Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
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Europa frente al espejo del populismo: entrevista a Lorena Ruano
Jesús Caudillo
Politóloga mexicana de origen español, formada en El Colegio de México y en la Universidad de Oxford, con trayectoria académica en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y hoy profesora en la Universidad Complutense de Madrid, Lorena Ruano ha dedicado décadas al estudio de la integración europea, la gobernanza democrática y las relaciones transatlánticas. Su mirada combina la historia larga con el pulso de la coyuntura: lo que ocurre en los parlamentos, en las cortes, pero también en la vida diaria de los ciudadanos.
En esta conversación, Ruano traza el mapa de un fenómeno que desordena democracias y reconfigura sentidos comunes: el populismo. Su diagnóstico, anclado en evidencia histórica y comparada, es sobrio y contundente.
Qué entendemos por populismo (y por qué importa)
Ruano sitúa el término desde sus raíces: “la definición […] tiene varios rasgos definidos por los politólogos. Uno de ellos es un discurso […] que rechaza a las elites y que busca eliminar las instituciones intermedias, como organizaciones no gubernamentales (ONG), parlamentos o partidos, porque lo que se busca es el contacto directo, la asimilación del líder carismático con el pueblo”.
“Ver al líder por todos lados es el primer síntoma del populismo.”
Ese marco explica tanto su potencia electoral como su deriva: legitimidad mayoritaria que, una vez en el poder, “rechaza la idea de la democracia liberal, […] la división de poderes” y “termina en la destrucción de esas instituciones que les permitieron llegar al poder”.
Aunque no es patrimonio de una sola corriente, la politóloga advierte: “No es exclusivo de la derecha, pero en Europa se materializa sobre todo en la derecha”. El punto de confluencia ideológica –dice– no es la clásica división izquierda/derecha, sino un nacionalismo excluyente que necesita enemigos internos y externos para acumular poder.
Democracia iliberal: el nombre del atajo
El término lo popularizó Viktor Orbán para describir su proyecto sin renunciar al rito electoral. “Resulta muy atractivo […] se lo inventa Viktor Orban en Hungría” –explica–; hay elecciones, pero el corazón del modelo “rechaza […] la división de poderes” y busca “unificar todo el poder y dárselo sobre todo al líder”. El paso crucial en esa ruta: “la captura y control del Poder Judicial”
Y agrega una alarma comparada: “Lo estamos viendo también en Estados Unidos […] la Suprema Corte no ha sido capaz de frenarle a Trump nada”.
Crisis, migración y la política de los chivos expiatorios
El populismo se nutre de ciclos de desigualdad y frustración: “hay un discurso de que la democracia no ha sido capaz de resolver los problemas de la gente […] y las clases populares fueron las que pagaron la mayoría de los costos de la crisis” (1929 entonces; 2008-2009 ahora) . En ese caldo, los liderazgos ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos.
Sobre migración, Ruano no duda: “ha sido uno de los temas de los cuales se han agarrado muchísimo las extremas derechas”. La razón política-comunicativa es brutal en su simpleza: “un chivo expiatorio sencillo […] es una manera mucho más rápida de transmitir un mensaje” que explicar “los ciclos del capitalismo y sus contradicciones”. El resultado: exclusión, competencia por empleos para los más desfavorecidos, guerras culturales y racismo utilitario.
La democracia iliberal promete seguridad a costa de derechos.
Cómo se siente el populismo en la vida cotidiana
La erosión institucional no siempre hace ruido hasta que toca la puerta: “uno como ciudadano […] nota la destrucción de las instituciones hasta que llega al hospital y no hay medicinas, o hasta que lo detiene arbitrariamente la autoridad y los jueces no pueden hacer nada”.
Hay señales tempranas visibles: “ver al líder por todos lados”, acaparando medios mientras “desaparece la prensa crítica”; conflicto con universidades –“el canario de la mina” cuando estudiantes y centros de investigación son atacados–; y, sobre todo, polarización: “ellos y nosotros, los buenos y los malos […] cuando desaparecen los matices, yo ya me empiezo a preocupar”.
Hungría como manual (y las redes de contagio)
El itinerario húngaro es elocuente. “Lo primero fue conseguir una mayoría parlamentaria aplastante” para cambiar Constitución e instituciones. Luego, “el ataque a la prensa” y el cerco a universidades y ONG –“calificándolas de agentes externos” para acosarlas o prohibirlas–; finalmente, la reforma/purga del Poder Judicial.
¿Se exporta? Es “bastante exportable”, responde, por mimetismo entre gobiernos/partidos y por apoyos externos: “Rusia ha financiado varios de estos partidos y los ha apoyado con campañas en redes sociales […] y diseminación de fake news para minar la confianza en las instituciones”.
Patrones nacionales: de Francia a Italia, de Reino Unido a Alemania
Europa vive dos dinámicas paralelas, resume Ruano. Una, cuando el propio partido de extrema derecha crece “primero a nivel local y luego nacional” (Francia, Italia, Alemania). La otra, cuando un grupo radical jala al partido de centro-derecha hacia el extremo hasta colonizarlo: “el Partido Conservador (británico) se convirtió en un partido populista con la bandera del Brexit” –y en Estados Unidos, el Partido Republicano.
Aunque no hay un bloque monolítico –Meloni puede ser pro OTAN y pro Ucrania mientras otros son anti Unión Europea/anti Estados Unidos–, el hilo común es un discurso antiglobalización y anticosmopolita que erosiona la cultura liberal.
América Latina y la promesa de seguridad sin derechos
La región ofrece casos de derecha e izquierda: de Chávez y Correa a Bolsonaro, Bukele y Milei. Le interesa en particular el caso salvadoreño: “promete seguridad ciudadana a unas poblaciones asoladas por la violencia […] y si eso ‘funciona’, muchos aceptan ceder derechos que se perciben ‘abstractos’” –hasta que, ya en el poder, el líder “destroza la escalera por la que subió”.
Sobre México, Ruano es clara: más que un salto a un fascismo a la europea, asoma el retorno a un sistema hegemónico que desanda el pluralismo y los contrapesos que le costó construir.
La prensa crítica y la universidad son los primeros blancos del autoritarismo.
¿Qué hacer? La democracia frente a su propia complejidad
El antídoto es políticamente obvio y operativamente difícil: unidad democrática. “¿Qué pasó en Europa en los treinta, dónde no hubo fascismo? En Francia hubo un Frente Popular que se unió para evitarlo” –hoy, dice, esa es la lógica detrás de alianzas como la de Pedro Sánchez en España.
Pero la era de algoritmos y desinformación complica la tarea. Ruano es franca: “Yo lo veo muy negro” y Francia le preocupa “antes, más pronto que tarde”.
El diagnóstico final es un aviso de época: “Estamos en un momento muy peligroso, se parece preocupantemente a los años treinta” –no solo por la desinstitucionalización interna, sino también por la degradación del orden internacional.
En ese contexto, su último subrayado es también un encargo profesional: “la labor del periodismo serio, investigado, con fact checking es fundamental” para sostener la cultura democrática frente al ruido y el cinismo.


























