Año 1, núm. 5, diciembre de 2025
ISSN 3122-3583
a fondo
La corrupción: un problema perverso y ab aeterno
Roberto Salcedo Aquino
Pemex, alguna vez columna vertebral de la economía mexicana, se ha convertido en un símbolo de deterioro institucional: corrupción enquistada, prácticas abusivas, redes internas de impunidad y mecanismos de saqueo que revelan la profundidad de su crisis estructural.
Los estudios sobre las causas y consecuencias de la corrupción, así como los métodos para controlarla y reducirla a su mínima expresión, han configurado un acervo cultural importante para comprender el fenómeno. Sin embargo, no hemos encontrado la manera eficaz de combatir sustancialmente los factores que producen la apropiación privada de los bienes públicos.
Se han ensayado ejercicios de multidisciplina para conceptualizar y proponer la hoja de ruta más idónea que guíe la acción en el sentido correcto, pero lo que hace falta son más ejercicios de interdisciplina que conecten entre sí todos los factores que integran el problema y pongan en práctica ejercicios estratégicos de combate a la corrupción y de implementación de políticas públicas de buen gobierno en todo el proceso del ejercicio presupuestal y del funcionamiento de la maquinaria gubernamental.
Los “problemas perversos” no admiten soluciones simples: requieren diagnósticos multidimensionales.
Los encargados de la operación aplican tácticas concretas que combaten hechos específicos; sin embargo la situación obliga a tener una política con estrategias de largo plazo que permita ir evaluando los avances y corrigiendo lo que no funciona. Por otro lado, quienes desde la academia conceptualizan ⎯en general correctamente lo que pasó⎯ y diseñan muchas rutas de acción, al final suelen encontrar que la limitada disposición de recursos y de voluntad política hacen inviables sus propuestas. Estamos frente a un problema perverso y ab aeterno.
Horst Rittel y Melvin Webber en su artículo clásico “Dilemmas in a General Theory of Planning”(1) introdujeron el concepto de lo que hoy se llaman “problemas perversos” (wicked problems). De acuerdo con su definición, estos problemas se diferencian de los “domables” porque no existe una conceptualización holística que integre todas las variables; las soluciones que se avizoran son múltiples y difusas y no se alcanzan a distinguir los factores esenciales que podrían ser los ejes de la acción; la complejidad no permite jerarquizar la acción; la interdependencia de factores que componen el fenómeno obliga a emprender acciones en muchas direcciones, muy a menudo inconexas.
La corrupción constituye uno de los fenómenos más persistentes y complejos desde que se estableció la convivencia humana y el combate contra ese mal también parece eterno. Esta permanencia del fenómeno plantea la necesidad de comprender la corrupción más allá de sus manifestaciones legales, morales o políticas y de interrogar su raíces epistemológicas y antropológicas.
En esta dirección, los conceptos problemas perversos y/o problemas ab aeterno provenientes de la tradición filosófica clásica, ofrecen una vía de análisis que permite pensar la corrupción bajo la figura de una amalgama de factores diversos como la naturaleza humana, la arbitrariedad en el ejercicio del poder, la falta de controles en los cargos públicos, el patrimonialismo, el sistema de botín, la opacidad, la inexistencia de la rendición de cuentas, el desequilibrio del peso de los poderes públicos, la apatía de las y los ciudadanos respecto de los asuntos públicos, la impunidad de los transgresores de la ley y de las normas.
Gaston Bachelard denomina problemas abstrusos a aquellas cuestiones mal formuladas, sostenidas en prejuicios o en débiles evidencias que impiden la objetividad del conocimiento. En su visión, la solución de los problemas avanza cuando se destruyen las malas preguntas, aquellas que nacen de concepciones precientíficas o ideológicas. Aplicado al ámbito político y social, este concepto permite identificar que muchos enfoques sobre la corrupción en el sector público nacen de una formulación inadecuada del problema.
La corrupción persiste porque Estados y sociedades formulan mal el problema. Se debe promover la transparencia y la rendición de cuentas como una responsabilidad.
Con frecuencia, la corrupción se explica como una cuestión meramente moral o de la naturaleza humana; las y los funcionarios se corrompen porque son malos, ambiciosos o carecen de valores. Este planteamiento, aunque moralmente persuasivo, resulta etimológicamente estéril y no permite la formulación de una verdadera política anticorrupción. Al centrarse en la dimensión ética del sujeto, se invisibilizan las condiciones estructurales e institucionales que permiten y reproducen los comportamientos corruptos: la opacidad de los procedimientos, la discrecionalidad del poder, la impunidad o los sistemas de incentivos que premian la lealtad política por encima de la eficacia.
El análisis unidimensional de la corrupción centrado en la concepción moral de la vida pública nos puede llevar a una trampa epistemológica: buscar respuestas en el terreno ético, cuando el fenómeno exige un análisis sistémico y cultural. Habrá que replantear la cuestión de manera multidimensional: ¿qué estructuras y culturas institucionales hacen posible la corrupción? Representa un cambio similar al que Bachelar propone para el pensamiento científico: sustituir el sentido común por una racionalidad crítica. Mientras el discurso moralista busca culpables individuales, el enfoque epistemológico indaga en cómo se produce y reproduce la corrupción dentro de un entramado institucional que la tolera o incluso la incentiva.
La corrupción, con frecuencia, es definida como un problema ab aeterno, como un axioma que acompaña al ser humano desde sus orígenes. La expresión latina significa “desde siempre” y designa aquellas interrogantes o tensiones que se repiten a lo largo de la historia porque derivan de la condición misma del ser humano.
