Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
a fondo
¿Qué diablos quiere decir populismo?
Jorge Javier Romero Vadillo
Más que una ideología, el populismo es una forma de interpelar al pueblo desde la emoción y la polarización; promete redención, pero termina erosionando la diversidad democrática.
A veces los conceptos más manoseados son los que requieren mayor precisión. El populismo, por ejemplo. En boca de políticos, opinadores y académicos, la palabra se ha usado para nombrar casi cualquier cosa: desde una política social hasta una dictadura; desde una campaña electoral exitosa hasta una amenaza existencial contra la democracia. Y sin embargo, como suele pasar con los términos deformados por el uso, su historia real es más reveladora que su caricatura. El populismo no nació como insulto, sino como esperanza.
Los orígenes del populismo: esperanza y paradoja
La palabreja surgió en la Rusia de los zares, hacia fines del siglo XIX, con un grupo de jóvenes ilustrados que emprendió un gesto a la vez romántico y subversivo: abandonar las ciudades para ir al pueblo. Eran los narodnikis –literalmente, los que van al pueblo– y creían que el campesinado encarnaba una virtud social inmaculada, una forma moral de existencia capaz de redimir al Estado desde abajo. Su proyecto no era solo político, sino también simbólico: restaurar la comunidad agraria como fundamento ético de la nación. En ese impulso se prefigura uno de los hilos persistentes del populismo: la idealización del pueblo como sujeto colectivo, homogéneo y traicionado, contrapuesto a una elite corrupta y ajena. El pueblo como refugio de autenticidad. Y la política como reencantamiento.
Casi al mismo tiempo, en Estados Unidos, el People’s Party levantaba una bandera similar, pero con otra tonada: la de la justicia agraria contra los abusos del capital financiero y los monopolios ferroviarios. Eran granjeros empobrecidos que reclamaban protección frente al progreso desigual. En ambos casos, el populismo fue una crítica al poder y una invocación al pueblo como sujeto redentor. Una voz desde abajo contra los de arriba.
Pero incluso en sus orígenes, el populismo mostraba su paradoja fundacional: hablaba en nombre del pueblo sin saber exactamente cuál pueblo. Era una invocación a una entidad abstracta, con una voz unificada y una moral indiscutible, aunque en realidad se trataba de una construcción política que excluía todo lo que no encajara en su imaginario.
Del ideal al poder: el populismo y sus mutaciones del siglo XX
Con el siglo XX, el populismo dejó de ser una intuición ideológica para volverse carne en los regímenes. El concepto mutó, se endureció y se encarnó en formas de poder mucho más complejas y, en algunos casos, aterradoras. En Europa, devastada por la Gran Guerra, el desarraigo y la frustración social se canalizaron no hacia formas populares de participación, sino hacia regímenes totalitarios. La palabra pueblo fue secuestrada por doctrinas de hierro: el fascismo italiano, el nazismo alemán, el estalinismo soviético. El populismo, como tal, quedó subsumido bajo etiquetas más rotundas, más disciplinadas, más brutales. Ya no se trataba de hablar en nombre del pueblo, sino de someterlo a una voluntad unificada, dirigida desde el vértice. En lugar de mediación, obediencia. En lugar de promesas redentoras, programas de ingeniería social. El carisma se convirtió en culto, y el Estado en aparato de control total.
El populismo divide entre “pueblo puro” y “élite corrupta”, sin espacio para la pluralidad.
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, América Latina vivía otro proceso. Aquí el populismo no fue derrotado por el totalitarismo: fue su versión mestiza. No tomó el camino del partido único ni del terror sistemático, pero sí el del liderazgo personalista, la movilización masiva, el uso del aparato estatal como herramienta de integración clientelar. Fue algo más que una retórica: fue una gramática de poder, un modelo de gobierno, un arreglo social donde el líder prometía redención a cambio de lealtad. En esa promesa latía una ambivalencia: la inclusión de los de abajo, sí, pero dentro de una estructura vertical que dependía siempre del carisma de uno solo.
