Año 1, núm. 5, diciembre de 2025
ISSN 3122-3583
a fondo
Pemex, tragedia nacional
Marino Castillo Vallejo *
Pemex, alguna vez columna vertebral de la economía mexicana, se ha convertido en un símbolo de deterioro institucional: corrupción enquistada, prácticas abusivas, redes internas de impunidad y mecanismos de saqueo que revelan la profundidad de su crisis estructural.
La paraestatal Petróleos Mexicano (Pemex), desde su creación y hasta nuestros días, ha sido protagonista indiscutible en el desarrollo del país. A partir de 1938 y por décadas, no pocas, fue un poderoso factor de impulso a la economía nacional. Es innegable: Pemex fue una sólida columna de las finanzas mexicanas. La riqueza petrolera acumulada en el subsuelo terrestre y marítimo del territorio nacional, así como la intensa demanda del producto y sus derivados, imprescindibles para las más diversas actividades como la energía industrial, la petroquímica o el transporte, entre otras fundamentales para la vida, hicieron de la paraestatal su fortaleza y larga época dorada. Se le ubicaba entre las más rentables del orbe. Penetró tanto en la economía nacional, que se aludía a esta como economía petrolizada y ciertamente lo estaba.
El auge petrolero era evidente. Factores internacionales, geopolíticos, incluso bélicos, se sumaron al de las nutridas reservas del llamado “oro negro”, del gas y de otros hidrocarburos, todos no renovables, con los que la generosa naturaleza favoreció a las profundidades de nuestro territorio. La oleada de recursos económicos, ya sea por la comercialización o por gravámenes fiscales, provenientes de esa actividad petrolera era gigantesca. A propósito de esa circunstancia, en 1977, el entonces presidente de la República, José López Portillo, arengó emocionado, cual festín, que México debía acostumbrarse a “administrar la abundancia”.
Casi cincuenta años después podría decirse que aquel estruendoso y populista pregón fue el banderazo inicial de la carrera que esa paraestatal ha realizado de forma defectuosa, desacertada y llena de tropiezos, en la que ha sido evidente la mala administración, el endeudamiento incontrolable, la sobrepoblación laboral –alrededor de 130 000 empleados, cifra de escándalo si se compara con otras empresas petroleras del mundo, como la brasileña Petrobras, con solo 45 000 trabajadores, aproximadamente– el gigantesco pasivo laboral, un sindicato politizado, consentido y abusivo, además de una escandalosa corrupción en la que han participado personas servidoras públicas, el sindicato y particulares.
La paraestatal pasó de “administrar la abundancia” a cargar una deuda impagable y un sistema laboral sobredimensionado.
Enunciativa y no limitativamente invoco esos problemas que han aquejado a Pemex y que han sido causa de la transformación de esa empresa, que de ser soporte de la economía a ser ahora una carga de las finanzas públicas, con una deuda impagable con acreedores externos e internos. Un barril sin fondo.
Aunque cada uno de los factores puede ser materia de profundo estudio, ahora deseo hacer algunos comentarios sobre el último de los citados: la corrupción.
Este pernicioso fenómeno que se incrustó en Pemex ha sido generador de diversas maneras de todos los factores señalados; por ello, sin ambages señalo que la corrupción ha hecho de Pemex una tragedia. Es sintomático que en los últimos 25 años, cuatro exdirectores generales de Pemex –Jorge Díaz Serrano, Raúl Muñoz Leos, Rogelio Montemayor Seguy y Emilio Lozoya Austin– han estado seria y directamente involucrados en actos legalmente irregulares, acusados de cohecho, peculado, desvío de recursos públicos, abuso de funciones, entre otras faltas administrativas y delitos.
Si las cabezas de la paraestatal, ciertamente visibles mediática y políticamente, han enfrentado acusaciones de tal índole, incluso haber pisado la cárcel o ser inhabilitados para el ejercicio del servicio público, qué podría decirse sobre la conducta de los siguientes niveles administrativos de confianza y hasta de empleados de base sindicalizados. Creo que la historia sería muy larga.
Décadas de corrupción han permeado todos los niveles: directores acusados y prácticas cotidianas que normalizan el abuso.
Sin dejar de señalar los relevantes actos de corrupción que se han documentado e imputado a los altos niveles directivos y que han puesto a la paraestatal en gravísima situación financiera, existen otras prácticas no menos importantes que han abonado a que esa entidad pública viva en una atmósfera de irregularidades vergonzantes y hasta grotescas.
Un exfuncionario de la paraestatal me confió sobre ciertas prácticas que vulneran la integridad de su plantilla laboral y comprometen la transparencia operativa. Dos fenómenos preocupantes que no podrían creerse sino como parte del cúmulo de padecimientos que aquejan a esa empresa estatal y que la tienen, no lo exagero, en terapia intensiva, utilizando como parangón a ese tipo de atención médica que se aplica al enfermo grave o terminal. Es el caso, conforme al relato recibido, que en los edificios que rodean la torre ejecutiva de Pemex se han identificado espacios ocultos entre los muros de los sanitarios, conocidos por algunos empleados como “covachitas”.
Estos sitios han sido utilizados durante años para llevar a cabo negociaciones de carácter indebido entre los jefes de limpieza —comúnmente llamados “cabos”— y el personal a su cargo, en su mayoría mujeres. Según testimonios, los “cabos” ofrecían turnos dobles —y por ende, mayores ingresos en la catorcena— a cambio de favores sexuales. Esta práctica, que se ha mantenido en silencio durante décadas, representa una grave violación a los derechos laborales y humanos, y refleja una estructura de poder que se aprovecha de la vulnerabilidad económica de las trabajadoras; además, desde luego, representa en buena medida la carencia de valores entre parte de los empleados.
