Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
voces
Migración, nacionalismo y orden global
Entrevista con Andrew Seele
La migración no es una anomalía contemporánea, sino un fenómeno humano permanente que hoy se ha convertido en el espejo donde se reflejan la desigualdad, el miedo identitario y la crisis del Estado-nación.
En un número dedicado a la ruptura del orden mundial y a la crisis del Estado-nación, la migración aparece no como un tema lateral, sino como uno de los puntos de fractura más visibles del sistema internacional contemporáneo. En esta entrevista con Mauricio Merino y Jorge Javier Romero, Andrew Selee, presidente del Migration Policy Institute, la plantea desde el inicio con una definición que desarma la discusión moralista y la devuelve al terreno histórico: “La migración no es buena, no es mala, es un fenómeno humano…”.
La migración se vuelve conflictiva cuando entra en tensión con narrativas nacionales rígidas.
No se trata, sostiene, de una anomalía contemporánea, sino de un rasgo constitutivo de la especie. La movilidad ha sido parte de la adaptación humana, motor de intercambio cultural, de innovación, de avance económico, pero también ha sido, siempre, un factor de tensión.
La novedad no está en la migración en sí, sino en el marco político que la contiene. Desde la consolidación del Estado-nación, la movilidad se volvió más conflictiva porque entró en tensión con la idea de identidad común, historia compartida y normas homogéneas que define a la nación moderna. La construcción de una comunidad política basada en una narrativa compartida inevitablemente vuelve sospechoso al recién llegado.
El nacionalismo, recuerda Selee, no es únicamente un artificio ideológico negativo, sino también una mitología que ha permitido cohesión social, inversión pública y Estado de derecho. Sin esa narrativa compartida, difícilmente habría sido posible la expansión de la educación o la consolidación de sistemas democráticos. No obstante, esa misma mitología puede transformarse en exclusión radical.
El dilema no es menor: el nacionalismo ha sido tanto una herramienta de civilización como un arma potencialmente letal.
La aceleración del mundo y el refugio en la identidad
Si la migración no es nueva, ¿qué sí ha cambiado? Para Selee hay al menos tres factores que distinguen el momento actual.
El primero es la impredictibilidad. La tecnología ha alterado radicalmente la experiencia migratoria. Cuenta el caso de una pareja venezolana que llegó a Washington después de haber salido de Perú. Al preguntarle cómo habían logrado atravesar el continente, el hombre simplemente sacó su celular y respondió: “con esto”. La información en tiempo real ha vuelto la movilidad menos gradual y más difícil de anticipar.
El segundo factor es la simultaneidad de transformaciones: cambios culturales acelerados, revolución tecnológica, reconfiguración económica. Todo ocurre al mismo tiempo. En contextos de cambio rápido, las personas tienden a refugiarse en identidades más firmes.
El tercer elemento es la desigualdad en los efectos del cambio. Hay sectores que prosperan en la economía del conocimiento, que se benefician de la globalización y de la diversidad cultural. Y hay otros que sienten estancamiento o pérdida relativa. La brecha entre ambos grupos se ensancha, especialmente en países desarrollados.
El problema no es solo la migración, sino la velocidad del cambio y su impacto local.
En ese contexto, la migración se convierte en un símbolo concentrado del malestar. No necesariamente es la causa de la precariedad, pero funciona como catalizador emocional. Como lo resume Selee: “No saben cuál es el culpable, si son los migrantes, el comercio, la tecnología, los ricos. Pero, digamos… hay muchas formas de…, pero todos pueden ser los culpables.” La migración se vuelve entonces el rostro visible de transformaciones más amplias.
El péndulo estadounidense: exceso percibido y desgaste político
Estados Unidos, históricamente una sociedad de inmigración, se ha convertido en un laboratorio político de esta tensión. Durante la administración Biden, recuerda Selee, llegaron entre cuatro y cinco millones de personas más allá de los flujos considerados normales en un periodo corto. Aunque a nivel macroeconómico el país podía absorberlos, en el nivel local el impacto fue tangible: escuelas rurales que de pronto recibían estudiantes que no hablaban inglés, comunidades con recursos limitados enfrentando cambios rápidos.
A esa percepción de desorden se sumó la base dura del trumpismo, que desde antes sostenía una postura radicalmente restrictiva. Selee distingue tres grupos que confluyeron políticamente: quienes rechazan la migración en sí misma; quienes no la rechazan, pero perciben que el ritmo fue “demasiado” y quienes no objetan la migración, pero sí la idea de descontrol.
