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Mapa para vivir un tiempo flamante y agónico
Raúl Trejo Delarbre*
En tiempos de certezas arrogantes y discusiones huecas, Mar de dudas reivindica la conversación como un acto de inteligencia colectiva. Carlos Bravo Regidor se sumerge en el desconcierto contemporáneo para pensar —sin dogmas— la democracia, el poder y la verdad.
Decimos mucho y nos entendemos poco. La irreductible polarización política, la frenética búsqueda de protagonismos, el opinionismo desatado en todos los temas y ámbitos, las redes sociodigitales en las que creamos espejos de nosotros mismos y ahora incluso la inteligencia artificial con la que interactuamos sin verdadera alteridad contribuyen a que tengamos abundantes soliloquios y escaso intercambio de ideas.
Las que circulan son, sobre todo, expresiones emocionales. En ese entorno de reflexión desplazada por la definición acrítica o la vehemencia respaldamos o aborrecemos siglas, causas, personajes y episodios, por lo general de maneras drásticas y maniqueas. De ese predominio de monólogos resulta la simplificación que, en todos los terrenos, abruma hoy al espacio público. La discusión de ideas incomoda y, con frecuencia, a la discrepancia se le confunde con agravio. Hay escasa conversación y abundante murmuración públicas.
Carlos Bravo Regidor se esfuerza para remontar el pantano de complacencias e intolerancias que satura nuestros circuitos mediáticos e intelectuales en 14 conversaciones con pensadores contemporáneos. Cada capítulo de este libro es un diálogo no necesariamente en busca de asentimientos, sino como ejercicio de pensamiento. A partir de reconocer que “el mundo, este mundo, cambió”, el autor de Mar de dudas indaga en las certezas, pero quizá sobre todo en las perplejidades de otros para confrontar las suyas.
Los interlocutores que Bravo selecciona son autores de ideas que van más allá de inercias y lugares comunes. Algunas de ellas son desafiantes y provocadoras, pensadas para inquietar e inclusive para movilizar; otras abrevan en la paciencia para observar y analizar, así como en la prudencia analítica. Varias más resultan sorprendentemente elementales o toscas. Todos esos interlocutores son autores de libros sobresalientes y/o heterodoxos en sus disciplinas. Bravo Regidor los ha leído con perspicacia y se apoya en tales obras para cada una de estas charlas.
La entrevista, más allá de excepciones, es un género maltratado por la improvisación y la prisa. Bravo la reivindica con respeto y afecto por los autores con los que dialoga, y con sus ideas –y, de esa manera, con las y los lectores–. Quiere comprometerse, subraya, con un “tipo de conversación –larga, esmerada, sustancial– como una forma de hacerle justicia a la complejidad de los temas y la inteligencia de los autores”.
“Decimos mucho y nos entendemos poco.”
La polarización ha sustituido el diálogo por monólogos emocionales. Este libro propone recuperar la conversación como ejercicio de pensamiento.
Dudar en un mundo que cambia
En el océano de dudas que suscitan los cambios en el mundo, complicado con torrentes de información no siempre verosímil y opiniones pocas veces reflexivas acerca de ellos, las conversaciones de Bravo Regidor son un intento para identificar senderos o hallar rumbos. En la presentación a su entrevista con Francis Fukuyama, el autor de este libro resume el escenario global que es el contexto de sus 14 conversaciones:
El mundo ha cambiado mucho, muy rápida y profundamente, pero la capacidad de los seres humanos para habérnoslas con esos cambios no ha logrado cambiar tanto. El desfase entre la acelerada proliferación de nuevas realidades y la creciente ineficacia de viejas formas de pensamiento y organización se manifiesta en todos los ámbitos –la política, el medio ambiente, la economía, el género, la tecnología, el combate al crimen–, dotando al presente de un extraño carácter al mismo tiempo flamante y agónico. Por un lado, el vértigo de la novedad; por el otro, la ansiedad del ocaso.
Cada uno de estos diálogos –unos más que otros– son una suerte de brújula para orientarnos en temas como el autoritarismo político, las paradojas de la democracia, los extravíos de derechas e izquierdas o las limitaciones del liberalismo, entre otros. Como ha leído sus textos, Bravo glosa las contribuciones de tales autores, a menudo se sintoniza con ellas y hace preguntas para esclarecer términos o ensanchar la discusión que suscitan. Hay pocas discrepancias, aunque cuando existen son claras, entre el entrevistador y sus interlocutores.
