Año 1, núm. 6, enero de 2026
ISSN 3122-3583
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La república de la pistola: los generales y el poder en México
Redacción El Diluvio
Para Vicente Blasco Ibáñez, el militarismo no es una anomalía del México posrevolucionario, sino su forma de gobierno. En Los generales, el autor describe un país dominado por caudillos armados que sustituyen la ley por la pistola y convierten la violencia en principio organizador del poder.
Este texto forma parte de una selección editorial de El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez, publicada originalmente en 1920. Para profundizar en su mirada crítica sobre el poder armado y el origen del régimen posrevolucionario, pueden consultarse también otros capítulos clave: el Capítulo III. El ciudadano Obregón, una galería descarnada de generales convertidos en mito; Capítulo IV. Más héroes de la revolución, una galería descarnada de generales convertidos en mito. Cada uno de estos textos está disponible en los enlaces al final de este artículo. Al tratarse de una transcripción fidedigna, se han respetado la construcción gramatical y la sintaxis originales del autor, como parte del valor histórico y literario del texto.
El poder político se ejerce desde las armas y no desde las instituciones, incluso bajo la apariencia de un régimen republicano.
VII. Los generales
Creo necesario empezar este artículo con un cuento.
Dicen que en la segunda década del siglo XIX, cuando el rey Fernando VII destruyó en España el régimen constitucional, para restablecer la monarquía absoluta, había en Madrid un cómico muy malo, rematadamente malo. El público, no pudiendo tolerar su falta de condiciones artísticas, intentaba arrojarle patatas á la escena; pero él, que era hombre listo, al presentir la tormenta, le salía al encuentro.
—¡Viva el rey absoluto!—gritaba con entusiasmo—. ¡Mueran los liberales!
Y la calma y el silencio se restablecían instantáneamente. ¿Quién osaba atacar á un hombre que profería tales gritos? Se hubiese interpretado como una traición al rey.
Algo semejante han hecho contra mí algunos que tienen un interés egoísta en sostener al actual gobierno mejicano; y lo mismo harán en el porvenir muchos, muchísimos, todos los que juzguen conveniente para su carrera defender á dichos gobernantes, atrayéndose de tal modo su gratitud.
—¡Ataca á la América latina!—gritan como el cómico—. ¡Desacredita á los que hablan su lengua y son de su misma civilización!…
Yo tengo un largo pasado literario que me defiende sobradamente de estos clamores pueriles. En los últimos veinte años he escrito bastante en defensa de las naciones hispanoamericanas, y he hablado en muchos países de lo que ha sido y es la civilización de origen hispánico en el nuevo mundo.
Y no he hablado solamente ante públicos de lengua española, pues esto representa convencer á los ya convencidos, sino que he ido propagando mis ideas por naciones de diversos idiomas. He dado conferencias sobre la civilización hispanoamericana en muchísimas ciudades de los Estados Unidos. Hasta las he dado en Méjico, donde resulta peligrosísimo, pues allá—exceptuando á una minoría ilustrada—todavía el vulgo, influenciado por una perversa educación, diviniza al azteca antropófago sacador de corazones, atribuyéndole todas las virtudes históricas, y execrando al español, que implantó en el país la civilización cristiana.
Es cosa habitual en los que se sienten culpables y no saben qué responder embrollar las cosas y desfigurar el pensamiento ajeno. Conmigo no sirve eso. Yo digo lo que pienso, y es inútil inventar lo que no he dicho ni diré nunca.
Una cosa es la llamada América latina—dentro de la cual está Méjico nación—, y otra la turba de aventureros de pistola que vive explotando y deshonrando al pobre pueblo mejicano. Defenderé siempre la independencia y la dignidad de las naciones que hablan mi idioma nativo y tienen algo de mi sangre; pero el hecho de que una turba de guerrilleros que pesan mortalmente sobre el infeliz Méjico empleen para expresar sus egoísmos y sus ambiciones el mismo idioma que yo, no es motivo para que los defienda.
He combatido en mis obras el militarismo alemán, juzgándolo fatal para el mundo. ¿Por qué voy á transigir con el militarismo mejicano, más grotesco é irracional que el germánico?…
Por lo mismo que soy español y amo la llamada América latina, he creído necesario combatir á ese militarismo de pistola que nos hace un daño horrible á todos los de nuestra raza. Si el Méjico de Obregón, de Villa y tantos otros estuviese en el último extremo del continente americano, allá por la Tierra del Fuego, aún podría uno vivir sin ocuparse de él. Pero está junto á los Estados Unidos—la nación más poderosa de la tierra en estos momentos—, ha perjudicado con sus rapiñadas revolucionarias á Inglaterra, á Francia y á otros países que dirigen la opinión del mundo, y esto repercute en desprestigio de todos los que por nuestro origen nos sentimos en relación de simpatía con ese pueblo desgraciado.