Las deportaciones masivas, inicialmente populares, comenzaron a generar desgaste cuando se hicieron visibles y generalizadas. Selee ofrece un dato revelador: aproximadamente 14 % de las personas detenidas tenían antecedentes de violencia criminal. El 86 % restante no eran criminales violentos. La aplicación indiscriminada comenzó a erosionar apoyos. El péndulo, sugiere, puede estar moviéndose nuevamente hacia una posición intermedia.
Europa: afinidad, exclusión y cálculo político
En Europa el panorama es heterogéneo. España es, en opinión de Selee, una excepción relativa: uno de los pocos países donde el gobierno aún habla de la migración en términos predominantemente positivos. La economía crece y buena parte de las y los migrantes provienen de América Latina, lo que genera afinidades lingüísticas y culturales.
La afinidad importa. Selee cita ejemplos diversos: Turquía recibiendo sirios bajo el argumento de la hermandad musulmana; Europa abriendo las puertas a los ucranianos; Uganda acogiendo grupos étnicamente cercanos. La solidaridad no es abstracta; opera sobre vínculos percibidos, pero esa afinidad también excluye. Si la cercanía cultural facilita la integración, la diferencia religiosa o étnica puede alimentar sospechas. Es una espada de doble filo.
Dinamarca ofrece otro modelo: endurecimiento frente a la migración irregular combinado con ampliación de canales legales. El trueque político consiste en defender orden a cambio de apertura regulada. El riesgo es que muchos gobiernos se queden solo en la retórica restrictiva sin desarrollar la otra mitad del acuerdo.
Migración como ariete antiliberal
Más preocupante aún es el uso estratégico de la migración como herramienta para avanzar agendas antiliberales. Selee distingue entre conservadurismo tradicional y una corriente que rechaza principios básicos del liberalismo político en sentido europeo: respeto al individuo, pluralismo, inclusión. En Estados Unidos existe un núcleo ideológico que utiliza la migración como punta de lanza para una reconfiguración más amplia del orden político.
El uso político de la migración ha servido como ariete para proyectos antiliberales.
En varios países europeos, partidos como AfD en Alemania o la agrupación de Marine Le Pen, en Francia, mantienen bases duras de entre 20 % y 25 %. Pueden ampliar su apoyo coyunturalmente, pero su núcleo permanece relativamente constante.
La migración funciona como ariete porque permite movilizar emociones primarias: identidad, pertenencia, amenaza. Y a partir de ahí, ensanchar el debate hacia otras agendas.
Discriminación y ciudadanía vulnerable
Más allá del plano macro, la discusión se traduce en experiencias cotidianas. Selee recuerda la historia de su madre danesa, quien migró a Estados Unidos en los años sesenta, cuando solo 5 % de la población era extranjera. Su identidad como inmigrante fue parte central de su vida. Cuando conoció a la futura esposa de su hijo, mexicana, la recibió con una frase que quedó grabada: “Tú eres migrante como yo.”
Hoy los parámetros han cambiado. Con 15 % de población extranjera, la percepción social es distinta. En el clima político actual, la esposa de Selee lleva el pasaporte consigo; su hija conserva una copia electrónica del suyo. Él no siente esa necesidad. La diferencia es sutil, pero significativa: la posibilidad de convertirse en ciudadano de segunda categoría ya no parece impensable en algunas sociedades.
Ritmo, interés nacional y esperanza pragmática
Ante este panorama, ¿qué puede hacerse? Selee propone dos ejes. Primero, reconocer el ritmo del cambio. Incluso quienes defienden la migración deben ser sensibles al impacto local y a la velocidad de transformación. Segundo, fortalecer canales legales vinculados al interés nacional.
Estados Unidos enfrenta envejecimiento poblacional y escasez de mano de obra. La lógica económica terminará imponiendo cierta racionalidad. Relata el caso de Hazelton, en Pensilvania, una comunidad que experimentó una transición demográfica abrupta. Tras años de tensión, comenzaron a emerger formas prácticas de convivencia. Una pizzería cuyo dueño apoyaba políticas restrictivas terminó ofreciendo menú en español por simple lógica de mercado. La economía, sugiere, puede actuar como fuerza moderadora.
Su conclusión no es ingenua, sino prudente: “Yo soy optimista”. No porque ignore los riesgos, sino porque confía en que las sociedades, tras cometer errores, tienden a aprender. La migración no desaparecerá. Es parte de la historia humana. La pregunta es si las democracias serán capaces de integrarla sin sacrificar sus propios principios.
En la ruptura del orden mundial, la movilidad humana no es la causa única del desajuste, pero sí el espejo donde se reflejan sus fracturas más profundas.


