Además, Bravo explica conceptos que pueden ser equívocos o áridos; ofrece contexto y fechas cuando hacen falta, indica nombres y datos de los libros que han escrito sus entrevistados (de preferencia las ediciones en español) y menciona otros autores a quienes le remite la lectura de ellos. Las incluidas en este libro son charlas para ser leídas y, desde luego, para ser pensadas. Se trata, dice Bravo, de entrevistas concebidas como de largo formato, “no tratan de buscar clics, sino de encontrar lectores”.
Es imposible reseñar, sin atentar contra su intencional densidad, el contenido de un libro que tiene entre sus méritos la reflexión en extenso, los matices y el contexto en sus afirmaciones, así como el intercambio inteligente. Los que siguen son algunos temas, frases e implicaciones rescatadas entre las 346 nutridas páginas de Mar de dudas.
Del pensamiento mágico al anticientífico en democracia
A Daniel Innerarity, jugando con una denominación que remite al interés de ese filósofo por las tecnologías digitales, Bravo lo presenta como “una suerte de Ortega y Gasset 2.0”. Le recuerda a Innerarity la improvisación de autores prestigiados que acuden a fórmulas facilonas en el intento por explicar situaciones recientes: Giorgio Agamben que en la pandemia se refirió con ligereza al confinamiento como despotismo tecnomédico; o Noam Chomsky, que ante la invasión rusa en Ucrania clama para que se le hagan concesiones a Putin.
El propio Innerarity menciona los dislates de Slavoj Zizek que en cada episodio encuentra la debacle del capitalismo y supone que, así, los cambios que se desean vendrán de una catástrofe. “Esa manera de pensar es totalmente mitológica, perezosa”, reclama Innerarity. Los cambios en la sociedad los hacen las personas: “Esa esperanza de que un golpe del destino haga lo que nosotros deberíamos hacer pone de manifiesto lo poco que confiamos en nuestra propia capacidad de transformación”.
La sociedad, de manera más amplia, a menudo incurre en distintas modalidades de pensamiento mágico. Interrogado sobre “las razones de la sinrazón” en las posturas anticientíficas, Innerarity recuerda la importancia del conocimiento y la técnica; pero además considera la “tradición democrática que nos ha hecho sospechar de los conocimientos absolutos e indiscutibles”. Por eso, a su juicio, en los argumentos anticientíficos “aunque nos pueda resultar molesto reconocerlo, hay un impulso democrático y se reivindica una esfera de decisión frente a una ciencia que se impone sin discusión”.
Innerarity ha tenido sensibilidad e inteligencia para abordar con rigor temas como la verdad y el conocimiento, las redes digitales y, más recientemente, la ética para la inteligencia artificial. Sin embargo, en afirmaciones como esa concede demasiado a la comodidad de la contundencia retórica. Cuando dice que las posturas anticientíficas son expresión de la democracia, confunde el contenido con su continente.
Gracias a la democracia hay condiciones para que se expresen incluso los dislates más insensatos, pero esas opiniones no son por ello democráticas. Al contrario, como suelen ir acompañadas de una altanería fundamentalista, las supercherías anticientíficas son profundamente antidemocráticas. La ciencia, a su vez, no es cierto que se imponga sin discusión. Antes de ser reconocidas como ciertas por los especialistas en ellas, las verdades científicas han pasado por un extenso proceso de demostraciones y comprobaciones que constituyen, precisamente, el método científico. El mismo Innerarity, en una brillante explicación acerca de la incertidumbre, el conocimiento y la credibilidad de la ciencia, recalca que “el tipo de saber que somos capaces de generar es un saber controvertido, abierto a la revisión y a la crítica”.
Ante un libro exuberante de invitaciones a la duda, vale la pena preguntarnos acerca de los límites de la incertidumbre. La duda nos vacuna contra el dogmatismo y nos acerca a la comprensión de posiciones e ideas con las que tenemos desacuerdos. La duda, como sistema de análisis, resulta indispensable, sobre todo ante el autoritario engreimiento del pensamiento único. Pero luego de ella, y más allá de la reflexión, se requieren certezas tanto para comprender como para, eventualmente, enfrentar los problemas.
Populismo, fascismo, tiempo
Nadia Urbinati, autora de Yo, el pueblo, considera que el populismo es resultado de la democracia pero, como explica Bravo, “no es una forma de gobierno; es, más bien, una manera de gobernar que deforma la democracia”. La contribución clave de esta politóloga ha sido el reconocimiento de los orígenes democráticos de los liderazgos populistas. Una vez en el poder, se valen de los recursos de la democracia para alterar en su propio beneficio las reglas constitucionales.
