defensa de los grupos discriminados que animó la agenda antidiscriminatoria en México con la retórica identitaria y particularista de lo woke. Olvida que el marco constitucional de la no discriminación en México se articuló en el lenguaje de los derechos humanos, de vocación universalista e ilustrada, y no en el lenguaje de los “derechos civiles especiales (por ejemplo, [de] las mujeres o las minorías étnicas)”,(9, p. 48) por lo que la gramática de lo woke no lo caracteriza. Si algo debemos denunciar en el presente es que el grupo gobernante tiende a hacer, precisamente, una lectura woke de este derecho constitucional, reduciéndolo a un principio de identidad étnica.
Una disputa no menor es la relativa a la concepción de los proyectos políticos y partidistas de izquierda. ¿Es razonable creer que una izquierda socialdemócrata no requiere hacerse cargo de los problemas de discriminación como parte constitutiva de su programa de transformación? ¿Acaso esa fijación axiológica en el economicismo de raíz marxista es suficiente para contender con la complejidad de la injusticia contemporánea? Desde luego, una saludable identidad socialdemócrata exige un poderoso e irrenunciable compromiso con la justicia distributiva, pero también, y en la misma medida, exige un compromiso con un orden social de derechos equitativos para todas las personas y libre de discriminación y exclusiones.(11)
Muchas críticas progresistas a lo woke son deudoras de la retórica derechista que lo satanizó y han asumido la vacuidad o marginalidad de la lucha contra las discriminaciones y los dilemas de dominio y opresión encarnados en el mundo del lenguaje. Como dice Innerarity, “el antiwokismo exagera los peligros que para la libertad tiene una determinada cancelación y así minusvalora la falta de libertad estructural para las minorías que el wokismo quiere denunciar. De la anécdota se concluye en la categoría, con un par de exageraciones se pasa a ridiculizar todo un movimiento y, lo que es más importante, a minusvalorar el tipo de discriminaciones sobre las que trata de llamar la atención y combatir”.(12) Tiene razón. Los discursos woke han señalado injusticias, asimetrías y formas de opresión, muchas de las cuales se anidan en el mundo del lenguaje común, que no pueden desatenderse, aunque las respuestas que les han dado sean cuestionables. Enajenar a la izquierda de esas demandas de justicia contribuye a animarla a expresarse acerca de ellas con la gramática de la derecha.
Coincido en que lo woke ha promovido extravagancias y abusos, pero no es posible que sea la causa, aun si hubiera querido serlo, de la crisis del proletariado como sujeto histórico, del debilitamiento electoral del progresismo, del carisma sociodigital de la nueva derecha, del vigor populista y de los giros tecnodigital y neofascista del capitalismo. Estos son, y no lo woke, los principales causantes de la crisis de la izquierda.
* Profesor del Departamento de Filosofía, Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa.
Referencias
(1) Trump, D. (2025, 20 de enero). Ending radical and wasteful government DEI programs and preferencing (Executive Order 14151). Federal Register (documento 2025-01953, publicado el 29 de enero de 2025). https://www.federalregister.gov/documents/2025/01/29/2025-01953/ending-radical-and-wasteful-government-dei-programs-and-preferencing
(2) Kelley, W. M. (1962, 20 de mayo). If you’re woke you dig it. The New York Times Magazine, 45.
(3) DeSantis, R. (2023, 3 de enero). Discurso de toma de posesión como gobernador de Florida. Politico.
(4) Rhodes, C. (2022). Woke capitalism: How corporate morality is sabotaging democracy. Bristol University Press.
(5) Neiman, S. (2024). Izquierda no es woke (V. Gordo del Rey, trad.). Debate. (Obra original publicada en 2023).
(6) Rieff, D. (2025). Deseo y destino. Lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitsch (A. Major, trad.). Debate.
(7) Mounk, Y. (2024). La trampa identitaria: Una historia sobre las ideas y el poder en nuestro tiempo (F. J. Ramos, trad.). Paidós. (Obra original publicada en 2023).
(8) Rosenfeld, M. (1991). Affirmative action and justice: A philosophical and constitutional inquiry. Yale University Press.
(9) Becerra, R. (2011). El interés general en su desdicha.
(10) Becerra, R. (2026). Lo woke y el abandono del interés general.
(11) Rodríguez Zepeda, J. (2019). ¿Hay futuro para la socialdemocracia en México? Quince tesis para construirlo. Fundación Friedrich Ebert en México. https://collections.fes.de/publikationen/ident/fes/15563
(12) Innerarity, D. (2025, 25 de febrero). Contra el “antiwokismo”. El País. https://www.danielinnerarity.es/opini%C3%B3n-preblog-2023/contra-el-antiwokismo/
