Otro caso relatado, que por burlesco movería a la risa si no fuera por sus nocivas consecuencias en la economía de la paraestatal, indigna y pone de manifiesto la metástasis del cancerígeno fenómeno de corrupción en Pemex. Se trata de un esquema de robo, conocido internamente con el peyorativo nombre de “los gorditos”. En las Terminales de Almacenamiento y Despacho (TAD) de Pemex donde se reciben, almacenan y distribuyen productos derivados del petróleo, se ha documentado un método de robo de combustible que no requiere perforar ductos ni alterar sistemas digitales, ni mucho menos esas prácticas sofisticadas de evasión fiscal que privan en las aduanas portuarias del país, ahora descubiertas y tan comentadas.
“Covachitas” y “gorditos”: prácticas ocultas que exhiben un sistema corroído por el acoso laboral y el robo hormiga.
El esquema de “los gorditos” se basa en manipular el pesaje de las pipas. El procedimiento inicia cuando una pipa vacía llega a la terminal para ser pesada. Dado que el combustible se mide por peso, no por volumen, cinco trabajadores de gran tamaño físico se suben al vehículo para aumentar artificialmente su peso. Este “peso muerto” se suma al del combustible que se carga posteriormente, generando un excedente equivalente al peso de los individuos involucrados. Ese excedente es repartido entre los participantes del fraude: el controlador de la TAD, el chofer, “los gorditos” y el verificador de salida. La operación se realiza de forma cotidiana, sin levantar sospechas, y representa una fuga constante de recursos que afecta directamente a la empresa y, por extensión, al erario.
Ambos casos —el abuso sexual y el robo de combustible, en el caso de tipo hormiga, pero sumamente oneroso a lo largo del tiempo— evidencian fallas estructurales en los sistemas de supervisión y rendición de cuentas dentro de Pemex. La normalización de estas prácticas no solo perpetúa la impunidad, sino que erosiona la confianza en una institución clave para el desarrollo energético del país y que, de ser cierto lo relatado, pone de manifiesto la carencia de valores y la ineficacia de mecanismos de vigilancia y control interno.
Podría decirse que tales prácticas no son comparables con los multimillonarios desfalcos sufridos por la paraestatal, ciertamente, pero no puede dejar de reconocerse que estas son parte del ambiente inmoral que priva en algunas de sus áreas.
Otro factor de talante crítico que forma parte del pesado costal de situaciones complejas que carga esa paraestatal, es que una persona esté atrapada por un sindicato insaciable, cuya propia corrupción ha permitido la presencia de líderes vitalicios enriquecidos hasta la saciedad y con prebendas políticas; es un sindicato poderoso tan solo por el número de personas agremiadas a quienes sexenio tras sexenio se les ha utilizado para apoyar electoralmente a la o el candidato presidencial en turno con los consiguientes beneficios políticos para sus dirigentes, quienes para lograr esa manipulación gestionan y logran excesivos privilegios económico-laborales en detrimento de las finanzas institucionales.
Pemex es hoy un barril sin fondo atrapado por un sindicato poderoso, decisiones ineptas y proveedores beneficiados por sobreprecios.
En este catálogo de problemas que afectan a Pemex, destaca el hecho de que en ocasiones ha estado dirigida por personas con poca o nula experiencia y conocimientos en las actividades petroleras de exploración, extracción, refinación y comercialización, así como de las complejas materias financieras y de competencia mundial que son naturales a este tipo de empresas, con los consiguientes desaciertos en su operación. Al respecto, cabe precisar, que aceptar un cargo sin la preparación y conocimiento necesarios para su debida atención, es otro de los rostros de la corrupción.
Se suma a todo lo anterior la conducta cómplice de servidoras y servidores públicos y particulares. Pemex ha sido objeto de la voracidad de empresas suministradoras de bienes, servicios y obras para la petrolera, que gracias a la perversa connivencia con empleados públicos han obtenido exorbitantes ganancias como consecuencia de sobreprecios intencionalmente asignados a los contratos; adjudicaciones directas fuera de la normatividad; deficiente supervisión al cumplimiento de lo pactado, entre otras irregularidades administrativas que son realizadas por integrantes del servicio público, ya sea por ineptitud o con la intención de ser favorecidos monetariamente por las empresas; es decir, sobornados. El poder económico de las empresas y su gula de dinero en combinación con servidoras y servidores públicos ladrones da lugar a esa perversa ecuación en la que, para la existencia de un servidor público corrupto, aparece también la mano corruptora.
Al respecto, es importante señalar que la actuación de personas servidoras públicas debe vigilarse y, en su caso, sancionarse con el mayor rigor, ya que estas deben cumplir a cabalidad con los principios de integridad y honestidad, pero también es necesaria la aplicación estricta de la ley hacia las y los particulares cuando se advierta la participación cómplice o instigadora del capital privado para promover este fenómeno en detrimento del erario nacional y del bienestar de la sociedad. Ejemplo de esto último es el escandaloso caso de Odebrecht, la empresa trasnacional que en varios países, incluido México, encontró campo fértil en burócratas sin pudor y ética para sus prácticas ilegales y su enriquecimiento.
México se ubica en el lugar 140 de 180 países evaluados en el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC). Sin dejar de reconocer otras causas generadoras de la corrupción que tanto lastima al país, cabe preguntarnos en cuánto tristemente ha colaborado Pemex para que nuestra nación ocupe tan deshonroso lugar entre los países del mundo.
* Abogado, profesor de Derecho Administrativo en la Universidad Iberoamericana (UIA).


