De alguna manera, esta interesante autora es víctima de su definición: al entender al populismo como una criatura de la democracia, considera que no es compatible con un régimen autoritario: “vive mientras viva la democracia y muere cuando muere la democracia”. Pero si el populismo no es una forma de régimen político, sino un estilo de buscar y ejercer el poder en donde un líder se erige como encarnación del pueblo, entonces, cuando erosiona o de plano destruye a la democracia, el caudillo populista encabeza un gobierno autoritario o una autocracia. Si el populismo no es un estilo, sino una etapa en el tránsito de la democracia al autoritarismo, Mussolini –a quien Urbinati se refiere a menudo– tendría que haber dejado de ser populista cuando remplazó a la democracia con el fascismo.
Con Federico Finchelstein se extiende esa conversación, porque considera que “el fascismo es parte de la historia de la reacción contra la democracia, de rechazo a la democracia”. En el fascismo hay dictadura, odio, violencia política, mentira, manipulación de la realidad, dice este profesor de Historia, “la glorificación de la violencia y la militarización de la política”. Fascismo y populismo están relacionados pero son diferentes, sostiene: “Los fascistas destruyen la democracia desde dentro para crear una dictadura”, y allí el concepto parece claro. Pero cuando se refiere al caso de Argentina, su país de origen, arriesga una definición más discutible: “¿Qué hace Perón? Destruye una dictadura desde dentro para crear una democracia”. Entender al populismo como solución a la dictadura no se ajusta, en todo caso, a experiencias más recientes.
Finchelstein transitó del estudio del fascismo al populismo. En la historia latinoamericana encontró que el populismo se manifestaba después de periodos autoritarios. Pero no hubo tal antecedente en el populismo de Chávez –como le hace notar Carlos Bravo–, ni con López Obrador o Trump, por ejemplo. En casos recientes, como en Europa del Este con gobiernos o movimientos de derecha populista, Finchelstein considera que hay “un populismo que cada vez se acerca más al fascismo”. Le denomina fascismo aspiracional y apunta que en el populismo hay “un antipluralismo relativo, mientras que el fascismo es un antipluralismo absoluto”. Pero la insistencia para considerar que el populismo es continuación del autoritarismo y no una vía hacia él se convierte en un corsé que dificulta su análisis.
Laura Gamboa resalta la importancia del tiempo en política y, de esa manera, los momentos oportunos para tomar decisiones cuando se tienen las mejores posibilidades de éxito. Su análisis de países en donde la democracia ha sido erosionada destaca las opciones que tuvo la oposición. En esta era de informaciones y versiones interconectadas, en donde el tiempo se acelera y hay menos espacio para las indecisiones, Bravo Regidor, al glosar las tesis de Gamboa, señala que “las democracias ya no se mueren como antes”. Ahora “los líderes con pretensiones autocráticas tienen que cuidarse de guardar las apariencias. Lo que hacen, entonces, es subvertir la democracia poco a poco y desde el interior de su propia institucionalidad… eso significa que sus opositores tienen tiempo para reaccionar”.
Gamboa, académica colombiana, explica: “Los líderes políticos procuran tener cierta legitimidad, cuidan las formas, intentan mantener al menos una careta o fachada democrática. En consecuencia, en vez de romper la democracia abruptamente, la van menoscabando poco a poco; no la rompen desde fuera, sino que la erosionan por dentro”. La visibilidad que hoy tienen los desplantes autoritarios y la consiguiente necesidad de los líderes de ese corte para andar con tiento es un tema fundamental. En algún momento, sin embargo, el autoritarismo llega a un umbral en el que ya no importan las apariencias, como ha sucedido en Nicaragua o Venezuela.
Gamboa se percata de un asunto poco estudiado al colocar el foco de su análisis en las oposiciones. Pero cuando considera que los grupos opositores en Venezuela o Colombia, entre otros países, se han equivocado al elegir los momentos para actuar, entra en los resbaladizos terrenos de la suposición y la admonición. Una cosa es juzgar hechos políticos desde la ubicación del investigador académico y otras, las tensiones de la política real que nunca es como desde el análisis crítico se le podría haber querido, modelado o previsto. La oposición no puede dejar de tener presencia pública porque, de otra manera, queda marginada mientras los autoritarios avanzan. Es como un partido de futbol, deporte que Gamboa menciona en la conversación. Si un equipo solamente espera a que el contrario se equivoque, tiene menos posibilidades de anotar.
