Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
a fondo
Populismo a río revuelto
Paulo Hidalgo
Milei, Trump y Kast encarnan un populismo reactivo que se nutre de crisis económicas, desconfianza institucional y ansiedad social, erosionando la ciudadanía liberal.
El presidente Javier Milei, en Argentina, ha repetido la receta de otras sociedades en lo que parece ser la puesta en cuestión de las democracias liberales. Así es el contexto: crisis económica, deslegitimación aguda de las elites políticas, casos de corrupción más o menos generalizados, seria pérdida de confianza en las instituciones, crecimiento del crimen organizado y de la delincuencia, inmigración e inseguridad. Así fue que caló el discurso, muy simple y binario, de Milei en contra de la casta y de la galopante inflación de la Argentina, e incluso su arremetida en contra del sufragio popular, que –según él– fue el comienzo del fin del país. En todo caso, en la reciente elección en el gran Buenos Aires –a inicios de septiembre de 2025– el peronismo tuvo un alza importante como un evidente castigo a Milei y a Libertad Avanza.
El populismo iliberal surge del desencanto con las democracias lentas.
Tenemos también el caso de Donald Trump y su Make America Great Again, con un discurso nacionalista, antielitario, en contra de los privilegiados de Washington y también confrontacional respecto de la migración. Al mismo tiempo, en Chile, el Partido Republicano encarna bien este modelo binario: cabalgando sobre el orden, la autoridad, la familia y las tradiciones, la candidatura de José Antonio Kast expresa un iliberalismo simple que registra, por cierto, una buena franja de sentidos comunes, pero que no presenta en verdad un programa tangible de oferta de políticas públicas claras. Sin duda, dentro de la derecha se juega una coalición que, al final, irá tras los republicanos o la posibilidad de una derecha moderada que se ve cada vez más lejana. El discurso de mano dura contra la inmigración irregular, el cierre de fronteras y las supuestas políticas de emergencia en áreas como la inseguridad captan amplias franjas del electorado. Así parece configurarse el surgimiento de una nueva derecha robusta e iliberal en toda la línea.
Pero el punto basal es la fragilidad de las actuales democracias y cómo, en función de ciertos elementos bullentes, tarde o temprano brotan el populismo y el caudillo que se cierne como redentor del pueblo, aludiendo a los otros como los culpables de todos los males. Tal parece que la ciudadanía de la democracia liberal se encuentra severamente cuestionada. Aquel sujeto dotado de deberes y derechos, capaz de una elección racional y de una deliberación acorde, ha dejado de expresarse con la claridad que lo había venido haciendo –a lo menos– desde el surgimiento de la democracia en el siglo XVIII. Como siempre, con los recaudos de una democracia a fuego lento, resultado de sostenidas luchas políticas de amplios sectores por ser integrados, aunque sea parcialmente, a la mesa del poder.
Derechas e izquierdas invocan al pueblo, pero sobre un campo minado de rabia.
¿Es posible, en este complejo cuadro de líderes reactivos y populistas, reafirmar la democracia liberal, la ciudadanía y los programas racionales y consensuales? Muy difícil pregunta en la actualidad. Para ser coherentes, también desde franjas de la izquierda se ha construido en estos años una alternativa más de identidades que de ciudadanos que se afirma como una renovada narrativa.
Como sabemos, el destacado intelectual Ernesto Laclau y su notable colega Chantal Mouffe hicieron un camino intelectual interesante y complejo en función de reconocerle al populismo una condición de posibilidad política o alternativa progresista. La clave parecía residir en que ya no son los ciudadanos o las clases sociales –en sentido marxista– las que se oponen en el campo político. Se trata de las oposiciones de múltiples identidades que configuran demandas y constituyen así al pueblo en antagonismo al poder instituido de las elites. Sin embargo, al menos en términos electorales, no es claro que exista una fuerza robusta que configure al pueblo de esta manera. La experiencia de Podemos en España es más que aleccionadora, cuando –en el delirio– se planteaba derribar a los partidos históricos de la centroizquierda, como el PSOE. Desde luego, las identidades y los grupos sociales que así se proclaman tienen demandas y condiciones sociológicas dignas de la mayor atención. Pero no es por ese sendero que se puede reconquistar una política progresista que toque la redistribución social, la salud, las pensiones, la inmigración, la calidad de los empleos y la seguridad de barrios y comunidades.
La ciudadanía racional cede terreno a identidades emocionales.
En otros términos, la democracia liberal sigue siendo el marco para construir ciudadanas y ciudadanos en igualdad de derechos, y la oferta es siempre la ampliación de los derechos individuales y colectivos, así como la mayor incidencia de las personas en las políticas públicas en acto. Como se percibe, es posible un populismo para armar de derechas e izquierdas, binario e invocador del pueblo, pero sobre la base de una democracia en crisis y de una aguda deslegitimación de las instituciones. Es una canalización de la rabia y la energía hacia algo muy distinto, cuyo pronóstico es reservado.
Quizás el problema de fondo resida en la constitución de núcleos de elites políticas e intelectuales que logren sintonizar con las pulsiones de las personas, ofreciendo horizontes realistas y de tiempos pausados. Respuestas racionales a problemas complejos en los campos de la educación, la tecnología, el medio ambiente, la economía, el trabajo, etcétera. El asunto es que los tiempos no calzan cuando existe una liquidez y una ansiedad generalizada por tener respuestas aquí y ahora. ¿Será un problema estructural de los tiempos de la democracia clásica o ella misma debería adaptarse al tiempo actual, que es muy diferente? ¿No será, en verdad, que el combate a la corrupción está a la orden del día y es el pilar clave para reconquistar una democracia sana y verdadera, sin apellidos?


