En otro artículo hablaré de lo que perjudica el estado anormal de la nación mejicana al crédito moral de los españoles—por ser los mejicanos de lengua española—y á las naciones más importantes de América que hablan el mismo idioma.
La humanidad no sabe geografía, y en sus juicios sobre los pueblos generaliza de un modo peligroso. Para la más de las gentes, el pobre Méjico, con sus diez años de revolución sin finalidad, es igual á otras naciones progresivas, tranquilas y de espíritu moderno como Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, etc. ¡Todas están en la llamada América latina!
Hay que decir la verdad, para que acaben estas confusiones lamentables.
¡La verdad!… Nada tan peligroso y tan antipático para algunos hombres.
Hace pocos días encontré á un mejicano que me dió en otro tiempo algunos de los datos que he empleado en mis artículos. Hay que advertir que yo no he inventado nada en estos artículos, pues no son una novela. Todo cuanto digo en ellos, anécdotas, murmuraciones, historias de robos, todo me lo han proporcionado los mismos mejicanos.
—Muy mal—me dijo—. Sus artículos le causan á Méjico un daño horrible.
—Entendámonos: ¿á Méjico ó á los que dominan y explotan al pobre Méjico? Porque le advierto que si perjudican á éstos, eso es lo que yo busco… Además, ¿no es verdad todo lo que cuento?
Iba á decirme que no era verdad; se lo adiviné en la expresión de su rostro. Luego debió acordarse de que él mismo me había comunicado mucho de lo dicho por mí, y contestó penosamente:
—Sí que es verdad; pero—añadió con energía—las verdades no son casi nunca buenas. Deben guardarse para entre los amigos, y no lanzarse al público.
Después de una pausa reflexiva, siguió diciendo, como si acabase de hacer un gran descubrimiento:
—Esos artículos debió usted haberlos escrito para España. Nada nos importa lo que diga el público de allá. ¡Pero publicarlos en los Estados Unidos!…
Ya lo sabe el lector. La verdad sobre los asuntos actuales de Méjico no es artículo de exportación para los Estados Unidos.
Aquí sólo debe enviarse lo contrario de la verdad. Y el que no haga esto, es un enemigo de Méjico.
Los generales encarnan una cultura política donde la fuerza sustituye al derecho y la obediencia reemplaza al consenso.
No intento comparar el militarismo alemán con el mejicano. El alemán parece que murió ó que agoniza, y el mejicano está en plena juventud y aún dará mucho que hacer.
El militarismo alemán se basaba en la tradición, en la jerarquía, en el orden, y además ostentaba como origen las victorias de 1870. El militarismo mejicano se funda en el desorden, en la improvisación, fruto de la audacia, en la insurrección, medio seguro de subir, y sólo cuenta en su historia una serie de guerras civiles, de fusilamientos de mejicanos, de destrucciones de pueblos y ferrocarriles nacionales, estando aún por ver de lo que sería capaz en punto á inteligencia y pericia profesional si tuviese que defender su país de una agresión extranjera.
Los generales alemanes habían creado un emperador para siempre, que se perpetuaba por herencia de padre á hijo. Los generales mejicanos crean un emperador republicano de vez en cuando, á imagen de sus deseos y ambiciones; ayer Carranza, «el primer jefe», «el respetado maestro», sin perjuicio de derribarlo y de «suicidarlo»; hoy Obregón, el caudillo familiar que á todos adula y halaga; mañana otro—sea el que sea—, siempre que prometa dar lo que sus antecesores no han podido dar, por ser más los que piden que los recursos de la nación.
Hace algunos años no había en Méjico otros generales que los del ejército regular, militares de profesión iguales á los de los otros países.
Ahora hay generales creados por Carranza, generales hechos por Villa, generales que fabricó Zapata y generales de Félix Díaz.
¿Quién no es general allá?… Cuando yo, durante mi permanencia en Méjico, veía á un simple coronel, casi me inspiraba desprecio.
«¡Qué hombre será éste—me decía—, que ni siquiera ha llegado á general de brigada!»
