Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
La intemperie global: la era de la incertidumbre
Martha Delgado Peralta *
La erosión del orden internacional liberal no ha eliminado la interdependencia global, pero sí ha destruido la confianza en las reglas compartidas, inaugurando una era de incertidumbre, repliegue soberanista y disputa identitaria.
En el Foro de Davos, el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, afirmó recientemente que “el orden internacional liberal basado en reglas y el derecho internacional se ha derrumbado”. No se trata de una declaración menor ni de una voz marginal. Pronunciada en el escenario del World Economic Forum, símbolo por excelencia del consenso globalizador de las últimas décadas, esa frase sintetiza el momento histórico que atravesamos. Lo que durante treinta años se presentó como un sistema estable, regulado por normas compartidas y administrado por instituciones multilaterales, hoy aparece erosionado por rivalidades estratégicas, repliegues soberanistas y una creciente desconfianza hacia la idea misma de reglas comunes.
Tras la caída del muro de Berlín se consolidó una convicción casi teleológica: la globalización no era solo un proceso económico, sino una etapa superior de la historia política. El libre comercio, la liberalización financiera y la expansión de instituciones multilaterales parecían conducir a una convergencia progresiva entre democracia liberal y prosperidad. La interdependencia reduciría la guerra; las reglas compartidas estabilizarían los mercados; las cadenas globales de suministro volverían irracional el conflicto. La política quedaría subordinada a la lógica de la eficiencia.
La globalización avanzó más rápido que la construcción de consensos normativos y políticos.
La paradoja de la globalización es que su éxito sembró las condiciones de su crisis. La integración fue real, pero sus beneficios no se distribuyeron de manera uniforme. Mientras millones salían de la pobreza en economías emergentes, sectores industriales en países desarrollados enfrentaban deslocalización y precarización. Las élites urbanas prosperaron en la economía del conocimiento; comunidades rurales e industriales sintieron que el progreso pasaba por encima de ellas. El lenguaje tecnocrático celebraba indicadores macroeconómicos, pero el malestar social se acumulaba silenciosamente.
No fue casual que, como advirtió hace años Dani Rodrik, la hiperglobalización tensionara simultáneamente tres pilares difíciles de compatibilizar: democracia, soberanía nacional e integración económica profunda. Su “trilema” planteaba que no es posible maximizar los tres al mismo tiempo. Durante los años noventa y dos mil se privilegió la integración, bajo la premisa de que la política nacional se adaptaría sin fricciones, pero esa adaptación tuvo costos políticos internos que terminaron erosionando legitimidades democráticas.
A ello se sumó una segunda paradoja: la integración económica avanzó mucho más rápido que la integración normativa. Se asumió que la apertura de mercados produciría, casi automáticamente, convergencia en valores, Estado de derecho y respeto a reglas comunes; sin embargo la interdependencia no generó homogeneidad política. El comercio creció sin que desaparecieran las asimetrías regulatorias, las prácticas estratégicas o los nacionalismos latentes.
Hoy, lo que llamamos “desglobalización” no es simplemente una reducción del comercio internacional. La interdependencia persiste y, en muchos sectores, es más profunda que nunca. Lo que se ha erosionado es la fe en un mundo donde todos respetan las mismas reglas. La globalización de los noventa descansaba sobre una premisa normativa: que existía un marco común, arbitrado por instituciones multilaterales, dentro del cual los Estados competían. La desglobalización actual es, sobre todo, la pérdida de confianza en ese marco compartido.
Las reglas ya no se perciben como neutrales ni universales. El comercio se convierte en instrumento geopolítico; la seguridad nacional justifica políticas industriales; las sanciones unilaterales reemplazan al consenso. El multilateralismo no ha desaparecido, pero ha perdido centralidad como garante de estabilidad. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) sigue operando, coordinando ayuda humanitaria y estableciendo estándares técnicos, pero su capacidad de producir consensos estratégicos vinculantes se ha debilitado en un mundo de potencias que privilegian sus intereses nacionales sobre los compromisos colectivos.
La desglobalización actual es, sobre todo, una crisis de confianza en las reglas comunes.
En este clima de frustración y desconfianza, la reacción no es solo económica sino identitaria. Ivan Krastev ha señalado que la rebelión contra la apertura no es meramente un rechazo a políticas comerciales, sino una respuesta emocional frente a la sensación de pérdida de control y de desplazamiento cultural. Cuando amplios sectores perciben que las decisiones relevantes se toman lejos de su alcance —en mercados financieros, en foros internacionales o en los oligopolios tecnológicos— la soberanía deja de ser una categoría jurídica para convertirse en una demanda existencial.