“Dudar no es debilidad, es método.”
Entre populismos y verdades prefabricadas, la duda se vuelve una forma de resistencia y de búsqueda intelectual.
Mentiras, capitalismo, exclusiones
Sophia Rosenfeld estudia el desarrollo de la idea de verdad. Gracias a la democracia y a la libertad de expresión, dice, pudieron circular versiones variadas acerca de los asuntos públicos y la verdad “se convierte en algo que la gente puede discutir y por lo que puede pelear”. Sin embargo, los líderes de corte populista trafican políticamente con la verdad, se enfrentan a medios y a instituciones, como las académicas, que producen información. Hoy tenemos una intensa circulación de mentiras que los ciudadanos colocan en las redes digitales, pero también son diseminadas por políticos profesionales.
“Los líderes populistas –apunta Rosenfeld– se promueven a sí mismos como los que dicen la verdad. No dependen, para lograrlo, de la verdad fáctica; dependen de su habilidad para enviar la señal de que son auténticos, de su capacidad para comunicar lo que la gente sabe por instinto o desea escuchar”. En ese ecosistema de mensajes contradictorios hay campo fértil para las teorías conspiratorias. Cada quien elige la versión que prefiere y considera que es la verdad. Para esta autora, “la sensación de que no se puede creer en nada, en ningún lugar, crea nuevos peligros. Es difícil determinar cuánto escepticismo es adecuado para una democracia”.
Hay temas en los que se requieren opiniones sustentadas en los hechos y en la ciencia. Pero Rosenfeld considera: “cuando los expertos se dejan absorber demasiado por su disciplina, surge otro peligro, pues dejan de prestar atención a las necesidades de la gente”. Desde luego es deseable que los expertos, sobre todo los científicos, sean sensibles al entorno social, pero no podemos, o no debiéramos, pedirles que descuiden su especialización.
Para Rosenfeld, hay un comportamiento autoritario que emparenta a la tecnocracia y al populismo. Ambas, dice, niegan “el desorden de la democracia” en donde hay numerosas voces que buscan imponer sus verdades por encima de cualquier disputa.
Muy diferentes son las inquietudes de Branco Milanovic, a quien Bravo Regidor presenta como “un rockstar mundial en el estudio de la desigualdad”. Aunque ofrece una reinterpretación de las ideas de Marx que, dice, “no fue el pensador dogmático que la gente cree”, Milanovic señala que al autor de El Capital no le interesaba especialmente la redistribución del ingreso porque su preocupación principal eran la abolición del capitalismo y la reivindicación de los trabajadores gracias a la lucha de clases.
En el siglo actual, sostiene Milanovic, no se puede pensar en modelos de Estado proteccionista como los que hubo antes en Europa porque estamos ante nuevas condiciones; ya no hay sindicatos fuertes, la división del trabajo coloca a las personas en grupos pequeños, está el trabajo en casa y los partidos de izquierda dejaron de tener bases obreras. El de ahora “no es un mundo donde exista una clase trabajadora fuerte y homogénea con el poder de pelear por sí misma”. Lo que ha ocurrido en las décadas recientes, y ese es el hallazgo más conocido de Milanovic, es el crecimiento en los ingresos de las clases medias en proporciones mayores al cambio en los ingresos de los más pobres y, también, de los más ricos; de ahí su propuesta para que la gente de clase media, con alguna forma de protección del gobierno a sus ahorros, pueda invertir en la bolsa. Ya que no lo derrotaron, los trabajadores se beneficiarían así del capitalismo y sus recursos. Milanovic lo dice sin subterfugios: “si no podemos lograr que el socialismo funcione, al menos podemos intentar convertirnos todos en capitalistas”. Bravo Regidor discrepa con esa propuesta y recuerda que los mercados son una suerte de casino en donde ganan dinero quienes ya lo tienen.
La conversación con Milanovic lleva al campo de la especulación un tema como el de la economía y la distribución del ingreso, que suele estar definido por datos objetivos. En cambio, con Rebeca Solnit el autor de estas entrevistas charla acerca de estructuras de sentido que dan lugar a la memoria y la acción colectiva y que son eminentemente subjetivas. Esta escritora habla de relatos construidos durante largo tiempo, a la manera de las catedrales, y dice que es preciso remplazarlos por otros igual de vigorosos. Su inquietud para escuchar a los perseguidos y comprenderlos es plausible, pero la obsesión para encontrar actitudes excluyentes en los relatos que considera dominantes hace de su discurso una colección de expresiones cobijadas en la corrección política.
