Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
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La democracia en movimiento y en crisis global: una reseña crítica
Jesús Caudillo
El informe The Global State of Democracy 2025: Democracy on the Move, publicado por International IDEA, llega en un momento de enorme fragilidad y radical incertidumbre. Nos muestra un mundo en el que la democracia, lejos de consolidarse, enfrenta retrocesos profundos, nuevas amenazas y tensiones que ponen en entredicho las certezas del último medio siglo.
A lo largo de más de 300 páginas, el documento ofrece un diagnóstico claro: la democracia no solo se erosiona en regímenes de tradición autoritaria, sino también en las democracias que antes parecían intocables. Y lo hace desde un doble ángulo: por un lado, el repaso de tendencias globales, regionales y temáticas en torno a cuatro categorías centrales —Representación, Derechos, Estado de derecho y Participación—; por otro, un enfoque específico en cómo la migración y el voto desde el extranjero están reconfigurando el significado mismo de ciudadanía.
Lo que sigue es mi lectura, mi interpretación y mi crítica de este informe.
Un mundo marcado por la incertidumbre
El prólogo, escrito por Kevin Casas-Zamora, abre con un duro diagnóstico: vivimos en una era de radical incertidumbre. Y no es una frase hueca. El 2024 fue el año con más elecciones nacionales en dos décadas —74 comicios— y, sin embargo, el resultado no fue un fortalecimiento democrático, sino su colapso más severo en 20 años.
La contradicción es brutal: la democracia sigue organizando elecciones, pero estas ya no garantizan legitimidad ni estabilidad. En 2024, siete veces más países retrocedieron en representación que los que avanzaron. Al mismo tiempo, el Estado de derecho, el eslabón más débil de la cadena, cayó incluso en Europa, región que durante décadas había sido el estándar de solidez institucional.
El informe recuerda que más de 300 millones de personas viven fuera de su país de nacimiento, un fenómeno que ha triplicado su magnitud desde los años setenta. Esa cifra conecta directamente con las preguntas de fondo: ¿qué significa hoy pertenecer a una comunidad política?, ¿dónde empieza y dónde termina la ciudadanía?, ¿qué deberes tiene la democracia más allá de sus fronteras?
Estados Unidos: del referente al riesgo
Si hay un país que aparece como telón de fondo de todo el documento, ese es Estados Unidos. El regreso de Donald Trump a la presidencia en 2025 no es una anécdota electoral, sino un terremoto que ha puesto en jaque los pilares del multilateralismo y la idea de que las democracias consolidadas eran inmunes al autoritarismo.
International IDEA documenta 20 alertas en apenas cuatro meses, el doble de lo que había registrado en años completos anteriores. Entre los ejemplos están los intentos de criminalizar la protesta, limitar la libertad académica, desconocer elecciones certificadas y restringir selectivamente a la prensa. Para algunos analistas, lo que vive Estados Unidos es nada menos que un “golpe presidencial”, un paso hacia la autocracia.
La conclusión es inquietante: ya no se puede hablar de la democracia estadounidense como modelo exportable. Y, lo que es peor, su repliegue en política exterior ha debilitado los esfuerzos globales de apoyo a la democracia, dejando un vacío que populistas y autoritarios aprovechan.
Cuatro categorías en crisis
El corazón metodológico del informe es el índice GSoD, que organiza los datos en cuatro categorías. Todas muestran retrocesos, aunque con matices.
a) Representación
Fue, históricamente, el punto fuerte. Hoy es la categoría más golpeada. La caída en elecciones creíbles y parlamentos efectivos refleja que las urnas ya no son garantía suficiente. Honduras, Montenegro y Letonia son excepciones de mejora, pero son casos aislados frente a la tendencia global de deterioro.
b) Derechos
Aquí aparece el retroceso más dramático: la libertad de prensa. Cuarenta y tres países vieron deteriorarse su capacidad de informar y ser informados, la mayor caída en medio siglo. También hubo declives en libertad de expresión, igualdad económica y acceso a la justicia. La democracia pierde oxígeno cuando se asfixia la crítica.
c) Estado de derecho
Setenta y un países se ubican ya en el rango de bajo desempeño. La independencia judicial se convierte en el talón de Aquiles. Europa concentra un tercio de las caídas, lo que rompe con la idea de que la erosión democrática es un problema exclusivo del sur global.
d) Participación
Es la categoría más estable. La sociedad civil resiste. La ciudadanía se moviliza incluso en contextos autoritarios, manteniendo viva la chispa democrática. Pero la estabilidad no significa avance: apenas dos países mejoraron (Brasil y Fiyi), frente a nueve retrocesos.