Platón, en La República, ya advertía el riesgo de que los gobernantes usaran el poder para su propio beneficio, en tanto que Maquiavelo reconocía la fragilidad de las virtudes cívicas ante las pasiones humanas. En este aspecto, la corrupción revela una dimensión ontológica y moral más profunda: la tensión constante entre el interés personal y el interés general, entre la responsabilidad que genera el ejercicio del poder y la capacidad de responder a esa misión con la doble ética: la de la responsabilidad y la de las convicciones.
La historia consigna que la corrupción ha acompañado el ejercicio del poder como una sombra inevitable. En ese sentido, es un problema ab aeterno porque expresa una pulsión permanente del ser humano hacia la apropiación —captura— de lo que es de todas y todos, y la tentación de abusar de toda forma de autoridad.
El enfoque moralista es una trampa epistemológica que impide políticas públicas efectivas.
Al unir el enfoque de problema perverso con el ab aeterno, la corrupción se muestra como un fenómeno doblemente abstruso y resistente a la comprensión. Es lo primero, cuando se conceptualiza de manera errónea un problema, se obstaculiza su comprensión y con ello el diseño adecuado de sus posibles soluciones; una formulación errónea conduce a soluciones ineficaces. Y es un problema ab aeterno porque, aun comprendiendo con claridad los factores que conforman el fenómeno, se mantiene como una constante histórica ligada a las debilidades del ser humano y a las tensiones inherentes al poder político.
Cualquier intervención basada en diagnósticos incompletos perpetúa el problema. El primer análisis exige una revisión epistemológica de los discursos sobre la corrupción; el segundo obliga a una comprensión ética y cultural de largo alcance.
Pensar la corrupción del sector público desde los conceptos de problemas perversos y problemas ab aeterno permite distinguir entre las fallas en la formulación del problema y las raíces permanentes del fenómeno; entre soluciones casuísticas y medidas estratégicas; entre la visión unidimensional y la concepción interdisciplinaria; entre las propuestas de propaganda política y los auténticos remedios del problema.
La corrupción persiste no solo porque los seres humanos son vulnerables al poder, sino también porque los Estados y las sociedades piensan mal el problema, reduciendo el asunto a una cuestión moral o punitiva. Superar los problemas perversos implica reformular las preguntas, revisar los marcos institucionales y promover una cultura de transparencia y de rendición de cuentas que no dependa únicamente de la sanción, sino de la asunción de responsabilidades.
No obstante, aceptar el carácter de problema ab aeterno nos recuerda que ninguna reforma institucional podrá eliminar completamente la tentación del abuso: sólo puede contenerla, vigilarla y limitarla mediante una estructura institucional sólida que comprende de todos los factores importantes que pueden propiciar los hechos ilícitos; todo ello acompañado de una conciencia ética colectiva y, por supuesto, con un eficaz diseño institucional sancionador.
Comprender la corrupción desde todos los ángulos posibles hará posible una mayor lucidez; nos apartaremos de las soluciones simplistas que, como advirtió Bachelard, condenan el conocimiento —y la política— a girar eternamente en torno a problemas malditos.
La corrupción sistémica puede arrastrar a los gobiernos hacia la cleptocracia.
Nos puede parecer que la concepción de la corrupción como problema perverso y ab aeterno es hiperbólica, pero también habrá que pensar en otras aristas: no dimensionar correctamente el fenómeno ni estudiar la etiología de la corrupción, así como no conceptualizar con objetividad sus causas y los métodos de combate, podría tener consecuencias realmente críticas.
La corrupción erosiona la autoridad, afecta la credibilidad de la ciudadanía en su gobierno, y fundamentalmente se convierte en una de las amenazas más peligrosas para la gobernabilidad democrática, porque corroe los valores de la convivencia y la cooperación sociales. Todo ello puede llevar a la anomia de las virtudes cívicas, esto es, a que no se distinga lo lícito de lo ilícito, lo ético de lo reprobable, lo permitido de lo prohibido. Esa confusión de valores puede arrastrar a los gobiernos a la cleptocracia, donde la corrupción se institucionaliza y la probidad es vista como una extravagancia.
Dos son los peligros que nos acechan si no comprendemos la corrupción como un problema perverso y ab aeterno. El primero de estos peligros es que la corrupción no sea controlada y por ello entre en un proceso de metástasis que se disemine a todo el cuerpo social, que a su vez se constituya en un proceso sistémico que funciona mediante una corrupción generalizada y que es —por consiguiente— letal para la vida social. Digámoslo claro: la corrupción sistémica es un peligro letal.
El segundo de los peligros es que los recursos públicos no sean utilizados para el interés general y se vean como un botín que hay que conquistar con las reglas de los más astutos, de los más fuertes, de los más perversos; sería la vuelta a la edad de la guerra de todos contra todos.
La revista digital El Diluvio enriquece en este número el debate y las concepciones de lo que hay que hacer para controlar, gobernar y llevar a su mínima expresión los actos que atentan contra el patrimonio de todas las personas. La meta es que los actos de corrupción sean la excepción y sean sancionados con toda la severidad que imponga la ley.
El esfuerzo de las y los colaboradores se manifiesta en este número como un sólido ejercicio académico que aborda el fenómeno de la corrupción como un problema “domable”, y esto es un gran logro que merece nuestro reconocimiento y apoyo. Además, renueva nuestras esperanzas de que es posible gobernar y “domar” a la corrupción.
Referencias
(1) Policy Sciences, 4(2), 155-169.


