Solnit recuerda que, cuando joven, le gustó Purple Rain, la película de Prince. Pero cuando hace poco la vio de nuevo, el tratamiento a un personaje femenino le disgustó tanto que dejó de verla. Creyó, dice, que el abuso contra una mujer en ese filme había propiciado que a ella misma la trataran de esa manera. Solnit sobredimensiona las capacidades de una película y las somete a sus inquietudes e incomodidades de hoy. Con el mismo afán, la autora está en contra de obras artísticas del pasado que le parecen “detestables y excluyentes”.
La construcción de versiones de la realidad e incluso de la historia con las que estemos cómodos, que no perturben nuestras creencias, es a final de cuentas otra actitud excluyente, especialmente autoritaria cuando se pretende que todos los demás, e incluso los relatos del ahora y del pasado, se ajusten a tales concepciones. Esa es la bandera, y al mismo tiempo la notoria limitación en la postura de Solnit. La misma transcripción de la entrevista hace un guiño a la corrección política cuando, para nombrar a las identidades de género no convencionales, escribe cuir en vez de queer.
A Solnit, que se ufana de haberse emocionado con el zapatismo chiapaneco, Bravo le explica que las consignas que a ella le parecían conmovedoras no provenían de las comunidades indígenas. Solnit se refiere una y otra vez a sus percepciones personales. El centro de su atención, a ratos al menos, no son la sociedad y sus diversidades sino ella misma. Cuenta que una vez midió qué extensión tendrían todas las oraciones de uno de sus libros y encontró que, colocadas como hilo, tendrían 5 kilómetros de largo [Me permito dudarlo, porque si hiciéramos lo mismo con las líneas reunidas en este libro alcanzarían una longitud algo menor a un kilómetro y medio]. El lente analítico de Solnit es un espejo en el que ella se mira. Instalada en la sobreideologización de cada actitud, para esta autora comerse una hamburguesa vegana es una declaración política, pero si es de carne de res también es un acto político. Para Solnit, el terremoto de 1985, que ha sido la mayor tragedia en la historia reciente de la Ciudad de México, fue un “momento carnavalesco y revolucionario”.
Derechas, izquierdas, democracia, guerra
Pablo Stefanoni estudia a las nuevas derechas, tema a menudo desdeñado, dice, por las izquierdas progresistas. Allí hay una actitud de desprecio intelectual e incluso una creciente ignorancia. Stefanoni subraya un problema acuciante en tales izquierdas, pero de manera más amplia en la discusión pública, cuando dice que “en gran medida dejaron de leer, en el sentido en que antes se leía”. Antes, recuerda, “cuando la izquierda leía, lo hacía para encontrar un rumbo doctrinario, ideológico, para entender el capitalismo e intervenir en él”.
La costumbre del estudio en las izquierdas, que las ensimismaba en la doctrina pero que acicateaba sus discusiones internas y eventualmente les permitía tener horizontes de futuro, no existe más. “Hoy la izquierda no está bien armada de ideas para combatir a la derecha –señala–. Además, estas nuevas derechas conectan con ciertos sentimientos y sensibilidades sobre el presente y el futuro, que no necesariamente son ideas en el sentido doctrinal”.
También en las derechas, explica, hay menos producción intelectual. Esa carencia la remplazan con el discurso emocional. El resultado es la erosión de la crítica pública. Antes, dice Stefanoni citando al francés Philippe Corcuff, la crítica social estaba ligada “a una idea de emancipación o de otro mundo posible” y hoy no existe esa relación. En cambio hay una generalizada “crítica a los políticos, a los partidos, a cualquier cosa, pero sin conectar esa crítica con la construcción de alternativas”. La consecuencia es un clima de frustración y resentimiento en el que, dice Stefanoni, abrevan las posiciones de derecha.
Ese diagnóstico coincide con el de Rafael Rojas, historiador de los movimientos y los cambios sociales latinoamericanos. Izquierdas y derechas, dice, mantienen “estereotipos, clichés y lugares comunes o ideas fáciles”. En las izquierdas latinoamericanas, identifica a “la corriente bolivariana-cubana, que es la responsable de muchos de esos estereotipos”. Rojas comenta la fuerte presencia histórica de las revoluciones mexicana, cubana y sandinista y, más adelante, la conversación con Carlos Bravo lo lleva a los populismos del siglo XX en Brasil y Argentina que, enfatiza, fueron respaldados por sendos grupos intelectuales. Hoy ambas tradiciones se entrecruzan: “lo que conecta más claramente a los populistas clásicos con la tradición revolucionaria es la destrucción del antiguo régimen, la transformación radical de un orden social, económico y político, aunque no recurran a los mismos medios que las revoluciones tradicionales”.