Migración y democracia: la política del desarraigo
La segunda parte del informe cambia el foco: qué significa la democracia en un mundo donde millones viven fuera de su país de origen.
Los datos son claros: 304 millones de migrantes internacionales en 2025, el 3.7 % de la población global. La narrativa mediática suele centrarse en las caravanas y en los flujos hacia Europa o Estados Unidos, pero el dato central es otro: la mayoría de los movimientos son intrarregionales. Los migrantes cruzan al país vecino, no al otro lado del planeta.
La pregunta que emerge es cómo integrar a esos ciudadanos que ya no residen en su país, pero siguen perteneciendo a él. El informe dedica un bloque a analizar el voto en el extranjero (out-of-country voting). La conclusión es que su diseño legal y administrativo define la inclusión o la exclusión: donde el registro es complicado, la participación cae; donde se simplifica, la diáspora vota más.
Este punto es crucial porque conecta con la noción de pertenencia. Dar voto a la diáspora no es un gesto simbólico: es reconocer que la identidad política trasciende la frontera territorial.
Regiones en contraste
El informe también se detiene en los matices regionales:
- África y América Latina concentran tanto avances como retrocesos. Ahí se juega la volatilidad de sistemas jóvenes, capaces de innovar, pero también de colapsar.
- Europa, paradójicamente, encabeza los retrocesos en Estado de derecho, un recordatorio de que el autoritarismo también se disfraza de legalidad en las democracias viejas.
- Asia y el Pacífico muestran retrocesos graves en libertad de prensa, con casos como Myanmar o Corea del Sur, donde la censura y la persecución a periodistas han marcado la agenda reciente.
- Medio Oriente y Asia Occidental permanecen como la región con menor desempeño democrático, con Kuwait y Qatar ilustrando cómo la exclusión ciudadana se institucionaliza en el propio diseño del Estado.
Los silencios del informe
Como toda radiografía global, el documento tiene límites. El propio Casas-Zamora lo reconoce en el prólogo: las metodologías actuales no logran reflejar el impacto de la guerra en Gaza ni las violaciones sistemáticas en Palestina. Israel aparece como una democracia media en los indicadores, pero el informe admite que eso no captura lo que ocurre en la práctica: el uso de instituciones democráticas para sostener ocupación y violencia sistemática.
Este es uno de los puntos más valiosos: la honestidad metodológica. Reconocer que medir democracia no es lo mismo que vivirla, que hay experiencias que se escapan de la estadística, es en sí un acto político.
Reflexiones finales: democracia en movimiento, democracia en disputa
El título del informe, Democracy on the Move, tiene doble filo. Se refiere tanto al fenómeno migratorio como a la sensación de que la democracia misma está en tránsito, en redefinición.
La democracia no está muerta, pero sí está herida. El informe no es trágico: muestra resistencias, pequeñas mejoras, innovaciones. Pero tampoco se engaña: el saldo global es de retroceso. Más de la mitad de los países analizados retrocedieron en al menos un factor democrático en los últimos cinco años.
Lo que está en juego no es solo cómo votamos, sino cómo entendemos la pertenencia política en un mundo de migraciones, desplazamientos y múltiples identidades. Quizá, como sugiere el informe, la democracia del siglo XXI ya no puede pensarse dentro de los límites de un Estado-nación, sino como una red más amplia de derechos y responsabilidades compartidas.
La lección que deja este informe es incómoda, pero necesaria: la democracia requiere vigilancia constante, paciencia, mantenimiento y, en ocasiones, reinvención.
En un mundo en movimiento, la democracia también tiene que moverse. Y la pregunta que debemos hacernos es si seremos capaces de acompañar ese movimiento o si, por el contrario, quedaremos atrapados en la nostalgia de un modelo que ya no existe.


