Otra diferencia entre el militarismo europeo y el de Méjico. En el viejo mundo, el general habla de su espada y jura por su espada. El general mejicano, improvisado por la revolución, ignora la espada; no la ha tenido nunca. Él sólo conoce el revólver, y caso de jurar, sólo puede decir teatralmente: «¡Lo juro por mi pistola!»
Generales y coroneles son jóvenes en su mayoría, escandalosamente jóvenes, y conservan en gran parte la agresividad y la travesura belicosa de los tiempos de la escuela primaria. Fueron empleados en la época de Porfirio Díaz, simples obreros ó vagabundos de mala cabeza que se alistaron en la revolución y consiguieron la pequeña águila dorada, insignia de su grado. Los de más alto origen fueron simples estudiantes. Y revueltos con estos generales de procedencia urbana figuran los generales de origen «ranchero», los rústicos iletrados, que escuchan á sus camaradas de la ciudad con verdadero deleite, estremeciéndose ante las palabras «libertad», «democracia», «reparto de bienes», que no comprenden bien, pero despiertan en ellos un escalofrío sagrado.
Todos estos generales se enorgullecen de su humilde extracción, la recuerdan como un título de honor; son generales socialistas, y algunos hasta imitan á los bolcheviques. Pero que los «camaradas» de más baja graduación se guarden bien de insubordinarse, pues en tal caso el «ciudadano general» dispone con toda tranquilidad de un centenar de fusilamientos para restablecer la disciplina.
Casi todos odian el uniforme. Muchos no lo tuvieron nunca. Llevan el águila dorada en una solapa ó en el enorme sombrero de fieltro, y eso es todo.
Tienen otro distintivo: el revólver.
Yo recuerdo haber visto de joven en España, en Francia y en otros países europeos cómo los generales, cuando iban vestidos de paisano, llevaban debajo del chaleco un fajín rojo, distintivo de su grado, y les bastaba levantar las puntas de dicha prenda para hacerse reconocer.
El general mejicano también ostenta fajín, pero es de cuero: un cinturón-canana con medio centenar de cartuchos y detrás el revólver.
Cuando se tropieza en las calles de Méjico con un señor que lleva desabrochados los últimos botones del chaleco para que se vean bien el cinturón y los cartuchos, no cabe duda alguna: es un general ó un coronel de la revolución que saca á paseo su pistola.
¡Y qué armas!… Quien no ha visto los revólveres de los guerreros mejicanos no ha visto nada. Todo lo que ha podido discurrir la imaginación en pleno delirio de un armero alemán se encuentra en Méjico: pistolas-ametralladoras, pistolas cuya funda de metal sirve de culata y pueden convertirse en carabina instantáneamente, pistolas con calibre de artillería y proyectiles explosivos.
Yo me fui sin ver pistolas que dijesen «papá» y «mamá» como los bebés de las tiendas de juguetes ó que tocasen una pieza de música mientras disparaban; pero algunos me aseguraron seriamente que las había en el país.
A veces el general es un joven nervioso, enjuto y de pequeña estatura—condiciones del soldado durable—, y no parece realmente un hombre como los demás. Es más bien una pistola enorme que anda sola llevando colgado de ella á un ser humano.
Otras veces se sienta uno en el tren y da un salto de sorpresa. Es que un general acaba de desaparecer por la puertecita que dice en su parte de arriba «Hombres», aligerándose antes del cinturón y todo su parque de artillería para dejarlo sobre la banqueta.
Las disputas entre estas gentes armadas á todas horas resultan peligrosas para ellas y para el público. A lo mejor, un general mata á otro á las doce de la mañana en una confitería de la avenida principal de la ciudad y nadie lo castiga. Otras veces empiezan á tirotearse en mitad de un paseo y la fiesta no termina hasta que ambos agotan sin resultado sus municiones; asunto de media hora!… De tarde en tarde los tales encuentros tienen consecuencias. Muere alguien; pero casi siempre es un transeunte que no ha huído á tiempo al ver que dos generales se miraban de reojo.
La imparcialidad me obliga á decir que no son los generales los únicos que llevan revólver por las calles de Méjico. Casi todos consideran este adorno como un acompañamiento indispensable. Hay que pensar que la ciudad, desde que se inició la revolución, vive una vida de novela folletinesca. Los confeccionadores de films no tienen que calentarse mucho la cabeza; les basta con leer todos los días los periódicos: robos, asesinatos, violaciones, partidas de enmascarados. Es la ciudad de la célebre «banda del automóvil gris», una banda de ladrones que el público mejicano ha supuesto siempre dirigida por generales, y cuyo capitán fué, según el vulgo, uno de los actuales candidatos á la presidencia de la República. La única diferencia entre militares y civiles es que los unos llevan el revólver á la vista y los otros medio oculto nada más.