Con David Altman, politólogo uruguayo avecindado en Chile, la conversación es acerca de la democracia directa. Altman no es fanático de ella, le señala insuficiencias y enfatiza que no remplaza a la democracia representativa. La democracia directa, dice, puede contribuir a que la representativa funcione mejor, no se descartan una a la otra. En ocasiones, los plebiscitos y otros mecanismos de la democracia directa no son promovidos por la sociedad, sino por autoridades que los instrumentalizan. Cuando funcionan para renovar a la representativa es porque los recursos de la democracia directa están en manos de los ciudadanos pero, insiste Altman, no hay que idealizarlos: “es imposible que nos autogobernemos el cien por ciento de las veces”.
La democracia directa no funciona sin instituciones políticas y allí los partidos tienen una función cardinal:
La democracia directa –dice Altman– es un ejercicio que tiene su aprendizaje. Y las locomotoras que lo manejan –acá viene un aspecto que es fundamental– lo que hace que esto funcione, son los partidos. En Suiza, Uruguay, Letonia, Italia, en donde vos quieras, los partidos son la máquina, la columna vertebral que articula las iniciativas populares, los referéndums, las consultas.
La democracia directa, le dice Carlos Bravo, llega a ser expresión de antipolítica, como si la ciudadanía fuera siempre admirable, generosa y noble y “el de la política fuera un espacio siempre lamentable”. Altman coincide: “hay que desnatar esa idea de que el mundo se divide entre ciudadanos solidarios y elites hambrientas de poder y riquezas”.
El de Margaret MacMillan es un tema indispensable e incómodo. Esta historiadora canadiense estudia la guerra con tanta frialdad, o quizá con tanta pasión, que le encuentra ventajas. Las guerras organizan y transforman a las sociedades, propician avances tecnológicos y cambios en el papel social de los trabajadores o de las mujeres; la autora le adjudica a la guerra incluso el Estado de bienestar que, dice, “surgió, al menos en parte, por la necesidad de tener soldados sanos y educados”.
Bravo racionaliza esa tesis, parafraseando a Walter Benjamin, y le dice que si bien “es una experiencia de barbarie”, la guerra “al mismo tiempo es una experiencia civilizatoria”. MacMillan advierte que no está a favor de la guerra, pero se extiende en ese extravagante elogio de ella: “puede sacarte de tu manera habitual de pensar, sacudirte, hacer que te percates de que aquellos a los que has visto a través de estereotipos, como ignorantes, como esto o aquello, en realidad son solo otros seres humanos. Y eso puede ser muy bueno para las sociedades”.
A quienes le dicen que debe condenar la guerra, les replica que su papel es explicar sus complejidades. Pero su apreciación es demasiado indiferente a los estragos de la guerra. “Implica el uso de la fuerza, el uso de la violencia, el asesinato, pero de una manera estratégica y altamente organizada”, recalca. No es claro que de las guerras resulten situaciones que podamos considerar civilizatorias, salvo el reconocimiento, en su desenlace, de que cada guerra tiene que terminar.
Del pensamiento mágico al anticientífico.
Innerarity y otros pensadores examinan cómo las democracias albergan sus propias supersticiones y negaciones de la ciencia.
Emociones, liberalismo, suspicacias
A Ece Temelkuran el autoritarismo del régimen en Turquía la llevó a emigrar a Alemania. Sobre la destrucción democrática que presenció, escribió el extraordinario y aleccionador libro Cómo perder un país. Más tarde publicó Juntos, que es una suerte de guía para enfrentar el desaliento político sin dejarse envolver por él. Para esta escritora, “lo que hace el fascismo hoy, más que cualquier otra cosa, es dañar nuestra fe en nosotros y en la humanidad”. Bravo Regidor le hace ver que, desde el progresismo, había la costumbre –o el intento– de postular la defensa de la racionalidad, no una política de las emociones. Temelkuran explica que en Turquía “los fascistas populistas y de derecha” han dominado la política de las emociones a tal punto que “los hechos no bastan para convencer a la gente”.