Es en ese terreno donde emergen los liderazgos borgianos que Giuliano da Empoli describe como “los depredadores”: actores políticos que dominan el ecosistema digital y saben capitalizar las emociones colectivas. En un entorno donde la indignación circula más rápido que la deliberación, donde ya no es importante saber nada (hablo del saber, la ciencia, la historia) estos líderes ofrecen certezas simples frente a problemas complejos. Los “depredadores” no inventan el malestar; lo detectan y lo instrumentalizan. Utilizan datos, algoritmos y comunicación directa para movilizar identidades heridas y resentimientos acumulados. En un mundo donde las élites globales parecían hablar un lenguaje tecnocrático distante, estos líderes ofrecen claridad y pertenencia. El Estado-nación reaparece entonces como refugio simbólico frente a un mundo percibido como caótico.
El renacer del Estado-nación es, sin embargo, ambiguo. Se fortalece como narrativa, pero no necesariamente como capacidad efectiva. Los desafíos contemporáneos —el cambio climático, las pandemias, las disrupciones tecnológicas como la IA, la fragilidad financiera— exceden la acción unilateral. Se promete control absoluto en un entorno estructuralmente interdependiente. Esta brecha entre expectativa y realidad puede convertirse en fuente de nuevas frustraciones.
La nueva soberanía es menos jurídica y más emocional. Sectores que se sintieron marginados por la globalización prefieren un horizonte más acotado, pero tangible antes que una promesa abstracta de prosperidad global. La pertenencia se impone sobre la eficiencia, la identidad sobre la integración. No importa demasiado si los líderes son de izquierda o de derecha: lo decisivo es su capacidad de encarnar un sentimiento de recuperación.
En este escenario, los Estados medianos adquieren una relevancia particular. Sin aspiraciones hegemónicas, pueden desempeñar un papel bisagra, facilitando diálogos y sosteniendo espacios de cooperación temática. En un mundo fragmentado, la diplomacia flexible y pragmática se convierte en activo estratégico. La gobernanza global del futuro probablemente no será universal y homogénea, sino modular y sectorial.
La incertidumbre alimenta liderazgos emocionales que prometen certezas simples frente a problemas complejos.
Lo que parece más duradero no es la ruptura, sino la incertidumbre. A diferencia de crisis anteriores, esta transición no tiene un horizonte claro de resolución. Las reglas cambian, las alianzas se reconfiguran, las cadenas productivas se rediseñan. La estabilidad deja de ser la norma y la adaptación se convierte en la virtud esencial. La resiliencia —institucional, económica, social e incluso individual— emerge como un valor central.
Para los Estados, resiliencia significa diversificar riesgos, fortalecer instituciones, invertir en innovación y cohesión social. Para las sociedades, implica desarrollar pensamiento crítico y capital social suficiente para resistir la polarización. En un mundo donde la competencia estratégica reemplaza al optimismo normativo, la capacidad de absorber choques será más importante que la ilusión de control total. Los individuos también necesitaremos esa resiliencia para no estar en permanente estado de estupefacción.
Si en Davos se pudo afirmar que el orden internacional liberal basado en reglas se ha derrumbado, la cuestión no es si regresaremos al pasado, sino qué tipo de reglas podrán sostener el futuro. El desafío no consiste en restaurar intacto el multilateralismo de los noventa ni en abrazar sin matices un soberanismo defensivo, sino en construir una arquitectura que reconozca la interdependencia sin ignorar la necesidad de pertenencia y legitimidad democrática.
La verdadera fractura de nuestro tiempo no es solo económica ni geopolítica; es normativa. Se ha debilitado la confianza en que las reglas son comunes y se aplican de manera predecible. Reconstruir esa confianza será más difícil que firmar nuevos acuerdos comerciales o redefinir alianzas estratégicas. Exigirá liderazgo responsable, instituciones resilientes y sociedades capaces de sostener la complejidad sin sucumbir a la simplificación.
Quizá la era que se abre no esté marcada por un nuevo orden estable, sino por una convivencia permanente con la incertidumbre. En ese contexto, la resiliencia no será un concepto accesorio, sino el principio organizador de la política. No se tratará de prometer control absoluto, sino de gestionar la vulnerabilidad con inteligencia estratégica. Si el viejo orden basado en reglas se ha erosionado, la tarea histórica será imaginar reglas que vuelvan a ser creíbles —no porque impongan uniformidad, sino porque generen confianza—.
* Presidenta de APCO para México y América Latina. Exsubsecretaria de Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos del Gobierno de México.
Referencias
Rodrik, D. (2012). La paradoja de la globalización: La democracia y el futuro de la economía mundial. Antoni Bosch Editor.
- Da Empoli, G. (2023). La hora de los depredadores. Seix Barral.
- Krastev, I., y Holmes, S. (2019). The light that failed: A reckoning. Allen Lane.


