El revólver sirve para todo. Cada vez que en Méjico fuí á una excursión campestre, los amigos sacaban á luz su pistola cuando había que abrir una botella.
—Es de lo más sencillo.
Y así fuese militar ó civil, le daba á la chapa metálica que cierra la botella con el gatillo del revólver cargado, hasta hacerla saltar.
El militarismo se presenta como patriotismo, pero opera como mecanismo de saqueo y dominación.
¡Simpático país! La cortesía mejicana, muy afable y vehemente, hace que los amigos, mientras dan una mano, pasen el otro brazo sobre vuestra espalda. Yo seguí esta costumbre, sólo que el brazo pasado por la espalda lo iba bajando curiosamente hacia la cintura. Nunca llegué hasta ella. En sus inmediaciones me detenía siempre una especie de cornisa metálica: el revólver con su funda y sus cartuchos, pues en Méjico los revólveres son de combate largo y necesitan una gran provisión de municiones.
Varias veces quise saber si el rector de la Universidad también usaba revólver; pero era un viejo malicioso que se escurría, evitando mis abrazos. Su misma precaución me hace sospechar que no iba yo equivocado.
—¡Mi querido amigo! ¡Qué placer el verle!…
Así fuí abrazando á todos, para encontrar al final el inevitable revólver. Todos lo llevaban: ministros, subsecretarios, periodistas, diputados y senadores. (Éstos con más razón, pues muchas veces las discusiones parlamentarias terminan á balazos, fuera del local.)
¡Qué más!… Hasta Carranza, el presidente de la República, llevaba bajo su chaquet negro, de corte severo, un pistolón y su repuesto de cartuchos.
¡Pobre don Venustiano! Conocía bien su época y su gente. Sabía que estaba rodeado de personas de las que «se dan la vuelta» y alguna vez tendría que defender su existencia.
Lo que él no sospechó nunca es que los encargados de guardarle le despertaran una noche al grito de «¡Viva Obregón!», disparándole los fusiles á quemarropa y pretendiendo hacer creer después que se había suicidado.
¡Suicidarse Carranza, el hombre más tenaz que ha existido, y cuya testarudez la comparaban sus adversarios con la de una mula!…
Para los que le conocimos, esta suposición del suicidio es la cosa más absurda y más desvergonzada que ha podido inventarse.
Esta turba de generales agresivos, bullangueros y que dominan al país, teniéndolo bajo sus imposiciones, adora por el momento á Obregón.
Obregón es uno de su clase; es el general mejicano por excelencia y los suyos lo idolatran, viendo en él su propia imagen triunfante.
Todos ellos se indignan si los acusan de militarismo. No; ellos son simples revolucionarios, no quieren ser más que ciudadanos; pero forman una casta que vive aparte del resto de la nación; se apoyan, se protegen, y para elevar á uno de los suyos, vuelven á los cuarteles ó se van á las montañas y sublevan las tropas existentes ó improvisan tropas nuevas, llevando á cabo la revolución número sesenta y cuatro en solo un siglo.
Carranza, con todos sus defectos, tuvo en los últimos momentos de su vida una visión exacta de lo que necesitaba el país. Quiso crear un gobierno de civiles; quiso entregar la presidencia á un hombre civil, para que acabase por siempre el imperio de los generales y del militarismo. Como director de una larga revolución, sabía mejor que nadie lo que es y lo que cuesta el militarismo mejicano existente.
Pero escogió mal su candidato, confió demasiado en sus fuerzas, olvidó que la traición es la característica de la política nacional, y el resultado de su noble tentativa fué su derrota y su asesinato.
Ahora está más triunfante que nunca el militarismo en Méjico.
El civil Adolfo de la Huerta, presidente provisional, joven sincero y digno de respeto, no representa más que un paréntesis. Si pretendiese imponer su voluntad y tener ideas propias, caería inmediatamente.
El militarismo manda en Méjico, y el militarismo está con Obregón.
—¿Y el resto del país? —preguntarán algunos.
¡Oh! El resto del país no existe hace años para las combinaciones políticas, ni quiere existir. Únicamente tienen la palabra los que triunfan, ó sea los militares y los civiles que van con ellos en espera de ciertos puestos que sólo puede desempeñar un civil.