El caso mexicano fue una anomalía instructiva en medio del vendaval latinoamericano del siglo XX. El cardenismo de los años treinta, sin duda, compartió con el populismo varios de sus ingredientes más reconocibles: una apelación directa a el pueblo, la redistribución de tierras y riqueza, la movilización de sectores populares históricamente marginados y una figura presidencial con enorme ascendencia simbólica. Pero la similitud es solo parcial.
Lázaro Cárdenas no buscó eternizarse en el poder ni dinamitó los canales institucionales. Al contrario: apostó por construirlos. Renunció explícitamente a la reelección, impulsó la formación de un partido de Estado con estructura funcional –el PRM– que integrara y encauzara los conflictos sociales e intentó dejar un andamiaje que no dependiera de su presencia personal. No persiguió con saña a sus opositores ni desmanteló la división de poderes. Su proyecto, aunque profundamente transformador, no descansaba en la excepción ni en el culto. No fue un populismo clásico, sino una forma peculiar de reformismo nacionalista con fuerte vocación institucional.
Ese populismo clásico latinoamericano tenía una matriz inclusiva, pero también autoritaria. Incorporaba a sectores marginados a la vida política, pero bajo condiciones de subordinación. Exaltaba la participación popular, pero la encorsetó en estructuras clientelares. Combatía a las elites, pero construyó nuevas burocracias igual de cerradas. En el fondo, sustituía una hegemonía por otra.
Esa diferencia no fue menor. Porque lo que en México se canalizó a través de la arquitectura del sistema político, en buena parte de América del Sur se tradujo en una lógica de personalismo avasallante que desbordó los cauces republicanos y convirtió al Estado en extensión del líder. Getúlio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina ofrecieron versiones más puras y duraderas del populismo latinoamericano en su sentido clásico: la irrupción del líder carismático que, invocando al pueblo, desmantela la mediación institucional para gobernar desde una relación directa, emocional y excluyente con las masas.
El laboratorio latinoamericano: Vargas, Perón y el populismo clásico
Vargas llegó al poder en 1930 tras un golpe de Estado que puso fin a la República del Café con Leche, ese sistema oligárquico de alternancia pactada entre Minas Gerais y São Paulo. Prometía modernización y justicia social, pero su verdadero proyecto –consolidado entre 1937 y 1945 bajo el régimen del Estado Novo– se acercó más al fascismo europeo que a cualquier experimento democrático. Vargas cerró el Congreso, ilegalizó los partidos, censuró la prensa, militarizó la administración pública y concentró en la presidencia una autoridad casi total.
Inspirado por el corporativismo italiano, estructuró una economía estatista y una política laboral que subordinaba a los sindicatos al Poder Ejecutivo. Su discurso se dirigía a los trabajadores como un cuerpo único, orgánico, cuya voz solo podía ser escuchada a través del Estado. El líder no gobernaba para el pueblo: era el pueblo. El régimen cayó en 1945, cuando el propio Ejército que lo había sostenido lo forzó a dimitir. Volvería en 1951, esta vez por la vía electoral, ya no como dictador sino como padre redentor. Pero el ciclo se cerró con violencia: acosado por la oposición, Vargas se suicidó en 1954, no sin antes legar una carta-testamento que lo elevaba como mártir del pueblo frente a las fuerzas oscuras que, según él, querían destruir a la patria.
Su fuerza no proviene de programas, sino de emociones y enemigos.
En Argentina, el fenómeno fue aún más radical y duradero. Juan Domingo Perón emergió como figura nacional en 1943, al alero de un golpe militar que derrocó a un gobierno civil, y consolidó su ascenso desde la Secretaría de Trabajo. Allí construyó una base sindical sólida, a través de un aparato de beneficios, retórica obrera y presencia carismática. En 1946 ganó las elecciones y se convirtió en presidente.