Esa apuesta por los sentimientos tiene el mérito de la experiencia personal y el riesgo de quedarse en una emotividad sin contenido político. Temelkuran exhorta a tener confianza en las personas después de reconocer que no hay demasiados motivos para ello: “Si escribo sobre la desesperación, es porque estoy desesperada. Si escribo sobre la pérdida de fe en la humanidad es porque he estado muy cerca de perderla”. Más adelante amplía: “Si queremos mantener nuestra fe en la humanidad… debemos aprender a perdonar a los humanos”.
A Bravo Regidor le llama la atención un señalamiento de Temelkuran acerca de las personas que tienen una incredulidad tan grande que se quedan paralizadas: “sus dudas dejan de ser una fuente de interés o curiosidad”, de allí que, considera Bravo, “necesito dudar de mis propias dudas”. La fórmula le gusta tanto a Temelkuran que exclama: “es la mejor retroalimentación que he recibido de cualquier lector”.
Francis Fukuyama tuvo el acierto, que quizá ha sido también maldición, de haber acuñado un exitoso cliché. El fin de la historia se convirtió en fórmula sencilla, e insuficiente, para explicar al mundo a partir de 1989. Fukuyama advierte ahora que la ola liberal que diagnosticaba en aquel tiempo se ha trastocado: “las instituciones liberales y la democracia están bajo amenaza en muchos países”. Más adelante precisa su concepción de liberalismo: “La idea liberal afirma que todos los seres humanos tienen el mismo grado de dignidad y tienen derecho a que esa dignidad sea protegida por los Estados. Los nacionalismos no están de acuerdo, sino que argumentan que ciertos subgrupos tienen derechos mayores o especiales que son diferentes a los de otras personas”.
A la oleada antiliberal se añade la “política fuertemente personalista” (Fukuyama no habla de populismo), “el culto a la personalidad que se ha desarrollado en torno a Donald Trump y otros líderes como él en todo el mundo”. El liberalismo ha perdido defensores, quizá porque se le normalizó tanto que se difuminaron sus atributos. Fukuyama explica: “La generación anterior vivió la guerra o vivió bajo regímenes autoritarios no liberales, por eso luchó y valoró la idea liberal; las personas que ya crecieron bajo un régimen liberal se acostumbraron a él, lo dieron por hecho como su statu quo y no estaban preparadas para defenderlo ahora que está siendo atacado”.
Como si se tratara de la misma conversación, Ivan Krastev alerta a Carlos Bravo contra el riesgo de “confundir el fin de la hegemonía liberal con el fin del liberalismo”. Y explica: “El liberalismo forma parte de la experiencia humana más fundamental: la de poner límites al poder. Es cierto, ya no existe ese liberalismo triunfal que pretendía transformar al mundo”. Para este pensador búlgaro, “el liberalismo no se trata de un mundo sin fronteras; se trata de un mundo en el que uno puede cruzar fronteras por decisión individual”.
A partir de hechos como la victoria electoral de Trump (“Trump no solo está matando al mundo de ayer; también lo está enterrando”, dice al final de la conversación) los liberales tendrían que “repensar con urgencia qué está pasando y por qué”, dice Krastev. Sin embargo, considera: “La arrogancia de los liberales es una de las peores cosas que le han sucedido al liberalismo como resultado de su hegemonía. Muchos de ellos se comportan como si la historia los hubiese traicionado, pero la historia no está casada con nadie”.
Krastev, que ha estudiado protestas y movilizaciones sociales en todo el mundo, le dice a Bravo que con la pandemia reciente se desdibujaron las identidades políticas de izquierdas y derechas, “emergió una cultura de la sospecha que atravesó las divisiones políticas usuales” y abrió espacios a teorías de la conspiración. Entre otras cosas, soslaya el papel de las redes digitales y de los gobernantes populistas en la propagación de versiones falsas que nutren la suspicacia de muchas personas.
Un libro que conversa con la complejidad.
Mar de dudas no ofrece respuestas fáciles: acompaña a quien se atreve a pensar, incluso cuando no hay tierra firme.
Obnubiladas miradas a México
Este es un libro acerca de cambios y tendencias en el mundo. Desde las primeras páginas, Bravo Regidor explica que México no es el tema de sus conversaciones. Sin embargo, en varias de ellas se desliza la circunstancia mexicana y algunos de los entrevistados, en ocasiones a preguntas expresas de Bravo –que es mexicano–, se refieren al expresidente Andrés Manuel López Obrador. En casi todas esas alusiones se puede apreciar el insuficiente conocimiento que los entrevistados tenían sobre la situación mexicana y, sobre todo, acerca del perfil populista y las perspectivas autoritarias del expresidente.