Inútilmente dirá Obregón que hay libertad y que todos pueden hablar. Si fuese un hombre nuevo, tal vez habría incautos que le creyesen; ¡pero Obregón!… un tipo tan conocido… Nadie ‘ha olvidado de los fusilamientos que ordenó en otro tiempo por boca ajena; de los comerciantes que sacó á barrer las calles; de los prisioneros respetables encerrados en vagones de animales. Es una especie de procónsul romano de la decadencia, de los que acompañaban sus órdenes de suplicio con bromas y chistes. A nadie engañarán sus promesas. Todos guardan silencio, que es lo más prudente.
—¿Y el militarismo estará siempre con Obregón? —preguntarán otros.
No. Puede afirmarse lógicamente que no. Carranza tenía más prestigio que él: era el maestro, el jefe; pero como no podía contentar á todos, fué asesinado. Cuando Obregón no pueda cumplir sus promesas y las ilusiones que ha hecho concebir, cuando no encuentre colocación para tanta gente, los descontentos se sumarán á otros descontentos, y gritarán juntos: «¡Muera Obregón!», «¡Viva Fulano!» (el que sea), y Méjico tendrá una revolución más.
Gente para la revolución no faltará, como lo demostraré en mi próximo artículo El ejército mejicano.
—Pero ¿qué se propone usted —me han preguntado algunos amigos— al atacar con tan duras verdades al militarismo de Méjico?
Pues simplemente contribuir en lo que pueda á su destrucción. Es la principal causa del atraso y del estado anárquico en que vive el país. Mientras éste no suprima á sus generales que aspiran á gobernarlo eternamente, mientras no esté regido por hombres civiles, pacíficos y de mentalidad moderna, será una triste excepción y un motivo de escándalo y de pena entre los pueblos civilizados.
En Méjico, las clases acomodadas huyeron del país y vagan por el mundo. La clase media y los elementos intelectuales permanecen allá, pero haciendo una vida deplorable, sin atreverse á hablar, ó bajando la voz para decir verdades.
¿Qué pueden hacer, si la fuerza la tiene el militarismo? ¿En quién apoyarse, si la parte más valerosa del pueblo, mantenida en la ignorancia —por los conservadores en otro tiempo y ahora por los generales que se llaman revolucionarios—, sigue á éstos ciegamente cuando le dan una carabina y le prometen dos pesos diarios y manos libres!…
Mientras el poder armado determine el gobierno, la república civil permanece como promesa incumplida.
Yo tengo en mi poder numerosas cartas que recibí antes de ir á Méjico y estando allá. Son lamentaciones de esclavos que denuncian los crímenes de sus opresores y dudan de que algún día pueda triunfar la verdad. Muchas de estas cartas resultan insultantes para mí, y por eso las guardé siempre, para recrearme en su injusticia.
Como me vieron allá rodeado por gentes del gobierno, me llaman en sus cartas «vendido á los opresores del verdadero Méjico», suponiendo que iba á entonar himnos de elogio en honor de Carranza y de este militarismo que tanto daño ha causado al país y que ha acabado por volverse contra su jefe. Necesitaban un vengador que denunciase á sus opresores, y yo iba á ser un elogiador más de éstos.
Y bien; ya se habrán convencido de que se equivocaron. Yo necesitaba estar arriba, entre los dominadores, para ver las cosas mejor; ahora las he visto, y sigo mi obra.
—¿Y qué obra es ésta?…
Decir la verdad y atacar al militarismo triunfante.
Si lograse destruirlo, ¡qué gran día para Méjico!…
Un escritor es poca cosa, para ello. Pero así como hablo en los Estados Unidos, hablaré en Europa, hablaré en todas partes, y ¡quién sabe!…
Más fuerte y menos grotesco era el militarismo alemán, y sin embargo influyó poderosamente en su derrota el movimiento de opinión que fué levantándose contra él en todo el mundo.
Yo trabajaré para aislar á ese militarismo mejicano, para que no lo apoyen, por error, en el extranjero. A ver si así se debilita y muere solo; á ver si los hombres civiles, oprimidos y humillados siempre en Méjico, dejan de ser servidores de cualquier «machero» y gobiernan finalmente como en los pueblos modernos.
Y en esta conducta persistiré, si es que al militarismo no se le ocurre hacer que yo me suicide… lo mismo que Carranza.
Consulta los otros dos capítulos seleccionados de la obra El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1920.
Lee el los capítulos:

Capítulo III
El ciudadano Obregón

Capítulo IV
Más héroes de la revolución


