Desde el inicio, el peronismo estableció un régimen basado en la figura del conductor: Perón no era simplemente un mandatario, sino el intérprete privilegiado del interés del pueblo cuya voluntad se identificaba con la suya. En nombre de esa identificación, eliminó toda disidencia. Reformó la Constitución en 1949, se reeligió en 1951, intervino la prensa, hostigó a la oposición y subordinó al Poder Judicial. El discurso se volvió binario: pueblo versus antipueblo, nación versus oligarquía, lealtad versus traición. No había espacio para el pluralismo: todo se organizaba en torno al vínculo místico entre el líder y sus seguidores.
El aparato simbólico del peronismo fue monumental. Eva, Evita –la esposa del presidente, convertida en santa laica– jugó un rol central en la consolidación del mito. Su muerte en 1952 no debilitó el régimen; lo sacralizó aún más. Pero el sistema se fue cerrando sobre sí mismo. En 1955, tras una creciente oposición civil y militar, Perón fue derrocado y obligado al exilio. El peronismo, sin embargo, no desapareció: se transformó en un movimiento de masas sin partido, proscrito pero omnipresente, que operaba al margen del sistema, esperando el retorno del líder.
Durante dos décadas, el país vivió bajo la sombra de esa figura ausente, cuya sola mención encendía pasiones, adhesiones y odios irreconciliables. Perón volvería en 1973, en medio del caos político, solo para morir al año siguiente. Para entonces, el movimiento que él había fundado ya albergaba desde guerrillas marxistas hasta grupos parapoliciales de ultraderecha. Su legado no era un programa, sino una identidad política: ser peronista, aun hoy, es una forma de estar en la política más allá de las ideas y sigue siendo un lastre para la construcción de un proyecto democrático de izquierda que renuncie al mito del hombre providencial.
Del populismo neoliberal al bolivariano: refundaciones y abusos
Con el paso de las décadas, el populismo latinoamericano abandonó su matriz nacional-popular y se adaptó al nuevo signo de los tiempos. Hacia finales del siglo XX, emergió una generación distinta de líderes que, aun cuando conservaron el molde populista –el pueblo como núcleo de legitimidad y el líder como intérprete único de su voluntad–, invirtieron sus contenidos. Carlos Menem en Argentina, Fernando Collor de Mello en Brasil y Alberto Fujimori en Perú se presentaron como outsiders o renovadores de sistemas corroídos, pero ya no hablaban de justicia social, sino de eficiencia, globalización y modernización.
No invocaban al obrero organizado, sino al consumidor desencantado, al ciudadano hastiado de partidos e instituciones. Se deshicieron de las banderas estatistas con la misma convicción con la que sus predecesores habían nacionalizado industrias. Privatizaron empresas públicas, desmantelaron redes de protección social y adoptaron el libre comercio como dogma.
Reconocerlo como estrategia discursiva es clave para defender la democracia.
El populismo neoliberal fue una paradoja: tecnocrático en su implementación, emotivo en su justificación. Su lenguaje estaba lleno de promesas de futuro, pero su política operaba con decretos, concentración de poder y desdén por el escrutinio institucional. Fujimori llevó el modelo al extremo: disolvió el Congreso en 1992, instauró un régimen de facto que gobernaba con respaldo popular y represión selectiva, y construyó un sistema clientelar que combinaba marketing y miedo. La noción de pueblo persistía, pero ya no como sujeto movilizado, sino como audiencia silenciosa. En nombre del pueblo, se imponían reformas impopulares. El populismo neoliberal hablaba de eficiencia, pero producía autoritarismo.
La siguiente ola se gestó en el vacío que dejaron esas promesas rotas. En el amanecer del siglo XXI, un nuevo populismo –esta vez de signo bolivariano– irrumpió con fuerza. Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador canalizaron el descontento social con el neoliberalismo y lo tradujeron en una retórica de refundación. Recuperaron el lenguaje de las mayorías excluidas, apelaron a la historia de agravios, denunciaron a las elites económicas y mediáticas, y se proclamaron encarnación del pueblo profundo. Pero lo que empezó como promesa emancipadora pronto adquirió formas autoritarias. Reescribieron constituciones para ampliar sus mandatos, cooptaron tribunales, restringieron libertades civiles, sofocaron la disidencia. En nombre del pueblo, vaciaron los contrapesos.
