Año 1, núm. 3, octubre de 2025
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Raíz que no desaparece: el síntoma de un país en duelo
Reseña del libro Raíz que no desaparece, de Alma Delia Murillo
Solisbeth Meléndez*
Más de 125 mil personas desaparecidas son la herida abierta de México. El duelo inconcluso de las madres buscadoras refleja un país donde la violencia se normaliza y la solidaridad social es la única forma de resistencia.
En psicoterapia, cuando alguien se acerca inquieto por un malestar emocional, preguntamos sobre su motivo de consulta. Planteamos esta interrogante para entrar en esto que llamamos “síntoma”. Por lo general, más allá de lo que diga el paciente, nuestra indagación es una: “¿cómo vives lo que te está pasando?”, “¿cómo sabes que algo te ocurre?”. Ese es el discurso inicial que abre todo un proceso terapéutico.
Me quedo con esa palabra, síntoma, y pienso: si México fuese el/la paciente, ¿cuál sería su síntoma? No lo tengo que pensar mucho, pues la enfermedad que padece este país pasa por sus desaparecidos, en las cerca de 130 mil personas no localizadas en México.
Esta enfermedad se manifiesta en sus familiares: en madres, padres, esposas, hijos e hijas que no sabrán lo que implica conocer y/o envejecer con un ser querido que un día se fue y no volvió. Alma Delia Murillo, escritora mexicana, ha publicado el libro Raíz que no desaparece para darle voz a esta gran enfermedad. En este libro está narrada la angustia materna con una duda que rompe toda lógica.
México tiene más de 125 mil desaparecidos registrados.
A veces, en las paredes de un espacio seguro, ‒casa, familia, terapia‒ muchas madres se cuestionan su rol: “¿Lo estaré haciendo bien?”. Pregunta completamente válida que implica la autoconciencia de un rol por demás demandante. En Raíz que no desaparece, ‒y en un espacio completamente burocrático como las oficinas de las fiscalías, los tribunales y las agencias de policía‒, estas madres que buscan a sus desaparecidos se hacen otro tipo de preguntas, como: “¿Dónde estará enterrado el cuerpo de mi hijo/hija?”. “¿Habrá sufrido mucho?”.
Las madres buscadoras no se cuestionan si están siendo buenas madres, porque ni siquiera se les permitió dudar de su maternidad, ya que sus hijos e hijas fueron arrebatados desde muy temprana edad. Las madres buscadoras caminan incansablemente; se enojan, levantan tierra y ‒como narra uno de los personajes más entrañables en el libro‒ se enferman:
“Lo que peor se me descompuso fue la panza. Y luego la cabeza. Pero lo de la panza es horrible, primero sin comer un año y luego me atragantaba de comida. Luego, pues ya te imaginarás: gastritis, colitis, acidez, todo tengo. El otro día me andaba riendo solita porque oí en el radio que dicen que cuando pierdes a alguien te duele el corazón, pero no es verdad, te duele la panza, te duele la panza para siempre”.
Pareciera que ser madre para ellas se convirtió en un duelo silente, en la búsqueda eterna de un indicio de ese hijo o hija, cuyos restos habitan todavía ese cuerpo capacitado para maternar, y violentamente apartado de ese objeto amado.
Si el síntoma son los desaparecidos y la forma en la que se manifiesta es la enfermedad de sus madres, Alma Delia agrega una vía ilusoria, y paradójicamente real: los árboles de los que estamos rodeados serían el medio para acceder a esa profunda verdad. En Raíz que no desaparece, la autora decide ‒tal como Indiana Jones en la búsqueda del Santo Grial‒ dar un salto de fe al lenguaje de la naturaleza:
“La vegetación puede reaccionar de forma negativa tanto al exceso de nitrógeno como a otros componentes bióticos de los cadáveres que se desintegran en la tierra… los cuerpos asesinados con violencia tienen procesos de descomposición distintos. Torturar un cuerpo antes de asesinarlo deja una huella química palpable”.
Cada 45 minutos una persona desaparece en el país.
Y termina con una pregunta aterradora: “¿Sobre qué cicatrices perturbadoras estamos caminando?”.
Con este salto de fe hacia cualquier señal que nos muestren dónde están los desaparecidos de México, Alma Delia hace una descripción de cómo las madres, abriendo la tierra con sus propias manos, han encontrado restos de sus hijos e hijas.
Entiendo ‒tal y como la autora menciona en una parte del libro‒ que esto puede resultar inverosímil, pero me encuentro en la misma desazón: ¿cómo puede ser tan absurdo y cuestionable buscar los restos de tus hijos en árboles infectados de hongos, y no es absurda la cifra de que cada 45 minutos una persona desaparece en México?
Alma Delia Murillo deja una propuesta que, si bien no es alentadora, permite acompañar a las víctimas: “lo que necesito es encontrar aliados, no puedo seguir sin conversar a profundidad”. Y yo quisiera decir: ¡aquí estoy! Y como una muestra clara de que nadie es profeta en su propia tierra, no necesito ser mexicana para sentir el dolor de las madres buscadoras.
Yo estoy aquí, dispuesta a escucharlas ‒con la única vía que es, en mi caso, la psicoterapia‒, dispuesta a acompañar en esta lucha de cuerpos, porque ya no es la voz de una madre buscadora, sino la indignación de muchas personas que a lo largo y ancho del territorio somos testigos de cómo, cada día, hay una madre que se queda sin cuidar y un hijo que ya no creció más.
Madres buscadoras enfrentan duelo eterno y buscan restos con sus propias manos.
Esto es una invitación a habitar Raíz que no desaparece, porque más que un libro, es un viaje a la sensibilidad del otro, es un recorrido al duelo inconcluso de miles de familiares, a los que solo les queda seguir buscando. Y es, por supuesto, una súplica a indignarnos más, a enojarnos más, a que desde nuestros pequeños territorios podamos acompañar a tantos colectivos de búsqueda, porque en un país en el que han dejado solas a tantas personas, la solidaridad debe ser un acto.
Raíz que no desaparece, de Alma Delia Murillo.
Alfaguara, 2025.
* La autora es psicoterapeuta clínica, migrante de Venezuela con residencia en México y con amplia experiencia en psicología criminal.


