Federico Finchelstein reconoce que se equivocó hace unos años, cuando no advirtió que la campaña de López Obrador era populista. “No era o no parecía esto en lo que terminó convirtiéndose”, dice. A Laura Gamboa le sucedió lo mismo; ya a fines de 2020, para ella: “No era tan obvio que fuera un presidente con pretensiones hegemónicas efectivamente erosionando la democracia”. Sin embargo, aún antes de que comenzara el gobierno de López Obrador había textos periodísticos y académicos que documentaban su perfil autoritario y populista.
Para Pablo Stefanoni, “López Obrador es legible en la izquierda”. Y dice más adelante:
Puede ser progresista en algunos aspectos o tener características contradictorias que no encajan en una idea más clásica de izquierda, pero es diferente del populismo de derecha europeo o estadounidense. López Obrador recupera cierta tradición, que existe también en el nacionalismo de izquierda, que es bastante caudillista en sus formas de actuar.
Rafael Rojas consideró (la entrevista fue en abril de 2022) que con López Obrador no habría un cambio de régimen. Encontraba un flanco autoritario, pero sin represión como en algunos momentos de los gobiernos priístas: “El autoritarismo lo veo muy claramente inscrito en el lenguaje político del gobierno, en sus prácticas políticas, pero no en un cambio de régimen o una transición de la democracia previa a un nuevo régimen autoritario”.
Para Francis Fukuyama,
mucha gente en la izquierda latinoamericana aceptó el argumento marxista clásico de que la división fundamental en las sociedades ocurre entre ricos y pobres, entre el proletariado y la burguesía. Todo eso parece estar todavía en su agenda. López Obrador en México es un buen ejemplo de esa izquierda que realmente no ha salido de la década de 1960.
Diversidad nacional y generacional
Ocho de los entrevistados por Bravo Regidor son hombres, seis son mujeres. Una (MacMillan) nació en la década de los cuarenta, cuatro (Innerarity, Urbinati, Milanovic, Fukuyama) en los cincuenta, cinco (Rosenfeld, Solnit, Rojas, Altman, Krastev) en la década de los 60, tres (Finchelstein, Stefanoni, Temelkuran) en los años setenta y una (Gamboa) en los ochenta. Ocho de ellos viven en países distintos de donde nacieron: Urbinati, italiana; Finchelstein, argentino; y Milanovic, que nació en Belgrado, viven en Nueva York. Gamboa, colombiana, vive en Indiana. Rafael Rojas, oriundo de Cuba, radica en México. Altman, uruguayo, vive en Chile. Temelkuran, turca, vive en Alemania; e Ivan Krastev, búlgaro, radica en Viena.
La duda como sistema
Bravo Regidor no busca certezas, ni mucho menos recetas, sino ángulos originales para hallar nuevas respuestas. Reconocerse en un “mar de dudas”, como explica el epígrafe del libro en un preciso párrafo de José Ortega y Gasset, es advertir la fluctuación de las cosas, como cuando se está en medio del oleaje. Cuando todo falla, lo menos que se puede hacer es pensar acerca de ello, aconsejó Ortega. Y la duda, dice, es como un salvavidas.
Hoy, prácticamente cada actor de la vida pública sostiene que sus verdades son las que hay que aceptar y seguir. No hay intercambio, sino abundancia de opiniones, emitidas por lo general a la ligera. La duda es una forma de autodefensa ciudadana y de búsqueda intelectual. Se trata de poner entre paréntesis las “grandes verdades”, no para postergar las respuestas, sino para buscarlas con rigor: la duda como método.
La llamativa portada de este libro muestra el autorretrato que Gustave Courbet se hizo a los 25 años, El desesperado. El historiador del arte Miguel Calvo Santos ha escrito en un comentario sobre esa obra que, al mirarse al espejo, el pintor expresó: “Desesperación, impaciencia… Preocupación por un futuro incierto”. Las reflexiones que ofrece este libro no resuelven nuestros propios desconciertos pero les proporcionan una buena compañía. Podemos recordar a Bertrand Russell: “La causa fundamental de los problemas en el mundo es que los estúpidos están seguros de sí mismos y los inteligentes llenos de dudas”.
[1] Reseña del libro Mar de dudas. Conversaciones para navegar el desconcierto, de Carlos Bravo Regidor, México, Grano de Sal y Gatopardo, 2025, 346 pp.
* Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.


