El caso venezolano fue el más extremo. Bajo el chavismo, el poder se concentró de forma inédita desde la restauración democrática de 1958. El presidencialismo sufrió hipertrofia, el clientelismo se institucionalizó y la economía se subordinó a una lógica de lealtades políticas. Lo que se anunció como revolución ciudadana terminó siendo un régimen personalista. En Bolivia, el gobierno de Morales –aunque más institucional– también mostró señales de deslizamientos autoritarios: desconocimiento de referendos, presión a medios y debilitamiento de la independencia judicial. En Ecuador, el estilo confrontativo de Correa convirtió al Poder Ejecutivo en tribunal moral desde donde se juzgaba a todo adversario.
La lógica del populismo tardío ya no era la de la integración ni de la justicia social en clave pluralista, sino la del dominio vertical. El líder no convocaba: instruía. El pueblo no deliberaba: asentía. Las instituciones no mediaban: obedecían. Y su herencia –en más de un caso– fue la ruina institucional y la erosión prolongada de las reglas democráticas. El populismo había mutado: de promesa de inclusión a arquitectura del poder concentrado.
En este paisaje, Andrés Manuel López Obrador aparece como el último heredero de aquella genealogía. Su Cuarta Transformación –nombrada con pretensiones épicas y vocación fundacional– retoma los gestos clásicos del populismo latinoamericano: la centralidad del líder como voz del pueblo, el relato de redención nacional contra las elites corruptas, y la identificación entre disenso y traición. Como sus antecesores, construyó una base popular sólida a partir del descontento con las formas tecnocráticas del poder, pero convirtió esa legitimidad en cheque en blanco. Debilitó a los órganos autónomos, minó el pluralismo institucional y despreció los contrapesos con la convicción de quien se asume investido por una voluntad superior.
No ha llegado –todavía– a los extremos autoritarios de la ola bolivariana, pero comparte con ella una matriz política: la del líder que no gobierna desde el diálogo, sino desde la superioridad moral que se adjudica. López Obrador no solo gobernó con el pueblo; gobernó, sobre todo, contra sus adversarios, reales o imaginarios, bajo la lógica binaria que define al populismo en su versión más aguda: los buenos y los malos, los de abajo y los de arriba, el pueblo y la mafia del poder.
Con López Obrador no se cerró un capítulo: se afianzó una gramática. La Cuarta Transformación fue menos transformación que estilo. Un modo de ejercer el poder como tribuna, de entender el gobierno como cruzada moral, de fundir el Estado con la voz del líder. Pero lo más inquietante no es el desenlace, sino la continuidad. Su sucesora no hereda solo una oficina: hereda un método. Un modo de nombrar al adversario como traidor, de convertir la voluntad popular en coartada de excepción, de poner entre paréntesis la legalidad en nombre de una legitimidad superior. Lo que se está asentando no es la repetición exacta, sino la sedimentación de un hábito: el del poder sin contrapesos, la épica sin resultados, la política como pedagogía de la obediencia; un nuevo régimen que deja atrás el breve espacio democrático que vivió México durante los primeros años del siglo XXI.
Populismo global y desafíos democráticos
Europa no quedó al margen, aunque su giro populista tardó en llegar. Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, una combinación de memoria histórica, construcción institucional y prosperidad económica actuó como barrera contra las pulsiones autoritarias. La Unión Europea, los sistemas parlamentarios robustos y el consenso socialdemócrata funcionaron como anticuerpos. Pero hacia el final del siglo XX –y con mayor intensidad tras la crisis financiera de 2008– esos diques comenzaron a resquebrajarse. La desigualdad, el desencanto con los partidos tradicionales y el miedo a la globalización abrieron paso a una nueva derecha populista.
Jean-Marie Le Pen en Francia, fundador del Frente Nacional en los años ochenta, fue uno de los primeros en articular un discurso que combinaba nacionalismo exacerbado, antiglobalismo y rechazo frontal a la inmigración. Le seguirían Matteo Salvini, en Italia; Viktor Orbán, en Hungría; Jarosław Kaczyński, en Polonia; y más tarde, figuras como Marine Le Pen o Giorgia Meloni. El lenguaje era reconocible: el pueblo virtuoso contra las elites corruptas. Pero el contenido había mutado. El pueblo ya no era el obrero explotado, sino el ciudadano auténtico cercado por enemigos externos –los inmigrantes– y por traidores internos –la burocracia de Bruselas, los defensores de derechos humanos, los liberales cosmopolitas.
En estos populismos de nueva derecha resonaban ecos deslavados del fascismo clásico: exaltación identitaria, nostalgia de un orden perdido, culto a la soberanía nacional y una pulsión autoritaria disfrazada de voluntad popular. Su enemigo no era el capital concentrado, sino el otro cultural. Su promesa no era la igualdad, sino la restitución de una identidad supuestamente robada. La politóloga italiana Nadia Urbinati lo ha descrito con precisión: el populismo no borra la democracia, pero la deforma. No elimina las elecciones, pero las convierte en plebiscitos. No prohíbe la oposición, pero la deslegitima. Opera dentro del marco democrático, pero lo vacía de contenido deliberativo. Se instala en la legalidad, pero la usa como coartada para concentrar poder.
El populismo necesita crisis: económicas, políticas, de representación. Su éxito depende de la desconfianza ciudadana hacia los partidos, de la frustración con las elites, del sentimiento de abandono. Llega con respuestas simples a problemas complejos. Con enemigos claros, soluciones fáciles y promesas de redención. Pero ese mismo simplismo es su trampa.
Porque el pueblo no es uno, sino muchos. No es puro, inocente ni unívoco. No tiene una sola voz ni una sola demanda. La democracia moderna se construyó para procesar esa pluralidad: para convertir la diversidad en convivencia y el conflicto en deliberación. El populismo, al revés, niega esa diversidad en nombre de una unidad ficticia.
Hoy, el populismo ha vuelto a ocupar el centro de la escena global. De Donald Trump a Andrés Manuel López Obrador; de Jair Bolsonaro a Nayib Bukele, los liderazgos populistas emergen con fuerza renovada. Unos con trajes progresistas, otros con banderas conservadoras, pero todos con el mismo desprecio por la mediación institucional, por los contrapesos, por la prensa crítica y por la oposición política.
El populismo del siglo XXI ya no requiere partidos fuertes, sindicatos organizados ni estructuras territoriales. Le basta con una cuenta de X antes Twitter, un canal de YouTube, una narrativa pegajosa y un enemigo identificable. Su eficacia no depende del Estado, sino de su capacidad de movilizar emociones. Ya no busca construir hegemonías ideológicas, sino explotar el malestar difuso.
Esa es su fuerza, pero también su fragilidad. Porque la democracia es más que una mayoría circunstancial. Es un conjunto de reglas, de equilibrios, de derechos. Es la garantía de que quien pierde hoy pueda volver a competir mañana. El populismo, en cambio, log reduce todo al presente absoluto. A la voluntad de un líder, al espasmo de una mayoría momentánea.
La lección de la historia es clara. El populismo puede corregir excesos, sacudir inercias y visibilizar injusticias. Pero rara vez construye democracias más fuertes. Su saldo suele ser la fragilización institucional, la polarización social, la erosión del pluralismo. Y cuando se vuelve dominante, abre la puerta a formas más peligrosas de autoritarismo.
La alternativa no es volver a las elites sordas ni a los tecnócratas insensibles. Es reconstruir la democracia desde la inclusión real, la deliberación abierta y la representación efectiva. Es entender que el pueblo no necesita ser salvado por un líder, sino escuchado por un sistema que funcione, donde la pasión por la justicia no se oponga al respeto por las reglas.
En tiempos de populismo rampante, volver sobre esta genealogía es algo más que un ejercicio académico. Es un intento por entender los sedimentos del presente, las trampas del lenguaje político y las mutaciones del poder cuando se disfraza de redención. Porque la historia no se repite, pero insiste. Y a veces, si no se le interroga a fondo, suele convertirse en profecía.


























